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¡Si es que van provocando! Se reavivan las ascuas del machismo inherente en San Fermín y yo me descuajaringo cuando salen esas imágenes de jóvenes descubriéndose el pecho en la plaza y oigo a mi alrededor “si es que se lo buscan”, o cosas parecidas, por no hablar de la estrechez mental que incluso justifica con esa imagen aberraciones varias.

Pero no seré yo el que opine al respecto, que corro el riesgo de quedarme sin teclado. Lo dejo en manos de Ascanio, el hercúleo guerrero de la novela de Gàta. Como ya hice en otra ocasión, utilizo a mis personajes en forma de relato breve para dar mi opinión sobre temas tan espinosos. Dejo implícito en las siguientes líneas el pensamiento de que al final al provocación no está en el exterior, sino en la cabeza de cada uno, y no en la de abajo precisamente, y que no hay justificación más allá de la que uno quiera inventarse. ¡Espero que os guste! Se ubica tras la llegada de los griegos de la mano de Alejandro Magno a Egipto:

 

egypt

—Mira eso —dijo Ascanio, con los ojos desencajados y hasta el último pelo de su profunda barba blanca tieso por la excitación.

Pero Néstor no podía mirar nada, ocupado como estaba en salir del Nilo tras haber caído a sus aguas de manera miserable. Habían visto a esos egipcios deslizarse sobre la superficie del río en aquellas pequeñas barcas de papiro y habían intentado imitarlos. El nefasto resultado de aquel intento era evidente, a juzgar por sus cuerpos empapados.

—Algún día… igualaré tu habilidad… con la natación, por los dioses —afirmó Néstor con la respiración entrecortada tras alcanzar la orilla, algo que su amigo ya había conseguido minutos antes gracias a su portentoso físico—. Diría que tengo ante mí al mismísimo Poseidón cuando te veo nadar, Ascanio.

—Mira eso —repitió Ascanio, que parecía más interesado en otra cosa.

Néstor se quitó su túnica blanca y la escurrió. Entonces siguió la dirección que indicaba el dedo de su musculoso compañero. Este señalaba a una egipcia que segaba el trigo de las prolíficas tierras a la vera del Nilo. Llevaba el pecho descubierto, motivo de la fijación de Ascanio.

—Es tradición aquí que vistan así —informó Néstor, con el agua todavía cayendo desde su raída barba y su ondulada melena castaña—. Así que no te emociones.

Néstor golpeó con su túnica mojada a modo de látigo en el esculpido abdomen de Ascanio para intentar sacarlo de aquel embrujo. Volvió a vestirse de nuevo y sintió el horroroso calor egipcio un segundo después.

—No me importa el por qué de su desnudez, si este es por tradición o por ley —dijo Ascanio, incapaz de retirar la mirada de la egipcia—. Más bien me interesa el para qué visten así.

—Uy, mi gran Ascanio… —dijo Néstor, que ya sabía hacia dónde se dirigían los pensamientos de su enorme amigo—. ¿La deseas? —preguntó, aunque por sí mismo pueo descubrir que era innecesario del todo hacerle esa cuestión a juzgar por el abultamiento en la parte del bajo vientre de su túnica de lino—. Y yo que creía que la única pasión que agitaba tus pensamientos era la lucha…

—Ella me sonríe —se justificó Ascanio, escudándose bajo el estiramiento de labios que continuamente le dedicaba la egipcia al saberse observada.

—A todos nos sonríen —expuso Néstor, intentando disminuir la euforia de Ascanio—. Nosotros, los griegos, les hemos liberado de la esclavitud persa. Se sienten seguros a nuestro lado y ofrecerán todo a su alcance por mantenernos cerca. O peor, se sienten agradecidos. Así que esa sonrisa… —Néstor se dio unos segundos para pensar cómo exponer su teoría de que era inmoral aprovecharse sexualmente de esa chica sin bajar la autoestima de su compañero—. Esa sonrisa no la dibuja desde su corazón, Ascanio. Y tanto si es por necesidad como si lo es por gratitud, creo que no eres de los que se jactan de abrir piernas ajenas solo para saldar deudas.

Era cierto. El enorme Ascanio, que físicamente era como una montaña, era todo dulzura en su interior. Pero lo cierto es que los años de campaña, alejados del calor de una mujer, pesaban y convertían las tripas en el director de su cabeza.

—¿Y si buscan diversión? —se preguntó Ascanio, que continuaba buscando un motivo que le obligara a aprovechar la situación—. Pienso que, si tan destapadas van, es por algo. Puede que estos dioses raros que adoran les ordenen saciar hombres y, en tal caso, mi resistencia no haga otra cosa que enojarlos. No quisiera yo faltarles al respeto.

Néstor se rio ante esa opción. Se imaginó a ese dios egipcio con cabeza de águila picoteándole el hígado a Ascanio cada día como si de Prometeo se tratase por no haber satisfecho sexualmente a una de sus súbditas.

—Ascanio, ¿te estás oyendo? Me pregunto si tanto sol no habrá frito tu cabeza esa enorme que tienes, y que a veces me pregunto si gustas de utilizar.

—¡Néstor! ¡Y tú qué sabes! —se quejó el grandullón—. Es más, pienso que las calenturas de estas tierras, abrasadoras como son, se deben a sus ardientes costumbres. Los calores no son más que una muestra de esta cultura —dijo, señalando de nuevo a ese pecho descubierto, que él consideraba un acto de seducción y una prueba a su favor.

—Lo único que se está calentando aquí es tu cabeza —opinó Néstor, llevando su dedo a la frente de su amigo, teniendo que alzar el brazo debido a su altura—. Vámonos, Ascanio, antes de que hagas algo de lo que sé, vas a arrepentirte.

—¡Tú no piensas así porque tienes el rabo anulado! —estalló Ascanio, harto de no ser tomado en serio—. Tú a esa Nerea esperas día y noche, aunque no la encuentres. Y solo ella es dueña de tus pasiones y por eso en ninguna otra te fijas. Y eso te ha hecho perder la hombría. Y por Zeus que te lo respeto, pero no excuses tu falta de virilidad anulando la de los demás, Néstor.

—Sí, yo busco a Nerea, cierto, pero no más que tú una excusa para ensartar a esa egipcia sin tener que, una vez vaciados tus huevos, pensar por qué lo que sientes realmente hueco es el corazón. Hazlo si quieres, Ascanio. Pero sé un hombre, y no por abusar de esa muchacha, sino por darme la razón de que al final no son las señales de fuera las que te obligan a ello, sino la forma en la que tú las organizas para que parezcan una extensión de lo que sientes ahí —afirmó Néstor señalando la entrepierna de su compañero.

El jardinero había recorrido ya mucha distancia para comprender cómo las personas siempre encontraban una justificación para dejarse seducir por las pasiones. Curiosamente, el respeto que hacía que las piernas se abrieran a causa de una sonrisa sincera, rara vez lo había presenciado.

Sabía que, al final, todo estaba en la cabeza de los que miraban, y que la provocación no era más que el escudo tras el que escondían las justificaciones que, con la mente fría, resultaban no serlo tanto.

 

Espero que os haya gustado. Si queréis saber más de los personajes, aunque el bueno de Ascanio no salga muy bien parado en este relato, podéis haceros con Gàta.

Ah, y recordad que sigo reclutando gente para la lectura conjunta y online de El último gato vikingo.
Nada más por hoy. ¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!