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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

mes

julio 2019

POR QUÉ NUESTROS POLITICOS NO TIENEN NI IDEA

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¿Cómo se siente uno cuando su derecho a voto se traduce en una incompetencia absoluta? La fallida investidura de Pedro Sánchez solo significa una cosa: el escaso conocimiento de nuestros políticos sobre el concepto de democracia. Me parece un horror que alguien (el que sea, no miro a un color ni a otro) diga que quiere gobernar solo sin tener la mayoría absoluta. Pero ojo, que más terrorífico me parece eso de gobernar con mayoría; muchos asumen que es necesario para la estabilidad, y temo por este pensamiento autoesclavista.

Pero como siempre, para hablar de temas controvertidos, le dejo el micrófono a dos personajes carismáticos de GÀTA que ya conocéis. En forma de pequeño relato, dejo mi pensamiento de por qué nuestros políticos están faltando a la democracia y el por qué de su incompetencia:

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Néstor regresaba de la batalla de Issos cansado, sin un centímetro de su piel que no estuviera barnizado por polvo o arena, y con el linotórax lleno de sangre, propia y ajena, que le mostraba a qué se reducían las personas cuando la fuerza se imponía a la lógica.

Cuando llegó al campamento griego, su amigo, el titán Ascanio, ya se encontraba allí, relajado y sin síntomas de agotamiento. No sabía cómo lo hacía, pero juraba que tras cada lucha, aquel hombretón rejuvenecía varios años. No le extrañaba que algún día tras un combate su profusa barba blanca retornara a sus colores juveniles.

—Desde luego, Ascanio, juraría que disfrutas de la guerra —dijo Néstor, agradeciendo poder quitarse la armadura y dejar el pesado hoplon en el suelo.

—Y lo hago. No, no me mires así. No me juzgues por amar algo que siembra de muerte los campos. Si adoro la lucha, es precisamente para poder sobrevivir a ella.

—Yo he sobrevivido a ella —dijo el jardinero Néstor señalándose a sí mismo, a una túnica empapada por el sudor—. Y te puedo asegurar que la amo más bien poco.

—No me refiero a la supervivencia del cuerpo —afirmó Ascanio tras una carcajada—. Me refiero a la de aquí. —El gigantesco hombre señalaba con el dedo índice a su sien—. Dime cómo se sobrevive a la barbarie si uno no decide que sea agradable para él… ¿Cómo se soporta?

—Pues teniendo un ideal, Ascanio, un objetivo por el cual merezca la pena tanta destrucción… —dijo Néstor, tras lo cual se tiró al suelo, rendido.

—¡Ja! ¡Un ideal! ¿Como cuál? —preguntó Ascanio, que había atravesado con su lanza los suficientes vientres idealistas como para saber en qué quedaban esas ilusiones.

—Como el de acabar con la tiranía persa —afirmó Néstor, replicando el discurso que había llevado a tantos griegos a la guerra.

—¡Pero qué estúpido! —dijo el grandullón, sentándose a su lado—. ¿Qué más da si es un sátrapa o un rey como Alejandro el que da las órdenes? El caso es que siempre alguien quiere mandar sobre los demás, siempre. Y eso, amigo, es tan verdad como que a mí los huevos se me ponen duros de la emoción cuando voy a la batalla. Y no sé cuál de las dos cosas es más repulsiva. La diferencia es que yo no oculto mis intenciones.

—¿Y la democracia ateniense? Ahí no hay imposición, sino consenso —opinó Néstor—. Que ese macedonio nos lleve a la victoria contra los persas, ya luego le enseñaremos lo que es un buen gobierno.

—¿Un buen gobierno la democracia? ¿Y qué es eso si puede saberse? Porque yo, que la sufro, no veo sus bondades por ningún lado.

—Joder, Ascanio, ahí al menos los magistrados que representan a los ciudadanos deciden entre ellos. Se hace lo que decide la mayoría de ellos y no hay una única voz autoritaria.

