PRgato

Hoy por fin hemos empezado la lectura online conjunta de El último gato vikingo, en la que os envío un capítulo (7-10 páginas) cada día o par de días y podéis comentar a vuestro libre albedrío para disfrutar de poder estar siguiendo el mismo libro y al mismo tiempo que los demás. Si queréis uniros, estáis a tiempo, solo tenéis que escribirme a jonicaroescritor@gmail.com para que os añada como contacto y podáis recibir los avisos y envíos.

En lugar de contaros de qué va la historia, os dejo aquí el primer capítulo a ver qué os parece. ¡Espero que os guste y os animéis a esta actividad!

vkinogo

 

1

—¡Yo no quiero ese gato tan feo! ¡Arruinará mi matrimonio!

El animal, entre los musculosos brazos de su dueño, estiró las orejas, como si hubiera entendido las  palabras de aquella procaz muchacha y se sintiera ofendido. Niels acarició su peluda cabeza y se calmó. A pesar del rudo aspecto de aquel normando, había algo en sus manos que derrochaba ternura cuando tenía cerca alguno de sus felinos.

—No eres tú la que tiene que elegir al gato, sino el gato el que te tiene que elegir a ti —explicó Niels, intentando que el hastío no se evidenciara en su cara, aunque lo cierto era que este había ido perdiendo expresividad con el tiempo desde que había abandonado su carácter vikingo. Sus ojos claros como el cielo parecían vacíos, su rostro rectangular expresaba ahora más melancolía que fiereza.

La joven no pareció estar muy convencida con aquellas palabras, a juzgar por sus brazos cruzados sobre su escaso pecho de niña, su ceño fruncido y el movimiento nervioso de su pierna.

—¡Pero es que es horrible! —se quejó, añadiendo un bufido a su opinión.

Niels se vació en un suspiro. Tomó después una bocanada de aire que le supo a hierba y tierra, la que rodeaba aquella casa en medio del bosque. Permitió que el canto de las aves en el exterior le tranquilizaran. Dejó que la gatita bajara de sus brazos, algo que hizo rápidamente y sin poner oposición. Se asustaba fácilmente ante la presencia de extraños, así que se apresuró a saltar desde los brazos de su dueño para esconderse en las pajas secas que, bajo unas pieles, hacían de colchón.

—Está bien… —concedió el normando—. Seguidme, a ver si hay algo que la muchacha no encuentre “horrible” —dijo Niels, arrastrando la ironía con su última palabra.

—Eh, no es culpa mía que ese bicho no tenga más que huesos —se defendió la niña, haciendo que su madre mirara hacia otro lado, avergonzada—. ¿No ves que así mismo me quedaré yo si el animal no augura un buen casamiento? Eso hay que entenderlo.

Niels asintió con la cabeza, aunque en el fondo lamentaba que la muchacha no fuera capaz de ver la belleza interior de la pequeña carey desnutrida que seguro tenía en ese pequeño cuerpo enclenque una infinita felicidad que darle. Pero hacía tiempo que él había dejado atrás la inconformidad, la lucha constante, y no iba a ser una niña de catorce años la que desmoronara la paz que había encontrado en aquel hogar apartado en el bosque.

Salieron de la casa, una vivienda de madera, piedra y tepe, cuyo césped parecía camuflarla entre los robles de Normandía. Niels silbó varias veces, y de repente una manada de gatos salió corriendo hacia él. Aparecían desde todas partes, allí donde segundos antes habría sido imposible visualizarlos: bajo los arbustos, entre las rocas, en los agujeros de la senda… Una docena de felinos se posicionaron a los pies del normando, arañando algunos de ellos sus pantorrillas al levantarse para pedir su ración de pescado fresco.

—¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —exclamó la muchacha señalando a un ejemplar de típico gato nórdico cuyo voluminoso pelaje, a pesar de su corta vida, le hacía parecer el más grande del grupo.

—Pues es todo tuyo —afirmó Niels agachándose y cogiendo al peludo para entregárselo—. Que la diosa Freyja te transmita sus bondades a través de él y tengas un fructífero matrimonio.

Aunque Niels no mostró entusiasmo alguno con aquellas palabras, tanto la niña como su madre agradecieron la entrega del felino y le aseguraron que obtendría las pieles y alimentos acordados a cambio. Una vez se marcharon, el hombre cogió una de las vasijas apoyadas en la pared de su casa y derramó en una jarra algo de skyr, una especie de leche fermentada y salada que podía aguantar en condiciones saludables todo el invierno. Los gatos fueron corriendo al ver el recipiente e hicieron buena cuenta de su contenido.

