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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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sentimientos

DESMONTANDO EBROLIS – ¿Gato por libro?

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Como todo buen escritor que pretenda sobrevivir a la jungla de papel, siempre trato de buscar formas de visibilidad. Antes me avergonzaba reconocer que constantemente estoy buscando promoción, pero la cruda realidad me ha enseñado que, si amas tus libros, tienes que estar continuamente apostando por ellos intentando aprovechar cualquier mínima oportunidad de sacarlos a flote.

Una de esas opciones para acceder al público que había tenido siempre en la recámara había sido ebrolis. Se trata de una plataforma que tiene un gran impacto sobre la literatura digital (o eso se dice). Se basa en recopilar títulos de calidad contrastada a precios muy bajos o de oferta, lo cual suena muy apetecible para los lectores. O, al menos, eso es lo que yo tenía entendido.

Con motivo de la reedición de El sanador del tiempo: Los capítulos originales, decidí contactar con la plataforma para ver si había alguna opción de aparecer en ella. A mi entender, aunque puede que con esa distorsión con la que un padre ve a un hijo, el libro cumple los requisitos. Tiene reseñas positivas, no muchas pero sí de calidad, tanto dentro como fuera de Amazon. Ha llegado a estar en el Top10 de viajes en el tiempo y en el Top25 de ciencia ficción. Y en cuanto a los términos económicos, para celebrar esta reedición he decidido dejar su precio en 0,99 € durante el mes de octubre.

Decido entonces enviar mi propuesta junto a una buena dosis de ilusión en el remite y la respuesta que recibo es, básicamente, que están saturados y que solo se dedican a publicar a autores que optan por la opción premium. Vamos, la de pago. Que, ojo, lo entiendo y reconozco que su trabajo debe ser remunerado, pero aquí llega mi primera decepción: publican aquello que llena su cuenta corriente. El filtro de calidad aquí se vuelve un poco laxo y, para mí, siento que esta plataforma pierde una de las grandes características que la identifican: su capacidad de recomendar libros por su contrastada calidad. La ley del dinero, que se dice.

No obstante, me dan una alternativa. Si consigo que 30 amigos se registren en la página (para lo cual me dan un link personalizado y un contador muy bien traído), publicarán mi libro; eso sí, en el fondo del fondo de las páginas y correos. Vamos, que si trabajo para ellos de comercial, en deferencia, me incluyen discretamente en su base de datos. Lo cual me lleva a una segunda cuestión: ¿tan necesitados están de registros que utilizan estos medios tan poco respetuosos con los autores convirtiéndolos en evangelizadores suyos por unas migajas? Al final va a ser que ebrolis no tiene una base de aficionados tan potente como proclaman.

Todo esto son conjeturas y sensaciones, por supuesto, pero algo me dice que ebrolis no es lo que dice ser y que su amor por el papel no se refiere a las hojas llenas de tinta, sino a ese que se imprime en forma de moneda. Y vosotros, ¿habéis probado a promocionaros con esta plataforma? ¿Cómo os ha ido? De verdad que estoy muy interesado en conocer opiniones ajenas, porque todo el respeto que tenía por esta página se está esfumando en 3, 2, 1…

Nada más por hoy.
¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

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MI NUESTRA HISTORIA #8 – ¿Familia o principios?

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Nueva cara para nuestra novela interactiva; incluso la web se ha puesto de gala para la ocasión. De ahí lo que he tardado en añadir este nuevo capítulo. Seguramente la imagen de portada no os recuerde a ningún personaje (todavía), pero tanto la estética como el título tiene mucho que ver con el futuro desarrollo, que girará en torno a una idea que me ha surgido con vuestra participación y comentarios.

Pero, a lo que vamos. Por fin seguimos con MI NUESTRA HISTORIA. ¡Esto no para! Recordad que en el último capítulo, Barbato quería disfrutar sexualmente de Caridda y vosotros decidisteis si Prisco debía interceder o no a favor de la mujer britana.

Para los nuevos: MI NUESTRA HISTORIA es una serie de novelas histórico-románticas en las que al final de cada capítulo se abre una votación para que podáis participar y ser parte del argumento. En la página web hay un resumen rápido actualizado por si queréis poneros al día en un par de minutos, aunque también he colgado los capítulos por si queréis formar parte de esta iniciativa en todo su esplendor. También podéis seguir la iniciativa a través de la APP Jon Ícaro, donde está todo bien organizado y donde seréis avisados cada nuevo capítulo.

Pero, para no retrasar más la continuación de la historia, aquí abajo os dejo el octavo capítulo con su correspondiente votación. ¡Espero que os guste!

 

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—¡No! —grita Prisco convirtiendo su caja pectoral en un aspersor de asertividad—. No vas a hacer uso de Caridda para tu entretenimiento, Barbato.

El joven defiende a la mujer britana, que sonríe por dentro al sentir el interés de Prisco por su bienestar.

—¿No voy a disfrutar de Caridda? —replica el veterano—. ¿Y eso por decisión de quién? ¿De tus huevos que se acaban de hinchar acaso? Porque no creo que estés en condiciones de decidir en ese aspecto.

—No, no estoy en condiciones. Eso es cierto —asume Prisco, que sabe que el mapa y las armas están en posesión de Barbato—. Tú eres el único que puede decidirlo, y por eso mismo serás tú el que decida renunciar a tales intenciones. —Barbato tuerce el gesto ante esas declaraciones, no ve la necesidad de prescindir del sexo con una mujer bárbara, de las cuales sabe por experiencia que son bastante salvajes en la intimidad—. La guerra nos ha sumergido ya en demasiadas situaciones desagradables en contra de nuestra voluntad y posibilidades. No añadamos más por decisión nuestra, por los dioses…

Caridda disfruta del enfrentamiento verbal, está encantada con la defensa que Prisco hace de ella. Le agrada, sobre todo, el uso que el romano hace de las palabras. Si fuera un hombre de su tribu, ya se habría lanzado a golpear a Barbato. Es el autocontrol la parte que Caridda admira del joven.

—En algo tienes razón —expone Barbato—. Mucha mierda nos hemos tenido que tragar estos últimos tiempos. En tu caso, casi en sentido real. Por eso mismo considero que hay que endulzar esos agrios sucesos con momentos más… placenteros.

Sin previo aviso, Prisco se lanza contra Barbato para sorpresa de todos. Se abalanza sobre él antes de que pueda sacar las armas de la bolsa. El veterano cae con el joven sobre él, que le da un rodillazo en la entrepierna. El dolor se le sube al estómago como una bola de fuego, pero lo enrabieta, le da fuerzas para lanzarle un puñetazo en la mejilla a Prisco. Dos. Después lo empuja para quitárselo de encima. Barbato se levanta con dificultad. Prisco también, y extiende la palma de su mano pidiendo el fin del enfrentamiento.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunta Barbato, enfurecido y sin comprender por qué Prisco ha iniciado la lucha y ahora pide el fin de esta—. ¡Hijo de una ramera!

—Evitar la pelea, o alargarla al menos hasta el punto en el que uno de los dos tenga que arrepentirse —afirma Prisco, guardando las distancias—. Me parece que ya no hay motivo de discusión.

Prisco señala a la entrepierna de Barbato y este comprende al fin. Con el dolor que le ha causado con el rodillazo, duda de que pueda hacer uso de su miembro viril. Caridda se ríe. Aunque la mujer se había decepcionado ligeramente por el uso de la violencia de Prisco, entiende que lo ha hecho utilizando la cabeza.

—Y ahora —continúa Prisco—, si lo consideras oportuno, podemos seguir avanzando en lugar de exponernos peligrosamente a guerreros y bandidos en el camino.

—Esto no va a quedar así, te lo aseguro —afirma Barbato, que accede a la opción de continuar el camino. A pesar de su actitud sobria, las palabras de Prisco sobre la nula necesidad de generar nuevas complicaciones han calado en él.

Una vez calmados los ánimos, Prisco aprovecha la cercanía al río Danubio para lavarse y refrescar su alma tras los ardientes acontecimientos. Se arrodilla frente a la serpiente acuática y ve su rostro reflejado en las claras aguas. No se reconoce. La barba comienza a invadir un rostro acostumbrado a no pasar más de dos días sin recibir la navaja de un tonsor. Sus facciones, antes más amables, parecen empezar a adaptarse a la dureza de los recientes días pasados y venideros. Incluso su mirada parece no ser la misma.

Tras el aseo, el grupo continúa su camino a través de cañaverales y carrizales que parecen no tener fin. Bosques de sauces y fresnos los acompañan en varios segmentos de su viaje. La pequeña Naevia ralentiza el avance y la bolsa del pan y el queso cada vez pesa menos. Pero, por fin, tras día y medio de camino utilizando el río como referencia, llegan a un lugar marcado en el mapa con el símbolo que identifica una ciudad.

—Cuidado con los putos dacios —advierte Barbato. Las jornadas de viaje parecen haber aliviado las tensiones del grupo—. Uno nunca se puede fiar de los bárbaros.

Caridda no se da por aludida, se siente orgullosa de su condición y las palabras de Barbato apenas laceran su corazón.