—Ah, sí, la bendita mayoría —masculló Ascanio. Su rostro comenzaba a mostrar los mismos gestos que cuando estaba a punto de entrar en batalla—. La tiranía de la mayoría.

—¿Qué dices? —replicó Néstor, un poco hastiado de tanta ofuscación.

—Mira, Néstor, esto es así de fácil. ¿Cuántos somos en nuestra tienda de campaña? Cuatro, ¿verdad? —dijo antes de que el jardinero le contestara—. Imagina que tres de ellos quieren comer faisán y uno de ellos pescado. ¿Qué habría que preparar para la pitanza?

—Pues faisán, que es la preferencia de la mayoría.

—Y el pobre del pescado, que se fastidie. ¿Es eso? —Néstor asintió con la cabeza para contestar—. Dices que la democracia es el gobierno de todos, pero en este caso tres le acaban de dar bien por detrás a uno. Se come faisán y punto, el que quiere pescado que se fastidie. Te digo que no deja de ser una tiranía, solo que de la mayoría.

—¡Pero no se va a comer pescado! —se quejó Néstor—. ¿Acaso quieres que sea uno el que fastidie a tres? ¡Ilógico! ¿No sería eso una tiranía de la minoría?

—¡Quiero que todos salgan ganando, joder! ¡Eso sería democracia! —exclamó el titán Ascanio gesticulando con sus enormes brazos—. Se come tres días faisán por cada uno de pescado. En proporción. Y así todos son tenidos en cuenta, cada uno en su representación. Que solo se puede una de las dos cosas, pues faisán, pero un buen político no es el que impone el ave, es el que intenta que haya tres faisanes por cada pescado, no sé si me entiendes. Y hasta que de sus tripas no se les quite esa mala idea de que su voz tiene que ser la de todos, no verán esta puta verdad ni se esforzarán por conseguirla.

Néstor se incorporó, puso su mano sobre el gran hombro de su amigo.

—Ascanio, compañero. Te prometo que la primera vez que te vi pensé que por tu enorme cuerpo no podrías valer para otra cosa que no fuera la lucha. Que te pongan una túnica de magistrado, por los dioses, si es que la hay de tu talla. Qué gran político se está perdiendo Grecia…

 

Si quieres saber más de las aventuras oficiales de estos dos amigos, puedes hacerlo en la novela GÀTA.
Nada más por hoy. ¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

 

 

ESTÁIS A TIEMPO – Lectura conjunta

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Hoy por fin hemos empezado la lectura online conjunta de El último gato vikingo, en la que os envío un capítulo (7-10 páginas) cada día o par de días y podéis comentar a vuestro libre albedrío para disfrutar de poder estar siguiendo el mismo libro y al mismo tiempo que los demás. Si queréis uniros, estáis a tiempo, solo tenéis que escribirme a jonicaroescritor@gmail.com para que os añada como contacto y podáis recibir los avisos y envíos.

En lugar de contaros de qué va la historia, os dejo aquí el primer capítulo a ver qué os parece. ¡Espero que os guste y os animéis a esta actividad!

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—¡Yo no quiero ese gato tan feo! ¡Arruinará mi matrimonio!

El animal, entre los musculosos brazos de su dueño, estiró las orejas, como si hubiera entendido las  palabras de aquella procaz muchacha y se sintiera ofendido. Niels acarició su peluda cabeza y se calmó. A pesar del rudo aspecto de aquel normando, había algo en sus manos que derrochaba ternura cuando tenía cerca alguno de sus felinos.

—No eres tú la que tiene que elegir al gato, sino el gato el que te tiene que elegir a ti —explicó Niels, intentando que el hastío no se evidenciara en su cara, aunque lo cierto era que este había ido perdiendo expresividad con el tiempo desde que había abandonado su carácter vikingo. Sus ojos claros como el cielo parecían vacíos, su rostro rectangular expresaba ahora más melancolía que fiereza.

