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Hace justo tres meses, desde aquel palizón para despedir a mi tía, que dije que no volvería a correr si no era con sentido. Y vaya si he cumplido mi palabra. Porque lo que se dice correr… no he corrido.

Así que, entre la necesidad y la pasión, ayer decidí que era el momento de revertir la tendencia. Me propuse un reto adecuado a mi pasividad, unos 10 km (sí, sé que es poco, que es lo que utilizaba para un simple entreno básico estando en buena forma física), que en mi actual estado físico ya es todo un hito. Al final fueron 12 km, pero en esto de correr con sentido, los números son lo de menos.

Me propuse como objetivo la Universidad de Alicante, donde me licencié en Biología y donde invertí 6 años (y pico) de mi vida. Dicen que la etapa universitaria es la mejor en la vida de una persona. Yo no diría tanto, pero sí que es cierto  que aproveché la carrera para sumergirme en los recuerdos de aquellos maravillosos años, para dejar que el paso por aquellos edificios me diera un baño de nostalgia. Así pues, corrí con la intención de volver mentalmente a aquella etapa de mi vida.

Y recordé los malditos exámenes. En serio, aún tengo pesadillas con ellos. Aún hay días que en mis sueños no me da tiempo a completar preguntas que no me sé porque no me las he estudiado. Hoy en día, como profesor, aún los sufro cuando mis alumnos se enfrentan a ellos. Y los sufro también porque pienso que los exámenes deberían estar fuera de un sistema educativo eficiente, su único objetivo es calificar a las personas en función de cuánto tiempo son capaces de someterse a las ordenanzas de un superior.

Recordé también los jueves de barrio, de acabar la noche en el puerto y de quedarse a dormir en un piso de estudiantes. Todo un pack que era un mundo en sí, sobre todo para un chaval introvertido que la fiesta nunca ha sido su principal motivación.

Recordé las tardes interminables de prácticas y el odioso autobús. Como venía de un pueblo de la Vega Baja, a menudo cogía el autobús a las 6:45 de la madrugada y llegaba a mi casa a las 21:30 de la noche. Así, varios días seguidos. Dormía 3 horas para tener algo de vida fuera de los estudios. Es la etapa de mi vida de mayor agotamiento. Los trabajos para mañana, estudiar exámenes el día anterior…

Recordé también mi vida post-adolescente, yo aún sumergido en plena adolescencia. Mis historias como un chaval aún con fe ciega en el romanticismo frente a mujeres ya escaldadas de fracasos amorosos fantasiosos. El choque de trenes de una mentalidad quinceañera contra mentes que ya cosían la palabra amor con la dirección acabar estudios->trabajo estable->casarme. Aún a día de hoy, pienso que la vida es enfrentar este caos llamado existencia con las balas que tienes para el día. Que programar el futuro no sirve más que para olvidarte de disfrutar el presente y que, oye, ¡la felicidad está fuera de la zona de confort!

Recordé también las amistades, inquebrantables, y todos los tipos de personajes que llegué a conocer. Sinceramente, es aquí y solo aquí donde la palabra universidad coge su verdadero sentido, porque te encuentras con personas increíblemente peculiares. Y confirmo, no hay nada más enriquecedor que las diferencias bien compartidas y entendidas.

De la parte física no hay mucho que decir más allá del típico cansancio tras un largo período de inactividad. 12km sufridos, más aún por el calor de esta primavera adelantada, con demasiada pausa. Porque por mucho que pensara “dale duro, que estudiar era más sufrido y aprovar un examen más difícil que seguir corriendo un poco más“, el cuerpo no daba para más. Agradecer, si acaso, que no apareciera ningún dolor muscular o articular más allá de una rodilla izquierda a la que le gusta llamar la atención.

Así que hasta aquí el “Correr con sentido” de hoy. Pronto, otra crónica de una carrera con sentido, que vendrá con muchísimo amor. Espero que no vuelva a ser dentro de tres meses.

¡Un abrazo con sentido!

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