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El título de la entrada bien podría haber sido Consejos para mejorar tu novela de ciencia ficción y no habría sido tan escatológico, pero tampoco soy yo ningún gurú para erigirme como un maestro del género. En cambio, sí hay cosas que veo repetidamente en muchas novelas de ciencia ficción y que rompen la magia de hacer creíble lo increíble, para mí una de las grandezas de este tipo de literatura.

Así pues, voy a comentar esos argumentos que me chirrían y que hacen que me cueste seguir avanzando en la historia (o que incluso acabe cerrando el libro), por si a alguien le pudiera parecer útil o interesante. O por si quisiera rebatirme, por supuesto. En el apartado de hoy, me voy a centrar en el ADN: esa molécula que a menudo se usa de comodín para que las cosas fantásticas tengan su inexplicable explicación.

 

SUPERHÉROE POR MUTACIÓN
Vamos a suponer que un personaje es capaz de trepar por las paredes y lanzar telarañas porque le picó una araña radiactiva. Anónimo, por supuesto. Le podía haber dado por comer moscas, pero eso no le daría ninguna ventaja más allá de ahorrarse un buen dinero en insecticida. O, pongamos, que por alguna extraña casualidad, existe un universo en el que las mutaciones generan superpoderes y hacen crecer los músculos en lugar de, yo qué sé, hacer que crezcan otras partes del cuerpo y que también permitirían titular la serie con una X, pero con distinto significado.

Si algo ha inculcado en nuestras mentes la ciencia ficción es que una mutación puede crear un superhéroe. Un cambio en el ADN y, zas, a cazar malotes. Pero la cosa no funciona así, no al menos para que uses este argumento tan gratuitamente en tus novelas. Para que un cambio en el ADN genere una habilidad extra, este ha de afectar directamente a todas las células que se encargan de gestionar esa función. Es decir, si lo que me permite es lanzar rayos por los ojos, necesitaré tener la misma mutación en las células oculares encargadas de ello, por no hablar de todas aquellas del sistema nervioso y/o endocrino que regulan este nuevo comportamiento. Teniendo en cuenta que las mutaciones son azarosas, sería extremadamente fortuito que ocurrieran justo y exactamente en esas células y no en otras, y que además los cambios se combinaran para que, en conjunto, permitieran esa nueva habilidad de manera eficiente. Estadísticamente, a Peter Parker le hubiera resultado más fácil ganar la lotería que convertirse en Spiderman. Y varias veces.

Todos somos mutantes. Imaginad mi cara de sorpresa y mi boca abierta al escuchar esta afirmación por parte de mi profesor de Biología, una persona respetable para mi yo adolescente de entonces. Pero tiene razón. La enzima que construye el ADN, la ADN-polimerasa, no es perfecta. Tiene sus ratos de distracción y se equivoca, generando cambios fortuitos en el ADN en todos y cada uno de nosotros. En algunos casos, este cambio ocurre en la parte del ADN que no se utiliza (ADN chatarra) y no ocurre nada. En otros, afecta al ADN que influye directamente en las funciones celulares y las altera hasta causar su muerte. Sin que nos demos cuenta. Desgraciadamente, en otros, los cambios afectan a su ciclo celular y la célula comienza a replicarse sin control generando un tumor.

Pero de ahí a que ese cambio genere una habilidad extrema para crear a un superhéroe, a menos a día de hoy, no se conoce que se haya dado el caso. Sería demasiada casualidad. Es más, nuestro sistema inmune se encargaría de eliminar las células afectadas rápidamente al reconocerlas como extrañas. Los villanos pueden respirar tranquilos. De momento.

Otra cosa es que el cambio sea intencionado. Dirigido. Que, mediante alguna ayuda tecnológica, pueda provocar la mutación en las células que yo quiera y de la manera que a mí me apetezca. Así, sí (si obviamos la corrección inmunológica, por ejemplo, con inmunosupresores). En El sanador del tiempo, mediante un viaje simulado al pasado se encontraba la forma en la que había que corregir el ADN de un paciente, y después la maquinaria sanitaria utilizaba esa información para variar todas las células afectadas, que realmente eran todas las del cuerpo humano porque se trataba de incongruencias genéticas heredadas.

Porque, en relación a ello, tenemos la segunda vía de escape para justificar un cambio genético masivo y la aparición de nuevas habilidades: que nazca con ellas. Si los cambios en el ADN se producen en el zigoto, estos se transmiten a todas las células del embrión y posteriormente al individuo. Es decir, si tu superhéroe fue modificado desde su origen, tiene sentido que disfrute de las habilidades que lo convierten en lo que es.

Para eso no hace falta que haya un laboratorio que introduzca los cambios selectivamente en el zigoto de nuestro personaje, lo cual limitaría el argumento. Puedes utilizar, por ejemplo, el recurso de que la mutación ocurrió en el óvulo de la madre (o en el espermatozoide del padre), de manera que así se transmite al hijo. O, también, el cambio pudo ocurrir durante el desarrollo embrionario del personaje. En ese caso, el cambio solo debería afectar a una célula o a un reducido número de ellas, dejando menor margen de la consistencia de nuestro argumento al azar. Es así como suceden los cambios significativos, como en el caso de las personas que nacen con algún dedo de más o de menos. No es que tengan superfuerza o visión nocturna, pero al menos permite un acercamiento más realista al concepto de mutación y habilidad.

 

Y hasta aquí la disertación de hoy. Quería hablar del manido recurso de los cambios en el ADN para generar plagas zombi o de los híbridos, pero lo dejo para más adelante, que no quiero que se alargue demasiado esta entrada. Por supuesto, todo esto son observaciones que pienso que pueden venirle bien a toda novela de ciencia ficción. Con esto no quiero decir que las que levantan un poco la mano con el criterio científico no sean divertidas, ni buenas, pero creo que con ciertos conocimientos pueden pasar de ser grandes historias a ser sublimes.

Nada más por hoy.
Un saludo, ¡nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

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