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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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MI NUESTRA HISTORIA #3 – No leas, decide

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Vosotros lo habéis querido: Prisco se lleva a su hija a la guerra. Hoy os traigo las consecuencias de vuestras votaciones (muy ajustadas, por cierto) con el tercer capítulo de MI VUESTRA HISTORIA, la novela histórica-romántica en la que con vuestros votos decidís su desarrollo.

Como siempre, dejo el enlace a los capítulos anteriores para los que os incorporéis a esta aventura, además de un resumen para los que no tengáis tiempo y queráis poneros al día rápidamente. Y ya sabéis, al final del capítulo, una nueva votación. A ver si el dilema planteado está tan equilibrado como el anterior. Os recuerdo que también podéis seguir esta historia a través de la aplicación de Jon Ícaro (Google Play Store), donde recibiréis avisos cada vez que haya capítulo nuevo.

CAPÍTULO 1 // CAPÍTULO 2
Resumen: Prisco es un comerciante de vino romano de la provincia de Moesia. Su complicada vida como vendedor se ve alterada por una invasión de los bárbaros dacios, que se llevan a su esposa Sentia. Junto a su pequeña hija Naevia, se adentra en territorio dacio con la esperanza de incorporarse al ejército romano y recuperar a su amada.

 

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Prisco lleva varias horas cabalgando, empieza a sentir el ardor en los muslos de apretarlos contra el lomo del corcel. No le ha resultado difícil hacerse con el caballo tras el caos originado en su villa durante el ataque. En su apresurada huida tras la llegada de los defensores romanos, los dacios tuvieron que abandonar varios de estos preciados animales, dejándolo a su disposición. De otra manera, no podría estar disfrutando de una montura. Su complicada economía no le habría permitido mantener la criatura.

Delante de él y agarrada con fuerza al cuello del corcel está su hija. No ha sido capaz de dejarla en Roma. No con un desconocido. Sabe que no es muy responsable por su parte llevársela consigo a la guerra y sufre por ello. Pero estando a su lado, siempre podrá intentar salvarla del peligro al que pueda exponerla. Daría la vida por su niña. En cambio, estando lejos, sabe que su futuro ya no dependería de él. No soportaría volver y ver a su niña convertida en una esclava o algo peor sin que él haya podido hacer nada para evitarlo.

Por ello, cabalga a lo largo de la frontera entre Moesia y Dacia. Terreno peligroso. No tiene tiempo para viajar a Roma y alistarse de manera regular al ejército, podrían pasar meses, y eso es mucho tiempo, demasiado sufrimiento para su esposa. Tampoco le dejarían viajar con su hija de hacerlo de manera oficial. Así que va directo al campo de batalla, con la esperanza de ser aceptado por el ejército romano ya desplegado en suelo enemigo. La guerra necesita mucha mano de obra, y esa es su principal baza, que pueda ser útil en cualquiera de los ámbitos necesarios en un campamento militar.

La niña comienza a tener dificultades para mantener el equilibrio sobre el caballo debido al cansancio. Prisco la agarra con fuerza con la mano con la que no sujeta las riendas. No pueden detenerse, no en medio de la nada, en pleno territorio hostil. Es necesario encontrar un campamento militar. Lleva varias horas siguiendo las calzadas, esperando cruzarse con alguna columna de legionarios. Pero no hay señal de vida.

Solo pide un poco de suerte. Han asesinado a su suegra, han raptado a su esposa, no tiene otro remedio que exponer a su hija a un peligro inminente…

—¡Por Júpiter! ¡¡Solo te estoy pidiendo un respiro!!

La desesperación ha materializado sus pensamientos en forma de grito agónico. La pequeña Naevia se asusta y se incorpora ligeramente. Se gira para observar a su padre.

—Papá, ¿estás bien? Como mamá te oiga gritar así se va a poner a gritar ella también…

La niña se gira de nuevo y Prisco lo agradece. No quiere que lo vea llorar. Él también quiere discutir con Sentia, desea volver a sentir la suerte de discernir con esa mujer tan cabezota para arreglar todas las diferencias con un abrazo. Un simple abrazo. Necesita tenerla junto a él. ¿Dónde estará Sentia ahora? ¿Qué estarán haciendo con ella? Las preguntas se hacen fuertes en el corazón de Prisco, que tiene que hacer un terrible esfuerzo para no lagrimear.

—Mira, papá…

La niña señala hacia delante, a un gran grupo de personas que permanecen detenidas adelante, en el camino. Prisco entrecierra los ojos, utiliza la mano para cubrirse de un sol que a esas horas de la tarde empieza a perder fuerza. A lo lejos, divisa el estandarte romano: el águila dorada sobre fondo rojo.

