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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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MI NUESTRA HISTORIA #5 – Tú decides

arrib

Habéis devuelto la sensatez a la historia; creo. Para ver el resultado y las consecuencias de la escatológica votación, aquí abajo os dejo un nuevo capítulo con su respectivo dilema moral en el que podéis opinar.

Para los nuevos: MI NUESTRA HISTORIA es una novela histórica y romántica interactiva, en la que vosotros decidís la continuación de la aventura. Cada final de capítulo se propone una votación para que opinéis, determinando así cómo continuará la historia. Os dejo los enlaces de capítulos anteriores por si queréis seguirla, y un breve resumen de todo lo acontecido hasta ahora para que os pongáis al día rápidamente. Y, recordad, también podéis seguirla a través de la aplicación Jon Ícaro (Play Store), donde está todo más organizado y donde recibiréis avisos cada capítulo nuevo.

CAPÍTULO 1  // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3 //  CAPÍTULO 4
Resumen: Prisco es un comerciante de vino de la provincia romana de Moesia que ve su vida truncada cuando los dacios invaden su aldea, secuestrando a su esposa. Para recuperarla, viaja a Dacia junto a su hija, donde se encuentra con un grupo de auxiliares britanos. Necesita caminar junto a ellos para llegar al ejército romano, pero no es fácil ganarse la confianza de esos bárbaros. En primer lugar, tuvo que asesinar a un hombre delante de su hija, lo que hizo que la pequeña Naevia renegara de él. Y, ahora, uno de los bárbaros intenta humillarle con su peculiar forma de darle la bienvenida al grupo.

Y ahora, ¡seguimos!

 

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El bárbaro mancha la cuchara de madera en los excrementos y la acerca a la cara de Prisco. El joven está a punto de ceder a la humillación; si de algo está convencido es de que haría cualquier cosa por recuperar a su esposa. Incluso algo así.

Sin embargo, el nauseabundo olor despierta sus instintos naturales y cambia de opinión. Ya está bien de tanta sumisión.

Duda de que, con esa actitud permisiva, consiga rescatar a Sentia. Basta de pasividad, de sumisión. Sabe que, en algún momento, tendrá que envalentonarse, convertirse en algo más que un comerciante de vino, si quiere sacar a su esposa de las garras de la barbarie.

Y este es un buen momento para demostrárselo a sí mismo.

Da un manotazo a la mano del guerrero y la cuchara cae al suelo. Sabe que acaba de desencadenar su propia guerra dentro de la guerra que ya está viviendo. Se levanta y encara al bárbaro, que le duplica en musculatura. Se tensa todo su cuerpo, esperando el primer impacto. ¿Será en el estómago? ¿En la mandíbula?

Su rival comienza a reírse. Prisco deduce que está eufórico por la inminente lucha, conocedor de lo fácil que va a ser destrozarle los huesos.

El primer golpe es en la nariz. Prisco siente como si una maza se le hubiese estrellado en la cara. Nota el calor húmedo de la sangre en el morro. Sin nada que perder y en el frenesí del combate, el joven se lanza contra el guerrero, lo tumba en el suelo, pero su enemigo, hábil, se revuelve y cambian las posiciones. Sobre él, el bárbaro comienza a golpearle una y otra vez. A Prisco se le nubla la mente y pierde la cuenta de los golpes, se le anestesia el alma, hasta que, por fin, alguien le quita de encima esa bestia.

—¡Ya está bien! —grita el intermediario. A pesar de la visión borrosa, Prisco lo reconoce por el gran collar de símbolos celtas que lleva en el cuello. Es Urel, el hijo del líder de los guerreros—. ¡Siempre reniegas de los romanos! —dice al hombre que instantes antes estaba agrediendo a Prisco—. Te comportas como los animales que dicen que somos y les das la razón, ¡imbécil! Si llega a ser mi padre y no yo el que se ha acercado a este revuelo, ¡te habría rajado las tripas!

El aludido se va de mala gana. Urel se acerca entonces a Prisco y le tiende la mano para ayudarle a incorporarse.

—A pesar de su odio a los romanos, es un buen hombre —afirma el hijo del líder. El dolor que siente Prisco en el cuerpo hace que dude de esa sentencia—. Acabaréis siendo buenos amigos.