La joven no pareció estar muy convencida con aquellas palabras, a juzgar por sus brazos cruzados sobre su escaso pecho de niña, su ceño fruncido y el movimiento nervioso de su pierna.

—¡Pero es que es horrible! —se quejó, añadiendo un bufido a su opinión.

Niels se vació en un suspiro. Tomó después una bocanada de aire que le supo a hierba y tierra, la que rodeaba aquella casa en medio del bosque. Permitió que el canto de las aves en el exterior le tranquilizaran. Dejó que la gatita bajara de sus brazos, algo que hizo rápidamente y sin poner oposición. Se asustaba fácilmente ante la presencia de extraños, así que se apresuró a saltar desde los brazos de su dueño para esconderse en las pajas secas que, bajo unas pieles, hacían de colchón.

—Está bien… —concedió el normando—. Seguidme, a ver si hay algo que la muchacha no encuentre “horrible” —dijo Niels, arrastrando la ironía con su última palabra.

—Eh, no es culpa mía que ese bicho no tenga más que huesos —se defendió la niña, haciendo que su madre mirara hacia otro lado, avergonzada—. ¿No ves que así mismo me quedaré yo si el animal no augura un buen casamiento? Eso hay que entenderlo.

Niels asintió con la cabeza, aunque en el fondo lamentaba que la muchacha no fuera capaz de ver la belleza interior de la pequeña carey desnutrida que seguro tenía en ese pequeño cuerpo enclenque una infinita felicidad que darle. Pero hacía tiempo que él había dejado atrás la inconformidad, la lucha constante, y no iba a ser una niña de catorce años la que desmoronara la paz que había encontrado en aquel hogar apartado en el bosque.

Salieron de la casa, una vivienda de madera, piedra y tepe, cuyo césped parecía camuflarla entre los robles de Normandía. Niels silbó varias veces, y de repente una manada de gatos salió corriendo hacia él. Aparecían desde todas partes, allí donde segundos antes habría sido imposible visualizarlos: bajo los arbustos, entre las rocas, en los agujeros de la senda… Una docena de felinos se posicionaron a los pies del normando, arañando algunos de ellos sus pantorrillas al levantarse para pedir su ración de pescado fresco.

—¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —exclamó la muchacha señalando a un ejemplar de típico gato nórdico cuyo voluminoso pelaje, a pesar de su corta vida, le hacía parecer el más grande del grupo.

—Pues es todo tuyo —afirmó Niels agachándose y cogiendo al peludo para entregárselo—. Que la diosa Freyja te transmita sus bondades a través de él y tengas un fructífero matrimonio.

Aunque Niels no mostró entusiasmo alguno con aquellas palabras, tanto la niña como su madre agradecieron la entrega del felino y le aseguraron que obtendría las pieles y alimentos acordados a cambio. Una vez se marcharon, el hombre cogió una de las vasijas apoyadas en la pared de su casa y derramó en una jarra algo de skyr, una especie de leche fermentada y salada que podía aguantar en condiciones saludables todo el invierno. Los gatos fueron corriendo al ver el recipiente e hicieron buena cuenta de su contenido.

Entonces, y solo entonces, Niels se dio cuenta de la presencia de un hombre apoyado en uno de los robles cercanos. Sin duda, había perdido sus capacidades como guerrero si no había sido capaz de detectarlo antes. Su sonrisa se estiró al reconocer a aquel visitante.

—¡Viggo! —dijo alzando la voz, y se aproximó hacia aquel hombre—. ¡Te creía en el Valhalla!

Una vez a su lado, este dejó de apoyarse en el tronco para extender el brazo y golpear amistosamente con su puño en el hombro a Niels.

—Me sorprende tanto que me creyeras en el salón de Asgard como que sigas pensando en él —opinó Viggo, como siempre mofándose de las antiguas creencias de su amigo.

—Ríete de mis pensamientos —dijo el normando mientras caminaban de vuelta hacia su casa—, pero para ti no habrá ni una gota de cerveza junto a los dioses por faltarles de esa manera.

