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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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CARRERA DE LOS CASTILLOS ALICANTE

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¡Buenas! Sigo vivo, a pesar de mi ausencia por el blog. El calor no ha podido conmigo. Si acaso, con mi cerebro, que con las altas temperaturas siento que funciona más lento. Os cuento sin venir a cuento: siempre me pasa que cuanto más tiempo libre tengo, menos tiempo tengo para hacer cosas. Es así. Si tengo un rato libre quiere hacer una cosa, pero si tengo dos ratos libres quiero hacer cuatro, y así exponencialmente… De ahí el motivo de mi desaparición. Menos trabajo pero más quehaceres. Pero ya vuelvo por estos lares.

Una de las cosas que me mantiene ocupado (y los que seguís el blog lo sabéis) es salir a correr. Tras otro de mis tan odiados como frecuentes parones, vuelvo a mover un pie tras otro al ritmo que me dejan mis pulmones. Sí, con este calor que parece que Satanás se haya escapado por Alicante. Yo funciono de esa manera, hasta que algo no se pone verdaderamente difícil, no acumulo la motivación necesaria para abordarlo.

Mi próximo objetivo es la Carrera de los Castillos del 2 de octubre en Alicante. Este año no se me escapa. Siempre quiero hacerla porque creo que tiene un componente épico que los frikis de la fantasía como yo no podemos dejar escapar. Pero por unas cosas u otras, nunca me ha pillado en forma para apuntarme. Eso sí, para la próxima edición tengo una cita con Santa Bárbara.

Y como sé que me seguís muchos de Alicante por aquí y que otros tantos lo hacéis por las entradas que suelo poner de running, utilizo esta entrada para ver si hay alguien más interesado en hacer esta carrera. Estaría bien vernos por allí, o entrenar algún día, o simplemente darnos ánimos… Ahí lo dejo.

Y nada más. A partir de mañana ya vuelvo con la temática literaria habitual. Por cierto, ya tenemos participantes para Tu libro no me suena (todavía), así que estad atentos.

¡Que tengáis un buen día!

CORRER CON SENTIDO#2

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Hace justo tres meses, desde aquel palizón para despedir a mi tía, que dije que no volvería a correr si no era con sentido. Y vaya si he cumplido mi palabra. Porque lo que se dice correr… no he corrido.

Así que, entre la necesidad y la pasión, ayer decidí que era el momento de revertir la tendencia. Me propuse un reto adecuado a mi pasividad, unos 10 km (sí, sé que es poco, que es lo que utilizaba para un simple entreno básico estando en buena forma física), que en mi actual estado físico ya es todo un hito. Al final fueron 12 km, pero en esto de correr con sentido, los números son lo de menos.

Me propuse como objetivo la Universidad de Alicante, donde me licencié en Biología y donde invertí 6 años (y pico) de mi vida. Dicen que la etapa universitaria es la mejor en la vida de una persona. Yo no diría tanto, pero sí que es cierto  que aproveché la carrera para sumergirme en los recuerdos de aquellos maravillosos años, para dejar que el paso por aquellos edificios me diera un baño de nostalgia. Así pues, corrí con la intención de volver mentalmente a aquella etapa de mi vida.

Y recordé los malditos exámenes. En serio, aún tengo pesadillas con ellos. Aún hay días que en mis sueños no me da tiempo a completar preguntas que no me sé porque no me las he estudiado. Hoy en día, como profesor, aún los sufro cuando mis alumnos se enfrentan a ellos. Y los sufro también porque pienso que los exámenes deberían estar fuera de un sistema educativo eficiente, su único objetivo es calificar a las personas en función de cuánto tiempo son capaces de someterse a las ordenanzas de un superior.

Recordé también los jueves de barrio, de acabar la noche en el puerto y de quedarse a dormir en un piso de estudiantes. Todo un pack que era un mundo en sí, sobre todo para un chaval introvertido que la fiesta nunca ha sido su principal motivación.