Urel se aleja de allí y Prisco vuelve a sentarse cerca de la hoguera. Barbato intenta decirle algo, pero con una mirada fiera, Prisco hace que selle los labios. No quiere escuchar nada.

Así, en silencio y frente al fuego, Prisco ve pasar la noche. Las heridas arden tanto como la llama que tiene delante. Sin embargo, observa acercarse a Caridda y el dolor se anestesia, siente una inexplicable calma.

—¡Prisco! —exclama la mujer bárbara al ver su aspecto—. ¿Qué ha pasado?

—Una discusión sin importancia —dice Prisco intentando esbozar una dolorosa sonrisa en sus labios partidos—. Debo de haber dicho alguna palabra malsonante en vuestro lenguaje sin querer…

—Vengo a avisarte de que tu hija ya se ha dormido. Puedes venir a verla, si quieres.

Por supuesto que quiere. En esos momentos en los que la vida le parece excesivamente cruel, solo la presencia de su familia le da fuerzas para sentirse vivo. Caminan hacia la tienda de Caridda y entran. A pesar de la oscuridad, ver a Naevia dormida ilumina el alma de Prisco.

—Siento que tengas que verla solo cuando ella no puede negarse a tu presencia —lamenta la mujer, que sonríe al ver la ternura reflejada en el rostro de Prisco.

—Mejor así. Imagínate si me viera con este aspecto. —Prisco tiene cortes en la mejilla, la nariz hinchada y un ojo enrojecido—. Ya no querría volver a verme nunca más.

A pesar de lo doloroso de aquellas palabras, ambos se ríen suavemente, para no despertar a la chiquilla.

—Primero me ves llorar delante de mi hija, y ahora con la cara y el cuerpo destrozado… —dice Prisco—. Acostumbrada a vivir rodeada de grandes guerreros, mi presencia debe de ser deprimente para ti.

—No, no lo es —niega rápidamente la mujer—. Las personas tienden a encontrar la belleza en aquello que les es ajeno. Lo que acostumbran a tener cerca con frecuencia suele adormecer los sentidos.

—Bueno, no creo yo que como mujer no sientas aprecio por la hombría que desprenden todos estos guerreros… —se aventura a decir Prisco.

—Ser unos bravucones es lo fácil para ellos, es a lo que están acostumbrados. Jamás podrían no serlo. Carecen de la capacidad de temer, de sentir otras cosas, y a mí eso me atrae, me resulta curiosa la sensibilidad que tenéis algunos romanos.

Prisco mira a los ojos a la mujer y siente que se le aprieta el estómago. Esa mirada que cabalga entre la dulzura y la bravura se refleja en sus entrañas.

—Gracias por cuidar de mi hija —dice, esperando que ese cambio en la deriva de la conversación actúe como un gladio cortando la tensión generada—. Jamás te estaré lo suficientemente agradecido.

—Es un placer cuidar de ella. Es una niña muy bonita y muy buena.

Caridda agarra las manos de Prisco, pero las suelta en cuanto la lona de la tienda se mueve y aparece su esposo Urel.

—¡Prisco! —dice el guerrero—. Lamento el comportamiento de Pangur. Por desgracia, hay otras heridas del alma que tardarán más en cicatrizar que las que él mismo te ha causado.

—No te preocupes. Tendré más cuidado la próxima vez.

—Deberías descansar —afirma el guerrero mientras se acerca a su mujer y la besa—. En breve reanudaremos la marcha.

Prisco obedece. Sale de la tienda y duerme al raso. Es nuevo y no tiene el rango necesario para pasar la noche en una tienda. A pesar de sus preocupaciones y del dolor de sus heridas, el cansancio hace que cierre los ojos.

 

En cuanto asoma el sol, el pequeño campamento bárbaro reanuda su actividad. Como si fuera un hormiguero, se desmontan las tiendas, se cargan las mercancías en los carros y la fila de hombres comienza a marchar.

—Hoy va a ser un gran día —dice Barbato, que se reajusta la túnica tras haber orinado en una Nigritella del borde del camino, una orquídea típica del delta del Danubio.