—La misma cerveza que para ti, imagino —se defendió Viggo—. Si no me equivoco, solo se deja entrar al gran salón a los que mueren como guerreros en batalla. Y no te veo yo pereciendo en la gloria del combate.

Niels no accedió a sus provocaciones, ya le había costado a sí mismo convencerse de abandonar su faceta de guerrero como para que vinieran de fuera a martirizarle con ese asunto. Entraron a su humilde hogar en la montaña y le sirvió una buena cantidad de hidromiel en una jarra de gran tamaño, esperando que con la boca llena, su amigo bromeara menos. Bebieron sentados sobre dos tocones sin decir ni una palabra durante unos segundos.

—No —dijo finalmente Niels, rompiendo el silencio y sorprendiendo a su compañero.

—No, ¿qué? —preguntó Viggo mientras se limpiaba los restos de la bebida de su barba.

—A lo que hayas venido a proponerme, no.

Viggo rio, su raída melena negra se albarotó con el exacerbado movimiento corporal que le había provocado la carcajada y su rostro, un reflejo constante de la sospecha, se relajó durante un instante mostrando algo de simpatía.

—¿De verdad eres feliz entre tanto silencio? ¿No echas de menos los gritos de la batalla? —preguntó el hombre, dando por hecho que Niels era consciente de que si había ido a visitarle, era por algo relacionado con la guerra—. Mírate, Niels… ¿Un criador de gatos? ¿En serio?

—Los matrimonios necesitan incorporar a un gato a su hogar para asegurar un buen futuro. Sigue siendo costumbre aquí. Y yo les proporciono esos gatos, a cambio de alimentos y otros recursos —se justificó Niels—. Así me gano la vida.

—Así te ganas la vida, como bien dices, pero no la muerte…

—Dejemos a los dioses de lado, Viggo. Hace tiempo que ya no adoramos a los mismos. Centrémonos en las cosas que nos unen, y no en las que nos separan.

Viggo apuró su jarra, para Niels no pasó desapercibida la sombra que se apoderó de la mirada de su amigo.

—Más bien sí centrémonos en las que nos separan, Niels. En las que pretenden hacerlo para siempre, al menos.

—Te vuelvo a decir que no —repitió Niels, sabiendo que la conversación se dirigía a unos términos que no le iban a gustar—. A lo que sea, otra vez, no.

—Guillermo ya está aquí.

Niels resopló. Ni siquiera en las afueras de Caen, donde pretendía alejarse de toda lucha de poder, podía permanecer ajeno a aquella revelación. Una que, por otro lado, era tan temida como previsible.

—¿Y qué? Tarde o temprano acabaría volviendo, eso todos lo sabíamos, y el que diga lo contrario solo se ha estado engañando a sí mismo.

—Pues parecen haberse engañado muy bien, porque no veo yo que se hayan organizado debidamente para resistir su ataque. Ya no es un niño, Niels. Y más nos hubiera valido que nuestro duque no hubiera muerto en su viaje a… ¿cómo lo llaman? Ah, sí, Tierra Santa.

—¿Acaso es necesaria la muerte de un duque para que nos lancemos los unos a los otros tras un muro de escudos? ¿Desde cuándo necesitamos una excusa para batallar? —Viggo sonrió ante ese comentario con el que Niels solo pretendía mostrar la estupidez de su pueblo—. Me pregunto si los intentos de asesinar al joven Guillermo, y no los justifico, no habrían sido un acto de justicia para evitar una guerra mayor en la que otros tantos niños como él morirán —afirmó Niels, que para permanecer ajeno a la política, estaba bastante bien informado. Bostezó para mostrar la galbana que le causaba hablar de esos temas.

—Sea como fuere, ya se nos viene. Y bajo buen cobijo. Cuentan que el rey francés le ha conseguido un buen ejército.