—Gracias, Júpiter —susurra Prisco—. De verdad que lo que he pensado antes de quemar tu templo si no me ayudabas no iba en serio…

Prisco le dice a su niña que se agarre fuerte y hace que el caballo apriete el paso hasta llegar al centenar de hombres que han divisado momentos antes. Al parecer, ha habido una escaramuza. A ambos lados del grupo se apilan varios cadáveres. Otros tantos esclavos se encuentran atados en el centro de la multitud. Dos hombres obligan a Prisco a detenerse acercándose a él y apuntando sus lanzas contra él. Prisco baja del caballo junto a su hija y ofrece el saludo romano estirando el brazo con la palma de la mano hacia abajo.

—Soy Aulo Naevio Prisco, ciudadano romano. —Las lanzas se sujetan con menos fuerza ante la presentación—. Mi villa ha sido atacada por los dacios. He tratado de huir de ellos con mi hija desde entonces.

—Saludos, Prisco —dice uno de los dos lanceros—. Vuelve por ahí. —Señala, precisamente, la calzada por la que ha llegado el comerciante—. Ese camino es seguro ahora.

—No es mi intención volver a mi hogar —advierte Prisco—. Los dacios se llevaron a mi esposa. Quiero recuperarla.

El hombre de la lanza agacha la cabeza inconscientemente. Sabe que nada bueno puede estar ocurriéndole a esa mujer si la han capturado los dacios. En ese momento, se acerca a ellos un nuevo guerrero, este con una capa roja.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunta el recién llegado, un hombretón de larga melena y poblada barba dorada.

—Señor, este hombre de aquí llegó huyendo de los dacios, pero dice que ya se vuelve a su hogar —informa el lancero.

—Eso no es cierto —interrumpe Prisco—. Es verdad que vengo huyendo de los dacios, pero es justo hasta ellos donde quiero llegar. Tienen a mi esposa. Quisiera recuperarla.

El hombre de la capa roja mira a Prisco de arriba abajo. Poca musculatura para combatir, parece concluir.

—No tienes aspecto de luchador —dice el hombretón—. Vuelve a casa. En la guerra solo encontrarás dolor y muerte.

—Dolor ya tengo. Y la muerte no ha de ser peor que la vida sin mi esposa.

El jefe de los guerreros suspira ante esas palabras de Prisco. A pesar de su rudo aspecto, esas palabras parecen haber tocado su corazón. Otro hombre más se une al coloquio.

—Padre, ¿puedo ayudar? —dice el recién llegado.

—Convence a este hombre de que vuelva a su hogar, Urel. Es lo mejor que puedes hacer —ordena el líder mientras se mesa la barba.

—Mi hogar es mi esposa, y por lo tanto ese es el único lugar al que debo ir —repite Prisco—. La recuperaré de la mano de los dacios, con vuestra ayuda o sin ella.

Urel, el hijo del hombre de la capa, cruza los brazos sobre su portentoso pecho. Es el único de los guerreros que no lleva puesta una cota de anillas, quizás para mostrar su destacada musculatura.

—¿Quiere recuperar a su esposa? Está en su derecho entonces —opina Urel. Su padre lo mira con un gesto de reprobación por alentar a Prisco, que por primera vez en la conversación sonríe—. ¡Caridda! Caridda, ¡ven!

Tras el grito del joven fornido, se acerca una mujer. Su melena dorada y sus ojos azules como el mar impactan en Prisco. Había oído hablar de esos rasgos físicos en las mujeres del norte, pero jamás había visto una así.

—Es mi esposa —explica el guerrero Urel—. No podría estar sin ella. Por eso algunas mujeres nos acompañan. Vuestro emperador se empeña en alejarnos de nuestras tierras, pero yo soy incapaz de alejarme de Caridda. Vamos a la guerra, pero con ellas. Por eso, padre, entiendo a este hombre.

Caridda dedica a su amado una mirada tierna. El emperador Domiciano mueve constantemente a las tropas auxiliares para evitar rebeliones locales. Aunque luchen para Roma, sabe que no son romanos, y desplazar a sus auxiliares britanos al Danubio, lejos de sus tierras originarias, le parece una buena forma de quitarse problemas.

—Se te va la fuerza por ahí, hijo —dice el líder del grupo mientras señala la entrepierna de Urel—. Está bien. Varios hombres han caído en esta escaramuza y podríamos darte un escudo y una espada, Prisco. —Además, el guerrero sabe que el caballo del que dispone el joven puede ser incluso más interesante que él mismo para el transporte de mercancías. Prisco sonríe, ilusionado por poder formar parte de ese grupo. Sin embargo, el hombretón no tarda de nuevo en dilapidar sus esperanzas—. Pero esa niña es una carga que no nos podemos permitir.

De nuevo, su niña. Sabe que su presencia dificulta su objetivo. Pero no puede separarse de ella. ¿De qué serviría encontrarse con su esposa de nuevo si no es con la pequeña entre sus brazos?