Prisco camina junto a él. Cada paso escuece en su dolorido cuerpo y lamenta que le hayan pedido amablemente que cediera su caballo para usarlo como animal de carga.

—Sí —afirma Prisco sin entusiasmo—. Estoy deseando ver qué me depara esta nueva jornada. Todo lo que me ha ocurrido desde que he entrado en Dacia ha sido tan divertido que estoy impaciente ante una nueva aventura…

Barbato ríe ante su tono irónico.

—Pronto te acostumbrarás a los vaivenes de la guerra, chico. Las personas tienen la terrible capacidad de acostumbrarse a todo. No sé si es una bendición o el motivo que nos llevará a la destrucción…

—Si fuéramos capaces de mantener la sensibilidad de las primeras veces, mejoraríamos como civilización. Seguro. Y, dime, ¿por qué hoy va a ser un buen día según tú?

—Los exploradores han divisado una aldea no muy lejos de aquí. Sin protección. Allí nos dirigimos. ¡Es día de pago!

—¿A qué te refieres? —pregunta Prisco, confundido.

—A que hoy habrá saqueo. Una aldea sin el respaldo del ejército dacio, tal como nos espera en unas horas, es una bendición. Un regalo de los putos dioses. Podremos coger todo lo que esté a nuestro alcance a punta de espada. O de hacha, en mi caso, que me he aficionado a ella. Comida, monedas, mujeres… Lo que quieras, Prisco.

—¡Qué horror! —Prisco se estremece recordando el asalto sufrido por su villa. Según Barbato, ahora les toca a ellos estar en el lugar del invasor. No está de acuerdo con ello—. No pienso participar. Esos aldeanos no son culpables de las acciones de su rey Decébalo.

—Son dacios. Y estamos en guerra con ellos. No hay que pensar nada más.

—Y, aun así, no me parece una justificación. No. No seré parte de esa mísera actuación.

—Lo serás, Prisco, o no serás nada. —La autoridad que se advierte en el tono de Barbato preocupa a Prisco—. Nos alimentamos del saqueo. Hasta que lleguemos al ejército romano y disfrutemos de sus vías de suministro, comeremos lo que arranquemos de manos dacias. Aquí no hay sentimiento de comunidad. Carga tus alforjas, porque solo con eso podrás calmar tu estómago. Nadie compartirá sus víveres contigo. Eso se consideraría un acto de cobardía, para ti y para el que te ceda su alimento.

—¡Pero no pienso dejar a un inocente sin comer para poder hacerlo yo! ¡No pienso condenar a una familia a la hambruna!

Prisco está alterado. Sabe el daño que le hizo la invasión dacia, y por nada del mundo quisiera provocar él mismo ese agravio a un inocente. Siente que eso le haría transformarse en algo que no es.

—¿Y tu hija? ¿Qué le darás de comer? Es tu responsabilidad y tu deber alimentarla. Te lo recordarán esos britanos cuando el estómago de tu niña ruja y la haga retorcerse de hambre.

Prisco siente una punzada en el corazón. Puede que sí haya un motivo por el cual destrozar la vida de otro inocente. Pero… eso lo convertiría en un monstruo. ¿Justificaría el amor hacia su hija un acto tan atroz? ¿Debería hacer uso del terror para su propia supervivencia y la de su niña? Prisco quiere pensar que no, que todavía es un hombre sensato y que no debe ceder a la locura de la guerra, o acabará convirtiéndose él mismo en una bestia. Pero, por otro lado, es incapaz de condenar a Naevia a la hambruna… ¿Debe sacrificar su parte cívica por el bien de la niña?

¡Votación cerrada! Habéis decidido que Prisco debe convertirse en un saqueador por el bien de su hija. Nuevo capítulo, ¡en breve!

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MI NUESTRA HISTORIA #4 – No leas, decide

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¿En serio? ¡No me puedo creer el resultado de la votación! ¡No tenéis alma! Habéis decidido que Prisco asesine al prisionero delante de su propia hija. Bueno…, pues aquí tenéis la continuación que tanto he sufrido escribiendo. ¡Espero que os guste!