—Pues que os aproveche la lucha —afirmó Niels esquivando la mirada de su amigo; todavía no había conseguido desprenderse completamente de la vergüenza que suponía renegar de la lucha para un guerrero. Inclinó la cabeza para que su larga melena dorada, al menos la que no había afeitado en los laterales de su cabeza, le cubriera el rostro.

—¡Pero Niels! —replicó Viggo alzando la voz—. Al final va a ser verdad eso de que te has vuelto demasiado tierno, que la vida plácida aquí en el monte te ha ablandado los huesos…

—Poco me importan a mí los intereses de reyes y duques. Si Guillermo vuelve, bienvenido sea. Si cae para regocijo de las alimañas que le quieren devorar sus nobles tripas, pues también. El sol seguirá saliendo por el mismo lado todas las mañanas.

—Veo que no eres consciente, que el sonido de los pájaros se te ha metido en la cabeza y poco o nada te queda ahí dentro —dijo Viggo golpeando ligeramente con su taza en la frente de Niels—. ¿Pero dónde está tu orgullo del norte? Puede que esta sea la última lucha por el honor de los que vinimos del frío.

—Y me entusiasma tanto como la primera —afirmó Niels con un deje de hastío en su voz.

—Ya, quieres una motivación. Veo que la necesitas, al menos. —Viggo se quedó pensativo unos segundos. Dio un trago e hizo gárgaras con el líquido. Después se lo tragó—. Te diré entonces dónde está Kaysa.

—¡No sabes dónde está ella! —se quejó Niels, como un resorte. Su mirada, vacía casi todo el tiempo, reflejaba entonces la amargura que le producía ese nombre—. No sabes de ella más que yo, que embarcó para no volver…

—¿Y si tuviera nuevas noticias?

—¡No las tienes! —Niels bufó—. Y si las tuvieras, me las habrías dado sin condiciones, porque eres mi amigo.

Viggo asintió. Eso era cierto. Sabía que era de muy mal gusto chantajearle con algo relativo a esa mujer.

—Desde luego que te ha dejado quebrado, roto del todo… —susurró Viggo.

—Deja de hablar de ella.

—Está bien, está bien… —Viggo se dio a sí mismo unos segundos más para pensar. Otras gárgaras. Otro trago. Vio revolverse a la pequeña carey en las pajas del catre y tuvo una idea—. Esos franceses son cristianos, y Guillermo ha estado mamando demasiado de sus cruces. ¿Sabes lo que eso significa?

—Que el rey Enrique lo utilizará para asentar el cristianismo en Normandía, me imagino. Y a mí, te repito, poco me importa eso.

—¿Sabes lo que hacen los cristianos con esos gatos que tanto adoras? Dicen que son enviados del demonio y los queman en las hogueras. —Viggo pudo percibir el interés que habían provocado en Niels esas palabras, sabía que había encontrado algo con lo que negociar—. Y con tanto pelo, arden bien, te lo aseguro.

—¿Y por qué harían eso?

—A mí que me dices. Tienen esa falta de cordura necesaria para creer en su Dios. La misma que tú para creer en los tuyos. Por eso, yo, ni lo uno ni lo otro. Pero ellos, que no tienen culpa de nada… —dijo señalando a la gata. Niels suspiró—. No lo hagas por ti. Ni por Normandía. Pero hazlo por ellos. No te dejarán criarlos si ganan la batalla. Y además te quedarás sin trabajo.

—Podré buscarme otro trabajo.

—Pero no ellos —aseguró Viggo, sabiendo que con los gatos había tocado hueso—. Hazlo por esos pequeños tuyos, Niels. Yo no entiendo tu aprecio por ellos. Nadie lo entiende. Y por eso, si no eres tú, nadie los protegerá, ¿sabes? ¿Vas a abandonarlos?