—Yo puedo encargarme de ella —ofrece Caridda. La mirada de la mujer se cruza con la de Prisco. El joven no sabe si lo que siente en su estómago es simple agradecimiento—. Estará con nosotros, siempre cerca del ejército. Podrá verla todos los días.

El líder guerrero vuelve a acariciarse la barba mientras piensa en esa opción. Finalmente, asiente.

—Entonces solo nos queda un problema por resolver —anuncia el hombre de la capa para disgusto de Prisco, para el que la negociación parece no tener fin—. Necesito saber si tienes valía como guerrero.

Prisco nunca ha empuñado un arma, pero tiene el espíritu y la motivación necesaria para adiestrarse durante el camino. No hay nada que le haga comprometerse más con el entrenamiento que la esperanza de recuperar a su amada.

—¡Traedme uno de los prisioneros! —grita el líder—. Quiero que le des muerte delante de mí. Así demostrarás si eres útil en la tarea de matar.

Prisco traga saliva pensando en lo que acaba de pedirle. En unos segundos, traen a uno de los hombres derrotados durante la reyerta, maniatado. De una patada en la espalda le hacen postrarse frente a Prisco. El preso gruñe, se revuelve, pero es retenido por dos guerreros auxiliares. Caridda se acerca a Naevia para intentar llevársela de allí. La niña, atemorizada, se esconde tras su padre.

—No, no te lleves a la niña —ordena el líder guerrero—. Quiero que lo vea todo. Si va a estar entre nosotros, que se comporte como tal.

Prisco se estremece. Al hecho de matar a un hombre a sangre fría, algo de lo que no sabe si es capaz, se le suma la atrocidad de hacer partícipe a su niña, de romper su ingenuidad infantil con una escena de sangre y un violento espectáculo que, seguro, acabará trastornándola mentalmente.

—No veo necesidad de acabar con la vida de este hombre —dice Prisco, intentando evitar la situación—. Está ya derrotado, humillado. Y supongo que es más valioso con vida.

—Su vida aún puede valer unas monedas, es cierto —confirma el líder guerrero—, pero su muerte puede valer mucho más. ¿Sabes cuántos amigos he perdido por culpa de la afilada lengua de un traidor? Dándole muerte me aseguraré de que no estás con ellos. Tú decides, romano. ¿Demuestras que estás con nosotros o no?

Prisco vuelve a sumergirse en un mar de dudas. A pesar de que el sol ya está escondiéndose, comienza a sudar. No puede seguir avanzando por territorio dacio de noche él solo. Necesita avanzar con el apoyo de aquellos hombres hasta llegar al grueso del ejército romano. Pero asesinar a un hombre, delante de su hija, le parece tan triste y macabro… ¿Qué decisión debería tomar?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

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MI NUESTRA HISTORIA – No leas; decide

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Ahí voy con otra iniciativa literaria con la que pretendo que mi próximo libro sea menos mío y más de todos nosotros. Mi próxima historia será abierta: iré publicando cada capítulo y al final de él propondré una votación para que vosotros decidáis el devenir de la narración. El objetivo, que dejéis de ser espectadores literarios para convertiros en protagonistas, permitiendo una mayor interacción y empatía con los personajes.

Para ello, retomo el género histórico. De ahí que a esta iniciativa la llame Mi nuestra historia, además de porque la historia vaya a ser nuestra al ser participativa (si es que yo cuando hilo…). Tratará sobre Prisco, un comerciante de vino cuyo destino pondrá a prueba el amor que siente por su esposa Sentia y su hija Naevia en pleno Imperio romano.

PROMO

Lo suyo es que participéis a través de la aplicación móvil de Android, que para eso me la he currado. Ahí estará todo bien organizado y además os llegará una notificación cuando se cuelgue cada nuevo capítulo y cuando estén los resultados de las votaciones. Podéis encontrarla en Play Store si buscáis “Jon Ícaro”. Además ahí también estaréis al tanto de mis movimientos y podéis chatear conmigo y todas esas cosas molonas que permite la APP.

Aunque, para los que no soláis usar aplicaciones y en honor a la fidelidad que os debo, también iré colgando aquí los capítulos y el enlace a las votaciones al final. Así que, no me enrollo más y aquí os dejo el primero. Espero que os guste y os animéis. A ver cómo me cuidáis al pobre de Prisco en esta primera situación complicada. ¡Un saludo!

 

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“Los granos de uva revientan bajo los pies de la niña, que ríe al sentir la fruta destrozarse entre sus pequeños dedos. Dentro de la pileta, pisotea repetidamente mientras siente las caricias del zumo sobre su piel. Su felicidad se refleja en su padre. Frente a ella y con los brazos cruzados sobre un pecho henchido de alegría, Aulo Naevio Prisco observa a su hija disfrutar del proceso de pisado.