Para los nuevos: MI NUESTRA HISTORIA es una iniciativa que estamos desarrollando sobre una novela romántica e histórica en la que con vuestros votos decidís su desarrollo. Cada fin de capítulo se plantea una situación o dilema en el que podéis participar y que afecta directamente a la continuación de la historia.

Si os queréis unir, aquí os dejo como siempre el enlace a los capítulos anteriores para que podáis leerlos, o un breve resumen de lo que llevamos por si queréis poneros al día en menos de un minuto por si queréis participar en la votación que abrimos con el nuevo capítulo, que os dejo un poco más abajo. Y recordad, como siempre, que a través de la aplicación Jon Ícaro (Play Store), podréis seguirla con más comodidad y seréis avisados cada vez que se lance un nuevo capítulo.

CAPÍTULO 1 // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3
Resumen: Prisco es un joven comerciante de vino de la provincia romana de Moesia. Un día, los dacios invaden su aldea y se llevan a su esposa. Junto a su hija, se adentra en territorio enemigo donde se encuentra con un grupo de auxiliares britanos que van al encuentro del grueso del ejército romano. Espera poder avanzar junto a ellos para unirse al ejército, con el cual espera derrotar a los dacios y recuperar a su esposa. Sin embargo, el jefe de los britanos le pide que ejecute a un prisionero dacio delante de su propia hija como prueba de lealtad.

 

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El líder guerrero le cede su arma a Prisco, una espada celta algo más larga que el gladio romano. El joven siente el peso del hierro, jamás había tenido un filo así en su mano y no se imaginaba que pesara tanto. La responsabilidad de lo que va a hacer debe habérsele sumado al kilaje. No se puede creer que haya aceptado ajusticiar a un hombre delante de su niña. Pero es lo que tiene que hacer. Necesita ganarse la confianza de los bárbaros para adentrarse en terreno dacio y recuperar a su esposa con un mínimo de seguridad.

—Clava la punta en el cuello —explica el jefe de los guerreros mientras emula el movimiento que ha de hacer Prisco—. Por detrás.

El joven mercader romano se posiciona tras el prisionero al que va a ejecutar. Ante sus últimos minutos de vida, la víctima se revuelve, pero es retenido sin dificultad por dos musculosos britanos. Uno de ellos, además, agarra la raída melena del preso y tira hacia delante, dejando bien visible su nuca.

La niña Naevia tiembla observando la escena. Se orina aterrorizada y moja su túnica, demasiado pequeña para presenciar escenas tan crueles, incluso para un adulto.

—Lo que voy a hacer es por mamá —explica Prisco, que siente una lágrima recorrer su mejilla—. Estos hombres nos van a ayudar a que vuelva a estar con nosotros. Por eso tenemos que hacerles caso, hija.

Naevia cierra los ojos. No quiere mirar. Quiere desaparecer. Prisco necesita justificarse, sabe que su hija no debería ver algo así. Es consciente de que la niña tendrá pesadillas durante mucho tiempo. Pero cuando crezca entenderá la necesidad y las heridas de su alma se curarán.

—Si la niña no mira, no será válido el ajusticiamiento —advierte el líder guerrero—. No queremos niños de teta entre nosotros. A su edad, nuestros hijos ya demuestran su valor.

Prisco aprieta con fuerza la empuñadura, rabioso. Solo le calma pensar en su esposa, en la oportunidad de estar más cerca de ella. Esos hombres le llevarán junto al ejército romano, con el que aniquilará a los dacios, recuperando a Sentia. Piensa que esa es la sucesión de hechos que le acercarán de nuevo a su amada, y para que así sea ha de cometer esta atrocidad.

—Hija… Naevia… —dice Prisco y la muchacha abre ligeramente los ojos para atenderle, pero los cierra con fuerza unos segundos después—. Naevia… Tienes que mantener los ojos abiertos. Hazlo por mamá…

Caridda, la britana de pelo dorado y profundos ojos azules, se acerca a la niña. Se agacha para estar a su altura y acaricia su mejilla.

