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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

mes

julio 2018

MI NUESTRA HISTORIA #2 – No leas, decide

arrib

En primer lugar, barnizo estas palabras con alegría para agradeceros a todos vuestra participación en la primera votación de Mi nuestra historia. Gracias a ello, hoy os traigo un segundo capítulo.

Para los que no sepáis de qué estoy hablando, hace unos días comencé una historia en la que vosotros ibais a ser los verdaderos protagonistas. Al final de cada capítulo, propongo una votación que determinará el devenir de la historia, para que os sintáis partícipes de ella. Además de leer, se le añade el entretenimiento de ver qué opina el resto de lectores respecto a determinadas situaciones.

Podéis participar a través del blog, aunque siempre recomiendo hacerlo a través de la aplicación para Android de Jon Ícaro, que está todo mejor organizado y además recibiréis avisos cuando se cuelgue cada capítulo. No me extiendo más, que aquí abajo os voy a copiar el siguiente capítulo. Para los que se incorporen en el último momento, cada capítulo dejaré los enlaces a capítulos anteriores para que puedan ponerse al día y un breve resumen de lo acontecido. Pues eso, que seguimos. ¡A decidir el futuro de Prisco y su familia!

Enlace al CAPÍTULO 1 // Resultado votaciones
Resumen hasta ahora: Prisco es un comerciante de vino de la provincia romana de Moesia. La fuerte competencia en suelo romano está dilapidando su comercio, por lo que su única esperanza es conseguir una plaza en la caravana comercial a Dacia, donde augura mejores ventas. Para ello, se reúne con el edil, el cual le sugiere que para asegurarle la plaza, debe de prestarle a su hermosa esposa durante una noche. Tras negarse, Prisco vuelve a su hogar sin saber que sus verdaderos problemas están más allá del comercio.

 

CAPITULO2

—Espero una respuesta, Prisco —insiste el edil. No está acostumbrado a que lo hagan esperar—. Por si te ayuda a tomar una decisión, te prometo que tu esposa será tratada como la mejor de las emperatrices durante la noche que esté conmigo. Disfrutará de las comodidades y lujos que tú no puedes proporcionarle.

Las dudas de Prisco se disipan de golpe. Ese último argumento es decisivo para la decisión que va a tomar.

—¡No te prestaré a mi mujer como si fuera una vulgar prostituta! —grita Prisco mientras se levanta, haciendo que su asiento salga disparado. El edil se reclina hacia atrás, ligeramente asustado por la violenta reacción del joven—. ¡Tú lo has dicho! ¡Es una de las mujeres más bellas del Imperio! Y no por solo por su aspecto, sino por todo lo que hay dentro de ella, que es si acaso más bello aún… No puedo… ¡No quiero dejarla en las sucias manos de alguien como tú!

Prisco se despacha, se queda a gusto. Durante unos segundos, solo se escucha la respiración agitada del comerciante de vino.

—Has tomado la decisión errónea —advierte finalmente el edil—. Por supuesto, estás fuera de la ruta comercial. Y te aseguro, Prisco, te aseguro que ese va a ser el menor de tus problemas… ¡Fuera de aquí! ¡Vete antes de que ordene que te arresten por desobedecer a la autoridad!

Prisco se marcha a paso apresurado. Ha tenido suerte. El desafío le ha salido barato. El edil lleva poco tiempo en el cargo y no quiere perder popularidad castigando a su voluntad. Aun así, no se fía. Comienza a correr a través de las calles del municipio. Teme que Labeo haya decidido enviar a sus hombres como represalia para coger a su mujer por la fuerza. Sabe que las personas de poder no aceptan respuestas negativas y que tienden a salirse con la suya por otros medios. La túnica se le enreda en las piernas y le dificulta la carrera, pero él intenta ir lo más rápido que puede.

El sudor comienza a deslizarse por su rostro mientras abandona el núcleo del municipio y avanza por las calzadas que enlazan el viñedo donde vive. Sus muslos arden y sus pulmones trabajan a marchas forzadas. Pero no puede parar. Lo que más desea es ver a su mujer, sana y salva. Necesita estar con ella o no estará tranquilo. Su corazón bombea a un ritmo frenético, en parte por la carrera, en parte por el miedo a que algo malo pueda pasarle a su familia.

Cuando llega a los alrededores de su casa, se da cuenta de que sus temores no tenían fundamento. Los hombres del edil no están allí.

Está ocurriendo algo peor.

La agitación es excesiva en las inmediaciones. Gritos, alaridos de dolor, llantos agónicos, ruidos desconocidos para él… ¿Bandidos? No. La guardia del señor de la villa habría acabado con ellos. Hay muchos hombres con cascos puntiagudos. Prisco no entiende qué está ocurriendo, pero se da cuenta de que el nerviosismo que sentía hace unos momentos era una minucia comparado con el terror que lo invade ahora. Siente el calor del miedo concentrarse en su pecho.