Entonces, y solo entonces, Niels se dio cuenta de la presencia de un hombre apoyado en uno de los robles cercanos. Sin duda, había perdido sus capacidades como guerrero si no había sido capaz de detectarlo antes. Su sonrisa se estiró al reconocer a aquel visitante.

—¡Viggo! —dijo alzando la voz, y se aproximó hacia aquel hombre—. ¡Te creía en el Valhalla!

Una vez a su lado, este dejó de apoyarse en el tronco para extender el brazo y golpear amistosamente con su puño en el hombro a Niels.

—Me sorprende tanto que me creyeras en el salón de Asgard como que sigas pensando en él —opinó Viggo, como siempre mofándose de las antiguas creencias de su amigo.

—Ríete de mis pensamientos —dijo el normando mientras caminaban de vuelta hacia su casa—, pero para ti no habrá ni una gota de cerveza junto a los dioses por faltarles de esa manera.

—La misma cerveza que para ti, imagino —se defendió Viggo—. Si no me equivoco, solo se deja entrar al gran salón a los que mueren como guerreros en batalla. Y no te veo yo pereciendo en la gloria del combate.

Niels no accedió a sus provocaciones, ya le había costado a sí mismo convencerse de abandonar su faceta de guerrero como para que vinieran de fuera a martirizarle con ese asunto. Entraron a su humilde hogar en la montaña y le sirvió una buena cantidad de hidromiel en una jarra de gran tamaño, esperando que con la boca llena, su amigo bromeara menos. Bebieron sentados sobre dos tocones sin decir ni una palabra durante unos segundos.

—No —dijo finalmente Niels, rompiendo el silencio y sorprendiendo a su compañero.

—No, ¿qué? —preguntó Viggo mientras se limpiaba los restos de la bebida de su barba.

—A lo que hayas venido a proponerme, no.

Viggo rio, su raída melena negra se albarotó con el exacerbado movimiento corporal que le había provocado la carcajada y su rostro, un reflejo constante de la sospecha, se relajó durante un instante mostrando algo de simpatía.

—¿De verdad eres feliz entre tanto silencio? ¿No echas de menos los gritos de la batalla? —preguntó el hombre, dando por hecho que Niels era consciente de que si había ido a visitarle, era por algo relacionado con la guerra—. Mírate, Niels… ¿Un criador de gatos? ¿En serio?

—Los matrimonios necesitan incorporar a un gato a su hogar para asegurar un buen futuro. Sigue siendo costumbre aquí. Y yo les proporciono esos gatos, a cambio de alimentos y otros recursos —se justificó Niels—. Así me gano la vida.

—Así te ganas la vida, como bien dices, pero no la muerte…

—Dejemos a los dioses de lado, Viggo. Hace tiempo que ya no adoramos a los mismos. Centrémonos en las cosas que nos unen, y no en las que nos separan.

Viggo apuró su jarra, para Niels no pasó desapercibida la sombra que se apoderó de la mirada de su amigo.

—Más bien sí centrémonos en las que nos separan, Niels. En las que pretenden hacerlo para siempre, al menos.

—Te vuelvo a decir que no —repitió Niels, sabiendo que la conversación se dirigía a unos términos que no le iban a gustar—. A lo que sea, otra vez, no.

—Guillermo ya está aquí.

Niels resopló. Ni siquiera en las afueras de Caen, donde pretendía alejarse de toda lucha de poder, podía permanecer ajeno a aquella revelación. Una que, por otro lado, era tan temida como previsible.

—¿Y qué? Tarde o temprano acabaría volviendo, eso todos lo sabíamos, y el que diga lo contrario solo se ha estado engañando a sí mismo.

—Pues parecen haberse engañado muy bien, porque no veo yo que se hayan organizado debidamente para resistir su ataque. Ya no es un niño, Niels. Y más nos hubiera valido que nuestro duque no hubiera muerto en su viaje a… ¿cómo lo llaman? Ah, sí, Tierra Santa.

—¿Acaso es necesaria la muerte de un duque para que nos lancemos los unos a los otros tras un muro de escudos? ¿Desde cuándo necesitamos una excusa para batallar? —Viggo sonrió ante ese comentario con el que Niels solo pretendía mostrar la estupidez de su pueblo—. Me pregunto si los intentos de asesinar al joven Guillermo, y no los justifico, no habrían sido un acto de justicia para evitar una guerra mayor en la que otros tantos niños como él morirán —afirmó Niels, que para permanecer ajeno a la política, estaba bastante bien informado. Bostezó para mostrar la galbana que le causaba hablar de esos temas.

