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¿En qué estáis convirtiendo a Prisco? No, en serio, me está encantando la evolución del personaje, y es gracias a vosotros. De nuevo ha ganado la opción más perversa, habéis votado que Prisco se convierta en un saqueador (por el bien de su hija, todo sea dicho). Esto plantea algo muy interesante. Cuando encuentre a su esposa (si la encuentra), ¿seguirá siendo el mismo Prisco del que se enamoró? Ahí lo dejo. Abajo tenéis un nuevo capítulo.

Para los nuevos, como siempre: os presento MI NUESTRA HISTORIA. Una novela de corte histórico y romántico en la que, al final de cada capítulo, votáis para decidir cómo seguirá la historia, participando activamente en su desarrollo. Dejo a continuación los enlaces a capítulos anteriores y un breve resumen para que os animéis a formar parte de esta iniciativa en un par de minutos. Y, ya sabéis, también podéis seguir la historia de manera más organizada y con avisos sobre los capítulos nuevos en la aplicación Jon Ícaro (Play Store).

CAPÍTULO 1  // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3 //  CAPÍTULO 4 // CAPÍTULO 5
Resumen: Prisco es un joven comerciante de vino de la provincia romana de Moesia que un día ve su vida truncada cuando los dacios invaden su aldea y se llevan a su mujer. Para rescatarla, se une a un grupo de auxiliares bárbaros con la intención de adentrarse con ellos en territorio dacio y llegar al ejército romano con el que espera derrotar a Dacia y recuperar a su esposa Sentia. Las pruebas para ser aceptado en el grupo bárbaro ya han hecho que su hija reniegue de él, y ahora deberá saquear a inocentes para poder seguir en este viaje que está siendo más duro de lo que esperaba.

 

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El asalto por parte del grupo al que acompaña Prisco a la aldea dacia es inminente, y Prisco sabe que debe ser parte de él. Los bárbaros se lanzan enajenados contra esta en cuanto aparece ante sus ojos. Los primeros en llegar disfrutarán de las mejores mujeres, los mejores alimentos y los botines más destacados. Prisco es retenido por su conciencia. Es consciente de que tiene que robar por el bien de su hija, pero no quiere disfrutar del proceso. No se alegra como parece que lo hacen sus compañeros.

El joven comienza a correr colina abajo, sus sandalias pisan la estepa dacia y acortan la distancia respecto a unas casas selladas que albergan aldeanos atemorizados, como si fueran pajarillos en sus jaulas. Cuando Prisco llega a la pequeña villa, pocas son las barricadas de escombros que no han cedido a la embestida bárbara. Muchos hogares ya han sido profanados, tal como anuncian los gritos de agonía. Entre los alaridos de pavor y dolor se mezclan otros de placer, provenientes de los britanos que han forzado alguna hembra dacia para tranquilizar sus instintos salvajes.

Prisco busca alguna puerta intacta que muestre que el interior de la casa todavía no ha sido saqueado. Encuentra una alejada de las granjas y sabe que no es casualidad. Espera no tener que arrebatar los escasos víveres de una familia pobre y con poco acceso al sustento. Resopla y agarra con fuerza su escudo, un scutum ovalado que tiene la forma del cetratus de las tropas auxiliares. Toma carrerilla y embiste con él contra la madera que le separa de los alimentos que necesita para sobrevivir.

La puerta no se mueve ni un ápice.

Vuelve a intentarlo y lo único que consigue es un agudo dolor en su hombro izquierdo. Mira alrededor y observa cómo actúan sus compañeros. Entonces, decide intentar el método de la patada. Golpea fuertemente con la planta del pie en la puerta y su rodilla derecha le hace inclinarse de dolor. Mira al frente y se da cuenta de que no ha conseguido progresar.

—Prueba con esto —le dice un britano a sus espaldas. Es Urel. Cualquier otro estaría riéndose de él. En cambio, el hijo del líder le ofrece ayuda. Le tiende una tea encendida—. Lánzala sobre el techo de paja. El humo les hará salir. Después, entra y coge todo lo que esté a tu alcance. Pero sé rápido, no quiero tener que recoger tus cenizas.

Prisco inclina la cabeza y Urel sigue su camino. Se siente agradecido. ¿Agradecido? Ahora no solo va a robar a una pobre familia, sino que va a incendiar su hogar. Pero es lo que tiene que hacer por su hija. O, al menos, intenta convencerse de ello.

