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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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amor

Y NO PODER TOCAR A QUIEN UNA VEZ NOS TUVO DENTRO…

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Así es esta cuarentena, otra vez afilando un poco más nuestros sentimientos. De ahí este salto emocional a la poesía. Esta vez, no dejándonos estar junto a las madres para celebrar su día. Es paradójico eso de tener que guardar las distancias con alguien en quien vivimos durante nueve meses, en su interior.

Pero una madre siempre está más allá del distanciamiento y de cualquier situación. Para ellas va la poesía de hoy. Si no habéis podido comprarles un regalo o hacérselo llegar por la situación, dedicadle este poema. Que ninguna se quede sin saber lo importantes que son para nosotros. En mi cuenta de Instagram (@icaro_jon) acabo de subirla recitada, por si queréis mencionarla ahí o compartirla para hacérsela llegar.

Espero que os guste:

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PANDEMIA 1 – DIOS 0

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¿Dónde está ese Dios todopoderoso que por definición puede solucionar todo este desastre con un chasquido de dedos y que ni está ni se le espera? O a lo mejor, es que no quiere tanto a su creación como predica. Sin intención de cuestionar creencias ni herir sensibilidades, no es esa la intención, quiero compartir una reflexión a la que me lleva esa pregunta.

Para mí un dios no es esa cosa ante la que nos arrodillamos a pedirle que nos solucione los problemas. Más aún cuando a menudo se le olvidan nuestras plegarias. Para mí un dios es esa cosa que te da el poder para solucionar tus propias dificultades. Sentarnos y esperar a que nos arreglen nuestros desaguisados nos hace débiles, pasivos. En cambio, tener la resolución para enfrentarlos nos empodera. Y a menudo, actuar es mejor camino hacia la solución que quedarse de brazos cruzados.

Esta pandemia ha demostrado una vez más este pensamiento. Con las iglesias cerradas, conseguiremos salir de esta cuando todos actuemos en consecuencia. Con el personal sanitario como punta de lanza, los profesionales de la alimentación asegurando el abastecimiento, los políticos con sus (acertadas o no) decisiones, el personal de seguridad, de limpieza, cada uno quedándose en casa y todo aquel que aporta su pequeño granito de arena… Para mí, esos son los verdaderos dioses, todos aquellos que contribuyen a la solución del problema con sus actos y que me motivan a ser como ellos y a querer participar y enfrentar al caos.

Este pensamiento me lleva a compartir una poesía que, en esa dirección, habla de cómo una pareja puede aportarle a uno más beneficios que una divinidad, cambiándonos completamente el concepto de dios. Porque yo, sinceramente, creo más en esa persona con la que despierto cada día y que me motiva a comerme el mundo que en una creencia que gana cuando yo pierdo y soy débil.

Espero que os guste. Os dejo con los versos, no sin antes recordaros que sigo manteniendo mis libros de forma gratuita en formato Pay after show en mi página web. Un saludo, ¡nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

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¿ROMANTICISMO O ESTUPIDEZ? La delgada línea roja del amor

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¿Sobredosis de romanticismo o exceso de estupidez? Ya no quedan hombres como los de antes… ¡Pues por algo será! Me encanta esta declaración de Néstor a Nerea en GÀTA.  A la muchacha se le antoja que le traigan un gato de Egipto y él, cual pagafantas empedernido, dice que sí, que por supuesto. Y a patearse medio mundo para encontrar al bicho.

Por un lado, pienso que eso es lo mínimo que se debería sentir para estar con alguien. Tío, si no vas a hacer lo imposible por ella, déjala. Pero por otro lado, ¿sale a cuenta tanto sacrificio? ¿Acaso no es más que el resultado de un concepto romántico del amor inculcado por la sociedad?

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A Néstor, esta decisión, le cambia la vida. No os diré si para bien o para mal. Al fin y al cabo, ellos solo son los aparentes protagonistas de esta historia en la que, el que manda, maúlla y ronronea. ¡Ais! Por esos peludos sí que derribaba yo todas las barreras del romanticismo. Y tú, ¿eres de la antigua escuela o piensas que el amor pegadizo es cosa de otro siglo?

Un saludo, ¡nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

SI ES QUE VAN PROVOCANDO…

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¡Si es que van provocando! Se reavivan las ascuas del machismo inherente en San Fermín y yo me descuajaringo cuando salen esas imágenes de jóvenes descubriéndose el pecho en la plaza y oigo a mi alrededor “si es que se lo buscan”, o cosas parecidas, por no hablar de la estrechez mental que incluso justifica con esa imagen aberraciones varias.

