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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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La postpreocupación – Moraleja de El sanador del tiempo

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A ver cómo cuento esto sin hacer spoiler. El sanador del tiempo es una novela ligera, pero no exenta de moraleja (de hecho, no deja de ser un cuento; daños colaterales de estar infectado por Tim Burton). Aunque la moraleja se desliza entre sus líneas de manera sutil, me alegró ver en la lectura conjunta que el mensaje se transmitía. Y como dije que iba a explicar la intención, saldo esa deuda (de manera tardía, como siempre) con esta entrada.

Para los que no conozcáis la historia, El sanador del tiempo trata sobre una clínica que cura enfermedades mediante viajes simulados en el tiempo. Las situaciones dramáticas del pasado retuercen e impregnan de tal manera el ADN que a lo largo del tiempo acaba estallando en los descendientes en forma de enfermedad. Esas situaciones han de resolverse y para ello, son leídas e interpretadas digitalmente para enfrentarse a ellas. Eso a grandes rasgos, para no extenderme.

El origen de las enfermedades en las vidas pasadas (registros akáshicos) es un concepto oriental.  Y como tal, la moraleja no podía venir desde otro punto cardinal. Viene a mostrar, en gran medida, lo perjudicial que es para nuestra vida el exceso de preocupación. Nos amarga y hace que la vida sea menos vida. Y, en contraste, también muestra la necesidad de liberarse de estas cargas (a menudo innecesarias) para seguir adelante. Esta despreocupación hace que quede algún cabo suelto en la historia (aunque huele a secuela por ahí para volver a tirar de ellos). Pero realmente es acorde con la idea a expresar, a veces hay que soltar amarras, no solo para aligerar el peso del alma, sino porque en ocasiones es nuestra única opción y para bien o para mal, la mejor.

Es parte de una filosofía de vida que adquirí hace tiempo y con la que he encontrado la felicidad. Nunca me preocupo por cosas que puedan pasar en un futuro porque, por definición, puede que hasta no pasen. Si ocurren, pues entonces en ese momento haré todo lo posible para que el impacto sea el menor posible, para solucionarlas. Si después de hacer todo lo que está en mi mano soy incapaz de resolverlas, pues solo queda mirar a otro lado y seguir adelante (el que hace todo lo que puede no está obligado a más), porque la vida es tan grande que siempre ofrece nuevos caminos. Pero hay que buscarlos y no perder la perspectiva aferrándose una y otra vez a algo que hace que nos atasquemos. Energía que se gasta en algo improductivo, es energía que no invertimos en dirigir la vida al lugar en el que queremos estar.

Ahí queda eso.
¡Qué paséis un despreocupado día!

VIDEOJUEGOS SÍ, VIDEOJUEGOS NO

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Soy un jugón. Lo confieso con la mano en alto. Yo fui diana de niño de frases comote vas a quedar ciego con la maquinita” o “-Niño, apaga eso ya. -Mamá, solo cinco minutos más“. Fui víctima también de ese entretenimiento asocializador.

Los videojuegos son vistos por los padres como una herramienta del Diablo, como una droga infernal e irresistible que condena a sus pobres chicos. En parte, lo entiendo. Las dos principales preocupaciones paternales son la gran cantidad de tiempo que los niños pierden con los videojuegos y el aislamiento social al que los somete.

Lo del factor asocial lo puedo entender. No lo considero un problema en sí, pero sí que es cierto que las habilidades sociales hay que adquirirlas cuanto antes y entrenarlas, porque después son necesarias para conseguir y ejercer bien un determinado trabajo o para defender una pasión y hacer viable cualquier proyecto que nos salga del corazón. Paradójicamente, con los juegos online, ahora los muchachos pueden conocer gente de lugares que jamás pisarán. Aquí entraría el debate de si es necesario el contacto directo para crear una verdadera amistad, pero no es el objetivo de esta entrada.

Yo daré un apunte personal: a mis mejores amigos los suelto tener lejos y a causa de eso he aprendido a no convertir el contacto en una necesidad. Los amo sin necesidad de tenerlos al lado. Y todo lo que sea quitar una necesidad lo considero bueno, siempre que el hecho de no necesitarlo no impida valorarlo, sino todo lo contrario.

En cuanto al tiempo que pierden jugando… considero que el problema no es el exceso de ocio, sino la falta de motivación y esfuerzo. Si no pierden el tiempo con los videojuegos, lo harán con cualquier otra cosa. O peor, no haciendo nada. La ausencia de cosas divertidas no va a hacer que estudien más. Yo siempre fui un buen estudiante. Gasté más horas en videojuegos, seguramente, que todos mis compañeros de estudios. Y acabé el instituto con una media de sobresaliente y acabé la carrera de Biología.

Y por encima de todo, el motivo por el que hago esta entrada. A los videojuegos les debo mi pasión por la historia. Yo mamé de clásicos como Age of empires (al que fui finalmente infiel con Empire Earth), juegos de estrategia histórica con una gran documentación detrás. Evidentemente, no son manuales históricos, pero sí hicieron de gancho para que yo quisiera, por imperativo propio y no de un sistema educativo, estudiar historia como un poseso.

Historia siempre ha sido mi asignatura más odiada. En cambio ahora, devoro libros y revistas históricas. La chispa que encendió ese fuego fueron los videojuegos. Consiguieron algo que ni el sistema educativo ni los profesores pudieron conseguir (ojo, que profesores los he tenido muy buenos y a un profesor de Historia que a la vez fue mi tutor dos años le tengo un cariño especial).

Y voy más allá, y ahora sí que cobra sentido esta entrada en este blog. Sin esa pasión no habría nacido El sanador del tiempo. El gusto por escribir textos históricos o de fantasía (este último aspecto se lo debo a Zelda: ocarina of time) se lo debo a los videojuegos. A partir de ellos me enganché a los libros, y los libros hicieron que me sintiera vivo escribiendo. Les debo una de mis mayores pasiones en la vida. Porque, señoras y señores, ciegamente creo que el problema de esta vida es la escasez de pasiones, con permiso del aspecto económico. Uno puede tener de todo y sentirse vacío si no tiene una pasión que le atrape y le haga dedicar todo lo que uno tiene por dentro.

Así que, ciñéndonos al título de la entrada, la respuesta es ni sí ni no. Como en todo. La respuesta es, y la extiendo a todos los ámbitos de la vida: en una medida y calidad adecuada. No todos los videojuegos son malos, pero tampoco todos son buenos. Todo depende de las consecuencias que manifiesten en cada persona. En mi caso, les debo mucho. Aún se lo sigo debiendo, por supuesto.

Y nada más. Ya sabéis que cuando tiendo a personalizar las entradas me extiendo en demasía. Gracias por estar ahí, por acompañarme a este café en el que me permitís charlar un rato con vosotros. Ahora me gustaría escucharos en los comentarios.

¡Un abrazo!

 

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