Niels volvió a bufar. Por muy poca lógica que tuviese, podía ser que por esos pequeños peludos en los que se había refugiado para recuperarse mentalmente, valiese la pena volver al campo de batalla. Ellos le habían salvado una vez de la locura absoluta. ¿Acaso no era ahora el momento de devolverles ese favor?

HOY POR TI, MAÑANA POR EL LINCE

¿Quieres ayudar al lince ibérico y llevarte un libro GRATIS? Pues solo tienes que estampar tu firma solidaria en la iniciativa de “Ni un lince más atropellado” que lleva a cabo WWF España para que se regulen los puntos negros en los que, escandalosamente, se repiten una y otra vez los mortales atropellos de esta bella especie en extinción sin que a nadie parezca preocuparle.

Yo, a cambio, te regalo un ejemplar digital de la novela GÀTA. Como dije, uno de los objetivos de esta historia era aportar mi pequeño granito de arena al mundo felino con pequeñas acciones, y si regalar mi libro sirve para que te animes a firmar este proyecto, pues felices los cuatro: el lince que acabas de salvar, el gran grupo que es WWF, tú por llevarte un libro gratis y yo porque gracias a ti esta historia animalista sirve para lago más que para pasar un buen rato.

No te pido nada más a cambio. Es más, te demuestro mi fe en ti poniendo aquí directamente el enlace de descarga de la novela, tanto en PDF como en EPUB, para que escojas tu formato preferido:

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Pero además, si envías una captura de la confirmación de tu firma a jonicaroescritor@gmail.com, entrarás en el sorteo de un ejemplar firmado de GÀTA en papel (solo envíos nacionales) que haré a final de mes. Sé que una firma no es gran cosa, pero el amor implícito que llevará por haberte agradecido que formes parte de esta iniciativa es enorme, te lo aseguro.

Y nada más por hoy, ¡nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

SI ES QUE VAN PROVOCANDO…

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¡Si es que van provocando! Se reavivan las ascuas del machismo inherente en San Fermín y yo me descuajaringo cuando salen esas imágenes de jóvenes descubriéndose el pecho en la plaza y oigo a mi alrededor “si es que se lo buscan”, o cosas parecidas, por no hablar de la estrechez mental que incluso justifica con esa imagen aberraciones varias.

Pero no seré yo el que opine al respecto, que corro el riesgo de quedarme sin teclado. Lo dejo en manos de Ascanio, el hercúleo guerrero de la novela de Gàta. Como ya hice en otra ocasión, utilizo a mis personajes en forma de relato breve para dar mi opinión sobre temas tan espinosos. Dejo implícito en las siguientes líneas el pensamiento de que al final al provocación no está en el exterior, sino en la cabeza de cada uno, y no en la de abajo precisamente, y que no hay justificación más allá de la que uno quiera inventarse. ¡Espero que os guste! Se ubica tras la llegada de los griegos de la mano de Alejandro Magno a Egipto:

 

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—Mira eso —dijo Ascanio, con los ojos desencajados y hasta el último pelo de su profunda barba blanca tieso por la excitación.

Pero Néstor no podía mirar nada, ocupado como estaba en salir del Nilo tras haber caído a sus aguas de manera miserable. Habían visto a esos egipcios deslizarse sobre la superficie del río en aquellas pequeñas barcas de papiro y habían intentado imitarlos. El nefasto resultado de aquel intento era evidente, a juzgar por sus cuerpos empapados.

—Algún día… igualaré tu habilidad… con la natación, por los dioses —afirmó Néstor con la respiración entrecortada tras alcanzar la orilla, algo que su amigo ya había conseguido minutos antes gracias a su portentoso físico—. Diría que tengo ante mí al mismísimo Poseidón cuando te veo nadar, Ascanio.

—Mira eso —repitió Ascanio, que parecía más interesado en otra cosa.

Néstor se quitó su túnica blanca y la escurrió. Entonces siguió la dirección que indicaba el dedo de su musculoso compañero. Este señalaba a una egipcia que segaba el trigo de las prolíficas tierras a la vera del Nilo. Llevaba el pecho descubierto, motivo de la fijación de Ascanio.

