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Una rotura de ordenador me ha dejado fuera de juego esta semana. Ahora que me lanzo a la ciencia ficción, es la tecnología la que se burla de mí. Pero ya estoy de vuelta con ganas de empezar a mostraros cositas de CAÓTICO NEUTRAl, historia que me está llenando de ilusión y que estoy deseando empezar a compartir con vosotros.

Así que, os dejo con esta primera toma de contacto y me callo, que no quiero extender esta entrada.
¡Nos vemos las caras por instagram-png-instagram-png-logo-1455 icaro_jon, donde hoy podéis ver mi CaTech particular!

 

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1

—El concursante que consiga distinguir entre el animal real y el sintético, ¡se lleva un CaTech a casa!

La sala principal del Centro internacional de conferencias de Kioto fue invadida por una algazara desmesurada generada por los dos mil asistentes que manifestaban, con gestos evidentes, que querían ser seleccionados para aquel desafío. A la empresa AnimaTech no le había costado conseguir hacerse con un hueco en aquel famoso recinto de exposiciones, ni siquiera en las dificultosas fechas navideñas. Las asombrosas ventas de su artículo más popular, un robot felino extremadamente parecido al animal real, había colocado a la marca en una posición comercial ventajosa respecto a sus competidores.

—Solo uno de los dos es nuestra magnífica mascota autómata —continuó el conferenciante señalando a los dos gatos que había sobre la mesa situada en el escenario—, el otro hace sus necesidades ensuciando la casa, rompe las cortinas y, muy a pesar de sus dueños, enferma y muere.

El hombre hacía hincapié una y otra vez en las desventajas de una mascota biológica, buscando los puntos de dolor de sus posibles clientes. Aquellos aspectos poco deseables habían sido eliminados en los productos animados, lo que había disparado las ventas.

—Y ahora, nuestro sistema de detección de deseos elegirá al primer participante —anunció el comercial señalando al público—. Ya sabéis, ¡tenéis que desear el CaTech con todas vuestras fuerzas si queréis ser elegidos!

Los niños se alzaban de sus asientos con los dos brazos apuntando al cielo pidiendo ser seleccionados, gritaban hasta dejarse la voz. Los que entendían cómo funcionaba el sistema de selección cerraban los ojos, se concentraban, se imaginaban a sí mismos junto a la preciada mascota animada, amándola sin condiciones.

El cañón láser comenzó a girar y los gritos se desplazaban a las zonas a las que la luz se iba dirigiendo. Aquel dispositivo medía a distancia la actividad de la amígdala, del núcleo accumbens y del área tegmental ventral de Tsai y hacía un cálculo aproximado de cuánto anhelaba cada individuo aquel artículo mediante la activación del sistema cerebral de recompensa. Finalmente, se detuvo iluminando con un puntito azul la frente de un muchacho de unos siete años que apartó su flequillo castaño para demostrar que el láser le apuntaba a él y solo a él.

El chico subió al escenario acompañado por dos hermosas azafatas que recibieron lascivas miradas por parte de aquellos padres que solo estaban allí por la insistencia de sus hijos, por el interés desmedido que los chicos tenían hacia los famosos artículos de AnimaTech.

—Hola, chico —saludó el ponente ayudando al niño a subir—. ¿Cómo te llamas?

—Marcus —contestó el chaval tímidamente, con su mirada fijada en los dos animales que había sobre la mesa.

—Así que deseas llevarte uno a casa, ¿eh? —expuso el orador haciendo que su voz se multiplicara a través de unos altavoces que se modulaban de manera automática, aumentando o disminuyendo su volumen en función del ruido ambiental que había en la zona en la que proyectaban el sonido—. Pues solo tienes que decirme cuál de estos dos es el real y cuál es un CaTech. Ánimo, chico. ¡Elije bien!