—Niña —le dice—, tienes que ser valiente. A mí todo esto me da tanto miedo como a ti. —Le da un cariñoso toquecito con su dedo en la nariz, la pequeña y respingona nariz que ha heredado de su madre Sentia—. Agarra mi mano. Sé hacer magia. Si en algún momento quieres marcharte, solo tienes que apretar y yo haré que desaparezcas.

La niña mira a la mujer con ojos temblorosos. No cree que pueda hacer magia, pero el argumento le sirve para envalentonarse. Agarra la mano de Caridda y observa a su padre.

Prisco mira a la mujer agradecido. Inclina entonces la cabeza para enfocar la nuca del hombre que ha de matar. Resopla, siente sus labios temblar. Agarra la espada con las dos manos y la levanta. Intenta lanzarla contra el cuello del hombre que sigue intentando salvar su vida con inútiles convulsiones, pero no puede completar el ataque. Hasta tres veces tiene que convencerse Prisco de que lo que va a hacer es justo y necesario.

Finalmente, lanza el filo contra la nuca del prisionero con fuerza. El metal atraviesa el cuello y sale ligeramente por la parte de delante de la garganta del preso, junto a borbotones de sangre. Naevia ahoga un grito. Aprieta fuertemente la mano de Caridda. Quiere que use su magia para hacerla desaparecer de allí. La niña observa aterrada el rostro del hombre agredido, jamás olvidará esos ojos tan abiertos y los estertores.

Caridda coge entonces a la niña en brazos y se gira para que no continúe viendo la escena. Piensa que ya está bien.

—Romano inútil… —dice el líder guerrero—. Apenas has atravesado su cuello… —Agarra la empuñadura de la espada, incrustada en el cuello del hombre moribundo y la introduce con fuerza, dando fin a la agonía—. Si la hubieras clavado más fuerte, la escena habría sido menos violenta.

Los hombres que hay alrededor se ríen, disfrutan de aquel rito de iniciación y palmean la espalda de Prisco, aceptándole como uno de ellos. El joven corre hacia su hija, solo quiere tenerla junto a él, pedir perdón por lo que la ha obligado a presenciar.

Pero Naevia reniega. Mueve la cabeza horizontalmente. No quiere saber nada de su padre. Se aprieta más fuerte contra el cuerpo de Caridda para que no la suelte, para que no la deje con aquel… asesino.

—Se le pasará —intenta consolar la mujer britana ante un Prisco que no puede evitar humedecer sus mejillas al ver a su hija despreciarlo—. Tranquilo, romano. Lo entenderá. Dale tiempo. Yo la cuidaré mientras tanto. Estará bien.

La mujer se aleja con Naevia en brazos. Prisco tiene las manos manchadas de sangre, pero siente que lo que de verdad tiene sucio es el corazón. Los guerreros se preparan para continuar la marcha. La escaramuza ya les ha retrasado demasiado. Prisco comienza a caminar en medio de la fila de guerreros rumbo al campamento romano, pero se siente solo. Teme haber perdido a su hija para siempre.

 

Horas después y bien entrada la noche, el grupo de guerreros se detiene para descansar. Retomarán la marcha al amanecer. Tardarán un par de días en llegar al campamento romano. Aunque Prisco, sentado en el suelo, tiene la hoguera a apenas un metro de él, no siente el calor del fuego. No siente nada.

—Tú eres el de la niña, ¿no? —dice alguien que se sienta a su lado. Prisco gira la cabeza para observar a un hombre que debe de tener unos cuarenta años a juzgar por un rostro que empieza a arrugarse y un cabello corto cuya negrura empieza a ceder ante las canas. El joven no dice nada. No tiene ganas de hablar.

—Soy Vibio Sexto Barbato —informa el veterano, y Prisco comienza a sentir algo de interés. Sabe que ese nombre no es extranjero—. Fui centurión y combatí para Domiciano contra catos y britanos, hasta que un día decidió que mi puesto debía ser ocupado por el hijo de un patricio que aportaba más denarios al Imperio que yo. Mi queja solo me sirvió para ser relegado a las tropas auxiliares. Así que, aquí estoy, hablando, comiendo, bebiendo y follando como un puto bárbaro.

Prisco sigue sin decir una palabra, aunque lamenta la historia del hombre. No es el único que sufre en esta guerra.