—Es tradición aquí que vistan así —informó Néstor, con el agua todavía cayendo desde su raída barba y su ondulada melena castaña—. Así que no te emociones.

Néstor golpeó con su túnica mojada a modo de látigo en el esculpido abdomen de Ascanio para intentar sacarlo de aquel embrujo. Volvió a vestirse de nuevo y sintió el horroroso calor egipcio un segundo después.

—No me importa el por qué de su desnudez, si este es por tradición o por ley —dijo Ascanio, incapaz de retirar la mirada de la egipcia—. Más bien me interesa el para qué visten así.

—Uy, mi gran Ascanio… —dijo Néstor, que ya sabía hacia dónde se dirigían los pensamientos de su enorme amigo—. ¿La deseas? —preguntó, aunque por sí mismo pueo descubrir que era innecesario del todo hacerle esa cuestión a juzgar por el abultamiento en la parte del bajo vientre de su túnica de lino—. Y yo que creía que la única pasión que agitaba tus pensamientos era la lucha…

—Ella me sonríe —se justificó Ascanio, escudándose bajo el estiramiento de labios que continuamente le dedicaba la egipcia al saberse observada.

—A todos nos sonríen —expuso Néstor, intentando disminuir la euforia de Ascanio—. Nosotros, los griegos, les hemos liberado de la esclavitud persa. Se sienten seguros a nuestro lado y ofrecerán todo a su alcance por mantenernos cerca. O peor, se sienten agradecidos. Así que esa sonrisa… —Néstor se dio unos segundos para pensar cómo exponer su teoría de que era inmoral aprovecharse sexualmente de esa chica sin bajar la autoestima de su compañero—. Esa sonrisa no la dibuja desde su corazón, Ascanio. Y tanto si es por necesidad como si lo es por gratitud, creo que no eres de los que se jactan de abrir piernas ajenas solo para saldar deudas.

Era cierto. El enorme Ascanio, que físicamente era como una montaña, era todo dulzura en su interior. Pero lo cierto es que los años de campaña, alejados del calor de una mujer, pesaban y convertían las tripas en el director de su cabeza.

—¿Y si buscan diversión? —se preguntó Ascanio, que continuaba buscando un motivo que le obligara a aprovechar la situación—. Pienso que, si tan destapadas van, es por algo. Puede que estos dioses raros que adoran les ordenen saciar hombres y, en tal caso, mi resistencia no haga otra cosa que enojarlos. No quisiera yo faltarles al respeto.

Néstor se rio ante esa opción. Se imaginó a ese dios egipcio con cabeza de águila picoteándole el hígado a Ascanio cada día como si de Prometeo se tratase por no haber satisfecho sexualmente a una de sus súbditas.

—Ascanio, ¿te estás oyendo? Me pregunto si tanto sol no habrá frito tu cabeza esa enorme que tienes, y que a veces me pregunto si gustas de utilizar.

—¡Néstor! ¡Y tú qué sabes! —se quejó el grandullón—. Es más, pienso que las calenturas de estas tierras, abrasadoras como son, se deben a sus ardientes costumbres. Los calores no son más que una muestra de esta cultura —dijo, señalando de nuevo a ese pecho descubierto, que él consideraba un acto de seducción y una prueba a su favor.

—Lo único que se está calentando aquí es tu cabeza —opinó Néstor, llevando su dedo a la frente de su amigo, teniendo que alzar el brazo debido a su altura—. Vámonos, Ascanio, antes de que hagas algo de lo que sé, vas a arrepentirte.

—¡Tú no piensas así porque tienes el rabo anulado! —estalló Ascanio, harto de no ser tomado en serio—. Tú a esa Nerea esperas día y noche, aunque no la encuentres. Y solo ella es dueña de tus pasiones y por eso en ninguna otra te fijas. Y eso te ha hecho perder la hombría. Y por Zeus que te lo respeto, pero no excuses tu falta de virilidad anulando la de los demás, Néstor.

