salvador-sobral-representante-de-portugal-en-eurovision-2017

Ya sé que Eurovisión es una mierda, que es un truco comercial politizado. Pero como lector (nos considero amantes de las artes creativas), soy una diana perfecta para este tipo de eventos. Y este año tuve la suerte de rememorar viejos tiempos con cerveza en mano, pizza, Eurovisión en la televisión y hoja de anotaciones para apuntar mis impresiones en la mano.

Y he de decir que esta edición me decepcionó. Para empezar, Portugal no me parecía una canción ganadora. Bonita, sí. Una voz personal, sedosa, peculiar y característica, también. Pero, llamadme monstruo, la canción me aburrió y no me llegó, las notas no consiguieron deslizarse por mi piel ni aparcar en mi corazón.

Tengo claro que las circunstancias ayudaron a Salvador Sobral a llevarse el gato al agua. Su estado de salud, al borde de la muerte, hizo que todos quisieran darle su apoyo en forma de votos. No hay mejor técnica de marketing que una buena historia detrás del artista. Es muy triste y enfermedades así no deberían de existir. Si es que hay un Dios todopoderoso como se comenta, ¿qué le cuesta hacer desaparecer estas desgracias del mundo? Pero que ese contexto se extrapole a las votaciones, es una falta de respeto al resto de participantes. Llamadme insensible, pero os digo una cosa. Si nuestro mayor acto de rebeldía contra estas injusticias de la vida es votar en un concurso televisivo, vamos mal, pero que muy mal, como sociedad. Esa energía revulsiva debería utilizarse para pedir a nuestros gobernantes más inversión en investigación médica. Eso sí sería inspirador. El resto, hipocresía (involuntaria).

Por otro lado tenemos al segundo posicionado. Kristian Kostov, de Bulgaria. Un niño que canta como los ángeles. Es increíble lo que hace para la edad que tiene (y el aspecto de chavalín, que es lo más llamativo). Pero de nuevo, para la edad que tiene. Un agente externo a la música que ha actuado como canalizador de votos.

Más indignante me parece aún el caso de Jacques Houdek, por Croacia.  Lo que hizo fue bestial. Cantar con dos registros absolutamente opuestos y hacer los dos de maravilla. Es como si a un deportista le pides conseguir medalla en fuerza y en resistencia. Imposible. Ese hombre tiene dos gargantas. Por encima de todo eso, verlo cantar me erizó la piel. De no ser por el televoto, Croacia habría quedado entre los cinco últimos, y eso me parece muy pero que muy lamentable.

Y por último, comentar el caso de España que me afecta como elemento patrio. Se veía venir. Lo dije la primera vez que escuché la canción. En mi apuesta fui generoso y lo puse antepenúltimo. Si es verdad que hubo tongo en su elección, pues entonces este fatídico resultado nos lo merecemos. Una pena por Manel Navarro, que fue con toda la ilusión y esfuerzo del mundo. Ojo, no digo que la canción sea mala, ni buena, ni mejor, ni peor. Digo que no era adecuada para la ocasión. Manel tiene enormes aptitudes, pero no son las que concuerdan con esa máquina apisonadora llamada Eurovisión. Reivindico con esto algo que siempre he dicho: no hay cosas mejores ni peores, sino adecuadas o inadecuadas al contexto. De su gallo no voy a decir nada, a todos nos puede pasar. Tampoco hay por qué cebarse. Hasta los mejores tienen un momento de mala suerte. El problema es que en Eurovisión te lo juegas todo en un momento, y si ese momento coincide con la mala fortuna, se acabó. Es el problema de buscar la fama de golpe, siempre lo digo. El éxito viene con esfuerzo y constancia. El resto, solo es suerte.

Y ya me callo, que para haber hecho una entrada fuera de la temática habitual, bastante me he extendido.

Un saludo a todos, ¡que tengáis un feliz y musical domingo!

Anuncios