—¡Sentia! —grita mientras corre en dirección a su hogar. De reojo ve cómo un hombre combate contra uno de los invasores. Bueno, lo intenta, porque este no tarda en rajarle el estómago con su espada curvada—. ¡Naevia!

Prisco llega a su domus. Ve que la puerta está abierta, y siente en su estómago un dolor que no había sentido hasta ahora. Deduce que los asaltantes han entrado en su hogar. Sin perder un segundo, atraviesa el portal.

—¡Sentia! ¡Naevia! —grita de nuevo.

Solo escucha el llanto de una niña. Naevia… Su hija… Su hija está viva… El alivio que siente es titánico, aunque no tarda en volver a preocuparse. Corre hacia el triclinium, lugar del que provienen los ruidos.

Se encuentra con su hija acorralada en una esquina. Agarrada a sí misma, con sus pequeños mofletes empapados en lágrimas. Ante ella, un hombre que a Prisco le parece gigantesco, juega a asustarla acercando su espada y burlándose de ella.

En ese momento, Prisco ya no siente miedo. El instinto protector ha devorado todo el terror, se ha transformado en agresividad. Coge una vasija cercana y la revienta contra la espalda del invasor. Es la vasija que guardaba desde pequeño. Aquella en la que su padre guardó el primer vino que fabricó. Pero a Prisco no se le ocurre mejor uso para aquellos preciados recuerdos que el de salvar a su niña.

El hombretón cae al suelo tras el impacto. La espada se le cae de la mano. Comienza a levantarse algo aturdido, pero Prisco no le da tiempo para reaccionar. Se lanza hacia él. Lo agarra del cuello empujándolo contra la pared. Aprieta con todas sus fuerzas. El hombre le da dos fuertes puñetazos en la boca del estómago para que lo suelte, pero Prisco no siente nada y no deja de apretar. Está totalmente empeñado en salvar a su hija.

El asaltante decide entonces copiar la agresión que está recibiendo y pone sus manos alrededor del cuello de Prisco. También aprieta. Empuja al comerciante. Su mayor fuerza hace que Prisco caiga de espaldas, con el agresor sobre él. Ahí, en el suelo, ambos continúan apretando. Prisco se asfixia, ni una gota de aire es capaz de atravesar su garganta. Sus fuerzas comienzan a diluirse. No va a aguantar mucho.

De repente, los ojos del hombre que le está agrediendo se tornan blancos. Le suelta la garganta y se desploma encima de él. No sin esfuerzo, Prisco consigue quitarse ese cuerpo inerte de encima. Frente a él, aparece a otro hombre con su espada manchada de sangre. Le tiende la mano para ayudarlo a levantarse y Prisco agradece aquel apoyo.

—¿Estás bien? —pregunta el hombre que acaba de llegar en el momento oportuno.

Prisco no contesta. Se acerca a su hija, se agacha y la abraza con todas sus fuerzas.

—¿Y mamá? ¿Dónde está mamá? —pregunta Prisco.

—Se la han llevado… Los hombres malos se la han llevado —dice la pequeña con todo el coraje que una niña de ocho años puede reunir.

Prisco coge la espada caída en el suelo, con la intención de salir a recuperar a Sentia. El hombre que le ha salvado la vida le agarra del brazo, impidiéndoselo.

—Eh, ¿dónde crees que vas? —pregunta el soldado, ataviado con una armadura de placas que lo identifica como un militar del ejército romano—. ¿A suicidarte? —Mira a la niña y Prisco entiende. No puede dejarla sola—. Ya se han marchado. La guardia urbana los ha expulsado.

—¡Se han llevado a mi mujer! —se lamenta Prisco—. ¡Tengo que recuperarla!

Su interlocutor resopla. Opta por ser sincero. Sabe que lo que va a decir le va a doler mucho a Prisco, pero puede que sirva para que asuma la situación y que se quede en su casa. Eso salvaría su vida. Y la de su hija.

—Mira, chico… Si se la han llevado, poco puedes hacer tú solo. Los dacios están bien organizados. El emperador Domiciano está preparando un ejército para combatirlos. Espera que los derrote y entonces…

—¿Y entonces qué? —se rebela Prisco—. ¿Tengo que esperar sabiendo que cada día cientos de bárbaros la estarán…? —Se calla. No quiere que su hija escuche aquellas palabras. Él tampoco quiere pensar en su esposa siendo violada repetidamente. No puede soportar esa imagen. Por ello, toma una decisión—. Voy a ir a Dacia.

—Te he dicho que no puedes hacer nada tú…

—¡No voy a ir solo! —replica Prisco—. Tú eres del ejército, ¿no? ¡Ayúdame a formar parte de él! Iré con el ejército a Dacia. Y allí, la recuperaré. Por favor… Habéis llegado tarde para salvarnos de este ataque, ayúdame al menos a corregir las consecuencias de vuestro retraso.

