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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

mes

junio 2017

CIENCIA FACCIÓN

akascie

Muchos sabéis que soy biólogo. Hago hincapié en el verbo ser porque no tengo muy claro si uno se hace biólogo al tener el título o al ejercer la profesión. A pesar de ser licenciado en Biología, trabajo de profesor, por lo que mi identidad queda un poco en la frontera conceptual. Lo que no conocéis tantos es mi decepción con la ciencia en general.

El funcionamiento de la ciencia no se aleja mucho al de una mafia. Lo descubrí de primera mano durante mis estudios, en concreto durante las prácticas en el Departamento de Ciencias Ambientales y Recursos Naturales. Resulta que un equipo de la Universidad de Alicante había descubierto una solución contra el picudo rojo, el escarabajo que amenaza el palmeral de Elche (Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO).

El problema de este insecto es que destroza la palmera por dentro, por lo cual el método tradicional de rociar con plaguicidas es ineficiente (añadiendo el riesgo de que una palmera con un aspecto externo perfecto pueda quebrarse en cualquier momento y caerle a alguien en la cabeza). El equipo de la UA había conseguido formular un hongo capaz de neutralizar al picudo de manera que era absorbido por las raíces de la palmera directamente hacia su interior, donde el escarabajo es vulnerable. Un ingenioso descubrimiento.

El problema era que el equipo no tenía contactos con la administración, o por decirlo de alguna manera, no tenía enchufe con la persona gubernamental encargada de comprar  el producto y administrarlo públicamente. Así que la idea acabó en el difuso océano de los grandes descubrimientos desaprovechados por un mero trámite influenciado por el amiguismo. Vamos, que quien no tiene padrino, no se bautiza.

Y si esto ocurre con asuntos no tan relativamente urgentes, ¿qué no harán con el tema de la salud? Al final todo lo mueve el dinero. Sí, no estoy descubriendo nada nuevo, aunque me parece muy triste que seamos capaces de asumirlo como la verdad absoluta que es sin que se nos revuelva el corazón, estómago, y demás órganos internos.

Me dan ganas de vomitar cada vez que veo al visitador médico de turno, armado de herramientas comerciales con el objetivo de que el doctor prescriba su producto (o convencer al funcionario en cuestión para que quede incluído en la Seguridad Social). Como buen comercial, su objetivo es barnizar de oro un producto que puede valer menos que una mierda, pero eso no importa porque ese es precisamente su trabajo, exaltar y vender. Cuando entres en una consulta y veas los calendarios o relojes publicitarios con las marcas de las farmacéuticas más conocidas, entiende que están ahí por algo. Al final no vas a tomar el medicamento más adecuado, ni el mejor, vas a meterte un tóxico en tu cuerpo que ha ganado la carrera comercial. A veces, incluso, ni es necesario, pero estamos en el centro de la batalla entre empresas sanitarias que se comportan como facciones enfrentadas donde hay que destruir al enemigo aunque esté haciendo algo loable por las personas como es descubrir un fármaco mejor que el tuyo.

Obviamente no todo es tan drástico y es cierto que hay unos filtros de seguridad, pero permitíos dudar al menos del sistema sanitario, de los propios medicamentos. Necesarios, sí. Pero a veces no en la cantidad ni en la calidad que se nos hace saber.

Lo que más me apena de este tema, y se nota en que ya me estoy extendiendo más de la longitud media de mis entradas, es que enormes conocimientos científicos acaban desapareciendo por esta lucha económica. O dicho con otras palabras, es triste que tengamos la capacidad de encontrar la cura de casi todas las enfermedades y que al final el factor limitante no sea la falta de inteligencia, sino el mal uso de ella a favor del puto y maldito dinero. Como sé que es muy fácil indignarse y no aportar soluciones, diré que una buena forma de acabar con esta lacra sería con una sanidad universal y sin patentes ni connotaciones empresariales. Pero a lo mejor eso solo es posible en un mundo más humano y coherente.

Yo hace tiempo que renegué de la investigación. Por eso, al igual que en El sanador del tiempo, no me queda otra que desembocar mis frustrados conocimientos adquiridos en la carrera en tintar con un poco de ciencia mis novelas, ya que de esa manera me frustro menos y lo disfruto más.

Un saludo.

 

 

¿ALGUIEN DE ALICANTE POR AHÍ?

