Me ha tocado la lotería en un kebab. Y sin comprar boletos. No la lotería que te suma unos ceros a tu cuenta corriente, sino la de la felicidad. La que importa.

Lo supe en cuanto me sirvieron el plato. El camarero cantó la combinación ganadora sin saberlo. En ese momento sentí que la fortuna se cebaba conmigo, porque…

…yo tenía la suerte de que un ganadero y un agricultor supieran cómo conseguir los ingredientes y que hicieran su trabajo para mí, por no contar al transportista que los llevó a escasos metros de mi hábitat.

….yo tenía la suerte de que alguien inventara la receta de mi plato y la perfeccionara con el paso de cientos de años, y de que un cocinero supiera tratarla con tanto cariño y talento para mí.

…yo tenía la suerte de nacer en un país donde un plato de comida no es privilegio de unos pocos, ni siquiera la diferencia entre la vida y la muerte, la suerte de tener un mínimo de recursos para poder llenar el estómago.

…yo tenía la suerte de no ser alérgico a ninguno de los componentes del plato, de no tener una enfermedad que me impidiera disfrutarlo; de estar sano, en líneas generales, que eso sí es una puta suerte.

Y si tan afortunado me siento, si todo eso pienso de un simple plato de kebab, ¿qué no voy a pensar de la suerte de poder besarte cada mañana?

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