—¿Lo ves? —dice una voz femenina a sus espaldas abrazándolo desde atrás. A Prisco no le hace falta girar la cabeza para saber que se trata de su esposa Sentia. Sabe que no hay otros brazos en todo el Imperio romano que tengan la capacidad de elevarle al cielo como los que ahora mismo rodean su torso—. No ha sido mala idea cambiar el prensado por el pisado para fabricar el vino. Ella es feliz, y eso es suficiente.

La sonrisa que comparten hija y padres sigue contagiándose de un rostro a otro. Y, sí, lo cierto es que lo que pierden en denarios, lo recuperan en felicidad.

—Además, ya sabes que la uva pisada tiene propiedades curativas que no posee el vino obtenido a través de la prensa —continúa Sentia intentando animar a su preocupado esposo.

—Tampoco tiene su calidad —se lamenta Prisco—. Solo los enfermos se preocupan por la curación del vino. Y esos no trabajan, y por lo tanto no tienen dinero para pagarlo…

—Tranquilo, Aulo. Todo va a ir bien…

El hombre se gira. No puede evitar sentir a su esposa tan cerca y no verla. La aprieta contra sí. Sus labios se funden en un cálido beso que hace que florezca el corazón de ambos.

—Tengo que prepararme para la reunión con el edil.

Sentia afirma con un movimiento vertical de su cabeza. Sabe que Prisco está nervioso por ese encuentro. El futuro de la familia depende de él.

—Yo me encargo de Naevia —dice ella, y deja que su esposo se marche al interior del hogar para prepararse.

Prisco se dirige a su habitación. Se lava el cuerpo con algo de agua lamentando no disponer de una lavatrina para asearse en condiciones. Se echa aceite por un cuerpo que, pese a no estar muy desarrollado, dispone de la musculatura propia de un trabajador de la vendimia. Se pone la túnica e intenta ajustarla a la cintura con la cuerda, pero el nerviosismo le impide completar el nudo.

—¿Te ayudo? —pregunta Sentia, que acaba de incorporarse a la estancia.

—¿Y Naevia?

—Está con tu madre, que intenta quitarle las manchas de uva de los pies. Cuanto más frota, más se ríe nuestra hija, y así es imposible.

Prisco sonríe imaginando la situación. Pensar en su hija es el mejor bálsamo posible para su estado nervioso.

—Yo te ayudo —dice Sentia acercándose a él.

Agarra la cuerda que el hombre tiene en la cintura, pero no para hacer un nudo, sino para retirarla. Le quita la túnica a su esposo y trata de hacer lo mismo con el subligar. Prisco la agarra del brazo antes de que le quite la ropa interior.

—Tranquilo, Aulo —dice ella—. He utilizado una bola de lana para no quedarme embarazada.

—No es eso, Sentia… —Prisco agacha la cabeza—. Creo… que no voy a poder.

La mujer entiende. Está demasiado nervioso para conseguir una erección.

—Perdón, Aulo. Solo pretendía que te relajaras para que fueras a esa reunión más tranquilo.

—Lo sé, lo sé. Y te lo agradezco.

—Tranquilo. Todo va a ir bien, mi amor —asegura Sentia mientras lo ayuda a volver a ponerse la túnica y, por encima de esta, la toga púrpura.

Prisco besa de nuevo a su mujer. Primero en la frente, después en esa nariz respingona tan característica que tiene y finalmente en los labios. Acaricia su mejilla de piel tostada, algo más oscura de lo que suele gustar a los patricios romanos, pero que a él le encanta.

—Vuelvo en un rato.

Se despiden con un fuerte abrazo y Prisco sale de su casa recitando mentalmente las palabras que intentará transmitir al edil. Camina a través de la calzada que lo aleja de las viñas y lo acerca al núcleo del municipio. Avanza por las calles evitando la tabernae, aunque piensa que un buen trago no le iría nada mal. Esquiva a los mendigos, siendo lo más dificultoso evitar el olor que desprenden. Sabe que, si las negociaciones no van bien, probablemente acabe como ellos. Y a él no le importa tener que sobrevivir en tal lamentable estado, pero su esposa y su hija… No. No soportaría verlas así.

Finalmente, llega a la casa del edil, golpea la puerta y no tardan en abrirle.

—Tengo una reunión con el edil del pueblo —dice, intentando sonar lo más amable que puede.

El sirviente asiente y lo invita a entrar. Es guiado a través de la domus y atraviesa un imponente atrio. Siente la mirada inquisitoria de las estatuas de los antiguos gobernantes. Finalmente, llega al tablinum del hogar: el despacho del edil. Se adentra temeroso a la estancia. Dentro, Sexto Menenio Labeo, le espera sentado en una silla curul, presumiblemente de imitación para ensalzar su posición política, pero que aun así intimida a Prisco.

