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Vosotros lo habéis querido: Prisco se lleva a su hija a la guerra. Hoy os traigo las consecuencias de vuestras votaciones (muy ajustadas, por cierto) con el tercer capítulo de MI VUESTRA HISTORIA, la novela histórica-romántica en la que con vuestros votos decidís su desarrollo.

Como siempre, dejo el enlace a los capítulos anteriores para los que os incorporéis a esta aventura, además de un resumen para los que no tengáis tiempo y queráis poneros al día rápidamente. Y ya sabéis, al final del capítulo, una nueva votación. A ver si el dilema planteado está tan equilibrado como el anterior. Os recuerdo que también podéis seguir esta historia a través de la aplicación de Jon Ícaro (Google Play Store), donde recibiréis avisos cada vez que haya capítulo nuevo.

CAPÍTULO 1 // CAPÍTULO 2
Resumen: Prisco es un comerciante de vino romano de la provincia de Moesia. Su complicada vida como vendedor se ve alterada por una invasión de los bárbaros dacios, que se llevan a su esposa Sentia. Junto a su pequeña hija Naevia, se adentra en territorio dacio con la esperanza de incorporarse al ejército romano y recuperar a su amada.

 

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Prisco lleva varias horas cabalgando, empieza a sentir el ardor en los muslos de apretarlos contra el lomo del corcel. No le ha resultado difícil hacerse con el caballo tras el caos originado en su villa durante el ataque. En su apresurada huida tras la llegada de los defensores romanos, los dacios tuvieron que abandonar varios de estos preciados animales, dejándolo a su disposición. De otra manera, no podría estar disfrutando de una montura. Su complicada economía no le habría permitido mantener la criatura.

Delante de él y agarrada con fuerza al cuello del corcel está su hija. No ha sido capaz de dejarla en Roma. No con un desconocido. Sabe que no es muy responsable por su parte llevársela consigo a la guerra y sufre por ello. Pero estando a su lado, siempre podrá intentar salvarla del peligro al que pueda exponerla. Daría la vida por su niña. En cambio, estando lejos, sabe que su futuro ya no dependería de él. No soportaría volver y ver a su niña convertida en una esclava o algo peor sin que él haya podido hacer nada para evitarlo.

Por ello, cabalga a lo largo de la frontera entre Moesia y Dacia. Terreno peligroso. No tiene tiempo para viajar a Roma y alistarse de manera regular al ejército, podrían pasar meses, y eso es mucho tiempo, demasiado sufrimiento para su esposa. Tampoco le dejarían viajar con su hija de hacerlo de manera oficial. Así que va directo al campo de batalla, con la esperanza de ser aceptado por el ejército romano ya desplegado en suelo enemigo. La guerra necesita mucha mano de obra, y esa es su principal baza, que pueda ser útil en cualquiera de los ámbitos necesarios en un campamento militar.

La niña comienza a tener dificultades para mantener el equilibrio sobre el caballo debido al cansancio. Prisco la agarra con fuerza con la mano con la que no sujeta las riendas. No pueden detenerse, no en medio de la nada, en pleno territorio hostil. Es necesario encontrar un campamento militar. Lleva varias horas siguiendo las calzadas, esperando cruzarse con alguna columna de legionarios. Pero no hay señal de vida.

Solo pide un poco de suerte. Han asesinado a su suegra, han raptado a su esposa, no tiene otro remedio que exponer a su hija a un peligro inminente…

—¡Por Júpiter! ¡¡Solo te estoy pidiendo un respiro!!

La desesperación ha materializado sus pensamientos en forma de grito agónico. La pequeña Naevia se asusta y se incorpora ligeramente. Se gira para observar a su padre.

—Papá, ¿estás bien? Como mamá te oiga gritar así se va a poner a gritar ella también…

La niña se gira de nuevo y Prisco lo agradece. No quiere que lo vea llorar. Él también quiere discutir con Sentia, desea volver a sentir la suerte de discernir con esa mujer tan cabezota para arreglar todas las diferencias con un abrazo. Un simple abrazo. Necesita tenerla junto a él. ¿Dónde estará Sentia ahora? ¿Qué estarán haciendo con ella? Las preguntas se hacen fuertes en el corazón de Prisco, que tiene que hacer un terrible esfuerzo para no lagrimear.