Pero no seré yo el que opine al respecto, que corro el riesgo de quedarme sin teclado. Lo dejo en manos de Ascanio, el hercúleo guerrero de la novela de Gàta. Como ya hice en otra ocasión, utilizo a mis personajes en forma de relato breve para dar mi opinión sobre temas tan espinosos. Dejo implícito en las siguientes líneas el pensamiento de que al final al provocación no está en el exterior, sino en la cabeza de cada uno, y no en la de abajo precisamente, y que no hay justificación más allá de la que uno quiera inventarse. ¡Espero que os guste! Se ubica tras la llegada de los griegos de la mano de Alejandro Magno a Egipto:

 

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—Mira eso —dijo Ascanio, con los ojos desencajados y hasta el último pelo de su profunda barba blanca tieso por la excitación.

Pero Néstor no podía mirar nada, ocupado como estaba en salir del Nilo tras haber caído a sus aguas de manera miserable. Habían visto a esos egipcios deslizarse sobre la superficie del río en aquellas pequeñas barcas de papiro y habían intentado imitarlos. El nefasto resultado de aquel intento era evidente, a juzgar por sus cuerpos empapados.

—Algún día… igualaré tu habilidad… con la natación, por los dioses —afirmó Néstor con la respiración entrecortada tras alcanzar la orilla, algo que su amigo ya había conseguido minutos antes gracias a su portentoso físico—. Diría que tengo ante mí al mismísimo Poseidón cuando te veo nadar, Ascanio.

—Mira eso —repitió Ascanio, que parecía más interesado en otra cosa.

Néstor se quitó su túnica blanca y la escurrió. Entonces siguió la dirección que indicaba el dedo de su musculoso compañero. Este señalaba a una egipcia que segaba el trigo de las prolíficas tierras a la vera del Nilo. Llevaba el pecho descubierto, motivo de la fijación de Ascanio.

—Es tradición aquí que vistan así —informó Néstor, con el agua todavía cayendo desde su raída barba y su ondulada melena castaña—. Así que no te emociones.

Néstor golpeó con su túnica mojada a modo de látigo en el esculpido abdomen de Ascanio para intentar sacarlo de aquel embrujo. Volvió a vestirse de nuevo y sintió el horroroso calor egipcio un segundo después.

—No me importa el por qué de su desnudez, si este es por tradición o por ley —dijo Ascanio, incapaz de retirar la mirada de la egipcia—. Más bien me interesa el para qué visten así.

—Uy, mi gran Ascanio… —dijo Néstor, que ya sabía hacia dónde se dirigían los pensamientos de su enorme amigo—. ¿La deseas? —preguntó, aunque por sí mismo pueo descubrir que era innecesario del todo hacerle esa cuestión a juzgar por el abultamiento en la parte del bajo vientre de su túnica de lino—. Y yo que creía que la única pasión que agitaba tus pensamientos era la lucha…

—Ella me sonríe —se justificó Ascanio, escudándose bajo el estiramiento de labios que continuamente le dedicaba la egipcia al saberse observada.

—A todos nos sonríen —expuso Néstor, intentando disminuir la euforia de Ascanio—. Nosotros, los griegos, les hemos liberado de la esclavitud persa. Se sienten seguros a nuestro lado y ofrecerán todo a su alcance por mantenernos cerca. O peor, se sienten agradecidos. Así que esa sonrisa… —Néstor se dio unos segundos para pensar cómo exponer su teoría de que era inmoral aprovecharse sexualmente de esa chica sin bajar la autoestima de su compañero—. Esa sonrisa no la dibuja desde su corazón, Ascanio. Y tanto si es por necesidad como si lo es por gratitud, creo que no eres de los que se jactan de abrir piernas ajenas solo para saldar deudas.

Era cierto. El enorme Ascanio, que físicamente era como una montaña, era todo dulzura en su interior. Pero lo cierto es que los años de campaña, alejados del calor de una mujer, pesaban y convertían las tripas en el director de su cabeza.

—¿Y si buscan diversión? —se preguntó Ascanio, que continuaba buscando un motivo que le obligara a aprovechar la situación—. Pienso que, si tan destapadas van, es por algo. Puede que estos dioses raros que adoran les ordenen saciar hombres y, en tal caso, mi resistencia no haga otra cosa que enojarlos. No quisiera yo faltarles al respeto.