—Lo que quiero decir es que de mala gana sirvo a un emperador al que odio —continúa Barbato—. Pero tengo familia. Necesito la soldada para mantenerla. Encuentra tu motivo para aguantar toda esta mierda.

—Los dacios se llevaron a mi mujer —interviene Prisco, que ha sentido algo de empatía por su compañero—. Y mi hija… Ya lo has visto. Decidí traerla conmigo a rescatar a su madre porque tenía miedo de dejarla sola, lejos de mí. Seguramente me equivoqué. Ahora reniega de mí, su propio padre…

—La guerra no es fácil, chico. Nos devora sin que apenas nos demos cuenta. Pero, una vez dentro de ella, solo podemos echarle valor para enfrentarnos a sus dificultades. Y ahora mismo creo que te vas a encontrar con una de ellas…

Barbato señala a un grupo de cuatro bárbaros que se acercan a ellos. El que parece actuar de portavoz se sitúa frente a Prisco y se dirige a él:

—¿Tú eres el romano nuevo?

El joven no responde. Sabe que, diga lo que diga, no le servirá de mucho.

—¿Qué pasa? ¿Te han cortado la lengua? —continúa el musculoso britano—. No, no lo creo. Te habrías envenenado. Los romanos habláis muy bien. Demasiado bien. No tenéis otra cosa que veneno en la boca. ¿Qué haces aquí con nosotros?

—Combatir a los dacios —dice Prisco, escueto y esquivo.

—¡Mírame a los ojos cuando te hablo! —espeta el guerrero—. Solo he venido a darte un regalo de bienvenida, ¡desagradecido! Un manjar. Vas a tener que alimentar ese escuchimizado cuerpo si quieres guerrear.

El hombre deja un cuenco de cerámica frente a Prisco. El hedor que desprende el recipiente es insoportable. Se introduce por las fosas nasales y revuelve el estómago del joven. Dentro del cuenco hay…

—¡Mierda de caballo! —exclama Prisco al identificar lo que el bárbaro ha calificado como manjar dentro del recipiente.

—Bastará con que te comas unas pocas cucharadas —dice el gigantesco britano, y Prisco no puede creer lo que está oyendo—. Vosotros hicisteis algo peor en mi tierra. Los romanos invadisteis y llevasteis el fuego a nuestras aldeas. Nos convertisteis en algo peor que lo que te estoy pidiendo que te comas. Ahora combatimos juntos, pero yo no olvido el daño que nos causasteis. Obedéceme y aceptaré ese gesto como una disculpa. Entonces, sí podremos ser amigos.

¿Qué tendrá que ver Prisco con el pasado entre romanos y britanos?, piensa. No está dispuesto a ceder a esa humillación.

—¡No pienso hacerlo! ¿Te has vuelto loco? —dice Prisco mientras aparta el cuenco.

—Ya lo creo que lo harás. —El bárbaro le ofrece una cuchara de madera—. O tienes ese gesto de respeto hacia nosotros, o no aceptaré que un romano nos acompañe y te abriré la cabeza en compensación por los daños que nos causasteis en las guerras pasadas.

El guerrero se cruje los dedos de las manos, exhibe su grandiosa musculatura. Prisco no tiene nada que hacer contra él, lo tiene claro. Mira de reojo a Barbato, que afirma con la cabeza. Él también fue romano y al parecer también tuvo que sufrir esa novatada para ser aceptado. Con el movimiento de su cabeza, le recomienda obedecer. Pero… ¡es tan humillante! ¡No puede hacer lo que le piden! ¿Cuánto más va a tener que aguantar para poder seguir acercándose a su esposa? ¿Es este el límite insoportable ante el que ha de rendirse?

¡Votación cerrada! Habéis decidido que Prisco no ceda ante la humillación. En breve, ¡nuevo capítulo!

MI NUESTRA HISTORIA #2 – No leas, decide

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En primer lugar, barnizo estas palabras con alegría para agradeceros a todos vuestra participación en la primera votación de Mi nuestra historia. Gracias a ello, hoy os traigo un segundo capítulo.