—Mira, papá…

La niña señala hacia delante, a un gran grupo de personas que permanecen detenidas adelante, en el camino. Prisco entrecierra los ojos, utiliza la mano para cubrirse de un sol que a esas horas de la tarde empieza a perder fuerza. A lo lejos, divisa el estandarte romano: el águila dorada sobre fondo rojo.

—Gracias, Júpiter —susurra Prisco—. De verdad que lo que he pensado antes de quemar tu templo si no me ayudabas no iba en serio…

Prisco le dice a su niña que se agarre fuerte y hace que el caballo apriete el paso hasta llegar al centenar de hombres que han divisado momentos antes. Al parecer, ha habido una escaramuza. A ambos lados del grupo se apilan varios cadáveres. Otros tantos esclavos se encuentran atados en el centro de la multitud. Dos hombres obligan a Prisco a detenerse acercándose a él y apuntando sus lanzas contra él. Prisco baja del caballo junto a su hija y ofrece el saludo romano estirando el brazo con la palma de la mano hacia abajo.

—Soy Aulo Naevio Prisco, ciudadano romano. —Las lanzas se sujetan con menos fuerza ante la presentación—. Mi villa ha sido atacada por los dacios. He tratado de huir de ellos con mi hija desde entonces.

—Saludos, Prisco —dice uno de los dos lanceros—. Vuelve por ahí. —Señala, precisamente, la calzada por la que ha llegado el comerciante—. Ese camino es seguro ahora.

—No es mi intención volver a mi hogar —advierte Prisco—. Los dacios se llevaron a mi esposa. Quiero recuperarla.

El hombre de la lanza agacha la cabeza inconscientemente. Sabe que nada bueno puede estar ocurriéndole a esa mujer si la han capturado los dacios. En ese momento, se acerca a ellos un nuevo guerrero, este con una capa roja.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunta el recién llegado, un hombretón de larga melena y poblada barba dorada.

—Señor, este hombre de aquí llegó huyendo de los dacios, pero dice que ya se vuelve a su hogar —informa el lancero.

—Eso no es cierto —interrumpe Prisco—. Es verdad que vengo huyendo de los dacios, pero es justo hasta ellos donde quiero llegar. Tienen a mi esposa. Quisiera recuperarla.

El hombre de la capa roja mira a Prisco de arriba abajo. Poca musculatura para combatir, parece concluir.

—No tienes aspecto de luchador —dice el hombretón—. Vuelve a casa. En la guerra solo encontrarás dolor y muerte.

—Dolor ya tengo. Y la muerte no ha de ser peor que la vida sin mi esposa.

El jefe de los guerreros suspira ante esas palabras de Prisco. A pesar de su rudo aspecto, esas palabras parecen haber tocado su corazón. Otro hombre más se une al coloquio.

—Padre, ¿puedo ayudar? —dice el recién llegado.

—Convence a este hombre de que vuelva a su hogar, Urel. Es lo mejor que puedes hacer —ordena el líder mientras se mesa la barba.

—Mi hogar es mi esposa, y por lo tanto ese es el único lugar al que debo ir —repite Prisco—. La recuperaré de la mano de los dacios, con vuestra ayuda o sin ella.

Urel, el hijo del hombre de la capa, cruza los brazos sobre su portentoso pecho. Es el único de los guerreros que no lleva puesta una cota de anillas, quizás para mostrar su destacada musculatura.

—¿Quiere recuperar a su esposa? Está en su derecho entonces —opina Urel. Su padre lo mira con un gesto de reprobación por alentar a Prisco, que por primera vez en la conversación sonríe—. ¡Caridda! Caridda, ¡ven!

Tras el grito del joven fornido, se acerca una mujer. Su melena dorada y sus ojos azules como el mar impactan en Prisco. Había oído hablar de esos rasgos físicos en las mujeres del norte, pero jamás había visto una así.