—No hemos podido acudir antes, los ataques dacios en Moesia se han vuelto impredecibles —se excusa el militar—. Pero…, creo que podrías encontrar un hueco en el ejército —informa, dispuesto a ayudarle—. No tienes la disciplina necesaria para formar parte de los legionarios, pero te podrían aceptar como auxiliar.

—Te lo agradezco —concede finalmente Prisco. Ni siquiera le ha agradecido que le salvara la vida—. Además, no me queda otro remedio. Si los dacios se han llevado nuestras mercancías, no me queda nada con lo que comerciar. Necesito el pago que recibiré como soldado para mantener a mi familia, una vez consiga recuperar a mi esposa.

—Lo que propones es muy imprudente, chico. Y arriesgado. Ni siquiera sabes si encontrarás a tu esposa. Ni si estará viva para cuando llegues a Dacia. ¿Tanto la amas como para arriesgar tu vida?

Prisco siente que le retumba el corazón. Sí, tanto la ama.

—No estoy arriesgando mi vida, créeme —dice Prisco, convencido—. Porque, sin ella, para mí es como si ya estuviera muerto…

El soldado ríe. Piensa que los arrebatos de juventud de Prisco no le van a traer nada bueno. Él es veterano y cree que entiende más de mujeres y pasiones. Pero, en fin, también anhela ese fervor juvenil que dejó atrás hace mucho.

—Yo te ayudaré a incorporarte al ejército —afirma el hombre—. Pero, aun así, queda un problema que resolver.

El soldado mira a la pequeña, entre los brazos de Prisco.

—Ella vendrá conmigo —afirma Prisco, poniendo fin a aquel problema.

—¿Te la llevarás a la guerra? —pregunta el militar sorprendido—. Eres más imprudente de lo que pensaba, chico…

—No tengo ningún sitio en el que dejarla…

Entonces, Prisco piensa en la madre de Sentia. La abuela de Naevia no ha hecho aparición, ni siquiera tras el fin de la batalla. Sabe lo que se va a encontrar cuando recorra el resto de habitaciones de la casa: una anciana sin vida.

—Yo puedo encargarme de ella —ofrece el soldado, aunque se corrige inmediatamente—. Mi esposa, quiero decir. Vive en Roma. Puede encargarse de tu niña. No estará más a salvo en ningún otro lugar.

—¡Naevia se viene conmigo! —decide Prisco, cargado de instinto protector.

—No la dejarán entrar en los campamentos militares. Podrá acompañar, con suerte, a los que siguen el campamento. Pero si quieres que tu niña acabe como una prostituta para saciar los instintos de los soldados en guerra, tú mismo.

—¡Encontraré la manera de que esté a salvo!

—Te repito que no estará en mejor lugar que en Roma, chico. Y a cambio, solo te pediré una parte de los denarios que ganes como soldado. Y tú podrás ir tranquilamente a por tu esposa. Los dos ganamos.

Prisco lo mira desafiante. ¿Debería fiarse de él? Separarse de su hija es algo tan… doloroso. ¿Y si le pasa algo a su niña mientras él está fuera? No podría perdonárselo jamás. Pero también sabe que llevarla a la guerra no lo convierte precisamente en un buen padre. ¿Qué debe hacer Prisco?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

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MI NUESTRA HISTORIA – No leas; decide

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Ahí voy con otra iniciativa literaria con la que pretendo que mi próximo libro sea menos mío y más de todos nosotros. Mi próxima historia será abierta: iré publicando cada capítulo y al final de él propondré una votación para que vosotros decidáis el devenir de la narración. El objetivo, que dejéis de ser espectadores literarios para convertiros en protagonistas, permitiendo una mayor interacción y empatía con los personajes.

Para ello, retomo el género histórico. De ahí que a esta iniciativa la llame Mi nuestra historia, además de porque la historia vaya a ser nuestra al ser participativa (si es que yo cuando hilo…). Tratará sobre Prisco, un comerciante de vino cuyo destino pondrá a prueba el amor que siente por su esposa Sentia y su hija Naevia en pleno Imperio romano.

PROMO

Lo suyo es que participéis a través de la aplicación móvil de Android, que para eso me la he currado. Ahí estará todo bien organizado y además os llegará una notificación cuando se cuelgue cada nuevo capítulo y cuando estén los resultados de las votaciones. Podéis encontrarla en Play Store si buscáis “Jon Ícaro”. Además ahí también estaréis al tanto de mis movimientos y podéis chatear conmigo y todas esas cosas molonas que permite la APP.

Aunque, para los que no soláis usar aplicaciones y en honor a la fidelidad que os debo, también iré colgando aquí los capítulos y el enlace a las votaciones al final. Así que, no me enrollo más y aquí os dejo el primero. Espero que os guste y os animéis. A ver cómo me cuidáis al pobre de Prisco en esta primera situación complicada. ¡Un saludo!

 

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“Los granos de uva revientan bajo los pies de la niña, que ríe al sentir la fruta destrozarse entre sus pequeños dedos. Dentro de la pileta, pisotea repetidamente mientras siente las caricias del zumo sobre su piel. Su felicidad se refleja en su padre. Frente a ella y con los brazos cruzados sobre un pecho henchido de alegría, Aulo Naevio Prisco observa a su hija disfrutar del proceso de pisado.