Se aproximan a una de las oberturas de la empalizada de madera que rodea la localidad, custodiada por dos guerreros que les piden sus armas si quieren entrar. Barbato se niega, pero Prisco intercede, le explica la necesidad de desarmarse y el veterano finalmente, tras escupir al suelo y maldecir al joven por dejarlo indefenso, entrega la bolsa con las espadas a los vigilantes. Si muero sin posibilidad de defenderme, te buscaré en el inframundo para rajarte los huevos, es la advertencia de Barbato a Prisco.

Acceden al interior de la villa donde se convierten en el foco de las miradas de bárbaros entregados a sus tareas cotidianas. Por suerte, sus túnicas de lana y los mantos de lino que adquirieron en el campamento bárbaro son similares a los ropajes locales y no les provocan mayores complicaciones para integrarse. Se dirigen allí donde la bebida afloja las lenguas y es más fácil obtener información. Entran en lo que parece una especie de taberna, muy distinta a las tabernae romanas. Prisco y Barbato piden algo de beber mientras Caridda ronda por el local haciendo preguntas a unos y otros haciendo uso de su conocimiento de la lengua dacia.

—Es vino tracio —asegura Barbato tras dar un gran trago a su jarra—. Es más espeso y aromático que el aguado vino romano. Pruébalo, Prisco. Los tracios creen que el vino hace que los dioses entren en su cuerpo y sustituyan el alma, por eso beben este vino tan fuerte, para sentir a sus falsos dioses cuanto antes.

—Ya… —dice Prisco a desgana. Está más atento a Caridda y a los posibles avances en su búsqueda de información.

La mujer, tras unos minutos, se acerca a ellos.

—Ese hombre de allí. —Señala a un viejo escuálido con anillos en sus dedos—. Dice que hay un esclavista que conoce todo el comercio de esclavos de Dacia. No hay mercancía que no haya pasado por sus manos, o que se haya vendido sin su conocimiento.

—¿Y sabe dónde está mi mujer? —Prisco se exalta, la jarra vibra en sus manos temblorosas.

—Es muy posible. Pero vive en la capital, Sarmizegetusa. —Antes de que Prisco muestre tristeza, Caridda continúa con una buena noticia—. Pero tiene hombres en todos los rincones del reino. Aquí mismo hay uno de ellos.

—¿Y a qué esperamos para hablar con él? —apremia Prisco, cogiendo a su hija en brazos, preparado para salir en su búsqueda.

Atraviesan la ciudad siguiendo las indicaciones de Caridda, que a su vez obedece las señas que el hombre de los anillos le ha ofrecido. Golpean la puerta de madera de un hogar que se abre rápidamente. El ayudante del mercader de esclavos les permite el paso y tras un duelo de palabras amistosas, saca una serie de papeles ilustrados.

—Estoy aquí para vender la mercancía de mi señor —aclara el hombre mientras despliega los pergaminos sobre una mesa—. Utilizo estos dibujos para mostrarla. Tenemos un gran dibujante y es más fácil y rápido de transportar que los propios esclavos. —Continúa sacando documentos. Prisco los mira detenidamente, pero no encuentra el retrato de Sentia en ninguno de ellos—. Si estáis interesados en alguno de estos esclavos, he de decir que no son baratos.

Entonces, la mirada de Prisco se clava en uno de los papeles. Son sus ojos los que ven el dibujo, pero es su corazón el que lo identifica. La larga y lisa melena, la nariz puntiaguda, la piel más oscurecida que el color del pergamino, los pechos pequeños pero redondos…

—¡¡Es Sentia!! —grita señalando el pergamino que lleva el dibujo de su esposa. A pesar de que la recreación no es exacta, está seguro de que es ella—. ¡Es mi esposa!

Por fin, un golpe de suerte. Prisco sabe que los dioses son benévolos, al fin y al cabo, y se siente tremendamente afortunado y feliz por haber tenido una pista de Sentia tan rápido. La fortuna lo acompaña.

—¿Dónde está? ¿¿Dónde está mi mujer??

Prisco agarra del cuello al comerciante y esta vez es Barbato el que instaura la cordura separándolos.

—¡No vas a conseguir nada matándolo! —grita el veterano reteniendo a un Prisco esquivo, que lucha por zafarse de él.

—¡Es mi esposa! Es… —Finalmente, Prisco razona. Su rabia se desvanece y deja de forcejear. Barbato lo suelta—. Es mi esposa —dice, acercándose al vendedor de esclavos y mostrando una súplica en su rostro humedecido—. ¿Dónde puedo encontrarla? ¿Está viva?

—Al menos cuando yo salí de la capital, lo estaba —confirma el hombre y Prisco siente un estallido de colores en su corazón—. De otra manera, no tendría sentido que hubiera traído su dibujo. ¿Para qué iba a vender una esclava muerta? Así que, viva debe de seguir en la capital.

—¡Llévame junto a ella! —suplica Prisco, arrodillándose. A Caridda, esa sumisión a la que no está acostumbrada la enternece.

El vendedor se rasca la barbilla. Piensa. Finalmente, toma una decisión.

—Dentro de dos días partiré de nuevo hacia la capital. Os dejaré acompañarme. —Prisco sonríe, pero el hombre trata de sacar provecho de esa compañía—. Aunque lo haréis como guardianes. Se os ve hombres fuertes. A él al menos.  —Señala a Barbato—. Incluso la mujer muestra buena musculatura. Si hacéis que mi viaje a Sarmizegetusa sea seguro, entonces te llevaré junto a tu esposa.

Prisco accede sin dudarlo. Ya se imagina junto a su esposa. Por acariciar su piel haría cualquier cosa.

—¿Y de quién hemos de protegerte? —pregunta Barbato, que no está dispuesto a jugarse el pellejo a cualquier precio.

—De los romanos —afirma el vendedor—. Domiciano ya ha traído sus legiones y no es raro encontrarse con fuerzas romanas que buscan controlar los caminos para asegurar el envío de suministros.

—¿Lucharemos contra los romanos? —pregunta Prisco, sintiendo el corazón dividido. Sin haberlo pretendido, acceder a las peticiones del vendedor supondría cambiar de bando.

—¿Algún problema? —pregunta el comerciante de esclavos.

¿Algún problema? ¡Por supuesto que lo hay! Le está pidiendo que se enfrente a los soldados que pretenden dar su merecido castigo a los dacios, a hombres cuyo objetivo es acabar con aquellos que un día, como a él, asaltaron y robaron sus esposas. Quiere que clave la espada en defensores del honor, en paisanos suyos que solo defienden los intereses de los pobres ciudadanos romanos. ¿En qué lo convierte eso? ¿En un frío y simple mercenario? ¿En un guerrero desalmado y sin capacidad de decisión?

Sabe que ha tenido mucha suerte encontrando a ese mercenario, que seguir junto a él hará que en pocos días esté junto a su esposa. Pero, ¿a qué precio? ¿Debe de permanecer a su lado, aunque eso suponga tener que matar romanos a los que considera, no solo inocentes, sino defensores del honor y salvadores de los que como él han sufrido tanto?

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MI NUESTRA HISTORIA #6 – Tú decides

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¿En qué estáis convirtiendo a Prisco? No, en serio, me está encantando la evolución del personaje, y es gracias a vosotros. De nuevo ha ganado la opción más perversa, habéis votado que Prisco se convierta en un saqueador (por el bien de su hija, todo sea dicho). Esto plantea algo muy interesante. Cuando encuentre a su esposa (si la encuentra), ¿seguirá siendo el mismo Prisco del que se enamoró? Ahí lo dejo. Abajo tenéis un nuevo capítulo.

Para los nuevos, como siempre: os presento MI NUESTRA HISTORIA. Una novela de corte histórico y romántico en la que, al final de cada capítulo, votáis para decidir cómo seguirá la historia, participando activamente en su desarrollo. Dejo a continuación los enlaces a capítulos anteriores y un breve resumen para que os animéis a formar parte de esta iniciativa en un par de minutos. Y, ya sabéis, también podéis seguir la historia de manera más organizada y con avisos sobre los capítulos nuevos en la aplicación Jon Ícaro (Play Store).

CAPÍTULO 1  // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3 //  CAPÍTULO 4 // CAPÍTULO 5
Resumen: Prisco es un joven comerciante de vino de la provincia romana de Moesia que un día ve su vida truncada cuando los dacios invaden su aldea y se llevan a su mujer. Para rescatarla, se une a un grupo de auxiliares bárbaros con la intención de adentrarse con ellos en territorio dacio y llegar al ejército romano con el que espera derrotar a Dacia y recuperar a su esposa Sentia. Las pruebas para ser aceptado en el grupo bárbaro ya han hecho que su hija reniegue de él, y ahora deberá saquear a inocentes para poder seguir en este viaje que está siendo más duro de lo que esperaba.

 

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El asalto por parte del grupo al que acompaña Prisco a la aldea dacia es inminente, y Prisco sabe que debe ser parte de él. Los bárbaros se lanzan enajenados contra esta en cuanto aparece ante sus ojos. Los primeros en llegar disfrutarán de las mejores mujeres, los mejores alimentos y los botines más destacados. Prisco es retenido por su conciencia. Es consciente de que tiene que robar por el bien de su hija, pero no quiere disfrutar del proceso. No se alegra como parece que lo hacen sus compañeros.