—Es mi esposa —explica el guerrero Urel—. No podría estar sin ella. Por eso algunas mujeres nos acompañan. Vuestro emperador se empeña en alejarnos de nuestras tierras, pero yo soy incapaz de alejarme de Caridda. Vamos a la guerra, pero con ellas. Por eso, padre, entiendo a este hombre.

Caridda dedica a su amado una mirada tierna. El emperador Domiciano mueve constantemente a las tropas auxiliares para evitar rebeliones locales. Aunque luchen para Roma, sabe que no son romanos, y desplazar a sus auxiliares britanos al Danubio, lejos de sus tierras originarias, le parece una buena forma de quitarse problemas.

—Se te va la fuerza por ahí, hijo —dice el líder del grupo mientras señala la entrepierna de Urel—. Está bien. Varios hombres han caído en esta escaramuza y podríamos darte un escudo y una espada, Prisco. —Además, el guerrero sabe que el caballo del que dispone el joven puede ser incluso más interesante que él mismo para el transporte de mercancías. Prisco sonríe, ilusionado por poder formar parte de ese grupo. Sin embargo, el hombretón no tarda de nuevo en dilapidar sus esperanzas—. Pero esa niña es una carga que no nos podemos permitir.

De nuevo, su niña. Sabe que su presencia dificulta su objetivo. Pero no puede separarse de ella. ¿De qué serviría encontrarse con su esposa de nuevo si no es con la pequeña entre sus brazos?

—Yo puedo encargarme de ella —ofrece Caridda. La mirada de la mujer se cruza con la de Prisco. El joven no sabe si lo que siente en su estómago es simple agradecimiento—. Estará con nosotros, siempre cerca del ejército. Podrá verla todos los días.

El líder guerrero vuelve a acariciarse la barba mientras piensa en esa opción. Finalmente, asiente.

—Entonces solo nos queda un problema por resolver —anuncia el hombre de la capa para disgusto de Prisco, para el que la negociación parece no tener fin—. Necesito saber si tienes valía como guerrero.

Prisco nunca ha empuñado un arma, pero tiene el espíritu y la motivación necesaria para adiestrarse durante el camino. No hay nada que le haga comprometerse más con el entrenamiento que la esperanza de recuperar a su amada.

—¡Traedme uno de los prisioneros! —grita el líder—. Quiero que le des muerte delante de mí. Así demostrarás si eres útil en la tarea de matar.

Prisco traga saliva pensando en lo que acaba de pedirle. En unos segundos, traen a uno de los hombres derrotados durante la reyerta, maniatado. De una patada en la espalda le hacen postrarse frente a Prisco. El preso gruñe, se revuelve, pero es retenido por dos guerreros auxiliares. Caridda se acerca a Naevia para intentar llevársela de allí. La niña, atemorizada, se esconde tras su padre.

—No, no te lleves a la niña —ordena el líder guerrero—. Quiero que lo vea todo. Si va a estar entre nosotros, que se comporte como tal.

Prisco se estremece. Al hecho de matar a un hombre a sangre fría, algo de lo que no sabe si es capaz, se le suma la atrocidad de hacer partícipe a su niña, de romper su ingenuidad infantil con una escena de sangre y un violento espectáculo que, seguro, acabará trastornándola mentalmente.

—No veo necesidad de acabar con la vida de este hombre —dice Prisco, intentando evitar la situación—. Está ya derrotado, humillado. Y supongo que es más valioso con vida.

—Su vida aún puede valer unas monedas, es cierto —confirma el líder guerrero—, pero su muerte puede valer mucho más. ¿Sabes cuántos amigos he perdido por culpa de la afilada lengua de un traidor? Dándole muerte me aseguraré de que no estás con ellos. Tú decides, romano. ¿Demuestras que estás con nosotros o no?

Prisco vuelve a sumergirse en un mar de dudas. A pesar de que el sol ya está escondiéndose, comienza a sudar. No puede seguir avanzando por territorio dacio de noche él solo. Necesita avanzar con el apoyo de aquellos hombres hasta llegar al grueso del ejército romano. Pero asesinar a un hombre, delante de su hija, le parece tan triste y macabro… ¿Qué decisión debería tomar?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

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