—¡Mi querido Prisco! —saluda el edil e invita al hombre a sentarse—. Yo mismo he probado tu buen vino. Exquisito, he de decir. Al menos antes de que tuvieras que deshacerte de tu magnífica prensa.

Prisco se inclina ligeramente antes de sentarse en el lugar que el edil le ha ofrecido. Sus tripas se remueven ante aquel ataque. Ya le habían advertido de que intentaría sacar a la luz sus debilidades para aprovecharlas.

—Fue una pena, edil —confirma Prisco—. Pero mantenerla costaba más denarios de los que conseguía por ese buen vino.

—Ay, el comercio… —El edil resopla. Disfruta más organizando fiestas que encargándose de las tareas comerciales—. Parece mentira que Roma sea tan próspera.

—Eso mismo es lo que pienso que dificulta el comercio —se atreve a intuir Prisco—. Ahora todos tienen la oportunidad de comerciar y nos perjudicamos unos a otros.

—Por eso tenemos que exportar y buscar compradores en otros lugares. —Prisco sabe lo que el edil quiere decir. Por eso está ahí—. Los dacios no son tan exquisitos. Compran cualquier vino. Seguro que te darán unas buenas monedas por el tuyo, aunque no haya sido fabricado por el prensado.

—Tal es mi deseo —dice Prisco—. Quiero formar parte de la misión comercial que viajará a Dacia.

—Y yo quiero que lo seas. Quiero lo mejor para todos los hombres de este municipio.

—¿Entonces podré ir? —pregunta Prisco entusiasmado. Participar en ese viaje asegurará su economía. Al menos un año más. Él no puede viajar solo a Dacia, no sin la escolta que lo proteja de los asaltantes y que no puede pagar.

—Bueno, ya sabes que hay unas condiciones que…

—Lo sé, lo sé —interrumpe Prisco—. Tengo todos los permisos. Me he encargado de ello.

—¿Y el pago necesario para participar? —pregunta Labeo arqueando una ceja. Sabe que Prisco no tiene los suficientes denarios para abordarlo.

—Lo haré cuando regrese. He hecho cálculos. Revisados por muchos de los sabios del municipio. Ganaré lo suficiente para pagar los impuestos una vez vuelva…

—Ay, Prisco, Prisco… —El edil se acaricia su propia barriga, prominente como la de casi todos los hombres de poder que no pasan hambre—. Pero no puedo permitirte participar si no cumples las condiciones. ¿Qué ejemplo daría yo?

—Pero, ¡necesito viajar! —suplica Prisco. No tiene otra alternativa para conseguir dinero. Ha pensado en otras opciones, pero sabe que no son viables.

—Podría darte permiso, sí, pero eso supondría hacer algo excepcional por ti. —Una sonrisa perniciosa comienza a dibujarse en el mofletudo rostro del edil—. Entonces, tú tendrías que hacer algo excepcional por mí.

—¡Lo que sea! —afirma Prisco, desesperado.

—Se comenta que tienes la esposa más bella del municipio… —A Prisco se le revuelven las tripas. Siente un calor repentino que le invade el cuerpo. Cree saber lo que Labeo va a decir. Ruega mentalmente a Júpiter que no sea lo que está pensando—. Una noche con ella a cambio de dejarte participar en la ruta comercial a Dacia sería algo apropiado.

Algo estalla dentro de Prisco. Siente una bola ardiente salir de su estómago y ascender por su garganta. Quiere vomitar. Se traga la angustia e intenta calmar su corazón, que se niega desbocado. Le duele el pecho solo de pensar en otro hombre disfrutando de su mujer. Pero, si lo piensa bien… No le espera un futuro mejor a Sentia si no consigue vender el vino. La ruina la obligaría a prostituirse. A acostarse con hombres mucho peores que el edil. También sabe que, si se niega, Labeo, despechado, hará todo lo posible para arruinarle la vida. Corazón y cabeza comienzan una batalla digna de los mismísimos dioses romanos. Siente la sangre bombardear sus sienes, incapaz de tomar una decisión.

—¿Qué me dices? —insiste el edil presionando a un confuso Prisco—. No tengo todo el día. Sois muchos los que queréis participar en este evento comercial. Y pocas las plazas libres. Dime, Prisco. ¿Qué decides?

Prisco se ahoga en un mar de dudas. No sabe qué decir. No sabe qué es lo mejor para su esposa. Solo será una noche… ¿Debería permitir al edil disfrutar de su esposa una sola noche para asegurar su supervivencia o debería negarse y condenarla a la pobreza absoluta y a la mendicidad?”