El joven comienza a correr colina abajo, sus sandalias pisan la estepa dacia y acortan la distancia respecto a unas casas selladas que albergan aldeanos atemorizados, como si fueran pajarillos en sus jaulas. Cuando Prisco llega a la pequeña villa, pocas son las barricadas de escombros que no han cedido a la embestida bárbara. Muchos hogares ya han sido profanados, tal como anuncian los gritos de agonía. Entre los alaridos de pavor y dolor se mezclan otros de placer, provenientes de los britanos que han forzado alguna hembra dacia para tranquilizar sus instintos salvajes.

Prisco busca alguna puerta intacta que muestre que el interior de la casa todavía no ha sido saqueado. Encuentra una alejada de las granjas y sabe que no es casualidad. Espera no tener que arrebatar los escasos víveres de una familia pobre y con poco acceso al sustento. Resopla y agarra con fuerza su escudo, un scutum ovalado que tiene la forma del cetratus de las tropas auxiliares. Toma carrerilla y embiste con él contra la madera que le separa de los alimentos que necesita para sobrevivir.

La puerta no se mueve ni un ápice.

Vuelve a intentarlo y lo único que consigue es un agudo dolor en su hombro izquierdo. Mira alrededor y observa cómo actúan sus compañeros. Entonces, decide intentar el método de la patada. Golpea fuertemente con la planta del pie en la puerta y su rodilla derecha le hace inclinarse de dolor. Mira al frente y se da cuenta de que no ha conseguido progresar.

—Prueba con esto —le dice un britano a sus espaldas. Es Urel. Cualquier otro estaría riéndose de él. En cambio, el hijo del líder le ofrece ayuda. Le tiende una tea encendida—. Lánzala sobre el techo de paja. El humo les hará salir. Después, entra y coge todo lo que esté a tu alcance. Pero sé rápido, no quiero tener que recoger tus cenizas.

Prisco inclina la cabeza y Urel sigue su camino. Se siente agradecido. ¿Agradecido? Ahora no solo va a robar a una pobre familia, sino que va a incendiar su hogar. Pero es lo que tiene que hacer por su hija. O, al menos, intenta convencerse de ello.

Lanza la antorcha y la puerta se abre antes de lo esperado. Antes siquiera de que el techo arda lo suficiente.

—¡Fuera de mi casa! —grita el hombre que aparece ante él, un veterano que solo conserva pelo en los laterales de la cabeza. Lleva un podón con una hoja grande y curva en su mano derecha—. ¡O te rajo la barriga!

Prisco agarra su espada celta con más fuerza, asustado. Sabe que la herramienta agraria del hombre atravesaría sin dificultad su túnica de lino.

—¡No quiero hacerte daño! —dice Prisco. Su tono de voz no es el de un guerrero, no impone lo más mínimo. Casi se le puede escuchar temblar, y eso envalentona al hombre que tiene delante.

—¡Lo que tengo se debe a mi trabajo! ¡Me cuesta sudor y sangre conseguirlo! ¡Y no me lo vas a quitar!

El hombre sabe que, si le roban su comida, no vivirá un invierno más, y con esa fuerte convicción ataca a Prisco. Lanza dos puñaladas que Prisco esquiva, más por miedo que por disciplina militar. El podón está diseñado para cortar, no para herir de manera punzante, por lo que su rival, consciente de ello, alza el brazo y esta vez ataca verticalmente. Prisco intercepta el golpe con el escudo. Se escucha el quejido del metal de su protección al recibir el impacto. Como enloquecido, su enemigo enlaza un ataque tras otro, abollando el scutum de Prisco y esperando un error en la cobertura para atravesar su cuerpo.

Prisco, actuando meramente de manera defensiva, se acostumbra al ritmo de ataque del hombre. Sabe, exactamente, cada cuanto tiempo le golpea con su herramienta. Y, entonces, aprovecha uno de los intermedios para apartar el escudo y lanzar su espada, que consigue atravesar el estómago de su rival. Esta vez ha aprendido. Ha atacado con todas sus fuerzas para no efectuar solamente una herida superficial. El filo ha atravesado completamente el cuerpo de su contrincante, que, entre estertores y vomitando sangre, aún intenta lanzar un ataque más.

Pero Prisco retuerce su espada, aumentando el daño y acabando con toda intención de seguir luchando de su rival. Se descubre a sí mismo disfrutando de la victoria, se siente poderoso al derrotar a su enemigo. Extrae el arma y el hombre cae al suelo, inerte.

Prisco entra en la casa, que ya ha comenzado a arder. Se encuentra tres niños confusos, llorando en una esquina. Intenta no mirarlos y se dirige a la despensa. Llena el zurrón con pan y queso y se marcha antes de que el humo invada sus pulmones. Abandona la aldea sin mirar atrás.

 

De vuelta a la retaguardia del grupo de britanos, Prisco se acerca a la carreta que carga lo más preciado para él. No son los víveres, ni las armas, ni las tiendas de campaña… Es su hija. La pequeña posee las piernas demasiado pequeñas para aguantar el ritmo de avance de los guerreros, por lo que permiten que viaje sobre uno de los carros. Además, ese permiso era una de las condiciones por las cuales Prisco cedía su caballo para tareas de carga.

—Toma, lo he conseguido para ti —dice Prisco mientras le extiende un trozo de queso a Naevia. La pequeña, como un gato asustado, se marcha hacia el otro extremo de la carreta.

Caridda, siempre cerca de ella, coge el trozo de queso y se lo da. En apenas tres bocados, la niña lo devora con fruición. Aún reniega de su padre, pero Prisco sonríe al ver cómo su hija disfruta de la comida. Solo por eso, ha merecido la pena el horror que ha causado.

—Dale tiempo —dice Caridda, acercándose al joven romano—. Acabará entendiéndolo. Por la noche le cuento historias de niños para que comprenda la situación.

—Y te lo agradezco. Gracias otra vez, Caridda. ¿Cómo duerme? ¿Tiene pesadillas?

—A veces tiembla y entonces la despierto, pero no creo que tenga más pesadillas que antes de que empezara todo esto. Supongo que tiene los horrores nocturnos de una niña de su edad.

Prisco quiere creerla, pero no sabe si simplemente intenta complacerlo con esas palabras.

—Pronto encontraremos a su madre y todo volverá a ser como antes. Los tres viviremos felices y sin preocupaciones.

Caridda traga saliva. Le duele pensar en la felicidad de Prisco junto a otra mujer. Siente mucho cariño por Naevia. Y aunque no quiera reconocerlo, siente algo mayor por el padre de la niña.

—Eres el primer hombre que conozco que desea el fin de la guerra para encontrar la felicidad. Los guerreros de mi tribu, al contrario, siempre piden a los dioses nuevas batallas que les den una razón para disfrutar.

—Es una buena forma de llamarme cobarde —bromea Prisco y los dos ríen—. Yo espero que todo esto acabe pronto…

—Tú quieres que la lucha termine para estar con tu mujer. En cambio, Urel parece que esté deseando comenzar un nuevo enfrentamiento para no estar conmigo.

—Él te trajo aquí —advierte Prisco, que no entiende esa queja—. Podía haberte dejado en Britania, pero quiso que vinieras para tenerte cerca suya.

—Solo quiere poder vigilarme para que no me posea otro hombre —explica Caridda, y ahora Prisco sí entiende—. Pero aquí, apenas me presta atención, siempre ocupado en hacerse cada vez más fuerte.

—Seguro que trata de ser más fuerte simplemente para poder protegerte. Yo quisiera ser tan poderoso como el mismísimo Júpiter si eso me permitiera recuperar a mi esposa…

—Respecto a eso…

Caridda calla. Está esperando el permiso necesario para expresar una opinión que sabe que no será bien recibida.

—Habla, Caridda. Siempre eres sincera conmigo.

—Tengo entendido que esperas unirte al ejército romano para derrotar a los dacios y recuperar a tu esposa.

—Esa es mi intención.

—Pero no la encontrarás tras la guerra. —Prisco tuerce el gesto ante esas palabras inesperadas—. Puede que venzas en la batalla final, y así yo lo deseo. Pero los dacios la asesinarán antes de que puedas encontrarla tras la victoria. Una vez derrotados, descargarán su furia sobre todo romano que esté a su alcance. Siempre ocurre así.

Prisco se queda pensativo. No quiere aceptar esa revelación, más que nada porque no sabe otra alternativa que lo acerque a su esposa.

—Ella tiene razón —añade Barbato sumándose a la conversación a la que estaba poniendo el oído un buen rato—. Aunque tengo dudas al respecto, puede que tu esposa aún esté viva. Es posible, aunque no probable. Puede, si los dioses quieren que aún viva, haber encontrado su hueco en la civilización dacia como esclava o ramera, pero cuando esta caiga, ella lo hará junto al reino…

—¿Y qué proponéis entonces? —pregunta Prisco, furioso. No ha pasado por tantas cosas para ver sus esperanzas truncadas de repente.