Néstor se rio ante esa opción. Se imaginó a ese dios egipcio con cabeza de águila picoteándole el hígado a Ascanio cada día como si de Prometeo se tratase por no haber satisfecho sexualmente a una de sus súbditas.

—Ascanio, ¿te estás oyendo? Me pregunto si tanto sol no habrá frito tu cabeza esa enorme que tienes, y que a veces me pregunto si gustas de utilizar.

—¡Néstor! ¡Y tú qué sabes! —se quejó el grandullón—. Es más, pienso que las calenturas de estas tierras, abrasadoras como son, se deben a sus ardientes costumbres. Los calores no son más que una muestra de esta cultura —dijo, señalando de nuevo a ese pecho descubierto, que él consideraba un acto de seducción y una prueba a su favor.

—Lo único que se está calentando aquí es tu cabeza —opinó Néstor, llevando su dedo a la frente de su amigo, teniendo que alzar el brazo debido a su altura—. Vámonos, Ascanio, antes de que hagas algo de lo que sé, vas a arrepentirte.

—¡Tú no piensas así porque tienes el rabo anulado! —estalló Ascanio, harto de no ser tomado en serio—. Tú a esa Nerea esperas día y noche, aunque no la encuentres. Y solo ella es dueña de tus pasiones y por eso en ninguna otra te fijas. Y eso te ha hecho perder la hombría. Y por Zeus que te lo respeto, pero no excuses tu falta de virilidad anulando la de los demás, Néstor.

—Sí, yo busco a Nerea, cierto, pero no más que tú una excusa para ensartar a esa egipcia sin tener que, una vez vaciados tus huevos, pensar por qué lo que sientes realmente hueco es el corazón. Hazlo si quieres, Ascanio. Pero sé un hombre, y no por abusar de esa muchacha, sino por darme la razón de que al final no son las señales de fuera las que te obligan a ello, sino la forma en la que tú las organizas para que parezcan una extensión de lo que sientes ahí —afirmó Néstor señalando la entrepierna de su compañero.

El jardinero había recorrido ya mucha distancia para comprender cómo las personas siempre encontraban una justificación para dejarse seducir por las pasiones. Curiosamente, el respeto que hacía que las piernas se abrieran a causa de una sonrisa sincera, rara vez lo había presenciado.

Sabía que, al final, todo estaba en la cabeza de los que miraban, y que la provocación no era más que el escudo tras el que escondían las justificaciones que, con la mente fría, resultaban no serlo tanto.

 

Espero que os haya gustado. Si queréis saber más de los personajes, aunque el bueno de Ascanio no salga muy bien parado en este relato, podéis haceros con Gàta.

Ah, y recordad que sigo reclutando gente para la lectura conjunta y online de El último gato vikingo.
Nada más por hoy. ¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

 

 

¿PREPARADO PARA ELEGIR A TU TIRANO?

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¿Preparados para elegir este domingo a nuestro próximo dictador presidente? Iba a hacer hoy una entrada de descargo preelectoral, pero qué mejor telón de fondo que la antigua Atenas para reflexionar sobre democracia, y lo haré a través de Néstor y Nerea, protagonistas de GÀTA, para los que os quedasteis con ganas de más respecto a su relación o para los que queráis conocerlos.

Es más, se me ha ocurrido de vez en cuando escribir relatos con el universo GÀTA de trasfondo sobre temas de actualidad, creo que puede ser interesante. ¡Y aquí va el primer experimento!

 

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—¡Parecen jabalíes salvajes con esto de las votaciones! —dijo Nerea como saludo al entrar en el patio que Néstor, el jardinero del hogar, se encargaba de cubrir de vistosa vegetación.

Aunque su cometido era dar color a aquel lugar, sentía que solo lo conseguía cuando Nerea hacía acto de presencia. Néstor, al ver entrar a la muchacha, sintió que las estatuas de las diosas que adornaban aquel espacio exterior cobraban vida, alimentándose de la esencia de la chica a la que, en secreto, amaba. Nerea se sentó en uno de los bancos de piedra cruzando una piedra sobre la otra, convirtiéndose, en opinión del jardinero, en la flor más vistosa de todo el lugar.

—Sí, están muy emocionados, es cierto… —afirmó Néstor con un temblor de manos que hacía que se le cayeran varias de las semillas que previamente había seleccionado como dignas del patio del señor Megacles, el padre de Nerea.