—¿Lo ves? —dice una voz femenina a sus espaldas abrazándolo desde atrás. A Prisco no le hace falta girar la cabeza para saber que se trata de su esposa Sentia. Sabe que no hay otros brazos en todo el Imperio romano que tengan la capacidad de elevarle al cielo como los que ahora mismo rodean su torso—. No ha sido mala idea cambiar el prensado por el pisado para fabricar el vino. Ella es feliz, y eso es suficiente.

La sonrisa que comparten hija y padres sigue contagiándose de un rostro a otro. Y, sí, lo cierto es que lo que pierden en denarios, lo recuperan en felicidad.

—Además, ya sabes que la uva pisada tiene propiedades curativas que no posee el vino obtenido a través de la prensa —continúa Sentia intentando animar a su preocupado esposo.

—Tampoco tiene su calidad —se lamenta Prisco—. Solo los enfermos se preocupan por la curación del vino. Y esos no trabajan, y por lo tanto no tienen dinero para pagarlo…

—Tranquilo, Aulo. Todo va a ir bien…

El hombre se gira. No puede evitar sentir a su esposa tan cerca y no verla. La aprieta contra sí. Sus labios se funden en un cálido beso que hace que florezca el corazón de ambos.

—Tengo que prepararme para la reunión con el edil.

Sentia afirma con un movimiento vertical de su cabeza. Sabe que Prisco está nervioso por ese encuentro. El futuro de la familia depende de él.

—Yo me encargo de Naevia —dice ella, y deja que su esposo se marche al interior del hogar para prepararse.

Prisco se dirige a su habitación. Se lava el cuerpo con algo de agua lamentando no disponer de una lavatrina para asearse en condiciones. Se echa aceite por un cuerpo que, pese a no estar muy desarrollado, dispone de la musculatura propia de un trabajador de la vendimia. Se pone la túnica e intenta ajustarla a la cintura con la cuerda, pero el nerviosismo le impide completar el nudo.

—¿Te ayudo? —pregunta Sentia, que acaba de incorporarse a la estancia.

—¿Y Naevia?

—Está con tu madre, que intenta quitarle las manchas de uva de los pies. Cuanto más frota, más se ríe nuestra hija, y así es imposible.

Prisco sonríe imaginando la situación. Pensar en su hija es el mejor bálsamo posible para su estado nervioso.

—Yo te ayudo —dice Sentia acercándose a él.

Agarra la cuerda que el hombre tiene en la cintura, pero no para hacer un nudo, sino para retirarla. Le quita la túnica a su esposo y trata de hacer lo mismo con el subligar. Prisco la agarra del brazo antes de que le quite la ropa interior.

—Tranquilo, Aulo —dice ella—. He utilizado una bola de lana para no quedarme embarazada.

—No es eso, Sentia… —Prisco agacha la cabeza—. Creo… que no voy a poder.

La mujer entiende. Está demasiado nervioso para conseguir una erección.

—Perdón, Aulo. Solo pretendía que te relajaras para que fueras a esa reunión más tranquilo.

—Lo sé, lo sé. Y te lo agradezco.

—Tranquilo. Todo va a ir bien, mi amor —asegura Sentia mientras lo ayuda a volver a ponerse la túnica y, por encima de esta, la toga púrpura.

Prisco besa de nuevo a su mujer. Primero en la frente, después en esa nariz respingona tan característica que tiene y finalmente en los labios. Acaricia su mejilla de piel tostada, algo más oscura de lo que suele gustar a los patricios romanos, pero que a él le encanta.

—Vuelvo en un rato.

Se despiden con un fuerte abrazo y Prisco sale de su casa recitando mentalmente las palabras que intentará transmitir al edil. Camina a través de la calzada que lo aleja de las viñas y lo acerca al núcleo del municipio. Avanza por las calles evitando la tabernae, aunque piensa que un buen trago no le iría nada mal. Esquiva a los mendigos, siendo lo más dificultoso evitar el olor que desprenden. Sabe que, si las negociaciones no van bien, probablemente acabe como ellos. Y a él no le importa tener que sobrevivir en tal lamentable estado, pero su esposa y su hija… No. No soportaría verlas así.

Finalmente, llega a la casa del edil, golpea la puerta y no tardan en abrirle.

—Tengo una reunión con el edil del pueblo —dice, intentando sonar lo más amable que puede.

El sirviente asiente y lo invita a entrar. Es guiado a través de la domus y atraviesa un imponente atrio. Siente la mirada inquisitoria de las estatuas de los antiguos gobernantes. Finalmente, llega al tablinum del hogar: el despacho del edil. Se adentra temeroso a la estancia. Dentro, Sexto Menenio Labeo, le espera sentado en una silla curul, presumiblemente de imitación para ensalzar su posición política, pero que aun así intimida a Prisco.