—Yo la buscaría antes de que la guerra pase por encima de ella —sugiere Barbato—. Con monedas, hasta un romano puede acceder a esclavas y putas en territorio enemigo.

—No duraría ni dos días en suelo dacio. Y menos con mi hija… —se lamenta Prisco—. Por eso os sigo.

—No si te haces pasar por dacio —dice la mujer britana.

—Imposible —niega Prisco—. No sé hablar su lengua…

—Pero yo sí —dice Caridda, sorprendiendo a los dos interlocutores.

—¿Además de romano y britano hablas la lengua dacia? —pregunta Prisco, que todavía no lo cree.

—Efectivamente. Así que partiremos esta noche. Nos separaremos del grupo. Yo quiero alejarme de Uriel y tú tienes que adelantarte para recuperar a tu esposa. Nos conviene esa opción.

—Caridda tiene razón —añade Barbato, que mira a los dos jóvenes y cree que hay cierta complicidad entre ellos—. Así puede que tengas alguna opción de llegar a tu esposa antes de que las legiones destruyan todo lo que hay más allá del Danubio.

La mujer bárbara sonríe, se siente feliz ante la idea de viajar junto a Prisco, de vivir más allá de por y para la guerra. En cambio, el joven intuye que hay algún interés oculto en la profunda mirada azul de la mujer. No sabe si fiarse de ella, aunque puede que su plan de integrarse en la sociedad dacia sea bastante efectivo para conseguir información y acercarse a Sentia antes de que el fuego de la guerra lo devore todo. ¿Debería fiarse de Caridda?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

 

MI NUESTRA HISTORIA #4 – No leas, decide

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¿En serio? ¡No me puedo creer el resultado de la votación! ¡No tenéis alma! Habéis decidido que Prisco asesine al prisionero delante de su propia hija. Bueno…, pues aquí tenéis la continuación que tanto he sufrido escribiendo. ¡Espero que os guste!

Para los nuevos: MI NUESTRA HISTORIA es una iniciativa que estamos desarrollando sobre una novela romántica e histórica en la que con vuestros votos decidís su desarrollo. Cada fin de capítulo se plantea una situación o dilema en el que podéis participar y que afecta directamente a la continuación de la historia.

Si os queréis unir, aquí os dejo como siempre el enlace a los capítulos anteriores para que podáis leerlos, o un breve resumen de lo que llevamos por si queréis poneros al día en menos de un minuto por si queréis participar en la votación que abrimos con el nuevo capítulo, que os dejo un poco más abajo. Y recordad, como siempre, que a través de la aplicación Jon Ícaro (Play Store), podréis seguirla con más comodidad y seréis avisados cada vez que se lance un nuevo capítulo.

CAPÍTULO 1 // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3
Resumen: Prisco es un joven comerciante de vino de la provincia romana de Moesia. Un día, los dacios invaden su aldea y se llevan a su esposa. Junto a su hija, se adentra en territorio enemigo donde se encuentra con un grupo de auxiliares britanos que van al encuentro del grueso del ejército romano. Espera poder avanzar junto a ellos para unirse al ejército, con el cual espera derrotar a los dacios y recuperar a su esposa. Sin embargo, el jefe de los britanos le pide que ejecute a un prisionero dacio delante de su propia hija como prueba de lealtad.

 

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El líder guerrero le cede su arma a Prisco, una espada celta algo más larga que el gladio romano. El joven siente el peso del hierro, jamás había tenido un filo así en su mano y no se imaginaba que pesara tanto. La responsabilidad de lo que va a hacer debe habérsele sumado al kilaje. No se puede creer que haya aceptado ajusticiar a un hombre delante de su niña. Pero es lo que tiene que hacer. Necesita ganarse la confianza de los bárbaros para adentrarse en terreno dacio y recuperar a su esposa con un mínimo de seguridad.

—Clava la punta en el cuello —explica el jefe de los guerreros mientras emula el movimiento que ha de hacer Prisco—. Por detrás.

El joven mercader romano se posiciona tras el prisionero al que va a ejecutar. Ante sus últimos minutos de vida, la víctima se revuelve, pero es retenido sin dificultad por dos musculosos britanos. Uno de ellos, además, agarra la raída melena del preso y tira hacia delante, dejando bien visible su nuca.

La niña Naevia tiembla observando la escena. Se orina aterrorizada y moja su túnica, demasiado pequeña para presenciar escenas tan crueles, incluso para un adulto.

—Lo que voy a hacer es por mamá —explica Prisco, que siente una lágrima recorrer su mejilla—. Estos hombres nos van a ayudar a que vuelva a estar con nosotros. Por eso tenemos que hacerles caso, hija.

Naevia cierra los ojos. No quiere mirar. Quiere desaparecer. Prisco necesita justificarse, sabe que su hija no debería ver algo así. Es consciente de que la niña tendrá pesadillas durante mucho tiempo. Pero cuando crezca entenderá la necesidad y las heridas de su alma se curarán.

—Si la niña no mira, no será válido el ajusticiamiento —advierte el líder guerrero—. No queremos niños de teta entre nosotros. A su edad, nuestros hijos ya demuestran su valor.

Prisco aprieta con fuerza la empuñadura, rabioso. Solo le calma pensar en su esposa, en la oportunidad de estar más cerca de ella. Esos hombres le llevarán junto al ejército romano, con el que aniquilará a los dacios, recuperando a Sentia. Piensa que esa es la sucesión de hechos que le acercarán de nuevo a su amada, y para que así sea ha de cometer esta atrocidad.

—Hija… Naevia… —dice Prisco y la muchacha abre ligeramente los ojos para atenderle, pero los cierra con fuerza unos segundos después—. Naevia… Tienes que mantener los ojos abiertos. Hazlo por mamá…

Caridda, la britana de pelo dorado y profundos ojos azules, se acerca a la niña. Se agacha para estar a su altura y acaricia su mejilla.

—Niña —le dice—, tienes que ser valiente. A mí todo esto me da tanto miedo como a ti. —Le da un cariñoso toquecito con su dedo en la nariz, la pequeña y respingona nariz que ha heredado de su madre Sentia—. Agarra mi mano. Sé hacer magia. Si en algún momento quieres marcharte, solo tienes que apretar y yo haré que desaparezcas.

La niña mira a la mujer con ojos temblorosos. No cree que pueda hacer magia, pero el argumento le sirve para envalentonarse. Agarra la mano de Caridda y observa a su padre.

Prisco mira a la mujer agradecido. Inclina entonces la cabeza para enfocar la nuca del hombre que ha de matar. Resopla, siente sus labios temblar. Agarra la espada con las dos manos y la levanta. Intenta lanzarla contra el cuello del hombre que sigue intentando salvar su vida con inútiles convulsiones, pero no puede completar el ataque. Hasta tres veces tiene que convencerse Prisco de que lo que va a hacer es justo y necesario.

Finalmente, lanza el filo contra la nuca del prisionero con fuerza. El metal atraviesa el cuello y sale ligeramente por la parte de delante de la garganta del preso, junto a borbotones de sangre. Naevia ahoga un grito. Aprieta fuertemente la mano de Caridda. Quiere que use su magia para hacerla desaparecer de allí. La niña observa aterrada el rostro del hombre agredido, jamás olvidará esos ojos tan abiertos y los estertores.

Caridda coge entonces a la niña en brazos y se gira para que no continúe viendo la escena. Piensa que ya está bien.

—Romano inútil… —dice el líder guerrero—. Apenas has atravesado su cuello… —Agarra la empuñadura de la espada, incrustada en el cuello del hombre moribundo y la introduce con fuerza, dando fin a la agonía—. Si la hubieras clavado más fuerte, la escena habría sido menos violenta.

Los hombres que hay alrededor se ríen, disfrutan de aquel rito de iniciación y palmean la espalda de Prisco, aceptándole como uno de ellos. El joven corre hacia su hija, solo quiere tenerla junto a él, pedir perdón por lo que la ha obligado a presenciar.

Pero Naevia reniega. Mueve la cabeza horizontalmente. No quiere saber nada de su padre. Se aprieta más fuerte contra el cuerpo de Caridda para que no la suelte, para que no la deje con aquel… asesino.

—Se le pasará —intenta consolar la mujer britana ante un Prisco que no puede evitar humedecer sus mejillas al ver a su hija despreciarlo—. Tranquilo, romano. Lo entenderá. Dale tiempo. Yo la cuidaré mientras tanto. Estará bien.

La mujer se aleja con Naevia en brazos. Prisco tiene las manos manchadas de sangre, pero siente que lo que de verdad tiene sucio es el corazón. Los guerreros se preparan para continuar la marcha. La escaramuza ya les ha retrasado demasiado. Prisco comienza a caminar en medio de la fila de guerreros rumbo al campamento romano, pero se siente solo. Teme haber perdido a su hija para siempre.

 

Horas después y bien entrada la noche, el grupo de guerreros se detiene para descansar. Retomarán la marcha al amanecer. Tardarán un par de días en llegar al campamento romano. Aunque Prisco, sentado en el suelo, tiene la hoguera a apenas un metro de él, no siente el calor del fuego. No siente nada.