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

MÁS AMOR Y MENOS GUERRA

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Dos amantes egipcios cuyo amor está condenado al fracaso. Así empieza El corazón del aedo, que hay dramá histórico más allá de Romeo y Julieta. El primer poema nos transporta a un Egipto anterior al faraónico.

Antes de la primera gran unificación, Egipto se dividía en dos agrupaciones de aldeas enfrentadas: el Alto y Bajo Egipto. La poesía nos pone en el lugar de un joven guerrero del Alto Egipto enamorado de una muchacha del Bajo Egipto, región a la que está a punto de invadir por orden de Narmer, que posteriormente se convertirá en el primer faraón de la historia.

Se trata de un amor imposible, maldito. La derrota supondría el fin de la vida o de la libertad del chico, mientras que con la victoria sería culpable de arrasar las tierras de su amada. En ambos casos, la única ganadora es la tragedia que se lleva por delante el amor puro convertido en odio que ambos sentían antes del conflicto. Aquí os dejo con el poema íntegro. Espero que os guste. Los que me seguís por Instagram, igual me habéis oído cantarlo por ahí con la guitarra.

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LA LACRA DEL POSTUREO

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Hablemos hoy de eso que todos criticamos pero que a la vez alimentamos: el postureo. La reflexión la hago en concreto por una anécdota reciente, aunque era algo que antes o después tenía que comentar.

Resulta que hace unos días fui a visitar Alcoy y, entre otros lugares recomendados por la Oficina de Turismo, se encontraba el Círculo Industrial de Alcoy. Así que, allá fui. Se trata de la organización empresarial más antigua de la ciudad, una agrupación privada que a menudo realiza exposiciones en sus instalaciones con fragmentos de la historia obrera de la ciudad, sobre todo de la época de la Revolución Industrial. Y, ¿a quién le gusta tanto la historia que escribe libros sobre ella? Exacto, a servidor.

Así que allí fui cuando, por sorpresa, me dicen que no puedo entrar porque… llevaba pantalón corto. Claro que sí, guapi. Con el termómetro de la plaza pidiendo una tregua, llevar pantalón corto es una locura. ¡Qué insensato de mí! Acato las normas, por supuesto, ya que se trata de una asociación privada y jerarquizada (por mucho que su emblema sea una abeja que simbolice la unión obrera). Aunque, educadamente, pregunto el fundamento de esa norma. Sin intención de causar polémica (su sitio, sus normas, que yo al menos sí entiendo de respeto), pregunto en qué me convierte en peor visitante llevar pantalón corto. No hay respuesta que más odie que un “porque es así“, vacío como el desierto.

Como anécdota más grave, me entero que justo una semana antes se le impidió el paso a un autobús de alemanes por la misma razón. Claro que sí, ¡si viven aquí al lado para volver cuando quieran!

El resultado es que yo, que amo la historia y le dedico grandes porciones de mi vida, me quedé sin poder ver una exposición que supuestamente está hecha para que sea disfrutada de ella. Y aquí es a donde quería llegar. Cuando uno hace algo con pasión, se supone que quiere que esa ilusión llegue como un arpón al corazón de aquellos que puedan verse reflejados en ella. ¿Para qué creamos normas sin más fundamento que el beneplácito social que actúan como un muro para este cometido?

Pongo un ejemplo, más acorde con la temática del blog, que es el que hace referencia a las presentaciones de libros. He escuchado sandeces del tipo “traed amigos, familiares, conocidos, aunque no les guste el libro, lo importante es que se llene”. ¿Perdona? ¡Lo importante es que se llene… el corazón! Bien por ego propio o por dictamen de la editorial de turno, queremos que todos los asientos tengan un culo encima para conseguir la foto de plenitud que tanto anhelamos, aunque a los presentes les importe una mierda el objetivo principal de la reunión, que no es otro que compartir tu pasión con gente que pueda sentirse atraída por ella.

Prefiero que venga una persona, o dos, con una inquietud sana, con un lazo verdadero, que llenar la sala para poder decir “qué bueno soy”. De verdad. De igual manera, traslado la responsabilidad a los escritores, pues cuando el local está casi vacío se nota la desgana a la hora de presentar. ¡Es tu pasión! Tanto si viene una persona como mil, lo importante no es a donde va a llegar, sino la pasión con la que transmites el mensaje, y esa ilusión no entiende de cantidad, señores, es algo que se lleva dentro.

En serio, dejémonos de aparentar y de no ser lo que somos, o seremos lo que no queremos ser. El tiempo será el espejo que nos hará darnos cuenta de ello. Hacedlo, por lo menos, por vosotros mismos.

Un saludo.
¡Qué tengáis un buen día y no solo en apariencias!

LEER CON ARENA – BIENVENIDO VERANO

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Entramos oficialmente en verano y el mundo vuelve a dividirse entre los que aman y los que odian la playa. Yo, personalmente, me encuentro entre estos últimos. Puede que sea por el blanco nuclear de mi piel, o puede que sea por eso de que tendemos a valorar menos lo que tenemos al lado. Y vosotros, ¿de qué bando sois?