Recordé las tardes interminables de prácticas y el odioso autobús. Como venía de un pueblo de la Vega Baja, a menudo cogía el autobús a las 6:45 de la madrugada y llegaba a mi casa a las 21:30 de la noche. Así, varios días seguidos. Dormía 3 horas para tener algo de vida fuera de los estudios. Es la etapa de mi vida de mayor agotamiento. Los trabajos para mañana, estudiar exámenes el día anterior…

Recordé también mi vida post-adolescente, yo aún sumergido en plena adolescencia. Mis historias como un chaval aún con fe ciega en el romanticismo frente a mujeres ya escaldadas de fracasos amorosos fantasiosos. El choque de trenes de una mentalidad quinceañera contra mentes que ya cosían la palabra amor con la dirección acabar estudios->trabajo estable->casarme. Aún a día de hoy, pienso que la vida es enfrentar este caos llamado existencia con las balas que tienes para el día. Que programar el futuro no sirve más que para olvidarte de disfrutar el presente y que, oye, ¡la felicidad está fuera de la zona de confort!

Recordé también las amistades, inquebrantables, y todos los tipos de personajes que llegué a conocer. Sinceramente, es aquí y solo aquí donde la palabra universidad coge su verdadero sentido, porque te encuentras con personas increíblemente peculiares. Y confirmo, no hay nada más enriquecedor que las diferencias bien compartidas y entendidas.

De la parte física no hay mucho que decir más allá del típico cansancio tras un largo período de inactividad. 12km sufridos, más aún por el calor de esta primavera adelantada, con demasiada pausa. Porque por mucho que pensara “dale duro, que estudiar era más sufrido y aprovar un examen más difícil que seguir corriendo un poco más“, el cuerpo no daba para más. Agradecer, si acaso, que no apareciera ningún dolor muscular o articular más allá de una rodilla izquierda a la que le gusta llamar la atención.

Así que hasta aquí el “Correr con sentido” de hoy. Pronto, otra crónica de una carrera con sentido, que vendrá con muchísimo amor. Espero que no vuelva a ser dentro de tres meses.

¡Un abrazo con sentido!

CORRER CON SENTIDO#1

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Ya sabéis que a veces me gusta poner la versión personal del blog en modo ON, me encanta conoceros a través de los comentarios tanto o más que dejar fuera a mi alter-ego Jon Ícaro y mostraros pedacitos de la persona que hay tras él. Así pues, poneos cómodos, que estáis invitados a este café emocional en una entrada un poco más íntima de lo normal.

Esta historia empieza como muchas otras: muchacho regordete se pone a correr para ponerse en forma. Y lo consigue. 15 kilos menos en cerca de dos meses. Esa fue mi primera “medalla” como corredor.

Después, a seguir corriendo para mantenerse en forma. Pero aparece el archienemigo de estas historias: la pereza. Entonces procedo a hacer uso del gusanillo de las carreras populares para acabar con la rutina. De 10K en 10K, recuerdo mi momento de mayor ilusión tras acabar la Media Maratón de Orihuela. Mi segunda “medalla” emocional.

A partir de ahí, idas y venidas. Semanas de continuidad con parones indefinidos. Ya sólo me queman las piernas cuando corro, me falta ese ardor en el corazón. Y es entonces cuando decido que hay que correr, pero con sentido. Me propongo a fabricarme retos que me motiven y que tengan un alto contenido emocional.

El primero de ellos, ayer. Hace poco comenté en el blog la pérdida de mi madrina. Mi primer reto sería entonces correr desde su casa (lugar en el que la conocí) hasta el lugar en el que la despedimos. De Elche a San Isidro. 22 km. Demasiado para mi forma actual.

No estaba preparado físicamente. Pero de eso se trataba. 22km de quemar la pena, de sudar la tristeza para deshacerme de ella en el camino y dejarla allí, fuera de mí, para siempre. Dos horas y pico de la “soledad del runner” para recordar momentos, para dialogar con mi alma y buscar la paz.

Finalmente, reto conseguido. Con el sufrimiento esperado y necesario, pero conseguido. Sin estar preparado, porque la vida va de eso. La vida nos pone a menudo ante situaciones inesperadas para las que no estamos preparados. Y no nos queda otra opción que enfrentarlas, como siempre, dando un paso más. Un paso más, sin rendirse. Uno no puede quedarse quieto ante las adversidades. Ayer iba de eso. De dejar salir la pena, de dejar entrar la resiliencia.

Por supuesto, habrá retos superiores que iré compartiendo. Esto es sólo un principio.
Os animo a que gestionéis la pena a vuestra manera. Pero no dejad que os cale los huesos. ¡Un abrazo enorme!

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