—¡Mi querido Prisco! —saluda el edil e invita al hombre a sentarse—. Yo mismo he probado tu buen vino. Exquisito, he de decir. Al menos antes de que tuvieras que deshacerte de tu magnífica prensa.

Prisco se inclina ligeramente antes de sentarse en el lugar que el edil le ha ofrecido. Sus tripas se remueven ante aquel ataque. Ya le habían advertido de que intentaría sacar a la luz sus debilidades para aprovecharlas.

—Fue una pena, edil —confirma Prisco—. Pero mantenerla costaba más denarios de los que conseguía por ese buen vino.

—Ay, el comercio… —El edil resopla. Disfruta más organizando fiestas que encargándose de las tareas comerciales—. Parece mentira que Roma sea tan próspera.

—Eso mismo es lo que pienso que dificulta el comercio —se atreve a intuir Prisco—. Ahora todos tienen la oportunidad de comerciar y nos perjudicamos unos a otros.

—Por eso tenemos que exportar y buscar compradores en otros lugares. —Prisco sabe lo que el edil quiere decir. Por eso está ahí—. Los dacios no son tan exquisitos. Compran cualquier vino. Seguro que te darán unas buenas monedas por el tuyo, aunque no haya sido fabricado por el prensado.

—Tal es mi deseo —dice Prisco—. Quiero formar parte de la misión comercial que viajará a Dacia.

—Y yo quiero que lo seas. Quiero lo mejor para todos los hombres de este municipio.

—¿Entonces podré ir? —pregunta Prisco entusiasmado. Participar en ese viaje asegurará su economía. Al menos un año más. Él no puede viajar solo a Dacia, no sin la escolta que lo proteja de los asaltantes y que no puede pagar.

—Bueno, ya sabes que hay unas condiciones que…

—Lo sé, lo sé —interrumpe Prisco—. Tengo todos los permisos. Me he encargado de ello.

—¿Y el pago necesario para participar? —pregunta Labeo arqueando una ceja. Sabe que Prisco no tiene los suficientes denarios para abordarlo.

—Lo haré cuando regrese. He hecho cálculos. Revisados por muchos de los sabios del municipio. Ganaré lo suficiente para pagar los impuestos una vez vuelva…

—Ay, Prisco, Prisco… —El edil se acaricia su propia barriga, prominente como la de casi todos los hombres de poder que no pasan hambre—. Pero no puedo permitirte participar si no cumples las condiciones. ¿Qué ejemplo daría yo?

—Pero, ¡necesito viajar! —suplica Prisco. No tiene otra alternativa para conseguir dinero. Ha pensado en otras opciones, pero sabe que no son viables.

—Podría darte permiso, sí, pero eso supondría hacer algo excepcional por ti. —Una sonrisa perniciosa comienza a dibujarse en el mofletudo rostro del edil—. Entonces, tú tendrías que hacer algo excepcional por mí.

—¡Lo que sea! —afirma Prisco, desesperado.

—Se comenta que tienes la esposa más bella del municipio… —A Prisco se le revuelven las tripas. Siente un calor repentino que le invade el cuerpo. Cree saber lo que Labeo va a decir. Ruega mentalmente a Júpiter que no sea lo que está pensando—. Una noche con ella a cambio de dejarte participar en la ruta comercial a Dacia sería algo apropiado.

Algo estalla dentro de Prisco. Siente una bola ardiente salir de su estómago y ascender por su garganta. Quiere vomitar. Se traga la angustia e intenta calmar su corazón, que se niega desbocado. Le duele el pecho solo de pensar en otro hombre disfrutando de su mujer. Pero, si lo piensa bien… No le espera un futuro mejor a Sentia si no consigue vender el vino. La ruina la obligaría a prostituirse. A acostarse con hombres mucho peores que el edil. También sabe que, si se niega, Labeo, despechado, hará todo lo posible para arruinarle la vida. Corazón y cabeza comienzan una batalla digna de los mismísimos dioses romanos. Siente la sangre bombardear sus sienes, incapaz de tomar una decisión.

—¿Qué me dices? —insiste el edil presionando a un confuso Prisco—. No tengo todo el día. Sois muchos los que queréis participar en este evento comercial. Y pocas las plazas libres. Dime, Prisco. ¿Qué decides?

Prisco se ahoga en un mar de dudas. No sabe qué decir. No sabe qué es lo mejor para su esposa. Solo será una noche… ¿Debería permitir al edil disfrutar de su esposa una sola noche para asegurar su supervivencia o debería negarse y condenarla a la pobreza absoluta y a la mendicidad?”

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

LAS CAGADAS DE TUS NOVELAS DE CIENCIA FICCIÓN #2 – La comida del futuro

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Tras la buena aceptación de la entrada Las cagadas de tus libros de ciencia ficción #1 – El ADN, me animo a seguir con esta serie de consejos (por llamarlo de alguna manera) sobre esas cosillas que veo con frecuencia en las novelas de ficción y que me chirrían porque pienso que le dan más razón a la parte de ficción que a la de ciencia. Y esta vez voy a abordar el tema de la alimentación del futuro.