Lanza la antorcha y la puerta se abre antes de lo esperado. Antes siquiera de que el techo arda lo suficiente.

—¡Fuera de mi casa! —grita el hombre que aparece ante él, un veterano que solo conserva pelo en los laterales de la cabeza. Lleva un podón con una hoja grande y curva en su mano derecha—. ¡O te rajo la barriga!

Prisco agarra su espada celta con más fuerza, asustado. Sabe que la herramienta agraria del hombre atravesaría sin dificultad su túnica de lino.

—¡No quiero hacerte daño! —dice Prisco. Su tono de voz no es el de un guerrero, no impone lo más mínimo. Casi se le puede escuchar temblar, y eso envalentona al hombre que tiene delante.

—¡Lo que tengo se debe a mi trabajo! ¡Me cuesta sudor y sangre conseguirlo! ¡Y no me lo vas a quitar!

El hombre sabe que, si le roban su comida, no vivirá un invierno más, y con esa fuerte convicción ataca a Prisco. Lanza dos puñaladas que Prisco esquiva, más por miedo que por disciplina militar. El podón está diseñado para cortar, no para herir de manera punzante, por lo que su rival, consciente de ello, alza el brazo y esta vez ataca verticalmente. Prisco intercepta el golpe con el escudo. Se escucha el quejido del metal de su protección al recibir el impacto. Como enloquecido, su enemigo enlaza un ataque tras otro, abollando el scutum de Prisco y esperando un error en la cobertura para atravesar su cuerpo.

Prisco, actuando meramente de manera defensiva, se acostumbra al ritmo de ataque del hombre. Sabe, exactamente, cada cuanto tiempo le golpea con su herramienta. Y, entonces, aprovecha uno de los intermedios para apartar el escudo y lanzar su espada, que consigue atravesar el estómago de su rival. Esta vez ha aprendido. Ha atacado con todas sus fuerzas para no efectuar solamente una herida superficial. El filo ha atravesado completamente el cuerpo de su contrincante, que, entre estertores y vomitando sangre, aún intenta lanzar un ataque más.

Pero Prisco retuerce su espada, aumentando el daño y acabando con toda intención de seguir luchando de su rival. Se descubre a sí mismo disfrutando de la victoria, se siente poderoso al derrotar a su enemigo. Extrae el arma y el hombre cae al suelo, inerte.

Prisco entra en la casa, que ya ha comenzado a arder. Se encuentra tres niños confusos, llorando en una esquina. Intenta no mirarlos y se dirige a la despensa. Llena el zurrón con pan y queso y se marcha antes de que el humo invada sus pulmones. Abandona la aldea sin mirar atrás.

 

De vuelta a la retaguardia del grupo de britanos, Prisco se acerca a la carreta que carga lo más preciado para él. No son los víveres, ni las armas, ni las tiendas de campaña… Es su hija. La pequeña posee las piernas demasiado pequeñas para aguantar el ritmo de avance de los guerreros, por lo que permiten que viaje sobre uno de los carros. Además, ese permiso era una de las condiciones por las cuales Prisco cedía su caballo para tareas de carga.

—Toma, lo he conseguido para ti —dice Prisco mientras le extiende un trozo de queso a Naevia. La pequeña, como un gato asustado, se marcha hacia el otro extremo de la carreta.

Caridda, siempre cerca de ella, coge el trozo de queso y se lo da. En apenas tres bocados, la niña lo devora con fruición. Aún reniega de su padre, pero Prisco sonríe al ver cómo su hija disfruta de la comida. Solo por eso, ha merecido la pena el horror que ha causado.

—Dale tiempo —dice Caridda, acercándose al joven romano—. Acabará entendiéndolo. Por la noche le cuento historias de niños para que comprenda la situación.

—Y te lo agradezco. Gracias otra vez, Caridda. ¿Cómo duerme? ¿Tiene pesadillas?

—A veces tiembla y entonces la despierto, pero no creo que tenga más pesadillas que antes de que empezara todo esto. Supongo que tiene los horrores nocturnos de una niña de su edad.

Prisco quiere creerla, pero no sabe si simplemente intenta complacerlo con esas palabras.

—Pronto encontraremos a su madre y todo volverá a ser como antes. Los tres viviremos felices y sin preocupaciones.

