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No se me ocurre mejor título para esta entrada. Creo que sería un acto merecedor del mayor de los castigos no titular así esta publicación con la foto que utilizo para encabezarla. Esa imagen es, para mí y en el momento que la recibo, la más bonita del mundo. Un punto de luz que hace que todo lo que hay alrededor de mi existencia se funda a negro, que mi cabeza no se dedique a otra cosa que transmutar cada uno de sus píxeles en felicidad absoluta.

Y no lo digo por esos ojos que son la firma de un dios, cualquiera en el que creáis, que decidió superarse a sí mismo. Tampoco hago alusión a esa sonrisa que es el pasaporte a un paraíso, uno tan bello que aún no ha sido creado, y que espero no tenga fecha de caducidad. No. Lo más bonito de esa persona es lo que no se ve, lo que esconde por dentro y que yo fotocopio con celosía en lo más profundo de mi corazón. Esa persona es, para mí, una de las tantas formas de amor que como seres humanos somos capaces de percibir: la amistad eterna sin condiciones, la que acepto con los ojos cerrados porque sé que no hay letra pequeña.

Pero con el título tampoco me refiero a ese ángel de mi guarda que aparece en la imagen.

La fotografía es lo más bonito del mundo porque en las manos de la alegría personificada aparece un pedazo de mí. Una catarata de ilusión concatenada de frases, una parte de un gran sueño hecho papel, ese “Sanador del tiempo” que todavía se empeña en darme alegrías. Todo lo que soy, no tiene sentido si no pasa por sus manos. Así ha sido y lo seguirá siendo siempre, mi alegría y su existencia es un matrimonio bien avenido que se consuma cada vez que tengo la suerte de coincidir en el espacio-tiempo con su presencia, en cualquiera de sus formas posibles.

Esta imagen es lo más bonito del mundo por lo que representa: dos cosas sin las que no podría vivir, juntas. Dos pedazos de mi alma representados en un mismo encuadre. La amo, por supuesto. A la fotografía y a ella.

Y nada más por hoy.
¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

 

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