—Tú eres el de la niña, ¿no? —dice alguien que se sienta a su lado. Prisco gira la cabeza para observar a un hombre que debe de tener unos cuarenta años a juzgar por un rostro que empieza a arrugarse y un cabello corto cuya negrura empieza a ceder ante las canas. El joven no dice nada. No tiene ganas de hablar.

—Soy Vibio Sexto Barbato —informa el veterano, y Prisco comienza a sentir algo de interés. Sabe que ese nombre no es extranjero—. Fui centurión y combatí para Domiciano contra catos y britanos, hasta que un día decidió que mi puesto debía ser ocupado por el hijo de un patricio que aportaba más denarios al Imperio que yo. Mi queja solo me sirvió para ser relegado a las tropas auxiliares. Así que, aquí estoy, hablando, comiendo, bebiendo y follando como un puto bárbaro.

Prisco sigue sin decir una palabra, aunque lamenta la historia del hombre. No es el único que sufre en esta guerra.

—Lo que quiero decir es que de mala gana sirvo a un emperador al que odio —continúa Barbato—. Pero tengo familia. Necesito la soldada para mantenerla. Encuentra tu motivo para aguantar toda esta mierda.

—Los dacios se llevaron a mi mujer —interviene Prisco, que ha sentido algo de empatía por su compañero—. Y mi hija… Ya lo has visto. Decidí traerla conmigo a rescatar a su madre porque tenía miedo de dejarla sola, lejos de mí. Seguramente me equivoqué. Ahora reniega de mí, su propio padre…

—La guerra no es fácil, chico. Nos devora sin que apenas nos demos cuenta. Pero, una vez dentro de ella, solo podemos echarle valor para enfrentarnos a sus dificultades. Y ahora mismo creo que te vas a encontrar con una de ellas…

Barbato señala a un grupo de cuatro bárbaros que se acercan a ellos. El que parece actuar de portavoz se sitúa frente a Prisco y se dirige a él:

—¿Tú eres el romano nuevo?

El joven no responde. Sabe que, diga lo que diga, no le servirá de mucho.

—¿Qué pasa? ¿Te han cortado la lengua? —continúa el musculoso britano—. No, no lo creo. Te habrías envenenado. Los romanos habláis muy bien. Demasiado bien. No tenéis otra cosa que veneno en la boca. ¿Qué haces aquí con nosotros?

—Combatir a los dacios —dice Prisco, escueto y esquivo.

—¡Mírame a los ojos cuando te hablo! —espeta el guerrero—. Solo he venido a darte un regalo de bienvenida, ¡desagradecido! Un manjar. Vas a tener que alimentar ese escuchimizado cuerpo si quieres guerrear.

El hombre deja un cuenco de cerámica frente a Prisco. El hedor que desprende el recipiente es insoportable. Se introduce por las fosas nasales y revuelve el estómago del joven. Dentro del cuenco hay…

—¡Mierda de caballo! —exclama Prisco al identificar lo que el bárbaro ha calificado como manjar dentro del recipiente.

—Bastará con que te comas unas pocas cucharadas —dice el gigantesco britano, y Prisco no puede creer lo que está oyendo—. Vosotros hicisteis algo peor en mi tierra. Los romanos invadisteis y llevasteis el fuego a nuestras aldeas. Nos convertisteis en algo peor que lo que te estoy pidiendo que te comas. Ahora combatimos juntos, pero yo no olvido el daño que nos causasteis. Obedéceme y aceptaré ese gesto como una disculpa. Entonces, sí podremos ser amigos.

¿Qué tendrá que ver Prisco con el pasado entre romanos y britanos?, piensa. No está dispuesto a ceder a esa humillación.

—¡No pienso hacerlo! ¿Te has vuelto loco? —dice Prisco mientras aparta el cuenco.

—Ya lo creo que lo harás. —El bárbaro le ofrece una cuchara de madera—. O tienes ese gesto de respeto hacia nosotros, o no aceptaré que un romano nos acompañe y te abriré la cabeza en compensación por los daños que nos causasteis en las guerras pasadas.

El guerrero se cruje los dedos de las manos, exhibe su grandiosa musculatura. Prisco no tiene nada que hacer contra él, lo tiene claro. Mira de reojo a Barbato, que afirma con la cabeza. Él también fue romano y al parecer también tuvo que sufrir esa novatada para ser aceptado. Con el movimiento de su cabeza, le recomienda obedecer. Pero… ¡es tan humillante! ¡No puede hacer lo que le piden! ¿Cuánto más va a tener que aguantar para poder seguir acercándose a su esposa? ¿Es este el límite insoportable ante el que ha de rendirse?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

MI NUESTRA HISTORIA #3 – No leas, decide

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Vosotros lo habéis querido: Prisco se lleva a su hija a la guerra. Hoy os traigo las consecuencias de vuestras votaciones (muy ajustadas, por cierto) con el tercer capítulo de MI VUESTRA HISTORIA, la novela histórica-romántica en la que con vuestros votos decidís su desarrollo.

Como siempre, dejo el enlace a los capítulos anteriores para los que os incorporéis a esta aventura, además de un resumen para los que no tengáis tiempo y queráis poneros al día rápidamente. Y ya sabéis, al final del capítulo, una nueva votación. A ver si el dilema planteado está tan equilibrado como el anterior. Os recuerdo que también podéis seguir esta historia a través de la aplicación de Jon Ícaro (Google Play Store), donde recibiréis avisos cada vez que haya capítulo nuevo.

CAPÍTULO 1 // CAPÍTULO 2
Resumen: Prisco es un comerciante de vino romano de la provincia de Moesia. Su complicada vida como vendedor se ve alterada por una invasión de los bárbaros dacios, que se llevan a su esposa Sentia. Junto a su pequeña hija Naevia, se adentra en territorio dacio con la esperanza de incorporarse al ejército romano y recuperar a su amada.

 

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Prisco lleva varias horas cabalgando, empieza a sentir el ardor en los muslos de apretarlos contra el lomo del corcel. No le ha resultado difícil hacerse con el caballo tras el caos originado en su villa durante el ataque. En su apresurada huida tras la llegada de los defensores romanos, los dacios tuvieron que abandonar varios de estos preciados animales, dejándolo a su disposición. De otra manera, no podría estar disfrutando de una montura. Su complicada economía no le habría permitido mantener la criatura.

Delante de él y agarrada con fuerza al cuello del corcel está su hija. No ha sido capaz de dejarla en Roma. No con un desconocido. Sabe que no es muy responsable por su parte llevársela consigo a la guerra y sufre por ello. Pero estando a su lado, siempre podrá intentar salvarla del peligro al que pueda exponerla. Daría la vida por su niña. En cambio, estando lejos, sabe que su futuro ya no dependería de él. No soportaría volver y ver a su niña convertida en una esclava o algo peor sin que él haya podido hacer nada para evitarlo.

Por ello, cabalga a lo largo de la frontera entre Moesia y Dacia. Terreno peligroso. No tiene tiempo para viajar a Roma y alistarse de manera regular al ejército, podrían pasar meses, y eso es mucho tiempo, demasiado sufrimiento para su esposa. Tampoco le dejarían viajar con su hija de hacerlo de manera oficial. Así que va directo al campo de batalla, con la esperanza de ser aceptado por el ejército romano ya desplegado en suelo enemigo. La guerra necesita mucha mano de obra, y esa es su principal baza, que pueda ser útil en cualquiera de los ámbitos necesarios en un campamento militar.

La niña comienza a tener dificultades para mantener el equilibrio sobre el caballo debido al cansancio. Prisco la agarra con fuerza con la mano con la que no sujeta las riendas. No pueden detenerse, no en medio de la nada, en pleno territorio hostil. Es necesario encontrar un campamento militar. Lleva varias horas siguiendo las calzadas, esperando cruzarse con alguna columna de legionarios. Pero no hay señal de vida.

Solo pide un poco de suerte. Han asesinado a su suegra, han raptado a su esposa, no tiene otro remedio que exponer a su hija a un peligro inminente…

—¡Por Júpiter! ¡¡Solo te estoy pidiendo un respiro!!

La desesperación ha materializado sus pensamientos en forma de grito agónico. La pequeña Naevia se asusta y se incorpora ligeramente. Se gira para observar a su padre.

—Papá, ¿estás bien? Como mamá te oiga gritar así se va a poner a gritar ella también…

La niña se gira de nuevo y Prisco lo agradece. No quiere que lo vea llorar. Él también quiere discutir con Sentia, desea volver a sentir la suerte de discernir con esa mujer tan cabezota para arreglar todas las diferencias con un abrazo. Un simple abrazo. Necesita tenerla junto a él. ¿Dónde estará Sentia ahora? ¿Qué estarán haciendo con ella? Las preguntas se hacen fuertes en el corazón de Prisco, que tiene que hacer un terrible esfuerzo para no lagrimear.

—Mira, papá…

La niña señala hacia delante, a un gran grupo de personas que permanecen detenidas adelante, en el camino. Prisco entrecierra los ojos, utiliza la mano para cubrirse de un sol que a esas horas de la tarde empieza a perder fuerza. A lo lejos, divisa el estandarte romano: el águila dorada sobre fondo rojo.