Caridda traga saliva. Le duele pensar en la felicidad de Prisco junto a otra mujer. Siente mucho cariño por Naevia. Y aunque no quiera reconocerlo, siente algo mayor por el padre de la niña.

—Eres el primer hombre que conozco que desea el fin de la guerra para encontrar la felicidad. Los guerreros de mi tribu, al contrario, siempre piden a los dioses nuevas batallas que les den una razón para disfrutar.

—Es una buena forma de llamarme cobarde —bromea Prisco y los dos ríen—. Yo espero que todo esto acabe pronto…

—Tú quieres que la lucha termine para estar con tu mujer. En cambio, Urel parece que esté deseando comenzar un nuevo enfrentamiento para no estar conmigo.

—Él te trajo aquí —advierte Prisco, que no entiende esa queja—. Podía haberte dejado en Britania, pero quiso que vinieras para tenerte cerca suya.

—Solo quiere poder vigilarme para que no me posea otro hombre —explica Caridda, y ahora Prisco sí entiende—. Pero aquí, apenas me presta atención, siempre ocupado en hacerse cada vez más fuerte.

—Seguro que trata de ser más fuerte simplemente para poder protegerte. Yo quisiera ser tan poderoso como el mismísimo Júpiter si eso me permitiera recuperar a mi esposa…

—Respecto a eso…

Caridda calla. Está esperando el permiso necesario para expresar una opinión que sabe que no será bien recibida.

—Habla, Caridda. Siempre eres sincera conmigo.

—Tengo entendido que esperas unirte al ejército romano para derrotar a los dacios y recuperar a tu esposa.

—Esa es mi intención.

—Pero no la encontrarás tras la guerra. —Prisco tuerce el gesto ante esas palabras inesperadas—. Puede que venzas en la batalla final, y así yo lo deseo. Pero los dacios la asesinarán antes de que puedas encontrarla tras la victoria. Una vez derrotados, descargarán su furia sobre todo romano que esté a su alcance. Siempre ocurre así.

Prisco se queda pensativo. No quiere aceptar esa revelación, más que nada porque no sabe otra alternativa que lo acerque a su esposa.

—Ella tiene razón —añade Barbato sumándose a la conversación a la que estaba poniendo el oído un buen rato—. Aunque tengo dudas al respecto, puede que tu esposa aún esté viva. Es posible, aunque no probable. Puede, si los dioses quieren que aún viva, haber encontrado su hueco en la civilización dacia como esclava o ramera, pero cuando esta caiga, ella lo hará junto al reino…

—¿Y qué proponéis entonces? —pregunta Prisco, furioso. No ha pasado por tantas cosas para ver sus esperanzas truncadas de repente.

—Yo la buscaría antes de que la guerra pase por encima de ella —sugiere Barbato—. Con monedas, hasta un romano puede acceder a esclavas y putas en territorio enemigo.

—No duraría ni dos días en suelo dacio. Y menos con mi hija… —se lamenta Prisco—. Por eso os sigo.

—No si te haces pasar por dacio —dice la mujer britana.

—Imposible —niega Prisco—. No sé hablar su lengua…

—Pero yo sí —dice Caridda, sorprendiendo a los dos interlocutores.

—¿Además de romano y britano hablas la lengua dacia? —pregunta Prisco, que todavía no lo cree.

—Efectivamente. Así que partiremos esta noche. Nos separaremos del grupo. Yo quiero alejarme de Uriel y tú tienes que adelantarte para recuperar a tu esposa. Nos conviene esa opción.

—Caridda tiene razón —añade Barbato, que mira a los dos jóvenes y cree que hay cierta complicidad entre ellos—. Así puede que tengas alguna opción de llegar a tu esposa antes de que las legiones destruyan todo lo que hay más allá del Danubio.

La mujer bárbara sonríe, se siente feliz ante la idea de viajar junto a Prisco, de vivir más allá de por y para la guerra. En cambio, el joven intuye que hay algún interés oculto en la profunda mirada azul de la mujer. No sabe si fiarse de ella, aunque puede que su plan de integrarse en la sociedad dacia sea bastante efectivo para conseguir información y acercarse a Sentia antes de que el fuego de la guerra lo devore todo. ¿Debería fiarse de Caridda?

Y ahora, ¡es vuestro turno! ¡A votar!

votar

 

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