Pero como este es un blog de literatura, quiero hablar de cómo, una vez más, los libros modifican mi vida mejorándola. Soy incapaz de estar más de diez minutos en una playa. En el agua, aún paso. Pero fuera de ella, no me entusiasma sentirme como una barbacoa recibiendo rayos solares en uno de los llamados (incomprensiblemente) mejores placeres del mundo.

Eso sí, la cosa cambia si tengo un libro en mis manos. Lo confieso: me entusiasma ver a las personas llevándose su libro a la playa y disfrutando de él sobre la arena. Me pone más que ver esos bikinis que os convierten en ángeles terrenales (bueno, cuando prescindís de la parte superior de ellos igual ya está la cosa ahí ahí…). Bromas aparte, lo que vengo a decir es que cuando leo (o en su caso escribo), soy capaz de retenerme a mí mismo en un lugar que no me atrae para nada. De esa manera sí puedo estar horas en la playa.

Así que, de nuevo, un libro cambiando la realidad que nos rodea. Como siempre.
Nada más que decir, que últimamente me he estado extendiendo en las entradas.
¡Que tengáis un veraniego día!

 

FIRMAS DE LIBROS

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Una de las cosas que más me llenan como escritor, si se me permite la egolatría, es firmar uno de mis libros. Si bien aún me cuesta asumir que alguien quiera que le manche las primeras hojas con algunas palabras y un garabato, lo que no os podéis imaginar es la ilusión que me hace a mí que alguien quiera que le dedique o le firme el libro. Para que os hagáis una idea, en términos de alegría, es de las pocas veces que entiendo el significado de la palabra infinito.

En estos casos, a mí me gusta escribir unas palabras personalizadas. Cuando conozco a la persona se me hace muy fácil, me pongo a escribir y soy de esos que más le valdría incorporar la dedicatoria como suplemento del propio libro.

Pero cuando no conozco al lector, se me hace más difícil, y me niego a recurrir al básico “Para ___________“.  Es en ese momento cuando más reivindico la cercanía entre lector y escritor, la destrucción de la frialdad reducida al papel. Es ahí donde las nuevas tecnologías tienen un papel relevante y cambiar los roles se hace muy fácil, donde al final espero que la interacción sea simplemente entre dos personas que se han encontrado en este mundo a través de una historia escrita o de un proceso creativo que conecta sus inquietudes.

Como lector, cada vez descubro la humildad de muchos autores que se encuentran pegados a su obra, que te dejan ser partícipe de ella más allá de los límites de las letras y que hacen que disfrutar de sus textos sea algo todavía más increíble. Por supuesto que venero a los grandes autores, si están ahí es por algo y hay infinidad de talento que aprender de ellos, y entiendo que no puedan atender a sus miles y millones de seguidores, pero cada vez más estoy desplazando a los autores consagrados por escritores más accesibles.

Y ahora que me pongo en el lado del que escribe, agradezco este giro en la situación, pues no hay nada que me rompa en más pedazos emocionales que un lector intentando contactar conmigo por cualquier motivo relativo a mi obra. Somos personas, los que estamos aquí delante y los que estáis ahí detrás. Creemos lazos, que al final son los verdaderos interruptores de los sentimientos.

Un saludo.
¡Que tengais un enlazante día!

NI BUENOS NI MALOS

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Hoy toca una entrada un poco fuera de temática (o no). Hace poco os comenté mi esfuerzo por desenvenenarme del fútbol, y que había desembocado todas mis querencias de lo bueno del deporte sobre el baloncesto.

Si fuera el final de la liga de fútbol, todos los medios de comunicación estarían con su sifonía de prioridades alteradas, dándolo todo como si nos fuera la vida en ello. Ya estarían las calles acordonadas, los despliegues policiales y los ultras afilando los bates. Pero con el baloncesto no. Hoy (posiblemente) acabe la liga y mañana las ciudades (y llos medios de comunicación) amanecerán como si nada hubiera pasado fuera de la noticia puntual, más bien un aviso.

Hablo del baloncesto como podría hablar de cualquier otro deporte. Es curioso que el deporte más idolatrado sea el que más violencia trae, el que más corrupción genera y el que más desigualdad económica promueve (y de género, ya que estamos). Es triste que como consumidores no seamos capaces de estar a la altura de la responsabilidad social que tenemos.

Pero a lo que voy, que me salgo del titular. El fútbol genera, además, rivales. Enemigos. Gente que queda para matarse por ser de un equipo u otro, si nos vamos al extremo. Yo eso no lo he visto (y si lo he visto no tan desproporcionado) en otros deportes aquí en España. En el baloncesto, si un jugador rival se lesiona en la cancha, se le aplaude para animarle. En el fútbol se le grita “muérete”. Muy triste.