—Sea como fuere, ya se nos viene. Y bajo buen cobijo. Cuentan que el rey francés le ha conseguido un buen ejército.

—Pues que os aproveche la lucha —afirmó Niels esquivando la mirada de su amigo; todavía no había conseguido desprenderse completamente de la vergüenza que suponía renegar de la lucha para un guerrero. Inclinó la cabeza para que su larga melena dorada, al menos la que no había afeitado en los laterales de su cabeza, le cubriera el rostro.

—¡Pero Niels! —replicó Viggo alzando la voz—. Al final va a ser verdad eso de que te has vuelto demasiado tierno, que la vida plácida aquí en el monte te ha ablandado los huesos…

—Poco me importan a mí los intereses de reyes y duques. Si Guillermo vuelve, bienvenido sea. Si cae para regocijo de las alimañas que le quieren devorar sus nobles tripas, pues también. El sol seguirá saliendo por el mismo lado todas las mañanas.

—Veo que no eres consciente, que el sonido de los pájaros se te ha metido en la cabeza y poco o nada te queda ahí dentro —dijo Viggo golpeando ligeramente con su taza en la frente de Niels—. ¿Pero dónde está tu orgullo del norte? Puede que esta sea la última lucha por el honor de los que vinimos del frío.

—Y me entusiasma tanto como la primera —afirmó Niels con un deje de hastío en su voz.

—Ya, quieres una motivación. Veo que la necesitas, al menos. —Viggo se quedó pensativo unos segundos. Dio un trago e hizo gárgaras con el líquido. Después se lo tragó—. Te diré entonces dónde está Kaysa.

—¡No sabes dónde está ella! —se quejó Niels, como un resorte. Su mirada, vacía casi todo el tiempo, reflejaba entonces la amargura que le producía ese nombre—. No sabes de ella más que yo, que embarcó para no volver…

—¿Y si tuviera nuevas noticias?

—¡No las tienes! —Niels bufó—. Y si las tuvieras, me las habrías dado sin condiciones, porque eres mi amigo.

Viggo asintió. Eso era cierto. Sabía que era de muy mal gusto chantajearle con algo relativo a esa mujer.

—Desde luego que te ha dejado quebrado, roto del todo… —susurró Viggo.

—Deja de hablar de ella.

—Está bien, está bien… —Viggo se dio a sí mismo unos segundos más para pensar. Otras gárgaras. Otro trago. Vio revolverse a la pequeña carey en las pajas del catre y tuvo una idea—. Esos franceses son cristianos, y Guillermo ha estado mamando demasiado de sus cruces. ¿Sabes lo que eso significa?

—Que el rey Enrique lo utilizará para asentar el cristianismo en Normandía, me imagino. Y a mí, te repito, poco me importa eso.

—¿Sabes lo que hacen los cristianos con esos gatos que tanto adoras? Dicen que son enviados del demonio y los queman en las hogueras. —Viggo pudo percibir el interés que habían provocado en Niels esas palabras, sabía que había encontrado algo con lo que negociar—. Y con tanto pelo, arden bien, te lo aseguro.

—¿Y por qué harían eso?

—A mí que me dices. Tienen esa falta de cordura necesaria para creer en su Dios. La misma que tú para creer en los tuyos. Por eso, yo, ni lo uno ni lo otro. Pero ellos, que no tienen culpa de nada… —dijo señalando a la gata. Niels suspiró—. No lo hagas por ti. Ni por Normandía. Pero hazlo por ellos. No te dejarán criarlos si ganan la batalla. Y además te quedarás sin trabajo.

—Podré buscarme otro trabajo.

—Pero no ellos —aseguró Viggo, sabiendo que con los gatos había tocado hueso—. Hazlo por esos pequeños tuyos, Niels. Yo no entiendo tu aprecio por ellos. Nadie lo entiende. Y por eso, si no eres tú, nadie los protegerá, ¿sabes? ¿Vas a abandonarlos?

Niels volvió a bufar. Por muy poca lógica que tuviese, podía ser que por esos pequeños peludos en los que se había refugiado para recuperarse mentalmente, valiese la pena volver al campo de batalla. Ellos le habían salvado una vez de la locura absoluta. ¿Acaso no era ahora el momento de devolverles ese favor?