—¿Y tú no votas? —preguntó ella haciendo que el jardinero agachara la cabeza debido al peso de la humillación de tener que reconocer que no era una persona importante. Nerea se dio cuenta de su falta de tacto y rectificó—. Bueno, tampoco creo que sea algo tan importante…

—¡Cómo que no! —exclamó Néstor promovido por el orgullo democrático que le habían contagiado en la academia en la que se había formado como botánico sus compañeros que estudiaban la política—. ¡Cien de los mil funcionarios son elegidos por votación! Y entre ellos, los diez strategoi.

—Es decir… —comenzó a decir Nerea mientras pensaba, con su dedo índice en la barbilla y mirando hacia arriba—. Que los ciudadanos eligen a diez personas para que gobiernen. Y ya está.

—¿Y ya está? —cuestionó Néstor sintiendo indignación en su corazón, al menos en la ínfima parte que no estaba ocupada por el amor que sentía por la muchacha.

—A ver, explícame… —Nerea palmeó el hueco que había a su lado en el banco. Néstor accedió, sabiendo que arriesgaba demasiado con aquella cercanía. Pero todos estaban ocupados con las tareas electorales y había pocas probabilidades de recibir una reprimenda por acercarse tanto a la hija del señor de la casa. Una vez se hubo sentado cerca de ella, Nerea continuó hablando—. Como las mujeres no podemos votar y estoy casi todo el tiempo en el gineceo donde de política se habla muy poco, desconozco completamente el proceso.

—Pues la mayoría de magistrados son elegidos por sorteo, pero los más importantes los elegimos nosotros… Los ciudadanos libres con derecho a voto, quiero decir. —Néstor resopló, los nervios eran inversamente proporcionales a la cercanía a Nerea. Aunque se había sentado en el extremo opuesto del banco, este le quemaba como si estuviera en el mismísimo Hades—. Y ellos gobiernan con la confianza que le dio el pueblo.

Nerea estalló en una carcajada, tan exagerada que Néstor, de no estar prendado por el brillo de su alegría, se habría molestado.

—¿Solo es eso? —advirtió Nerea—. ¿En serio? Había oído que la delocracia…

—Democracia —corrigió Néstor.

—Eso, que la democracia era que los ciudadanos gobernaban. Pero no, lo hacen unas pocas personas. Muy pocas, de hecho, si las comparamos con todos los atenienses.

—Pero son elegidos por todos —apuntó Néstor, que no entendía cómo Nerea estaba ridiculizando el avanzado sistema político de la polis.

—No, no… A ver… Todo eso es… ¡muy inútil! —Néstor torció el gesto ante esa opinión—. A ver, imagina que yo te elijo como esposo. Bueno, que pudiera hacerlo de no ser porque estoy comprometida por Leandro… —Esta vez la que agachó la cabeza por la timidez fue ella—. Solo imagínalo, ¿de acuerdo? Sería cierto que yo te he elegido a ti, pero tú podrías gobernar con mi cuerpo como quisieras, sin que yo pudiera poner objeción alguna, porque, claro, yo ya he elegido.

Néstor sintió que algo le arañaba en el bajo vientre al interpretar esas peligrosas palabras que Nerea había utilizado de forma ingenua. Gobernar su cuerpo… Se sacudió la cabeza, eliminando aquellos calenturientos pensamientos.

—Pero la gente vota a aquellos que les genera confianza —dijo Néstor, y procedió a continuar con aquel ejemplo que tanta alegría le causaba—. Si tú me eliges a mí, es porque sabes que voy a cuidar bien de ti. Es así de sencillo.

Él no sabría cuidar de otra forma de ella, eso lo tenía claro.

—No, no, no es así de sencillo —siguió contraatacando ella—. Yo te elijo a ti, pero después no puedo opinar de tu forma de actuar. Delocra… Democracia sería que pudiera, cada día, en cada momento, intervenir en tus decisiones. Yo puedo elegirte a ti como esposo porque sé que cuidas bien las plantas, y apuesto que tú sabrías perfectamente cuáles son mis favoritas, pero… ¿Y si algún día cambiara de flor favorita? ¿Cómo te lo haría saber? ¿No tendrías que preguntarme acaso cada día cuál es mi favorita? Quiero decir, yo no sé qué voy a querer mañana, ¡nadie puede saberlo! Tendría que poder opinar más veces…

—¡Pero no puedes preguntar a los ciudadanos tan a menudo!