Para los que no sepáis de qué estoy hablando, hace unos días comencé una historia en la que vosotros ibais a ser los verdaderos protagonistas. Al final de cada capítulo, propongo una votación que determinará el devenir de la historia, para que os sintáis partícipes de ella. Además de leer, se le añade el entretenimiento de ver qué opina el resto de lectores respecto a determinadas situaciones.

Podéis participar a través del blog, aunque siempre recomiendo hacerlo a través de la aplicación para Android de Jon Ícaro, que está todo mejor organizado y además recibiréis avisos cuando se cuelgue cada capítulo. No me extiendo más, que aquí abajo os voy a copiar el siguiente capítulo. Para los que se incorporen en el último momento, cada capítulo dejaré los enlaces a capítulos anteriores para que puedan ponerse al día y un breve resumen de lo acontecido. Pues eso, que seguimos. ¡A decidir el futuro de Prisco y su familia!

Enlace al CAPÍTULO 1 // Resultado votaciones
Resumen hasta ahora: Prisco es un comerciante de vino de la provincia romana de Moesia. La fuerte competencia en suelo romano está dilapidando su comercio, por lo que su única esperanza es conseguir una plaza en la caravana comercial a Dacia, donde augura mejores ventas. Para ello, se reúne con el edil, el cual le sugiere que para asegurarle la plaza, debe de prestarle a su hermosa esposa durante una noche. Tras negarse, Prisco vuelve a su hogar sin saber que sus verdaderos problemas están más allá del comercio.

 

CAPITULO2

—Espero una respuesta, Prisco —insiste el edil. No está acostumbrado a que lo hagan esperar—. Por si te ayuda a tomar una decisión, te prometo que tu esposa será tratada como la mejor de las emperatrices durante la noche que esté conmigo. Disfrutará de las comodidades y lujos que tú no puedes proporcionarle.

Las dudas de Prisco se disipan de golpe. Ese último argumento es decisivo para la decisión que va a tomar.

—¡No te prestaré a mi mujer como si fuera una vulgar prostituta! —grita Prisco mientras se levanta, haciendo que su asiento salga disparado. El edil se reclina hacia atrás, ligeramente asustado por la violenta reacción del joven—. ¡Tú lo has dicho! ¡Es una de las mujeres más bellas del Imperio! Y no por solo por su aspecto, sino por todo lo que hay dentro de ella, que es si acaso más bello aún… No puedo… ¡No quiero dejarla en las sucias manos de alguien como tú!

Prisco se despacha, se queda a gusto. Durante unos segundos, solo se escucha la respiración agitada del comerciante de vino.

—Has tomado la decisión errónea —advierte finalmente el edil—. Por supuesto, estás fuera de la ruta comercial. Y te aseguro, Prisco, te aseguro que ese va a ser el menor de tus problemas… ¡Fuera de aquí! ¡Vete antes de que ordene que te arresten por desobedecer a la autoridad!

Prisco se marcha a paso apresurado. Ha tenido suerte. El desafío le ha salido barato. El edil lleva poco tiempo en el cargo y no quiere perder popularidad castigando a su voluntad. Aun así, no se fía. Comienza a correr a través de las calles del municipio. Teme que Labeo haya decidido enviar a sus hombres como represalia para coger a su mujer por la fuerza. Sabe que las personas de poder no aceptan respuestas negativas y que tienden a salirse con la suya por otros medios. La túnica se le enreda en las piernas y le dificulta la carrera, pero él intenta ir lo más rápido que puede.

El sudor comienza a deslizarse por su rostro mientras abandona el núcleo del municipio y avanza por las calzadas que enlazan el viñedo donde vive. Sus muslos arden y sus pulmones trabajan a marchas forzadas. Pero no puede parar. Lo que más desea es ver a su mujer, sana y salva. Necesita estar con ella o no estará tranquilo. Su corazón bombea a un ritmo frenético, en parte por la carrera, en parte por el miedo a que algo malo pueda pasarle a su familia.

Cuando llega a los alrededores de su casa, se da cuenta de que sus temores no tenían fundamento. Los hombres del edil no están allí.

Está ocurriendo algo peor.