La comida del futuro
Ei, tío, espera un momento que me voy a pasar por el McPíldoras a por una pastilla de pollo y otra de ternera. Así me imagino yo la alimentación del futuro, tal como veo en la mayoría de las novelas. En un futuro apocalíptico en el que ya no existen plantas ni animales, se soluciona el tema de la nutrición inventando unas grageas mágicas. Así, de la nada.

Me encanta porque tras varios párrafos en los que el autor nos muestra con una delicadeza exquisita un panorama desolador y carente de vida, el protagonista se saca una pastilla del bolsillo y se la echa a la boca con toda la tranquilidad del mundo para cenar. ¿Pero qué lleva ese comprimido? ¿No os lo preguntáis vosotros? ¿Qué está comiendo si ya no existe nada? ¿De dónde ha salido lo que lleva dentro?

Del laboratorio, ya. Pero los científicos, por mucho que lo que hacen sea parecido a la magia, necesitan materias primas. ¿De dónde han salido esos azúcares si no hay plantas? ¿De dónde las proteínas? Bien, pues para que no quede tan en el aire este problema, aquí va una chuleta (nunca mejor dicho) para que podáis rellenar esas píldoras y que dejen de ser tan mágicas. Recordad: la magia de la ciencia ficción es hacer creíble lo increíble.

Los bioelementos, o elementos que necesitan los seres vivos para desarrollarse y que deberían estar incluidos en las pastillas del futuro son: principalmente CHON (carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno), otros bioelementos secundarios (azufre, fósforo, magnesio, calcio, sodio, potasio y cloro) y otros oligoelementos que se necesitan en muy menor medida pero que son igualmente esenciales (para los humanos: cobalto, cromo, cobre, flúor, hierro, manganeso, níquel, selenio, yodo y zinc).

¿Sabéis de dónde se pueden obtener todos estos elementos? De las rocas. Aunque te hayas cargado toda la vida de tu planeta ficticio, incluso si has alterado su atmósfera…, imagino que quedará suelo sobre el que viven tus supervivientes. A partir de ese sustrato rocoso, puedes nombrar una tecnología capaz de conseguir todos los bioelementos necesarios para esas pastillas mágicas.

Lo sé. Estoy siendo muy quisquilloso. Yo mismo he obviado de qué está hecha la carne sintética cuando en En el nombre de Eva, Felabert degusta uno de los escasos filetes naturales que quedan y compara su excelente sabor con el de la comida artificial. Pero es porque para una novela ligera toda esta información puede hacer que pierda el ritmo. Sin embargo, para una ficción pretenciosa y consistente, creo que puede venirle genial. Si estás siendo muy puntilloso con el resto de temas apocalípticos, no dejes la nutrición, uno de los más importantes, de lado. En el apocalipsis, a la gente le interesa saber la forma en que comen (y cagan) sus personajes, créeme.

Y, vale, puede que tu escenario no sea tan apocalíptico. Puede que los animales más desarrollados se hayan ido extinguiendo… pero, los insectos, tan propensos a adaptarse a las nuevas situaciones, pueden seguir apareciendo. Y, en ese caso, ya tienes una fuente extraordinaria de nutrientes. Un buen batido de saltamontes puede justificar el aspecto nutritivo de tu libro. No me mires así. De hecho, si la población mundial sigue creciendo a este ritmo, puede que sean nuestro único recurso. La cuentas salen si relacionamos la cantidad de proteína que aportan comparado con el espacio necesario para criarlos.

Dicho esto, espero que te haya servido para alimentar de manera más coherente a tus personajes. Trata de evitar el manido recurso de las píldoras nutritivas tan alegremente, sin darle algo de consistencia antes. Que solo falta darles sabor a vómito o moco para que parezca Harry Potter.

Nada más por hoy. ¡Buen provecho!
¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

 

NO HAGAS LAS PORTADAS DE TUS LIBROS… O SÍ

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Varios son los motivos que me llevan a escribir una entrada en este blog. El de hoy es lo estúpido que me siento. Tras haber malgastado horas y horas de mi vida en hacer mis propias portadas, voy y descubro Fiverr. Por si queda alguien como yo que desconocía esta plataforma, compañeros de letras, y también habéis derramado sangre, sudor y lágrimas con este tema, os cuento.

No es que no esté satisfecho con mi portada de En el nombre de Eva. De hecho, creo que ha quedado bastante profesional. Pero sí es cierto que hacer una portada es algo que requiere un gran esfuerzo. Elaborar una idea, buscar imágenes licenciadas, utilizar fuentes originales, pelearse con el Photoshop… Eso, suponiendo que no tengas que formarte un mínimo en edición de imágenes.

