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A los que nos gusta escribir, a veces metemos un pedacito de nuestro mundo en nuestras historias. Algunos rasgos de alguna persona que admiramos en alguno de nuestros personajes, algunas localizaciones que nos encantan, canciones que amamos y que de fondo aparecen en alguna escena…

Por otro lado, hay quien prefiere no meter nada de su entorno en la fantasía, porque piensa que limita el proceso creativo al estar adherido a un suceso o existencia real. Es cierto. Tener una base hace que tu mente se enfoque en algo concreto y pierdas perspectiva.

Es un debate del cual me encantaría escuchar vuestra opinión. Yo, que particularmente siempre pienso que nada es blanco o negro, siempre tiendo a un punto intermedio. Por ello, me gusta meter detalles insignificantes que no exceden el término de curiosidad.

Por ejemplo, el libro de la foto. El otro día volví a hacer una visita a la Biblioteca Pública de Alicante y volví a cruzarme con él. Se trata de Babilonia. Mesopotamia. La mitad de la historia humana, de Paul Kriwaczek. Uno de los tantos libros que usé en el proceso de documentación antes de escribir la novela El sanador del tiempo y que, de hecho, es en el que Christiaan mete la nota secreta dirigida para Poul Reenberg en la trama.

Biblioteca Lenox. Sección Historia. Babilonia; Paul Kriwaczek. No te rindas, Poul.

Es un detalle tonto, insignificante, pero a mí se me encoge el corazón cada vez que paso al lado del libro, porque es parte de una historia que amo y significa mucho para mí. Al haberme cruzado de nuevo con él, quería compartir este pensamiento con vosotros.

Un abrazo.
¡Nos vemos!

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