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La entrada de hoy es simplemente para saber si alguno de los que os pasáis por aquí sois de Alicante, porque estaría bien juntarnos en alguna ocasión, más ahora que el sol le da vida a nuestra marítima ciudad. Si os gusta leer o escribís, mejor que mejor, ya que sería interesante realizar alguna actividad en ese ámbito. Así que, manifestáos, alzad la mano para ver si hay gente y predisposición y preparamos algo interesante.

Ya de paso y para los que no sois de aquí, o para los que no la conozcáis, aprovecho para contar una leyenda que me encanta: la historia de la cara del moro que se dibuja en la montaña que sostiene el castillo de Santa Bárbara. Hay varias que han sobrevivido al paso del tiempo, yo os cuento la que a mí me ha llegado.

Cuenta la leyenda que el califa de Alicante tenía dos pretendientes para su hija y que, para elegir entre ellos, tendría en cuenta los méritos militares de cada uno. Así pues, uno de los dos pretendientes, Almanzor, marchó a la guerra en busca de conquistas mientras el otro, Alí, permaneció en la ciudad. Aprovechando la cercanía, Alí se ocupó de la princesa, la cuidó, le hizo compañía y se ocupó de todas sus necesidades. Tal era la dedicación y el mimo de Alí que la princesa acabó irreversiblemente enamorada de él. Cuando Almanzor, el otro pretendiente, volvió de la guerra con honor y victoria, el califa decidió que sería él el que acabaría casándose con su hija. La princesa, incapaz de olvidar su amor por Alí e infeliz con su matrimonio con Almanzor, decidió poner fin a su amargura suicidándose. Del disgusto, el califa también decidió acabar con su propia vida arrojándose por la montaña, y es por eso que esta adoptó la forma de su rostro.

Bonita historia, ¿eh?
Nada más por hoy. ¡Que tengáis un legendario día!

ASSASSIN’S CREED y EL SANADOR DEL TIEMPO

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Uno de los argumentos recurrentes en las críticas de El sanador del tiempo es que se parece a Assassin’s Creed. Así que esta entrada, antes o después, tenía que llegar. Ahí va mi opinión sobre “El sanador del Creed”.

Los argumentos se parecen en que personas del presente buscan soluciones a sus problemas a través del pasado. Un pasado además grabado en el material genético y que puede leerse mediante el uso de tecnología futurista. Y hasta ahí.

En cuanto a las diferencias, la principal es que el objetivo de los viajes en el tiempo en la película es visualizar el pasado sin interacción directa para obtener información valiosa, mientras que en el libro de El sanador del tiempo se recrea la situación pasada y se interviene directamente en ella para modificarla. Además, el objetivo en este último siempre es curar enfermedades causadas por los cambios genéticos acumulados.

Dicho esto, confieso que no he jugado a los videojuegos (si bien están en mi lista de futuribles desde hace mucho tiempo), ni he visto la película. Por ello, cada vez que recalcan la similitud de ambos mundos me siento elogiado, ya que pienso que he sido capaz de tener una creatividad a la altura de una franquicia de éxito (salvando las distancias, por supuesto). La cara amarga de esto es que se puede pensar que he copiado las ideas, pero contra eso solo existe mi palabra contra la crítica. Por eso siempre trato de ser sincero en este blog y más de una vez he sacado mis trapos sucios, porque solo con sinceridad se puede ganar credibilidad. La reputación se la gana uno día a día.

Nada más.
¡Que tengáis un buen inicio de semana y, si no ha sido bueno, pues viajamos en el tiempo y lo arreglamos!

PUEDO CONTROLAR EL TIEMPO Y EL ESPACIO – Confesiones#5

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Hoy toca entrada de café dominical, de confesiones. Solo vosotros y yo sentados cara a cara para contaros una historia personal: la historia de cómo aprendí que se puede controlar el tiempo y el espacio.

Todo empezó en una sala de chat. Ahora hay mucho Whatsaap, mucho chat de Facebook y todo eso, y no sé si es porque me hago viejo pero creo que nunca llegarán a tener el encanto de los antiguos chats o del MSN Messenger. Yo tenía 16 años y ella 13. La sala se titulaba “adolescentes de 14 y 15 años”, pero el destino nos unió como si el mundo quisiera decirnos que incluso allí donde no tuviéramos cabida, acabaríamos encontrándonos.

La casualidad virtual se convirtió en una necesidad cuando su esencia encontró la manera de viajar por los cables y clavarse en mí como un elixir del que ni pude ni quiero librarme. Quiso la vida, puta a veces hasta el extremo, mostrarme que yo era una persona importante para ella sin darme cuenta de que mi corazón era un espejo para ese sentimiento, pues ella era la persona más importante para mí.