El pequeño Marcus se acercó un poco más a la mesa y estiró el brazo intentando acariciar a los gatos. Ambos respondieron de la misma manera, alejándose de la mano que se acercaba como medida preventiva. Animal y robot retrocedieron moviendo las mismas partes del cuerpo, se separaron del niño los mismos centímetros y echaron hacia atrás las orejas con la misma intensidad. Era imposible diferenciarlos a simple vista. El pelaje, los movimientos, la mirada… Eran exactamente iguales, lo que hizo que el chico mostrara una ligera mueca de frustración, consciente de la dificultad de diferenciarlos.

Pero Marcus deseaba un CaTech por encima de todas las cosas. Ya había visto a través de Internet más de una de aquellas conferencias y había preparado su estrategia. Sacó de su bolsillo un caramelo para gatos, hecho con pollo y buey, y lo puso sobre la mesa. Lo había comprado de camino a la conferencia como parte de su estratégico plan. La necesidad de alimentarse haría que el gato real se lanzara contra el alimento más rápidamente, motivado por su instinto.

Las dos figuras, biológica y robótica, respondieron de manera idéntica. Se movieron con los mismos pasos, a la misma velocidad, se gruñeron y retrocedieron asustados con los mismos gestos. Los circuitos tecnológicos reproducían la respuesta natural con exactitud. Era imposible decidir cuál era el real y cuál no…

—Parece que estás en una situación complicada, Marcus —afirmó el conferenciante, que se alegraba del éxito de aquella muestra enmascarada en forma de prueba. Estaba demostrando la eficacia del artículo—. ¿Cuál piensas que es el CaTech?

El muchacho negó con la cabeza, derrotado. No sabía qué criterio utilizar para descubrir al autómata. Finalmente, asumió que lo más sensato era dejar hacer al azar. Señaló a uno de los dos felinos esperando que el cincuenta por ciento de probabilidades de ganar fueran suficientes.

El ponente sacó un mando del bolsillo y apretó un botón. Uno de los dos gatos se desactivó, cayó inerte sobre la mesa. No era el que Marcus había seleccionado.

—¡Oh! —dijo el presentador. El lamento se hizo generalizado por toda la amplia sala—. Has fallado. Has señalado al gato real… —El hombre se agachó para estar a la altura del chico—. No has tenido suerte, Marcus…

—¡Es que son iguales! —se quejó el niño cuando el hombre puso el micrófono cerca de su boca—. ¡Era imposible diferenciarlos!

—De eso se trata. —El ponente se levantó, preparó su garganta para escupir las siguientes palabras con fuerza y asertividad—. ¡Son iguales porque AnimaTech es el líder mundial en recreación de mascotas! Pero no te preocupes, Marcus. Yo sé lo tanto que deseas ese CaTech, y por eso tus padres tendrán un treinta por cien de descuento si desean adquirirlo, ¡y todo gracias a tu participación!

El rostro de Marcus cambió ligeramente. Los labios invirtieron su tendencia mostrando una ligera sonrisa. No había conseguido lo que deseaba, pero al menos sus padres no iban a pagar tanto para conseguirla. Volvió a su puesto pensando que aquel descuento sería suficiente para convencer a sus progenitores de que se lo compraran, y eso hizo que su pequeño cuerpo se llenara de alegría mientras bajaba del escenario.

En el lado opuesto, en la última fila del sector más a la izquierda del escenario, Burt Farewest no escondía su aburrimiento mostrando un bostezo que hacía crujir su mandíbula. Si el láser hubiera medido la actividad de su sistema cerebral de recompensa, habría ofrecido números negativos.

—Muy bien, queridos asistentes —continuaba diciendo el ponente—, en unos minutos habrá una nueva oportunidad para otro participante. Pero antes, se abre un turno de preguntas para el que necesite resolver alguna duda sobre nuestro maravilloso artículo. Recuerden que, si desean preguntar cualquier cosa, solo tienen que apretar el botón azul del apoyabrazos de su asiento. Si desean realizar una compra, solo tienen que apretar el botón rojo, porque… ¿Qué me están diciendo a través de la comunicación interna? ¡Oh! ¡Tenemos otro minuto de oro! Recuerden, ¡pueden comprar dos unidades al precio de una si aprietan ese botón en los siguientes sesenta segundos!

