kastroc

Hay un momento crítico en la vida de todo escritor que viene a ser comparable con una adolescencia literaria, donde uno ve perdida su inocencia y empieza a sentirse un poco sucio en su proceso de madurez. Se trata del momento en el que pierdes el control de tus ventas. Al principio, consigues vender tu libro a tu familia, a tus amigos, a tu gente cercana… Con suerte, se lo vendes a alguien a quien casualmente has acabado sacándole el tema y le ha atraído lo que dices. Conoces a cada uno de los que han adquirido tu obra.

Pero llega un momento en que las ventas suben y tú no sabes a manos de quién ha ido a parar tu libro. Por un lado, absorbido por tu propio ego, te sientes bien y feliz. Mi libro empieza a venderse por sí solo. Algo estaré haciendo bien con la promoción. O, en el mejor de los casos, sientes el orgullo de pensar que a alguien le ha gustado y lo ha recomendado (no hay mayor marketing que el boca a oreja). Esa sensación es un mordisco en el alma. Es la verdadera demostración de amor. No solo le ha gustado lo que haces, sino que ha hecho la más enorme demostración de afecto: ha depositado su confianza en él recomendándolo a otra persona.

Pero la otra parte, la que te hace sentirte sucio, es la pérdida de conexión con el lector. Es el enfriamento y capitalización de una relación basada en compartir tu pasión con otra persona. Me encanta dar las gracias a cada una de las personas que compran lo que escribo. Me encanta seguir en contacto con ellos. El sanador del tiempo no habría sido lo mismo sin el feedback que me dan sus lectores. Me siento en deuda con la oportunidad que me da cada lector de ser leído y, si no lo agradezco, siento que me falta algo.

Necesitaba escribir estas líneas como agradecimiento a todos aquellos que leéis mi libro y no sé quiénes sois ni dónde estáis. Desde lo más profundo de la ingenuidad de mi niño escritor que, al igual que yo no sabe crecer, os doy las gracias y reflejo aquí la felicidad que me dais.

Un abrazo a todos. Bien fuerte.

Anuncios