Viviendo a distancia, acabamos encontrándonos solo 3 veces en 4 años cuando me di cuenta de que la distancia, un puñal lacerante para dos personas que se adoran, no me hacía daño. Sentía que la necesitaba a mi lado, pero no notaba que estuviera lejos. No se puede sentir lejano a alguien a quien llevas dentro, por mucho que viva a muchos kilómetros de ti. Ella me enseñó que la distancia era relativa, que podía controlar el espacio. Aunque se inventen los viajes interplanetarios y ella utilice uno de ellos para buscar su origen (pues os aseguro que no es de este mundo), yo seguiré sintiéndola conmigo. De tal manera la quiero.

Han pasado ya más de diez años. Algunos más. No sé medir el tiempo exacto, porque creo que este se paró la primera vez que pude ver esos ojos que han secuestrado el océano dentro de ellos. Hay segundos en los que la necesito y no saber de ella se me hace eterno, y hay épocas en las que estamos presencialmente más distantes pero la seguridad de saber que no la estoy perdiendo acorta ese tiempo a las milésimas que hay entre una sístole y una diástole, pues no dejo que se quede nunca fuera de ninguno de mis latidos. El tiempo también es relativo, amigos.

El más claro ejemplo de la relatividad del tiempo es que siempre la siento como la primera vez que la conocí. Cada vez que la veo vuelvo atrás en el tiempo, pero también  cada vez que la veo viajo también adelante en el tiempo. Hoy cumple años de nuevo y aprovecho esta entrada para felicitarla. No voy a decir cuántos años cumple porque es una señorita. Una señorita que se hace vieja, pero no pasa nada porque el tiempo es tan relativo como que si se me preguntara cuántos cumple, cuándo la conoci, hasta cuándo la voy a querer, o cosas temporales por el estilo, yo respondería siempre con la misma palabra: siempre.

Feliz cumpleaños, angelico de mi guarda.

AMOR A LO DIGITAL

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Hoy vengo con una entrada de esas que me hacen ganar enemigos. Allá voy. Lo suelto: prefiero leer en digital. Sé lo que estáis pensando. Ya lo escribo yo por vosotros: ¿pero qué estás diciendo? Sí, también sé las razones por las que se tiende a preferir el papel. Y estoy de acuerdo. El papel tiene un romanticismo que no se puede pasar a binario. Un libro impreso, un buen asiento y un ratito de tranquilidad es uno de los mejores tríos de los que se puede disfrutar en esta vida. Pero por circunstancias de la vida, leo más en digital.

No es que me guste más leer en el ordenador, en el Kindle o en el móvil, solo digo que lo prefiero porque prácticamente no tengo tiempo para sentarme y coger un libro. Desgraciadamente. Cuando más leo es cuando me desplazo de un lado a otro. Me he acostumbrado a leer en el móvil andando (al principio parece imposible, lo sé, pero una vez te acostumbras es muy cómodo; eso sí, no descarto alimentarme de alguna farola un día de estos).

Me he acostumbrado de tal manera que los únicos libros que acabo son de esa manera. En casa apenas puedo coger un libro después de comer, y además suelo empezar a trabajar a las 15:30. El libro que me desvirgó digitalmente fue la trilogía de El señor de los anillos (es una hazaña leérselo en el móvil, ya os lo digo… y descubrir que mi novia lo tenía en su casa en papel merece una mención aparte…). Tras la obra de Tolkien pasaron muchas más, y actualmente disfruto de mis ratos muertos fuera de casa con La sombra dorada de Luis M. Núñez. Recomendadísimo, por cierto. Ir a trabajar se hace menos pesado sabiendo que puedo disfrutar de ese libro en los ratitos de desplazamiento.

Otra ventaja obvia es el gasto económico. El sanador del tiempo, por ejemplo, puedo ofrecerlo a 2,81 € en digital, mientras que en papel tengo que venderlo a 8,82 € para sacar el mismo beneficio (un eurito, que además reinvierto en comprar otros libros, retroalimentando el ciclo literario). Como lector y como escritor, el precio más económico de la versión digital me permite ampliar la circulación de libros, tanto de entrada como de salida.

¡Y nada más! A menudo oigo echar pestes sobre los libros digitales. Estamos de acuerdo en que por mucho que se desarrolle la tecnología, no se podrá igualar el efecto de abrir y oler un libro. Pero no por ello creo que haya que despreciar las bondades de la literatura digital, que no son pocas, y en determinadas circunstancias como las mías me permite ampliar mi vida literaria.

Un saludo.
¡Que tengáis un feliz y digital día!

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