Y resulta que todo eso te lo hacen en Fiverr por 5 euros. En serio, el tiempo y esfuerzo que invierto en hacer mi portada bien me lo podía ahorrar a ese precio. Fiverr es una plataforma donde puedes encontrar profesionales freelance para casi cualquier cosa que necesites. Muchos de ellos hacen trabajos al precio mínimo que les permite la web, que es de cinco euros. Y la verdad es que está bien organizada. Entre las descripciones y las valoraciones de los clientes es fácil encontrar trabajadores de confianza.

El único problema es que la plataforma está en inglés, pero no es difícil encontrar trabajadores que hablen español. Para mi próxima portada, la utilizaré sin duda, salvo que tenga alguna idea en concreto que quiera plasmar yo. Además, estas personas tienen experiencia y pueden ver imperfecciones que mi escaso talento no es capaz de detectar. Y algunos de ellos tienen nociones de marketing que le pueden ir bien a la portada.

Muchos me habéis escrito al correo para preguntarme sobre cómo hacer una portada y creo que esta es la mejor opción. El precio me parece bastante asequible, o al menos lo suficientemente interesante para escribir una entrada en este blog pensando que puede serle útil a alguno de mis hermanos de letras.

Nada más por hoy.
¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

 

10 y 11 de JULIO – Descarga gratuita EN EL NOMBRE DE EVA

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Ya tardaba en hacer esto. Una de las tantas cosas maravillosas que tiene publicar con Kindle es que te permite poner tu libro de manera gratuita unos días limitados. Así he descubierto yo grandes autores y así he podido disfrutar de increíbles historias sin coste alguno. Y creo que es el momento de intentar devolver parte del cariño que he recibido por parte de esta iniciativa haciendo uso de ella y poniendo gratis a vuestra disposición la novela de “En el nombre de Eva“.

Se podrá adquirir gratis en la tienda Kindle de Amazon el martes 10 y el miércoles 11 de julio. Si teníais pensado echarle un ojo, es el momento. Y si ahora no tenéis tiempo pero pensáis disfrutarla en un futuro, aprovechad y descargarla aunque la dejéis aplazada en vuestra biblioteca Kindle, ya que así la tendréis ya guardada sin rascaros el bolsillo.

Deciros que el simple hecho de descargarla a mí me ayuda mucho. Al parecer, si estos días gratuitos la novela se mueve, Amazon entiende que es interesante y la tiene más en cuenta. Tecnicismos aparte y hablando desde el corazón, las descargas gratuitas de estos días a mí me suponen una tremenda alegría y me suben la moral. No hay nada peor para un escritor que el hecho de que los lectores no quieran tu novela ni gratis. Así que, por cada descarga en lo que dura esta promoción, ahí va un TREMENDO AGRADECIMIENTO por mi parte. De corazón.

Si os hacéis con ella, espero que la disfrutéis. Es una novela corta, ligera y directa que se lee en un par de horas, perfecta para llevar a la playa con el Kindle. Mientras el sol se encarga de broncear vuestra piel, espero que la historia os ayude también a coger color por dentro con la propuesta cívica de su metáfora. Me vengo arriba cada vez que alguien entiende el trasfondo y se da cuenta de que todos somos Eva.

Nada más por hoy. Muchas gracias por pasar por aquí como siempre, y otro puñado más de agradecimientos si hoy en concreto os pasáis por aquí.
¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon! Que, por cierto, si hoy os metéis a mi Instagram, podréis ver el booktrailer de la novela. ¡Abrazos!

 

 

LAS CAGADAS DE TUS NOVELAS DE CIENCIA FICCIÓN #1 – El ADN

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El título de la entrada bien podría haber sido Consejos para mejorar tu novela de ciencia ficción y no habría sido tan escatológico, pero tampoco soy yo ningún gurú para erigirme como un maestro del género. En cambio, sí hay cosas que veo repetidamente en muchas novelas de ciencia ficción y que rompen la magia de hacer creíble lo increíble, para mí una de las grandezas de este tipo de literatura.

Así pues, voy a comentar esos argumentos que me chirrían y que hacen que me cueste seguir avanzando en la historia (o que incluso acabe cerrando el libro), por si a alguien le pudiera parecer útil o interesante. O por si quisiera rebatirme, por supuesto. En el apartado de hoy, me voy a centrar en el ADN: esa molécula que a menudo se usa de comodín para que las cosas fantásticas tengan su inexplicable explicación.

 

SUPERHÉROE POR MUTACIÓN
Vamos a suponer que un personaje es capaz de trepar por las paredes y lanzar telarañas porque le picó una araña radiactiva. Anónimo, por supuesto. Le podía haber dado por comer moscas, pero eso no le daría ninguna ventaja más allá de ahorrarse un buen dinero en insecticida. O, pongamos, que por alguna extraña casualidad, existe un universo en el que las mutaciones generan superpoderes y hacen crecer los músculos en lugar de, yo qué sé, hacer que crezcan otras partes del cuerpo y que también permitirían titular la serie con una X, pero con distinto significado.