Personalmente, me alegraría que hoy ganara el Valencia por simple cercanía, como los tengo más accesibles sigo con mayor empatía a Valencia y Murcia, aunque intento seguir al resto de los miembros de la competición con igual devoción. Si gana el Real Madrid, se le aplaudirá, y el derrotado en lugar de cargarse de ira, entenderá que tiene que mejorar, que para eso lleva en la camiseta la “cultura del esfuerzo” y acabará convirtiéndose en mejor equipo y mejor ejemplo. No hay un fanatismo que distorsione los valores deportivos dividiendo a los participantes en buenos y malos.

Es curioso, sobre todo, fuera del ámbito deportivo. Los deportes al fin y al cabo son una chorrada, un juego sin importancia. Pero como decía ayer, tengo claro que la paz mundial vendrá cuando entendamos que no hay buenos ni malos, que no hay rivales, que estamos condenados a convivir en un espacio compartido pero hay que empezar a pensar que lo diferente que nos rodea no es nuestro rival, sino un espejo o rasero para medirnos y mejorar nosotros mismos aprendiendo de ellos, sin intención alguna de batirlos. Curiosamente, sobre ese eje va lo último que estoy escribiendo.

Os lo avisé. La entrada no iba muy fuera de tema al fin y al cabo.
Un saludo, ¡que tengáis un deportivo día!

Edito un día después de la entrada. Así abre Marca con su portada. Como esperaba y dije, la victoria en liga de Valencia Basket queda relegada a un segundo plano, ensombrecida por el posible traspaso de Ronaldo por una burrada de millones. Si se va a pagar 400 millones por un simple cambio de equipo de un jugador, yo me desconecto de este mundo. En serio.

noticia

INSTAGRAMIZADO

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He sucumbido a las fuerzas del mal. Ya tengo Instagram. Suelo tardar en incorporarme a las redes sociales, y era reacio a la que consideraba la reina del postureo. Pero oye, que una vez dentro, tiene su miga. Eso me recuerda que nunca hay que ser ligero a la hora de juzgar. Hasta de los temas más nimios o las aficiones más insulsas he llegado a descubrir que se pueden escribir biblias.

Pero a lo que vamos, que se me disparan las teclas. La entrada de hoy es simplemente para daros el aviso de mi incorporación a Instagram y animaros a seguirme si queréis conocerme un poco más a nivel personal o en mi día a día (no os aseguro que no pierda mi reputación de ser formal que otorga esa falsa capa de llamarse escritor). Como extensión del blog para potenciar el acercamiento y romper la fría virtualidad, Instagram me parece una buena herramienta. Así que, si os apetece, os espero por @icaro_jon.

Un saludo.
¡Que tengáis un fotográfico día!

¿ALGUIEN DE ALICANTE POR AHÍ?

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La entrada de hoy es simplemente para saber si alguno de los que os pasáis por aquí sois de Alicante, porque estaría bien juntarnos en alguna ocasión, más ahora que el sol le da vida a nuestra marítima ciudad. Si os gusta leer o escribís, mejor que mejor, ya que sería interesante realizar alguna actividad en ese ámbito. Así que, manifestáos, alzad la mano para ver si hay gente y predisposición y preparamos algo interesante.

Ya de paso y para los que no sois de aquí, o para los que no la conozcáis, aprovecho para contar una leyenda que me encanta: la historia de la cara del moro que se dibuja en la montaña que sostiene el castillo de Santa Bárbara. Hay varias que han sobrevivido al paso del tiempo, yo os cuento la que a mí me ha llegado.

Cuenta la leyenda que el califa de Alicante tenía dos pretendientes para su hija y que, para elegir entre ellos, tendría en cuenta los méritos militares de cada uno. Así pues, uno de los dos pretendientes, Almanzor, marchó a la guerra en busca de conquistas mientras el otro, Alí, permaneció en la ciudad. Aprovechando la cercanía, Alí se ocupó de la princesa, la cuidó, le hizo compañía y se ocupó de todas sus necesidades. Tal era la dedicación y el mimo de Alí que la princesa acabó irreversiblemente enamorada de él. Cuando Almanzor, el otro pretendiente, volvió de la guerra con honor y victoria, el califa decidió que sería él el que acabaría casándose con su hija. La princesa, incapaz de olvidar su amor por Alí e infeliz con su matrimonio con Almanzor, decidió poner fin a su amargura suicidándose. Del disgusto, el califa también decidió acabar con su propia vida arrojándose por la montaña, y es por eso que esta adoptó la forma de su rostro.

Bonita historia, ¿eh?
Nada más por hoy. ¡Que tengáis un legendario día!

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