—Gracias, Júpiter —susurra Prisco—. De verdad que lo que he pensado antes de quemar tu templo si no me ayudabas no iba en serio…

Prisco le dice a su niña que se agarre fuerte y hace que el caballo apriete el paso hasta llegar al centenar de hombres que han divisado momentos antes. Al parecer, ha habido una escaramuza. A ambos lados del grupo se apilan varios cadáveres. Otros tantos esclavos se encuentran atados en el centro de la multitud. Dos hombres obligan a Prisco a detenerse acercándose a él y apuntando sus lanzas contra él. Prisco baja del caballo junto a su hija y ofrece el saludo romano estirando el brazo con la palma de la mano hacia abajo.

—Soy Aulo Naevio Prisco, ciudadano romano. —Las lanzas se sujetan con menos fuerza ante la presentación—. Mi villa ha sido atacada por los dacios. He tratado de huir de ellos con mi hija desde entonces.

—Saludos, Prisco —dice uno de los dos lanceros—. Vuelve por ahí. —Señala, precisamente, la calzada por la que ha llegado el comerciante—. Ese camino es seguro ahora.

—No es mi intención volver a mi hogar —advierte Prisco—. Los dacios se llevaron a mi esposa. Quiero recuperarla.

El hombre de la lanza agacha la cabeza inconscientemente. Sabe que nada bueno puede estar ocurriéndole a esa mujer si la han capturado los dacios. En ese momento, se acerca a ellos un nuevo guerrero, este con una capa roja.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunta el recién llegado, un hombretón de larga melena y poblada barba dorada.

—Señor, este hombre de aquí llegó huyendo de los dacios, pero dice que ya se vuelve a su hogar —informa el lancero.

—Eso no es cierto —interrumpe Prisco—. Es verdad que vengo huyendo de los dacios, pero es justo hasta ellos donde quiero llegar. Tienen a mi esposa. Quisiera recuperarla.

El hombre de la capa roja mira a Prisco de arriba abajo. Poca musculatura para combatir, parece concluir.

—No tienes aspecto de luchador —dice el hombretón—. Vuelve a casa. En la guerra solo encontrarás dolor y muerte.

—Dolor ya tengo. Y la muerte no ha de ser peor que la vida sin mi esposa.

El jefe de los guerreros suspira ante esas palabras de Prisco. A pesar de su rudo aspecto, esas palabras parecen haber tocado su corazón. Otro hombre más se une al coloquio.

—Padre, ¿puedo ayudar? —dice el recién llegado.

—Convence a este hombre de que vuelva a su hogar, Urel. Es lo mejor que puedes hacer —ordena el líder mientras se mesa la barba.

—Mi hogar es mi esposa, y por lo tanto ese es el único lugar al que debo ir —repite Prisco—. La recuperaré de la mano de los dacios, con vuestra ayuda o sin ella.

Urel, el hijo del hombre de la capa, cruza los brazos sobre su portentoso pecho. Es el único de los guerreros que no lleva puesta una cota de anillas, quizás para mostrar su destacada musculatura.

—¿Quiere recuperar a su esposa? Está en su derecho entonces —opina Urel. Su padre lo mira con un gesto de reprobación por alentar a Prisco, que por primera vez en la conversación sonríe—. ¡Caridda! Caridda, ¡ven!

Tras el grito del joven fornido, se acerca una mujer. Su melena dorada y sus ojos azules como el mar impactan en Prisco. Había oído hablar de esos rasgos físicos en las mujeres del norte, pero jamás había visto una así.

—Es mi esposa —explica el guerrero Urel—. No podría estar sin ella. Por eso algunas mujeres nos acompañan. Vuestro emperador se empeña en alejarnos de nuestras tierras, pero yo soy incapaz de alejarme de Caridda. Vamos a la guerra, pero con ellas. Por eso, padre, entiendo a este hombre.

Caridda dedica a su amado una mirada tierna. El emperador Domiciano mueve constantemente a las tropas auxiliares para evitar rebeliones locales. Aunque luchen para Roma, sabe que no son romanos, y desplazar a sus auxiliares britanos al Danubio, lejos de sus tierras originarias, le parece una buena forma de quitarse problemas.

—Se te va la fuerza por ahí, hijo —dice el líder del grupo mientras señala la entrepierna de Urel—. Está bien. Varios hombres han caído en esta escaramuza y podríamos darte un escudo y una espada, Prisco. —Además, el guerrero sabe que el caballo del que dispone el joven puede ser incluso más interesante que él mismo para el transporte de mercancías. Prisco sonríe, ilusionado por poder formar parte de ese grupo. Sin embargo, el hombretón no tarda de nuevo en dilapidar sus esperanzas—. Pero esa niña es una carga que no nos podemos permitir.

De nuevo, su niña. Sabe que su presencia dificulta su objetivo. Pero no puede separarse de ella. ¿De qué serviría encontrarse con su esposa de nuevo si no es con la pequeña entre sus brazos?

—Yo puedo encargarme de ella —ofrece Caridda. La mirada de la mujer se cruza con la de Prisco. El joven no sabe si lo que siente en su estómago es simple agradecimiento—. Estará con nosotros, siempre cerca del ejército. Podrá verla todos los días.

El líder guerrero vuelve a acariciarse la barba mientras piensa en esa opción. Finalmente, asiente.

—Entonces solo nos queda un problema por resolver —anuncia el hombre de la capa para disgusto de Prisco, para el que la negociación parece no tener fin—. Necesito saber si tienes valía como guerrero.

Prisco nunca ha empuñado un arma, pero tiene el espíritu y la motivación necesaria para adiestrarse durante el camino. No hay nada que le haga comprometerse más con el entrenamiento que la esperanza de recuperar a su amada.

—¡Traedme uno de los prisioneros! —grita el líder—. Quiero que le des muerte delante de mí. Así demostrarás si eres útil en la tarea de matar.

Prisco traga saliva pensando en lo que acaba de pedirle. En unos segundos, traen a uno de los hombres derrotados durante la reyerta, maniatado. De una patada en la espalda le hacen postrarse frente a Prisco. El preso gruñe, se revuelve, pero es retenido por dos guerreros auxiliares. Caridda se acerca a Naevia para intentar llevársela de allí. La niña, atemorizada, se esconde tras su padre.

—No, no te lleves a la niña —ordena el líder guerrero—. Quiero que lo vea todo. Si va a estar entre nosotros, que se comporte como tal.

Prisco se estremece. Al hecho de matar a un hombre a sangre fría, algo de lo que no sabe si es capaz, se le suma la atrocidad de hacer partícipe a su niña, de romper su ingenuidad infantil con una escena de sangre y un violento espectáculo que, seguro, acabará trastornándola mentalmente.

—No veo necesidad de acabar con la vida de este hombre —dice Prisco, intentando evitar la situación—. Está ya derrotado, humillado. Y supongo que es más valioso con vida.

—Su vida aún puede valer unas monedas, es cierto —confirma el líder guerrero—, pero su muerte puede valer mucho más. ¿Sabes cuántos amigos he perdido por culpa de la afilada lengua de un traidor? Dándole muerte me aseguraré de que no estás con ellos. Tú decides, romano. ¿Demuestras que estás con nosotros o no?

Prisco vuelve a sumergirse en un mar de dudas. A pesar de que el sol ya está escondiéndose, comienza a sudar. No puede seguir avanzando por territorio dacio de noche él solo. Necesita avanzar con el apoyo de aquellos hombres hasta llegar al grueso del ejército romano. Pero asesinar a un hombre, delante de su hija, le parece tan triste y macabro… ¿Qué decisión debería tomar?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

MI NUESTRA HISTORIA #2 – No leas, decide

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En primer lugar, barnizo estas palabras con alegría para agradeceros a todos vuestra participación en la primera votación de Mi nuestra historia. Gracias a ello, hoy os traigo un segundo capítulo.

Para los que no sepáis de qué estoy hablando, hace unos días comencé una historia en la que vosotros ibais a ser los verdaderos protagonistas. Al final de cada capítulo, propongo una votación que determinará el devenir de la historia, para que os sintáis partícipes de ella. Además de leer, se le añade el entretenimiento de ver qué opina el resto de lectores respecto a determinadas situaciones.

Podéis participar a través del blog, aunque siempre recomiendo hacerlo a través de la aplicación para Android de Jon Ícaro, que está todo mejor organizado y además recibiréis avisos cuando se cuelgue cada capítulo. No me extiendo más, que aquí abajo os voy a copiar el siguiente capítulo. Para los que se incorporen en el último momento, cada capítulo dejaré los enlaces a capítulos anteriores para que puedan ponerse al día y un breve resumen de lo acontecido. Pues eso, que seguimos. ¡A decidir el futuro de Prisco y su familia!

Enlace al CAPÍTULO 1 // Resultado votaciones
Resumen hasta ahora: Prisco es un comerciante de vino de la provincia romana de Moesia. La fuerte competencia en suelo romano está dilapidando su comercio, por lo que su única esperanza es conseguir una plaza en la caravana comercial a Dacia, donde augura mejores ventas. Para ello, se reúne con el edil, el cual le sugiere que para asegurarle la plaza, debe de prestarle a su hermosa esposa durante una noche. Tras negarse, Prisco vuelve a su hogar sin saber que sus verdaderos problemas están más allá del comercio.

