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¿Cómo se siente uno cuando su derecho a voto se traduce en una incompetencia absoluta? La fallida investidura de Pedro Sánchez solo significa una cosa: el escaso conocimiento de nuestros políticos sobre el concepto de democracia. Me parece un horror que alguien (el que sea, no miro a un color ni a otro) diga que quiere gobernar solo sin tener la mayoría absoluta. Pero ojo, que más terrorífico me parece eso de gobernar con mayoría; muchos asumen que es necesario para la estabilidad, y temo por este pensamiento autoesclavista.

Pero como siempre, para hablar de temas controvertidos, le dejo el micrófono a dos personajes carismáticos de GÀTA que ya conocéis. En forma de pequeño relato, dejo mi pensamiento de por qué nuestros políticos están faltando a la democracia y el por qué de su incompetencia:

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Néstor regresaba de la batalla de Issos cansado, sin un centímetro de su piel que no estuviera barnizado por polvo o arena, y con el linotórax lleno de sangre, propia y ajena, que le mostraba a qué se reducían las personas cuando la fuerza se imponía a la lógica.

Cuando llegó al campamento griego, su amigo, el titán Ascanio, ya se encontraba allí, relajado y sin síntomas de agotamiento. No sabía cómo lo hacía, pero juraba que tras cada lucha, aquel hombretón rejuvenecía varios años. No le extrañaba que algún día tras un combate su profusa barba blanca retornara a sus colores juveniles.

—Desde luego, Ascanio, juraría que disfrutas de la guerra —dijo Néstor, agradeciendo poder quitarse la armadura y dejar el pesado hoplon en el suelo.

—Y lo hago. No, no me mires así. No me juzgues por amar algo que siembra de muerte los campos. Si adoro la lucha, es precisamente para poder sobrevivir a ella.

—Yo he sobrevivido a ella —dijo el jardinero Néstor señalándose a sí mismo, a una túnica empapada por el sudor—. Y te puedo asegurar que la amo más bien poco.

—No me refiero a la supervivencia del cuerpo —afirmó Ascanio tras una carcajada—. Me refiero a la de aquí. —El gigantesco hombre señalaba con el dedo índice a su sien—. Dime cómo se sobrevive a la barbarie si uno no decide que sea agradable para él… ¿Cómo se soporta?

—Pues teniendo un ideal, Ascanio, un objetivo por el cual merezca la pena tanta destrucción… —dijo Néstor, tras lo cual se tiró al suelo, rendido.

—¡Ja! ¡Un ideal! ¿Como cuál? —preguntó Ascanio, que había atravesado con su lanza los suficientes vientres idealistas como para saber en qué quedaban esas ilusiones.

—Como el de acabar con la tiranía persa —afirmó Néstor, replicando el discurso que había llevado a tantos griegos a la guerra.

—¡Pero qué estúpido! —dijo el grandullón, sentándose a su lado—. ¿Qué más da si es un sátrapa o un rey como Alejandro el que da las órdenes? El caso es que siempre alguien quiere mandar sobre los demás, siempre. Y eso, amigo, es tan verdad como que a mí los huevos se me ponen duros de la emoción cuando voy a la batalla. Y no sé cuál de las dos cosas es más repulsiva. La diferencia es que yo no oculto mis intenciones.

—¿Y la democracia ateniense? Ahí no hay imposición, sino consenso —opinó Néstor—. Que ese macedonio nos lleve a la victoria contra los persas, ya luego le enseñaremos lo que es un buen gobierno.

—¿Un buen gobierno la democracia? ¿Y qué es eso si puede saberse? Porque yo, que la sufro, no veo sus bondades por ningún lado.

—Joder, Ascanio, ahí al menos los magistrados que representan a los ciudadanos deciden entre ellos. Se hace lo que decide la mayoría de ellos y no hay una única voz autoritaria.

—Ah, sí, la bendita mayoría —masculló Ascanio. Su rostro comenzaba a mostrar los mismos gestos que cuando estaba a punto de entrar en batalla—. La tiranía de la mayoría.

—¿Qué dices? —replicó Néstor, un poco hastiado de tanta ofuscación.

—Mira, Néstor, esto es así de fácil. ¿Cuántos somos en nuestra tienda de campaña? Cuatro, ¿verdad? —dijo antes de que el jardinero le contestara—. Imagina que tres de ellos quieren comer faisán y uno de ellos pescado. ¿Qué habría que preparar para la pitanza?

—Pues faisán, que es la preferencia de la mayoría.

—Y el pobre del pescado, que se fastidie. ¿Es eso? —Néstor asintió con la cabeza para contestar—. Dices que la democracia es el gobierno de todos, pero en este caso tres le acaban de dar bien por detrás a uno. Se come faisán y punto, el que quiere pescado que se fastidie. Te digo que no deja de ser una tiranía, solo que de la mayoría.

—¡Pero no se va a comer pescado! —se quejó Néstor—. ¿Acaso quieres que sea uno el que fastidie a tres? ¡Ilógico! ¿No sería eso una tiranía de la minoría?

—¡Quiero que todos salgan ganando, joder! ¡Eso sería democracia! —exclamó el titán Ascanio gesticulando con sus enormes brazos—. Se come tres días faisán por cada uno de pescado. En proporción. Y así todos son tenidos en cuenta, cada uno en su representación. Que solo se puede una de las dos cosas, pues faisán, pero un buen político no es el que impone el ave, es el que intenta que haya tres faisanes por cada pescado, no sé si me entiendes. Y hasta que de sus tripas no se les quite esa mala idea de que su voz tiene que ser la de todos, no verán esta puta verdad ni se esforzarán por conseguirla.

Néstor se incorporó, puso su mano sobre el gran hombro de su amigo.

—Ascanio, compañero. Te prometo que la primera vez que te vi pensé que por tu enorme cuerpo no podrías valer para otra cosa que no fuera la lucha. Que te pongan una túnica de magistrado, por los dioses, si es que la hay de tu talla. Qué gran político se está perdiendo Grecia…

 

Si quieres saber más de las aventuras oficiales de estos dos amigos, puedes hacerlo en la novela GÀTA.
Nada más por hoy. ¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

 

 

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