akasmu

Seguimos con la tendencia necrótica en el blog, pero es que los acontecimientos se prestan a ello. Las muertes recientes de personas de amplio impacto público como Fidel Castro o Rita Barberá me incitan a no darle fin al tema del fin.

Cuando una persona muere, sólo aparecen palabras buenas para describirla (no digo que las personas nombradas anteriormente fueran buenas personas o dejaran de serlo, eso daría para miles de artículos de opinión, pero esto es un foro de literatura). El caso es que me causa hastío esa hipocresía. Y si nos centramos en el aspecto literario, que para eso estamos aquí, tengo que decir que no me gusta que esta falsedad se quede impregnada en ciertas obras:

  • En las biografías. A menudo, una obra biográfica tiende a derramar parabienes sobre la persona de interés en cuestión. La muerte de un personaje público es una oportunidad para que proliferen este tipo de obras. Pensadlo. Es difícil conseguir los derechos (o evitar alguna denuncia) cuando vas a hablar mal de alguien, aunque digas la verdad. Por eso, tiendo a leer las biografías con el gesto de sospecha continuo.
  • En las novelas. Como somos tan hipócritas que no nos atrevemos a hablar mal de un difunto, nos desahogamos en la ficción. Esto tiende a crear al personaje malo que debe morir y cuya muerte es celebrable. Ya lo he dicho varias veces, no me gustan las novelas con malvados ni héroes evidentes. Me gusta que cada personaje siga el sendero de la bondad/maldad por alguna razón lógica y argumentada.

Como diría Gandalf, “hay muchos vivos que merecen la muerte y hay muchos muertos que merecen la vida”. ¿Quiénes somos nosotros para impartir ese derecho? Pues eso, no nos apresuremos al desear la muerte de alguien, pero tampoco digamos que una persona era un cielo cuando nos abandona si no lo era. ¡Saludos!

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