 

CAPITULO2

—Espero una respuesta, Prisco —insiste el edil. No está acostumbrado a que lo hagan esperar—. Por si te ayuda a tomar una decisión, te prometo que tu esposa será tratada como la mejor de las emperatrices durante la noche que esté conmigo. Disfrutará de las comodidades y lujos que tú no puedes proporcionarle.

Las dudas de Prisco se disipan de golpe. Ese último argumento es decisivo para la decisión que va a tomar.

—¡No te prestaré a mi mujer como si fuera una vulgar prostituta! —grita Prisco mientras se levanta, haciendo que su asiento salga disparado. El edil se reclina hacia atrás, ligeramente asustado por la violenta reacción del joven—. ¡Tú lo has dicho! ¡Es una de las mujeres más bellas del Imperio! Y no por solo por su aspecto, sino por todo lo que hay dentro de ella, que es si acaso más bello aún… No puedo… ¡No quiero dejarla en las sucias manos de alguien como tú!

Prisco se despacha, se queda a gusto. Durante unos segundos, solo se escucha la respiración agitada del comerciante de vino.

—Has tomado la decisión errónea —advierte finalmente el edil—. Por supuesto, estás fuera de la ruta comercial. Y te aseguro, Prisco, te aseguro que ese va a ser el menor de tus problemas… ¡Fuera de aquí! ¡Vete antes de que ordene que te arresten por desobedecer a la autoridad!

Prisco se marcha a paso apresurado. Ha tenido suerte. El desafío le ha salido barato. El edil lleva poco tiempo en el cargo y no quiere perder popularidad castigando a su voluntad. Aun así, no se fía. Comienza a correr a través de las calles del municipio. Teme que Labeo haya decidido enviar a sus hombres como represalia para coger a su mujer por la fuerza. Sabe que las personas de poder no aceptan respuestas negativas y que tienden a salirse con la suya por otros medios. La túnica se le enreda en las piernas y le dificulta la carrera, pero él intenta ir lo más rápido que puede.

El sudor comienza a deslizarse por su rostro mientras abandona el núcleo del municipio y avanza por las calzadas que enlazan el viñedo donde vive. Sus muslos arden y sus pulmones trabajan a marchas forzadas. Pero no puede parar. Lo que más desea es ver a su mujer, sana y salva. Necesita estar con ella o no estará tranquilo. Su corazón bombea a un ritmo frenético, en parte por la carrera, en parte por el miedo a que algo malo pueda pasarle a su familia.

Cuando llega a los alrededores de su casa, se da cuenta de que sus temores no tenían fundamento. Los hombres del edil no están allí.

Está ocurriendo algo peor.

La agitación es excesiva en las inmediaciones. Gritos, alaridos de dolor, llantos agónicos, ruidos desconocidos para él… ¿Bandidos? No. La guardia del señor de la villa habría acabado con ellos. Hay muchos hombres con cascos puntiagudos. Prisco no entiende qué está ocurriendo, pero se da cuenta de que el nerviosismo que sentía hace unos momentos era una minucia comparado con el terror que lo invade ahora. Siente el calor del miedo concentrarse en su pecho.

—¡Sentia! —grita mientras corre en dirección a su hogar. De reojo ve cómo un hombre combate contra uno de los invasores. Bueno, lo intenta, porque este no tarda en rajarle el estómago con su espada curvada—. ¡Naevia!

Prisco llega a su domus. Ve que la puerta está abierta, y siente en su estómago un dolor que no había sentido hasta ahora. Deduce que los asaltantes han entrado en su hogar. Sin perder un segundo, atraviesa el portal.

—¡Sentia! ¡Naevia! —grita de nuevo.

Solo escucha el llanto de una niña. Naevia… Su hija… Su hija está viva… El alivio que siente es titánico, aunque no tarda en volver a preocuparse. Corre hacia el triclinium, lugar del que provienen los ruidos.

Se encuentra con su hija acorralada en una esquina. Agarrada a sí misma, con sus pequeños mofletes empapados en lágrimas. Ante ella, un hombre que a Prisco le parece gigantesco, juega a asustarla acercando su espada y burlándose de ella.

En ese momento, Prisco ya no siente miedo. El instinto protector ha devorado todo el terror, se ha transformado en agresividad. Coge una vasija cercana y la revienta contra la espalda del invasor. Es la vasija que guardaba desde pequeño. Aquella en la que su padre guardó el primer vino que fabricó. Pero a Prisco no se le ocurre mejor uso para aquellos preciados recuerdos que el de salvar a su niña.

El hombretón cae al suelo tras el impacto. La espada se le cae de la mano. Comienza a levantarse algo aturdido, pero Prisco no le da tiempo para reaccionar. Se lanza hacia él. Lo agarra del cuello empujándolo contra la pared. Aprieta con todas sus fuerzas. El hombre le da dos fuertes puñetazos en la boca del estómago para que lo suelte, pero Prisco no siente nada y no deja de apretar. Está totalmente empeñado en salvar a su hija.

El asaltante decide entonces copiar la agresión que está recibiendo y pone sus manos alrededor del cuello de Prisco. También aprieta. Empuja al comerciante. Su mayor fuerza hace que Prisco caiga de espaldas, con el agresor sobre él. Ahí, en el suelo, ambos continúan apretando. Prisco se asfixia, ni una gota de aire es capaz de atravesar su garganta. Sus fuerzas comienzan a diluirse. No va a aguantar mucho.

De repente, los ojos del hombre que le está agrediendo se tornan blancos. Le suelta la garganta y se desploma encima de él. No sin esfuerzo, Prisco consigue quitarse ese cuerpo inerte de encima. Frente a él, aparece a otro hombre con su espada manchada de sangre. Le tiende la mano para ayudarlo a levantarse y Prisco agradece aquel apoyo.

—¿Estás bien? —pregunta el hombre que acaba de llegar en el momento oportuno.

Prisco no contesta. Se acerca a su hija, se agacha y la abraza con todas sus fuerzas.

—¿Y mamá? ¿Dónde está mamá? —pregunta Prisco.

—Se la han llevado… Los hombres malos se la han llevado —dice la pequeña con todo el coraje que una niña de ocho años puede reunir.

Prisco coge la espada caída en el suelo, con la intención de salir a recuperar a Sentia. El hombre que le ha salvado la vida le agarra del brazo, impidiéndoselo.

—Eh, ¿dónde crees que vas? —pregunta el soldado, ataviado con una armadura de placas que lo identifica como un militar del ejército romano—. ¿A suicidarte? —Mira a la niña y Prisco entiende. No puede dejarla sola—. Ya se han marchado. La guardia urbana los ha expulsado.

—¡Se han llevado a mi mujer! —se lamenta Prisco—. ¡Tengo que recuperarla!

Su interlocutor resopla. Opta por ser sincero. Sabe que lo que va a decir le va a doler mucho a Prisco, pero puede que sirva para que asuma la situación y que se quede en su casa. Eso salvaría su vida. Y la de su hija.

—Mira, chico… Si se la han llevado, poco puedes hacer tú solo. Los dacios están bien organizados. El emperador Domiciano está preparando un ejército para combatirlos. Espera que los derrote y entonces…

—¿Y entonces qué? —se rebela Prisco—. ¿Tengo que esperar sabiendo que cada día cientos de bárbaros la estarán…? —Se calla. No quiere que su hija escuche aquellas palabras. Él tampoco quiere pensar en su esposa siendo violada repetidamente. No puede soportar esa imagen. Por ello, toma una decisión—. Voy a ir a Dacia.

—Te he dicho que no puedes hacer nada tú…

—¡No voy a ir solo! —replica Prisco—. Tú eres del ejército, ¿no? ¡Ayúdame a formar parte de él! Iré con el ejército a Dacia. Y allí, la recuperaré. Por favor… Habéis llegado tarde para salvarnos de este ataque, ayúdame al menos a corregir las consecuencias de vuestro retraso.

—No hemos podido acudir antes, los ataques dacios en Moesia se han vuelto impredecibles —se excusa el militar—. Pero…, creo que podrías encontrar un hueco en el ejército —informa, dispuesto a ayudarle—. No tienes la disciplina necesaria para formar parte de los legionarios, pero te podrían aceptar como auxiliar.

—Te lo agradezco —concede finalmente Prisco. Ni siquiera le ha agradecido que le salvara la vida—. Además, no me queda otro remedio. Si los dacios se han llevado nuestras mercancías, no me queda nada con lo que comerciar. Necesito el pago que recibiré como soldado para mantener a mi familia, una vez consiga recuperar a mi esposa.

—Lo que propones es muy imprudente, chico. Y arriesgado. Ni siquiera sabes si encontrarás a tu esposa. Ni si estará viva para cuando llegues a Dacia. ¿Tanto la amas como para arriesgar tu vida?

Prisco siente que le retumba el corazón. Sí, tanto la ama.

