Sin título

¿Preparados para elegir este domingo a nuestro próximo dictador presidente? Iba a hacer hoy una entrada de descargo preelectoral, pero qué mejor telón de fondo que la antigua Atenas para reflexionar sobre democracia, y lo haré a través de Néstor y Nerea, protagonistas de GÀTA, para los que os quedasteis con ganas de más respecto a su relación o para los que queráis conocerlos.

Es más, se me ha ocurrido de vez en cuando escribir relatos con el universo GÀTA de trasfondo sobre temas de actualidad, creo que puede ser interesante. ¡Y aquí va el primer experimento!

 

nene

—¡Parecen jabalíes salvajes con esto de las votaciones! —dijo Nerea como saludo al entrar en el patio que Néstor, el jardinero del hogar, se encargaba de cubrir de vistosa vegetación.

Aunque su cometido era dar color a aquel lugar, sentía que solo lo conseguía cuando Nerea hacía acto de presencia. Néstor, al ver entrar a la muchacha, sintió que las estatuas de las diosas que adornaban aquel espacio exterior cobraban vida, alimentándose de la esencia de la chica a la que, en secreto, amaba. Nerea se sentó en uno de los bancos de piedra cruzando una piedra sobre la otra, convirtiéndose, en opinión del jardinero, en la flor más vistosa de todo el lugar.

—Sí, están muy emocionados, es cierto… —afirmó Néstor con un temblor de manos que hacía que se le cayeran varias de las semillas que previamente había seleccionado como dignas del patio del señor Megacles, el padre de Nerea.

—¿Y tú no votas? —preguntó ella haciendo que el jardinero agachara la cabeza debido al peso de la humillación de tener que reconocer que no era una persona importante. Nerea se dio cuenta de su falta de tacto y rectificó—. Bueno, tampoco creo que sea algo tan importante…

—¡Cómo que no! —exclamó Néstor promovido por el orgullo democrático que le habían contagiado en la academia en la que se había formado como botánico sus compañeros que estudiaban la política—. ¡Cien de los mil funcionarios son elegidos por votación! Y entre ellos, los diez strategoi.

—Es decir… —comenzó a decir Nerea mientras pensaba, con su dedo índice en la barbilla y mirando hacia arriba—. Que los ciudadanos eligen a diez personas para que gobiernen. Y ya está.

—¿Y ya está? —cuestionó Néstor sintiendo indignación en su corazón, al menos en la ínfima parte que no estaba ocupada por el amor que sentía por la muchacha.

—A ver, explícame… —Nerea palmeó el hueco que había a su lado en el banco. Néstor accedió, sabiendo que arriesgaba demasiado con aquella cercanía. Pero todos estaban ocupados con las tareas electorales y había pocas probabilidades de recibir una reprimenda por acercarse tanto a la hija del señor de la casa. Una vez se hubo sentado cerca de ella, Nerea continuó hablando—. Como las mujeres no podemos votar y estoy casi todo el tiempo en el gineceo donde de política se habla muy poco, desconozco completamente el proceso.

—Pues la mayoría de magistrados son elegidos por sorteo, pero los más importantes los elegimos nosotros… Los ciudadanos libres con derecho a voto, quiero decir. —Néstor resopló, los nervios eran inversamente proporcionales a la cercanía a Nerea. Aunque se había sentado en el extremo opuesto del banco, este le quemaba como si estuviera en el mismísimo Hades—. Y ellos gobiernan con la confianza que le dio el pueblo.

Nerea estalló en una carcajada, tan exagerada que Néstor, de no estar prendado por el brillo de su alegría, se habría molestado.

—¿Solo es eso? —advirtió Nerea—. ¿En serio? Había oído que la delocracia…

—Democracia —corrigió Néstor.

—Eso, que la democracia era que los ciudadanos gobernaban. Pero no, lo hacen unas pocas personas. Muy pocas, de hecho, si las comparamos con todos los atenienses.

—Pero son elegidos por todos —apuntó Néstor, que no entendía cómo Nerea estaba ridiculizando el avanzado sistema político de la polis.