—Sí, yo busco a Nerea, cierto, pero no más que tú una excusa para ensartar a esa egipcia sin tener que, una vez vaciados tus huevos, pensar por qué lo que sientes realmente hueco es el corazón. Hazlo si quieres, Ascanio. Pero sé un hombre, y no por abusar de esa muchacha, sino por darme la razón de que al final no son las señales de fuera las que te obligan a ello, sino la forma en la que tú las organizas para que parezcan una extensión de lo que sientes ahí —afirmó Néstor señalando la entrepierna de su compañero.

El jardinero había recorrido ya mucha distancia para comprender cómo las personas siempre encontraban una justificación para dejarse seducir por las pasiones. Curiosamente, el respeto que hacía que las piernas se abrieran a causa de una sonrisa sincera, rara vez lo había presenciado.

Sabía que, al final, todo estaba en la cabeza de los que miraban, y que la provocación no era más que el escudo tras el que escondían las justificaciones que, con la mente fría, resultaban no serlo tanto.

 

Espero que os haya gustado. Si queréis saber más de los personajes, aunque el bueno de Ascanio no salga muy bien parado en este relato, podéis haceros con Gàta.

Ah, y recordad que sigo reclutando gente para la lectura conjunta y online de El último gato vikingo.
Nada más por hoy. ¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

 

 

NECESITO VUESTROS LÁTIGOS – Se buscan lectores preZERO

PRgato

Ya tengo el tiempo. Y las ganas. Por fin se ha descorchado la pasión en mis venas, y vuelvo a tenerlo todo a favor para reventar las teclas con ilusión y ponerme manos a la obra con una nueva novela de Cats & Books. Solo me falta una cosa: vosotros.

Ha sido ponerme manos a la obra y sentir una arritmia que no he tardado en comprender: a mis sístoles exaltadas por abordar un nuevo proyecto le faltaban vuestras diástoles en esa conjunción que tan bien funcionaron con GÀTA. Para entonces hicimos una lectura virtual a medida que se iba desarrollando la novela, enviándoos un capítulo cada dos o tres días.

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Vuestro aporte me ayudó a mejorar el texto pero sobre todo, a sentir la calidez de vuestra presencia, y os juro que no hay mejor combustible para avanzar en las páginas. Saber que hay alguien ahí detrás con inmediatez, no varios meses una vez se ha terminado la historia y ya te sientes algo despegado de ella, eleva la felicidad de escribir hasta el infinito.

Por eso quiero repetir con esta segunda historia que lanzaré bajo el sello de Cats & Books; como sabéis, una serie en la que los gatos tienen un papel destacado en distintas épocas de la historia. En este caso, viajamos a la Normandía vikinga. O a su fin. En KÖTTR: el último gato vikingo, Niels, nuestro protagonista, alejado de la vida guerrera y reconvertido en criador de gatos para ofrecerlos como buen augurio de los futuros matrimonios, se verá obligado a volver al muro de escudos para proteger a su colonia felina, sin saber que esta le devolverá aquello que la vida le había arrancado de su interior.

Hasta ahí puedo decir. Los que queráis ser parte de esta lectura, solo tenéis que decírmelo escribiendo a jonicaroescritor@gmail.com. Yo os daré acceso al apartado de la web con los capítulos conformen vayan publicándose, que serán cada dos o tres días, y no os llevará más de 10 minutos ya que como bien sabéis, prefiero que sean cortos. Podremos comentarlos y disfrutar del hecho de estar leyendo una misma cosa a la vez y al mismo ritmo. Espero que entre todos disfrutemos tanto o más de la experiencia de este tipo de lectura conjunta y a la vez cero, y yo tendré que buscar un nuevo pozo de la gratitud para agradeceros como es debido que hayáis formado parte de ella, porque me vacío cada vez que sois parte de todo esto.

Nada más por hoy, ¡nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

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