—No estoy arriesgando mi vida, créeme —dice Prisco, convencido—. Porque, sin ella, para mí es como si ya estuviera muerto…

El soldado ríe. Piensa que los arrebatos de juventud de Prisco no le van a traer nada bueno. Él es veterano y cree que entiende más de mujeres y pasiones. Pero, en fin, también anhela ese fervor juvenil que dejó atrás hace mucho.

—Yo te ayudaré a incorporarte al ejército —afirma el hombre—. Pero, aun así, queda un problema que resolver.

El soldado mira a la pequeña, entre los brazos de Prisco.

—Ella vendrá conmigo —afirma Prisco, poniendo fin a aquel problema.

—¿Te la llevarás a la guerra? —pregunta el militar sorprendido—. Eres más imprudente de lo que pensaba, chico…

—No tengo ningún sitio en el que dejarla…

Entonces, Prisco piensa en la madre de Sentia. La abuela de Naevia no ha hecho aparición, ni siquiera tras el fin de la batalla. Sabe lo que se va a encontrar cuando recorra el resto de habitaciones de la casa: una anciana sin vida.

—Yo puedo encargarme de ella —ofrece el soldado, aunque se corrige inmediatamente—. Mi esposa, quiero decir. Vive en Roma. Puede encargarse de tu niña. No estará más a salvo en ningún otro lugar.

—¡Naevia se viene conmigo! —decide Prisco, cargado de instinto protector.

—No la dejarán entrar en los campamentos militares. Podrá acompañar, con suerte, a los que siguen el campamento. Pero si quieres que tu niña acabe como una prostituta para saciar los instintos de los soldados en guerra, tú mismo.

—¡Encontraré la manera de que esté a salvo!

—Te repito que no estará en mejor lugar que en Roma, chico. Y a cambio, solo te pediré una parte de los denarios que ganes como soldado. Y tú podrás ir tranquilamente a por tu esposa. Los dos ganamos.

Prisco lo mira desafiante. ¿Debería fiarse de él? Separarse de su hija es algo tan… doloroso. ¿Y si le pasa algo a su niña mientras él está fuera? No podría perdonárselo jamás. Pero también sabe que llevarla a la guerra no lo convierte precisamente en un buen padre. ¿Qué debe hacer Prisco?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

LAS CAGADAS DE TUS NOVELAS DE CIENCIA FICCIÓN #2 – La comida del futuro

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Tras la buena aceptación de la entrada Las cagadas de tus libros de ciencia ficción #1 – El ADN, me animo a seguir con esta serie de consejos (por llamarlo de alguna manera) sobre esas cosillas que veo con frecuencia en las novelas de ficción y que me chirrían porque pienso que le dan más razón a la parte de ficción que a la de ciencia. Y esta vez voy a abordar el tema de la alimentación del futuro.

La comida del futuro
Ei, tío, espera un momento que me voy a pasar por el McPíldoras a por una pastilla de pollo y otra de ternera. Así me imagino yo la alimentación del futuro, tal como veo en la mayoría de las novelas. En un futuro apocalíptico en el que ya no existen plantas ni animales, se soluciona el tema de la nutrición inventando unas grageas mágicas. Así, de la nada.

Me encanta porque tras varios párrafos en los que el autor nos muestra con una delicadeza exquisita un panorama desolador y carente de vida, el protagonista se saca una pastilla del bolsillo y se la echa a la boca con toda la tranquilidad del mundo para cenar. ¿Pero qué lleva ese comprimido? ¿No os lo preguntáis vosotros? ¿Qué está comiendo si ya no existe nada? ¿De dónde ha salido lo que lleva dentro?

Del laboratorio, ya. Pero los científicos, por mucho que lo que hacen sea parecido a la magia, necesitan materias primas. ¿De dónde han salido esos azúcares si no hay plantas? ¿De dónde las proteínas? Bien, pues para que no quede tan en el aire este problema, aquí va una chuleta (nunca mejor dicho) para que podáis rellenar esas píldoras y que dejen de ser tan mágicas. Recordad: la magia de la ciencia ficción es hacer creíble lo increíble.

Los bioelementos, o elementos que necesitan los seres vivos para desarrollarse y que deberían estar incluidos en las pastillas del futuro son: principalmente CHON (carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno), otros bioelementos secundarios (azufre, fósforo, magnesio, calcio, sodio, potasio y cloro) y otros oligoelementos que se necesitan en muy menor medida pero que son igualmente esenciales (para los humanos: cobalto, cromo, cobre, flúor, hierro, manganeso, níquel, selenio, yodo y zinc).

¿Sabéis de dónde se pueden obtener todos estos elementos? De las rocas. Aunque te hayas cargado toda la vida de tu planeta ficticio, incluso si has alterado su atmósfera…, imagino que quedará suelo sobre el que viven tus supervivientes. A partir de ese sustrato rocoso, puedes nombrar una tecnología capaz de conseguir todos los bioelementos necesarios para esas pastillas mágicas.

Lo sé. Estoy siendo muy quisquilloso. Yo mismo he obviado de qué está hecha la carne sintética cuando en En el nombre de Eva, Felabert degusta uno de los escasos filetes naturales que quedan y compara su excelente sabor con el de la comida artificial. Pero es porque para una novela ligera toda esta información puede hacer que pierda el ritmo. Sin embargo, para una ficción pretenciosa y consistente, creo que puede venirle genial. Si estás siendo muy puntilloso con el resto de temas apocalípticos, no dejes la nutrición, uno de los más importantes, de lado. En el apocalipsis, a la gente le interesa saber la forma en que comen (y cagan) sus personajes, créeme.

Y, vale, puede que tu escenario no sea tan apocalíptico. Puede que los animales más desarrollados se hayan ido extinguiendo… pero, los insectos, tan propensos a adaptarse a las nuevas situaciones, pueden seguir apareciendo. Y, en ese caso, ya tienes una fuente extraordinaria de nutrientes. Un buen batido de saltamontes puede justificar el aspecto nutritivo de tu libro. No me mires así. De hecho, si la población mundial sigue creciendo a este ritmo, puede que sean nuestro único recurso. La cuentas salen si relacionamos la cantidad de proteína que aportan comparado con el espacio necesario para criarlos.

Dicho esto, espero que te haya servido para alimentar de manera más coherente a tus personajes. Trata de evitar el manido recurso de las píldoras nutritivas tan alegremente, sin darle algo de consistencia antes. Que solo falta darles sabor a vómito o moco para que parezca Harry Potter.

Nada más por hoy. ¡Buen provecho!
¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

 

10 y 11 de JULIO – Descarga gratuita EN EL NOMBRE DE EVA

pregratuita

Ya tardaba en hacer esto. Una de las tantas cosas maravillosas que tiene publicar con Kindle es que te permite poner tu libro de manera gratuita unos días limitados. Así he descubierto yo grandes autores y así he podido disfrutar de increíbles historias sin coste alguno. Y creo que es el momento de intentar devolver parte del cariño que he recibido por parte de esta iniciativa haciendo uso de ella y poniendo gratis a vuestra disposición la novela de “En el nombre de Eva“.

Se podrá adquirir gratis en la tienda Kindle de Amazon el martes 10 y el miércoles 11 de julio. Si teníais pensado echarle un ojo, es el momento. Y si ahora no tenéis tiempo pero pensáis disfrutarla en un futuro, aprovechad y descargarla aunque la dejéis aplazada en vuestra biblioteca Kindle, ya que así la tendréis ya guardada sin rascaros el bolsillo.

Deciros que el simple hecho de descargarla a mí me ayuda mucho. Al parecer, si estos días gratuitos la novela se mueve, Amazon entiende que es interesante y la tiene más en cuenta. Tecnicismos aparte y hablando desde el corazón, las descargas gratuitas de estos días a mí me suponen una tremenda alegría y me suben la moral. No hay nada peor para un escritor que el hecho de que los lectores no quieran tu novela ni gratis. Así que, por cada descarga en lo que dura esta promoción, ahí va un TREMENDO AGRADECIMIENTO por mi parte. De corazón.

Si os hacéis con ella, espero que la disfrutéis. Es una novela corta, ligera y directa que se lee en un par de horas, perfecta para llevar a la playa con el Kindle. Mientras el sol se encarga de broncear vuestra piel, espero que la historia os ayude también a coger color por dentro con la propuesta cívica de su metáfora. Me vengo arriba cada vez que alguien entiende el trasfondo y se da cuenta de que todos somos Eva.

Nada más por hoy. Muchas gracias por pasar por aquí como siempre, y otro puñado más de agradecimientos si hoy en concreto os pasáis por aquí.
¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon! Que, por cierto, si hoy os metéis a mi Instagram, podréis ver el booktrailer de la novela. ¡Abrazos!

 

 

PERDIENDO LA FE EN 3, 2, 1…

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Uno de los discursos que más me gustan de En el nombre de Eva, y que me hace perder la fe en la humanidad. Solo la gente que despedaza a los demás llega al poder. El que tiene la fuerza para deshacerse de toda la competencia a su paso. El que se impone y anula a los demás. Incluso a su hermano de partido, en eso que llaman democracias. A veces, hasta a la propia familia.

Y esos son los únicos que llegan a gobernar.
Nada más que decir.

¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

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