—Y, otra cosa… —sigiuó Nerea, emocionada por aquella conversación sobre un tema que casi nunca podía tratar—. Solo puedo votar a una persona, y lo te votaría a ti por lo bien que cuidas de mi jardín. Pero, reconócelo, no tienes ni idea de cantar. ¿Tendría entonces que elegir entre un bonito jardín o una buena canción? No tendríamos por qué congeniar en todo. Por eso, ¿no podría elegir a varios para cuidarme? —Néstor sintió una punzada en el estómago al pensar en otras personas cuidando de Nerea—. No, espera, ¿no puedo elegir una persona para cada cosa? ¿No puedo votar en función de cada cosa que me interese en vez de todo junto?

—Bueno, en eso creo que tienes razón… —aceptó Néstor—. Creo que cada vez que ocurriera algo importante se debería consultar a los ciudadanos, para que puedan elegir sobres aspectos independientes. Si no, solo acabarán eligiendo basándose en uno en concreto, y solo uno tendría valor para la elección… —reflexionó Néstor, dándose cuenta de que al final los ciudadanos solo votaban respecto a lo que influía en el saco de sus monedas, dejando de lado la gran mayoría de otros aspectos cívicos que pasaban a ser, según ese sistema, secundario.

—Creo que tengo que irme, me ha encantado hablar contigo —dijo Nerea levantándose al advertir que varias personas entraban en el patio.

—Nerea. ¿Sabes lo que pienso? —preguntó Néstor intentando retener unos segundos más a la muchacha con sus palabras—. Creo que tu idea de la política se asemeja mucho a la del amor. La de los aedos, al menos. Estoy de acuerdo, habría que preguntar cada día y sobre más temas a los ciudadanos. Pero mucho me temo entonces, que lo que falta en la política es precisamente amor. Espero que en un futuro sí esté presente en el gobierno. Los oradores deberían aprender de ti.

Nerea sonrió a modo de despedida, feliz por aquel intercambio de pareceres y por la satisfacción del reconocimiento. Cuando ella estiraba aquellos labios, el alma de Néstor se engrandecía. El joven sabía que en todas las opciones que él tuviera para escoger, la elegiría siempre a ella. Pero en el sentido amoroso, su corazón estaba sufriendo una tiranía.

Spin-off de Gàta.
¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

MI NUESTRA HISTORIA – No leas; decide

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Ahí voy con otra iniciativa literaria con la que pretendo que mi próximo libro sea menos mío y más de todos nosotros. Mi próxima historia será abierta: iré publicando cada capítulo y al final de él propondré una votación para que vosotros decidáis el devenir de la narración. El objetivo, que dejéis de ser espectadores literarios para convertiros en protagonistas, permitiendo una mayor interacción y empatía con los personajes.

Para ello, retomo el género histórico. De ahí que a esta iniciativa la llame Mi nuestra historia, además de porque la historia vaya a ser nuestra al ser participativa (si es que yo cuando hilo…). Tratará sobre Prisco, un comerciante de vino cuyo destino pondrá a prueba el amor que siente por su esposa Sentia y su hija Naevia en pleno Imperio romano.

PROMO

Lo suyo es que participéis a través de la aplicación móvil de Android, que para eso me la he currado. Ahí estará todo bien organizado y además os llegará una notificación cuando se cuelgue cada nuevo capítulo y cuando estén los resultados de las votaciones. Podéis encontrarla en Play Store si buscáis “Jon Ícaro”. Además ahí también estaréis al tanto de mis movimientos y podéis chatear conmigo y todas esas cosas molonas que permite la APP.

Aunque, para los que no soláis usar aplicaciones y en honor a la fidelidad que os debo, también iré colgando aquí los capítulos y el enlace a las votaciones al final. Así que, no me enrollo más y aquí os dejo el primero. Espero que os guste y os animéis. A ver cómo me cuidáis al pobre de Prisco en esta primera situación complicada. ¡Un saludo!

 

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“Los granos de uva revientan bajo los pies de la niña, que ríe al sentir la fruta destrozarse entre sus pequeños dedos. Dentro de la pileta, pisotea repetidamente mientras siente las caricias del zumo sobre su piel. Su felicidad se refleja en su padre. Frente a ella y con los brazos cruzados sobre un pecho henchido de alegría, Aulo Naevio Prisco observa a su hija disfrutar del proceso de pisado.

—¿Lo ves? —dice una voz femenina a sus espaldas abrazándolo desde atrás. A Prisco no le hace falta girar la cabeza para saber que se trata de su esposa Sentia. Sabe que no hay otros brazos en todo el Imperio romano que tengan la capacidad de elevarle al cielo como los que ahora mismo rodean su torso—. No ha sido mala idea cambiar el prensado por el pisado para fabricar el vino. Ella es feliz, y eso es suficiente.