Era el momento en el que los hermanos solían mirarse con gestos cómplices, pues sus padres aprovechaban la oferta para poder comprar un CaTech para cada uno de ellos. En la gran pantalla tras el escenario comenzó una cuenta atrás con números luminosos que estimulaban el sistema nervioso para facilitar la venta.

Burt apretó el botón azul. Estaba deseando intervenir en la conferencia. Cuando el temporizador acabó su función, comenzó el turno de preguntas. Al parecer, se le habían adelantado con el pulsador, pues el asiento que se había iluminado no era el suyo.

—Sí, buenas tardes —dijo una mujer de larga cabellera rubio platino unas filas por delante de él. El micrófono retráctil de su asiento emergió para concederle la palabra—. Dice usted que estos animales nunca mueren, pero imagino que se pueden romper por un golpe o por el paso del tiempo. ¿Qué tendríamos que hacer en ese caso?

—Sepa usted que los CaTech —comenzó a explicar el ponente— disponen de un sistema de reparación automática que hace que sean prácticamente irrompibles. Y, además, este sistema está diseñado para que el arreglo sea equiparable a una herida real. Es decir, si se le rompe una pata, y lo hará en la misma medida que un gato real ya que su resistencia está diseñada para que sea semejante a un conjunto biológico, se irá reparando a sí mismo a la misma velocidad que lo haría una rotura biológica. Así, no se pierde la valoración real de tener una mascota sana ni la alegría de ver cómo va dejando de cojear. Eso sí, no tendrá que llevarlo a ningún veterinario, ¡imagínese el dinero que se ahorrará con ello! No me puedo creer a los que dicen que un CaTech es caro… ¡A la larga es increíblemente económico!

Burt se revolvía en su asiento, esperando su oportunidad. Sin embargo, aún tendría que esperar una intervención más.

—¿Hay alguna posibilidad de que se vuelvan agresivos o algo así? —preguntó otro de los asistentes, un tipo de esos que tendían a vestir trajes de polímero reciclable y cuyo apego a todo en la vida les hacía pensar que toda preocupación por la integridad de sus hijos siempre era poca—. Quiero decir, ¿puede algún cortocircuito convertir estos juguetes en bestias peligrosas?

—¡No! ¡No! ¡En absoluto! ¡Todavía no hemos visto ninguna versión psicópata de nuestros CaTech! —bromeó el ponente—. Todos los circuitos tienen las resistencias necesarias para evitar ese estado de excitación eléctrica requerido para que la mascota robótica muestre ese nivel de agresividad.

—¿Y qué pasa con el amor que recibimos de los animales? ¿Cómo se evita esa sensación tan fría de estar junto a un robot? —preguntó otro asistente. Esa interrogación sí que llamó la atención de Burt, que se preguntaba cómo abordaría el ponente ese dilema.

—Buena pregunta, amigo. Buena pregunta… —dijo el orador intentando ganar algunos segundos para reflexionar—. Me complace informarle de que, al contrario de lo que se pueda pensar, el amor que se recibe de estas mascotas animadas es aún mayor que el que se puede obtener de un gato real. Sí, sí. No me miréis así. Las muestras de cariño de un gato biológico no son más que tretas, artimañas, conductas innatas que están codificadas en su ADN para ganarse el cariño de las personas, con el objetivo final de recibir a cambio el alimento que necesitan. Pues resulta que esas conductas están programadas también en los CaTech para que las copien. ¡Y no solo para que las repliquen! Están afinadas de tal manera que harán que muramos de amor por ellos. Además, ¿cuántas horas duerme un gato al cabo del día? En los CaTech podemos programar su horario de actividad, de tal manera que se ajuste a nuestros horarios laborales o escolares y podamos recibir esos gestos amorosos cuando estamos junto a ellos.

El asiento de Burt se iluminó. Por fin había llegado su turno. Un micrófono se desplegó en uno de sus laterales. El asistente hizo una pausa para asegurarse de que todos le escuchaban. Estaba seguro de que su duda iba a ser más polémica que la cuestión anterior.