—No, no… A ver… Todo eso es… ¡muy inútil! —Néstor torció el gesto ante esa opinión—. A ver, imagina que yo te elijo como esposo. Bueno, que pudiera hacerlo de no ser porque estoy comprometida por Leandro… —Esta vez la que agachó la cabeza por la timidez fue ella—. Solo imagínalo, ¿de acuerdo? Sería cierto que yo te he elegido a ti, pero tú podrías gobernar con mi cuerpo como quisieras, sin que yo pudiera poner objeción alguna, porque, claro, yo ya he elegido.

Néstor sintió que algo le arañaba en el bajo vientre al interpretar esas peligrosas palabras que Nerea había utilizado de forma ingenua. Gobernar su cuerpo… Se sacudió la cabeza, eliminando aquellos calenturientos pensamientos.

—Pero la gente vota a aquellos que les genera confianza —dijo Néstor, y procedió a continuar con aquel ejemplo que tanta alegría le causaba—. Si tú me eliges a mí, es porque sabes que voy a cuidar bien de ti. Es así de sencillo.

Él no sabría cuidar de otra forma de ella, eso lo tenía claro.

—No, no, no es así de sencillo —siguió contraatacando ella—. Yo te elijo a ti, pero después no puedo opinar de tu forma de actuar. Delocra… Democracia sería que pudiera, cada día, en cada momento, intervenir en tus decisiones. Yo puedo elegirte a ti como esposo porque sé que cuidas bien las plantas, y apuesto que tú sabrías perfectamente cuáles son mis favoritas, pero… ¿Y si algún día cambiara de flor favorita? ¿Cómo te lo haría saber? ¿No tendrías que preguntarme acaso cada día cuál es mi favorita? Quiero decir, yo no sé qué voy a querer mañana, ¡nadie puede saberlo! Tendría que poder opinar más veces…

—¡Pero no puedes preguntar a los ciudadanos tan a menudo!

—Y, otra cosa… —sigiuó Nerea, emocionada por aquella conversación sobre un tema que casi nunca podía tratar—. Solo puedo votar a una persona, y lo te votaría a ti por lo bien que cuidas de mi jardín. Pero, reconócelo, no tienes ni idea de cantar. ¿Tendría entonces que elegir entre un bonito jardín o una buena canción? No tendríamos por qué congeniar en todo. Por eso, ¿no podría elegir a varios para cuidarme? —Néstor sintió una punzada en el estómago al pensar en otras personas cuidando de Nerea—. No, espera, ¿no puedo elegir una persona para cada cosa? ¿No puedo votar en función de cada cosa que me interese en vez de todo junto?

—Bueno, en eso creo que tienes razón… —aceptó Néstor—. Creo que cada vez que ocurriera algo importante se debería consultar a los ciudadanos, para que puedan elegir sobres aspectos independientes. Si no, solo acabarán eligiendo basándose en uno en concreto, y solo uno tendría valor para la elección… —reflexionó Néstor, dándose cuenta de que al final los ciudadanos solo votaban respecto a lo que influía en el saco de sus monedas, dejando de lado la gran mayoría de otros aspectos cívicos que pasaban a ser, según ese sistema, secundario.

—Creo que tengo que irme, me ha encantado hablar contigo —dijo Nerea levantándose al advertir que varias personas entraban en el patio.

—Nerea. ¿Sabes lo que pienso? —preguntó Néstor intentando retener unos segundos más a la muchacha con sus palabras—. Creo que tu idea de la política se asemeja mucho a la del amor. La de los aedos, al menos. Estoy de acuerdo, habría que preguntar cada día y sobre más temas a los ciudadanos. Pero mucho me temo entonces, que lo que falta en la política es precisamente amor. Espero que en un futuro sí esté presente en el gobierno. Los oradores deberían aprender de ti.

Nerea sonrió a modo de despedida, feliz por aquel intercambio de pareceres y por la satisfacción del reconocimiento. Cuando ella estiraba aquellos labios, el alma de Néstor se engrandecía. El joven sabía que en todas las opciones que él tuviera para escoger, la elegiría siempre a ella. Pero en el sentido amoroso, su corazón estaba sufriendo una tiranía.

Spin-off de Gàta.
¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!