La sonrisa que comparten hija y padres sigue contagiándose de un rostro a otro. Y, sí, lo cierto es que lo que pierden en denarios, lo recuperan en felicidad.

—Además, ya sabes que la uva pisada tiene propiedades curativas que no posee el vino obtenido a través de la prensa —continúa Sentia intentando animar a su preocupado esposo.

—Tampoco tiene su calidad —se lamenta Prisco—. Solo los enfermos se preocupan por la curación del vino. Y esos no trabajan, y por lo tanto no tienen dinero para pagarlo…

—Tranquilo, Aulo. Todo va a ir bien…

El hombre se gira. No puede evitar sentir a su esposa tan cerca y no verla. La aprieta contra sí. Sus labios se funden en un cálido beso que hace que florezca el corazón de ambos.

—Tengo que prepararme para la reunión con el edil.

Sentia afirma con un movimiento vertical de su cabeza. Sabe que Prisco está nervioso por ese encuentro. El futuro de la familia depende de él.

—Yo me encargo de Naevia —dice ella, y deja que su esposo se marche al interior del hogar para prepararse.

Prisco se dirige a su habitación. Se lava el cuerpo con algo de agua lamentando no disponer de una lavatrina para asearse en condiciones. Se echa aceite por un cuerpo que, pese a no estar muy desarrollado, dispone de la musculatura propia de un trabajador de la vendimia. Se pone la túnica e intenta ajustarla a la cintura con la cuerda, pero el nerviosismo le impide completar el nudo.

—¿Te ayudo? —pregunta Sentia, que acaba de incorporarse a la estancia.

—¿Y Naevia?

—Está con tu madre, que intenta quitarle las manchas de uva de los pies. Cuanto más frota, más se ríe nuestra hija, y así es imposible.

Prisco sonríe imaginando la situación. Pensar en su hija es el mejor bálsamo posible para su estado nervioso.

—Yo te ayudo —dice Sentia acercándose a él.

Agarra la cuerda que el hombre tiene en la cintura, pero no para hacer un nudo, sino para retirarla. Le quita la túnica a su esposo y trata de hacer lo mismo con el subligar. Prisco la agarra del brazo antes de que le quite la ropa interior.

—Tranquilo, Aulo —dice ella—. He utilizado una bola de lana para no quedarme embarazada.

—No es eso, Sentia… —Prisco agacha la cabeza—. Creo… que no voy a poder.

La mujer entiende. Está demasiado nervioso para conseguir una erección.

—Perdón, Aulo. Solo pretendía que te relajaras para que fueras a esa reunión más tranquilo.

—Lo sé, lo sé. Y te lo agradezco.

—Tranquilo. Todo va a ir bien, mi amor —asegura Sentia mientras lo ayuda a volver a ponerse la túnica y, por encima de esta, la toga púrpura.

Prisco besa de nuevo a su mujer. Primero en la frente, después en esa nariz respingona tan característica que tiene y finalmente en los labios. Acaricia su mejilla de piel tostada, algo más oscura de lo que suele gustar a los patricios romanos, pero que a él le encanta.

—Vuelvo en un rato.

Se despiden con un fuerte abrazo y Prisco sale de su casa recitando mentalmente las palabras que intentará transmitir al edil. Camina a través de la calzada que lo aleja de las viñas y lo acerca al núcleo del municipio. Avanza por las calles evitando la tabernae, aunque piensa que un buen trago no le iría nada mal. Esquiva a los mendigos, siendo lo más dificultoso evitar el olor que desprenden. Sabe que, si las negociaciones no van bien, probablemente acabe como ellos. Y a él no le importa tener que sobrevivir en tal lamentable estado, pero su esposa y su hija… No. No soportaría verlas así.

Finalmente, llega a la casa del edil, golpea la puerta y no tardan en abrirle.

—Tengo una reunión con el edil del pueblo —dice, intentando sonar lo más amable que puede.

El sirviente asiente y lo invita a entrar. Es guiado a través de la domus y atraviesa un imponente atrio. Siente la mirada inquisitoria de las estatuas de los antiguos gobernantes. Finalmente, llega al tablinum del hogar: el despacho del edil. Se adentra temeroso a la estancia. Dentro, Sexto Menenio Labeo, le espera sentado en una silla curul, presumiblemente de imitación para ensalzar su posición política, pero que aun así intimida a Prisco.

