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No sé en qué momento se instauró lo de hacer regalos en las celebraciones importantes (lo que no me deja en buen lugar como escritor histórico). Mucho menos sé quién decidió poner fin a la tradición, al regalar por regalar, y empezó a cambiar los presentes por declaraciones de afecto personalizadas. Pero le amo.

Me encantan los regalos personalizados. Esos que no tendrían sentido para ninguna otra persona que no fuera su determinado destinatario. Esos que llevan de manera implícita vivencias, declaraciones, agradecimientos, recuerdos, complicidad, existencia compartida… Cuanto más baratos, y en consecuencia generalmente más ingeniosos, mejor; pero eso ya es un añadido personal.

Esta semana tuve la oportunidad de poner en práctica esos pensamientos. Rellené un bote (¿de garbanzos?) con notitas. Sólo una de ellas tenía el verdadero regalo, e insté a su destinataria a tentar a la suerte en un único intento. Si cogía la nota premiada tendría regalo. Si no, se siente, a esperar otro año (dejo aquí una idea para escaquearse de regalar, ejem).

Cada intento era fallido, todo eran notas no premiadas. Pero… todas daban la oportunidad de seguir intentándolo porque contenían algún recuerdo o característica de esa persona que merecía darle otra oportunidad. Eso, o pequeñas pruebas de afecto que si eran superadas, también permitían seguir jugando. El resultado era una continua declaración de los motivos por los que se aprecia a esa persona con el objetivo de hacerla reír, divertirse, emocionarse. Al final, por supuesto, se introduce de manera inesperada una nota premiada preparada previamente.

Y a lo que voy. Digo que me encantan este tipo de cosas, pero acentúo y vuelvo a demostrarme a mí mismo que lo que realmente me gusta es hacerlas. Porque mientras las hago, me doy cuenta de la complicidad que tengo con otra persona, de las cosas que comparto con ella, de lo que soy para ella y de lo que es para mí; de lo que somos.

Y de la suerte de compartir la vida con personas que valoran las cosas tras el mismo cristal que yo. Un cristal hecho de personas.

¡Un saludo!

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