—¿Y qué ocurrirá con los gatos reales? —preguntó, al parecer sin ser comprendido. El silencio generalizado mostraba que no se había entendido bien qué era lo que estaba preguntando.

—¿Se refiere a cómo se relacionan los CaTech con los felinos biológicos? —preguntó el conferenciante, que al parecer tampoco había comprendido muy bien la cuestión—. Se compenetran estupendamente. Se adaptan a ellos como si fueran uno más de la manada. Le voy a decir más… Nuestro artículo es capaz incluso de domesticar a los gatos reales, de adiestrarles en según qué tareas o costumbres mediante la imitación.

—No me refiero a eso —interrumpió Burt Farewest—. Lo que pregunto es cómo pueden afectar esos gatos robóticos a los felinos reales en general. ¿Lo ha pensado? ¿Qué ocurrirá si el ritmo de ventas se mantiene? Se lo diré yo, que sí que he estado divagando sobre ese asunto. Se extinguirán. Así de sencillo. Si esos artículos, a los que usted venera, siguen instalándose en los hogares, desplazarán a los seres vivos que, en primera instancia, sufrirán un abandono en masa hasta que, dolorosamente, reduzcan su población y desaparezcan.

—Bueno… No lo sé… —titubeó el orador, que era la primera vez que se encontraba ante tal dilema—. Es evidente que las personas prefieren un CaTech por sus prestaciones y comodidades… —Ante la duda, el manual del comercial obligaba a exaltar las bondades del artículo—. Pero siempre habrá nostálgicos que prefieran una mascota vintage.

El hombre rio ante su ocurrente comentario. Buscaba utilizar la carta del carisma para salir vencedor de aquella batalla dialéctica.

—Lo que dice no tiene ni la más mínima gracia —atacó Burt, tensando el ambiente—. Se está riendo de una posible extinción. Eso muestra la nula moralidad de la que se hace servir AnimaTech.

—Caballero, hace tiempo que no se utilizan burros para tirar de los carruajes —replicó el vendedor—. Imagino que ha venido usted en automóvil particular. Y no veo que los asnos se hayan extinguido… porque al parecer estoy dialogando con uno de ellos.

El público se rio de nuevo y aplaudió el comentario del conferenciante. Burt chistó, pero no se pudo escuchar su quejido ya que su micrófono volvió a su posición inactiva, privándole de poder replicar. Se levantó, enfurecido, y se marchó de lo que consideraba una reunión de descerebrados afectados por la necesidad imperiosa de poseer las últimas novedades en todo a su alcance.

—En serio, no sé cómo la gente puede hablar mal de estas maravillas. —El comercial cogió el gato autómata y lo alzó sobre su cabeza para ponerlo en una posición superior a todos—. CaTech ha sido creado para proporcionar una magnánima experiencia para aquellos que quieran hacerse con él e incorporarlo en sus vidas. Así que, insistimos, no pierdan esta oportunidad de…

Un terrorífico estruendo inundó la sala impidiendo que el orador acabara de hablar. Un destello que dañaba la vista había surgido del CaTech que el conferenciante mantenía en sus manos antes de que aquella sobrecogedora explosión incendiara el recinto. Los asistentes de las primeras filas no habían tenido tiempo de ser conscientes de lo que había ocurrido, pues habían muerto en el acto por la detonación. Los posicionados más atrás mostraban quemaduras de tercer grado en gran parte de su cuerpo y algunos de ellos podrían salvar la vida si eran atendidos con rapidez. Los situados más atrás no tenían daños más allá de los tímpanos reventados y un dolor de cabeza espantoso. El pánico y la desorientación alimentó el terror que se había instalado en la sala, que se había convertido en un escenario dantesco de muerte y dolor.

Los equipos sanitarios y de seguridad intervinieron, pero eso no evitó que finalmente hubiera casi un centenar de fallecidos y más de doscientos heridos.

No era la primera vez que una bomba estallaba en una exposición de AnimaTech. Un mes antes, un suceso similar había ocurrido en Metz. El ataque entonces, como se aseguraba que sería en esta ocasión, estuvo firmado por un grupo rebelde de extrema ideología ecologista: Caótico Neutral.

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