—¡Mi querido Prisco! —saluda el edil e invita al hombre a sentarse—. Yo mismo he probado tu buen vino. Exquisito, he de decir. Al menos antes de que tuvieras que deshacerte de tu magnífica prensa.

Prisco se inclina ligeramente antes de sentarse en el lugar que el edil le ha ofrecido. Sus tripas se remueven ante aquel ataque. Ya le habían advertido de que intentaría sacar a la luz sus debilidades para aprovecharlas.

—Fue una pena, edil —confirma Prisco—. Pero mantenerla costaba más denarios de los que conseguía por ese buen vino.

—Ay, el comercio… —El edil resopla. Disfruta más organizando fiestas que encargándose de las tareas comerciales—. Parece mentira que Roma sea tan próspera.

—Eso mismo es lo que pienso que dificulta el comercio —se atreve a intuir Prisco—. Ahora todos tienen la oportunidad de comerciar y nos perjudicamos unos a otros.

—Por eso tenemos que exportar y buscar compradores en otros lugares. —Prisco sabe lo que el edil quiere decir. Por eso está ahí—. Los dacios no son tan exquisitos. Compran cualquier vino. Seguro que te darán unas buenas monedas por el tuyo, aunque no haya sido fabricado por el prensado.

—Tal es mi deseo —dice Prisco—. Quiero formar parte de la misión comercial que viajará a Dacia.

—Y yo quiero que lo seas. Quiero lo mejor para todos los hombres de este municipio.

—¿Entonces podré ir? —pregunta Prisco entusiasmado. Participar en ese viaje asegurará su economía. Al menos un año más. Él no puede viajar solo a Dacia, no sin la escolta que lo proteja de los asaltantes y que no puede pagar.

—Bueno, ya sabes que hay unas condiciones que…

—Lo sé, lo sé —interrumpe Prisco—. Tengo todos los permisos. Me he encargado de ello.

—¿Y el pago necesario para participar? —pregunta Labeo arqueando una ceja. Sabe que Prisco no tiene los suficientes denarios para abordarlo.

—Lo haré cuando regrese. He hecho cálculos. Revisados por muchos de los sabios del municipio. Ganaré lo suficiente para pagar los impuestos una vez vuelva…

—Ay, Prisco, Prisco… —El edil se acaricia su propia barriga, prominente como la de casi todos los hombres de poder que no pasan hambre—. Pero no puedo permitirte participar si no cumples las condiciones. ¿Qué ejemplo daría yo?

—Pero, ¡necesito viajar! —suplica Prisco. No tiene otra alternativa para conseguir dinero. Ha pensado en otras opciones, pero sabe que no son viables.

—Podría darte permiso, sí, pero eso supondría hacer algo excepcional por ti. —Una sonrisa perniciosa comienza a dibujarse en el mofletudo rostro del edil—. Entonces, tú tendrías que hacer algo excepcional por mí.

—¡Lo que sea! —afirma Prisco, desesperado.

—Se comenta que tienes la esposa más bella del municipio… —A Prisco se le revuelven las tripas. Siente un calor repentino que le invade el cuerpo. Cree saber lo que Labeo va a decir. Ruega mentalmente a Júpiter que no sea lo que está pensando—. Una noche con ella a cambio de dejarte participar en la ruta comercial a Dacia sería algo apropiado.

Algo estalla dentro de Prisco. Siente una bola ardiente salir de su estómago y ascender por su garganta. Quiere vomitar. Se traga la angustia e intenta calmar su corazón, que se niega desbocado. Le duele el pecho solo de pensar en otro hombre disfrutando de su mujer. Pero, si lo piensa bien… No le espera un futuro mejor a Sentia si no consigue vender el vino. La ruina la obligaría a prostituirse. A acostarse con hombres mucho peores que el edil. También sabe que, si se niega, Labeo, despechado, hará todo lo posible para arruinarle la vida. Corazón y cabeza comienzan una batalla digna de los mismísimos dioses romanos. Siente la sangre bombardear sus sienes, incapaz de tomar una decisión.

—¿Qué me dices? —insiste el edil presionando a un confuso Prisco—. No tengo todo el día. Sois muchos los que queréis participar en este evento comercial. Y pocas las plazas libres. Dime, Prisco. ¿Qué decides?

Prisco se ahoga en un mar de dudas. No sabe qué decir. No sabe qué es lo mejor para su esposa. Solo será una noche… ¿Debería permitir al edil disfrutar de su esposa una sola noche para asegurar su supervivencia o debería negarse y condenarla a la pobreza absoluta y a la mendicidad?”