Si algo ha inculcado en nuestras mentes la ciencia ficción es que una mutación puede crear un superhéroe. Un cambio en el ADN y, zas, a cazar malotes. Pero la cosa no funciona así, no al menos para que uses este argumento tan gratuitamente en tus novelas. Para que un cambio en el ADN genere una habilidad extra, este ha de afectar directamente a todas las células que se encargan de gestionar esa función. Es decir, si lo que me permite es lanzar rayos por los ojos, necesitaré tener la misma mutación en las células oculares encargadas de ello, por no hablar de todas aquellas del sistema nervioso y/o endocrino que regulan este nuevo comportamiento. Teniendo en cuenta que las mutaciones son azarosas, sería extremadamente fortuito que ocurrieran justo y exactamente en esas células y no en otras, y que además los cambios se combinaran para que, en conjunto, permitieran esa nueva habilidad de manera eficiente. Estadísticamente, a Peter Parker le hubiera resultado más fácil ganar la lotería que convertirse en Spiderman. Y varias veces.

Todos somos mutantes. Imaginad mi cara de sorpresa y mi boca abierta al escuchar esta afirmación por parte de mi profesor de Biología, una persona respetable para mi yo adolescente de entonces. Pero tiene razón. La enzima que construye el ADN, la ADN-polimerasa, no es perfecta. Tiene sus ratos de distracción y se equivoca, generando cambios fortuitos en el ADN en todos y cada uno de nosotros. En algunos casos, este cambio ocurre en la parte del ADN que no se utiliza (ADN chatarra) y no ocurre nada. En otros, afecta al ADN que influye directamente en las funciones celulares y las altera hasta causar su muerte. Sin que nos demos cuenta. Desgraciadamente, en otros, los cambios afectan a su ciclo celular y la célula comienza a replicarse sin control generando un tumor.

Pero de ahí a que ese cambio genere una habilidad extrema para crear a un superhéroe, a menos a día de hoy, no se conoce que se haya dado el caso. Sería demasiada casualidad. Es más, nuestro sistema inmune se encargaría de eliminar las células afectadas rápidamente al reconocerlas como extrañas. Los villanos pueden respirar tranquilos. De momento.

Otra cosa es que el cambio sea intencionado. Dirigido. Que, mediante alguna ayuda tecnológica, pueda provocar la mutación en las células que yo quiera y de la manera que a mí me apetezca. Así, sí (si obviamos la corrección inmunológica, por ejemplo, con inmunosupresores). En El sanador del tiempo, mediante un viaje simulado al pasado se encontraba la forma en la que había que corregir el ADN de un paciente, y después la maquinaria sanitaria utilizaba esa información para variar todas las células afectadas, que realmente eran todas las del cuerpo humano porque se trataba de incongruencias genéticas heredadas.

Porque, en relación a ello, tenemos la segunda vía de escape para justificar un cambio genético masivo y la aparición de nuevas habilidades: que nazca con ellas. Si los cambios en el ADN se producen en el zigoto, estos se transmiten a todas las células del embrión y posteriormente al individuo. Es decir, si tu superhéroe fue modificado desde su origen, tiene sentido que disfrute de las habilidades que lo convierten en lo que es.

Para eso no hace falta que haya un laboratorio que introduzca los cambios selectivamente en el zigoto de nuestro personaje, lo cual limitaría el argumento. Puedes utilizar, por ejemplo, el recurso de que la mutación ocurrió en el óvulo de la madre (o en el espermatozoide del padre), de manera que así se transmite al hijo. O, también, el cambio pudo ocurrir durante el desarrollo embrionario del personaje. En ese caso, el cambio solo debería afectar a una célula o a un reducido número de ellas, dejando menor margen de la consistencia de nuestro argumento al azar. Es así como suceden los cambios significativos, como en el caso de las personas que nacen con algún dedo de más o de menos. No es que tengan superfuerza o visión nocturna, pero al menos permite un acercamiento más realista al concepto de mutación y habilidad.

 

Y hasta aquí la disertación de hoy. Quería hablar del manido recurso de los cambios en el ADN para generar plagas zombi o de los híbridos, pero lo dejo para más adelante, que no quiero que se alargue demasiado esta entrada. Por supuesto, todo esto son observaciones que pienso que pueden venirle bien a toda novela de ciencia ficción. Con esto no quiero decir que las que levantan un poco la mano con el criterio científico no sean divertidas, ni buenas, pero creo que con ciertos conocimientos pueden pasar de ser grandes historias a ser sublimes.

Nada más por hoy.
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PERDIENDO LA FE EN 3, 2, 1…

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Uno de los discursos que más me gustan de En el nombre de Eva, y que me hace perder la fe en la humanidad. Solo la gente que despedaza a los demás llega al poder. El que tiene la fuerza para deshacerse de toda la competencia a su paso. El que se impone y anula a los demás. Incluso a su hermano de partido, en eso que llaman democracias. A veces, hasta a la propia familia.

Y esos son los únicos que llegan a gobernar.
Nada más que decir.

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