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

PERDIENDO LA FE EN 3, 2, 1…

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Uno de los discursos que más me gustan de En el nombre de Eva, y que me hace perder la fe en la humanidad. Solo la gente que despedaza a los demás llega al poder. El que tiene la fuerza para deshacerse de toda la competencia a su paso. El que se impone y anula a los demás. Incluso a su hermano de partido, en eso que llaman democracias. A veces, hasta a la propia familia.

Y esos son los únicos que llegan a gobernar.
Nada más que decir.

¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

TE REGALO MI AFECTO #5

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El sábado fue el cumpleaños de mi pareja. Y yo, que ya sabéis que soy un novelero, no quise perder esta oportunidad de hacer un regalo personalizado. Ya me conocéis. Para mí, un pensamiento dedicado a una persona vale más que el más caro de los presentes.

Así pues, la personita que aguanta mis incesantes golpes al teclado y mis ausencias mentales pensando en argumentos para mis historias, se encontró una nota en el desayuno con la dirección (virtual) a un archivo de audio que venía a avisarle de que ella era culpable de algo. Y para saber de qué se trataba, tendría que ir encontrando pistas una tras otra.

Las pistas, esparcidas por toda la casa y por todo Alicante en forma de adhesivo esponjoso con forma de corazón, contenían un código que, de nuevo, introducidos en una página de Internet preparada para ello, devolvían un nuevo audio con instrucciones para encontrar el siguiente.

Así, búsqueda tras búsqueda, se llegaba a la última pista que resolvía el misterio diciendo que de lo único que era culpable era de crear recuerdos uno tras otro para hacerme la vida más amable y feliz. Todo eso, con su correspondiente regalo final de un álbum de fotos de Gorjuss (no entiendo qué tienen esos dibujos tan sobrevalorados) repleto de fotografías que, efectivamente, mostraban muchos de esos recuerdos que ella había sido culpable de causar.

Espero que os haya gustado esta iniciativa y que, si os apetece, podáis darle uso a vuestra manera. Yo siempre os animo a tirar de creatividad para crear regalos personalizados y, como veis, a pesar de que ya supero los treinta, espero no perder esta ilusión adolescente por hacer este tipo de tonterías jamás en la vida.

Nada más por hoy.
¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

 

LA IMAGEN MÁS BONITA DEL MUNDO

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No se me ocurre mejor título para esta entrada. Creo que sería un acto merecedor del mayor de los castigos no titular así esta publicación con la foto que utilizo para encabezarla. Esa imagen es, para mí y en el momento que la recibo, la más bonita del mundo. Un punto de luz que hace que todo lo que hay alrededor de mi existencia se funda a negro, que mi cabeza no se dedique a otra cosa que transmutar cada uno de sus píxeles en felicidad absoluta.

Y no lo digo por esos ojos que son la firma de un dios, cualquiera en el que creáis, que decidió superarse a sí mismo. Tampoco hago alusión a esa sonrisa que es el pasaporte a un paraíso, uno tan bello que aún no ha sido creado, y que espero no tenga fecha de caducidad. No. Lo más bonito de esa persona es lo que no se ve, lo que esconde por dentro y que yo fotocopio con celosía en lo más profundo de mi corazón. Esa persona es, para mí, una de las tantas formas de amor que como seres humanos somos capaces de percibir: la amistad eterna sin condiciones, la que acepto con los ojos cerrados porque sé que no hay letra pequeña.

Pero con el título tampoco me refiero a ese ángel de mi guarda que aparece en la imagen.

La fotografía es lo más bonito del mundo porque en las manos de la alegría personificada aparece un pedazo de mí. Una catarata de ilusión concatenada de frases, una parte de un gran sueño hecho papel, ese “Sanador del tiempo” que todavía se empeña en darme alegrías. Todo lo que soy, no tiene sentido si no pasa por sus manos. Así ha sido y lo seguirá siendo siempre, mi alegría y su existencia es un matrimonio bien avenido que se consuma cada vez que tengo la suerte de coincidir en el espacio-tiempo con su presencia, en cualquiera de sus formas posibles.

Esta imagen es lo más bonito del mundo por lo que representa: dos cosas sin las que no podría vivir, juntas. Dos pedazos de mi alma representados en un mismo encuadre. La amo, por supuesto. A la fotografía y a ella.

Y nada más por hoy.
¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

 

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