La agitación es excesiva en las inmediaciones. Gritos, alaridos de dolor, llantos agónicos, ruidos desconocidos para él… ¿Bandidos? No. La guardia del señor de la villa habría acabado con ellos. Hay muchos hombres con cascos puntiagudos. Prisco no entiende qué está ocurriendo, pero se da cuenta de que el nerviosismo que sentía hace unos momentos era una minucia comparado con el terror que lo invade ahora. Siente el calor del miedo concentrarse en su pecho.

—¡Sentia! —grita mientras corre en dirección a su hogar. De reojo ve cómo un hombre combate contra uno de los invasores. Bueno, lo intenta, porque este no tarda en rajarle el estómago con su espada curvada—. ¡Naevia!

Prisco llega a su domus. Ve que la puerta está abierta, y siente en su estómago un dolor que no había sentido hasta ahora. Deduce que los asaltantes han entrado en su hogar. Sin perder un segundo, atraviesa el portal.

—¡Sentia! ¡Naevia! —grita de nuevo.

Solo escucha el llanto de una niña. Naevia… Su hija… Su hija está viva… El alivio que siente es titánico, aunque no tarda en volver a preocuparse. Corre hacia el triclinium, lugar del que provienen los ruidos.

Se encuentra con su hija acorralada en una esquina. Agarrada a sí misma, con sus pequeños mofletes empapados en lágrimas. Ante ella, un hombre que a Prisco le parece gigantesco, juega a asustarla acercando su espada y burlándose de ella.

En ese momento, Prisco ya no siente miedo. El instinto protector ha devorado todo el terror, se ha transformado en agresividad. Coge una vasija cercana y la revienta contra la espalda del invasor. Es la vasija que guardaba desde pequeño. Aquella en la que su padre guardó el primer vino que fabricó. Pero a Prisco no se le ocurre mejor uso para aquellos preciados recuerdos que el de salvar a su niña.

El hombretón cae al suelo tras el impacto. La espada se le cae de la mano. Comienza a levantarse algo aturdido, pero Prisco no le da tiempo para reaccionar. Se lanza hacia él. Lo agarra del cuello empujándolo contra la pared. Aprieta con todas sus fuerzas. El hombre le da dos fuertes puñetazos en la boca del estómago para que lo suelte, pero Prisco no siente nada y no deja de apretar. Está totalmente empeñado en salvar a su hija.

El asaltante decide entonces copiar la agresión que está recibiendo y pone sus manos alrededor del cuello de Prisco. También aprieta. Empuja al comerciante. Su mayor fuerza hace que Prisco caiga de espaldas, con el agresor sobre él. Ahí, en el suelo, ambos continúan apretando. Prisco se asfixia, ni una gota de aire es capaz de atravesar su garganta. Sus fuerzas comienzan a diluirse. No va a aguantar mucho.

De repente, los ojos del hombre que le está agrediendo se tornan blancos. Le suelta la garganta y se desploma encima de él. No sin esfuerzo, Prisco consigue quitarse ese cuerpo inerte de encima. Frente a él, aparece a otro hombre con su espada manchada de sangre. Le tiende la mano para ayudarlo a levantarse y Prisco agradece aquel apoyo.

—¿Estás bien? —pregunta el hombre que acaba de llegar en el momento oportuno.

Prisco no contesta. Se acerca a su hija, se agacha y la abraza con todas sus fuerzas.

—¿Y mamá? ¿Dónde está mamá? —pregunta Prisco.

—Se la han llevado… Los hombres malos se la han llevado —dice la pequeña con todo el coraje que una niña de ocho años puede reunir.

Prisco coge la espada caída en el suelo, con la intención de salir a recuperar a Sentia. El hombre que le ha salvado la vida le agarra del brazo, impidiéndoselo.

—Eh, ¿dónde crees que vas? —pregunta el soldado, ataviado con una armadura de placas que lo identifica como un militar del ejército romano—. ¿A suicidarte? —Mira a la niña y Prisco entiende. No puede dejarla sola—. Ya se han marchado. La guardia urbana los ha expulsado.

—¡Se han llevado a mi mujer! —se lamenta Prisco—. ¡Tengo que recuperarla!

Su interlocutor resopla. Opta por ser sincero. Sabe que lo que va a decir le va a doler mucho a Prisco, pero puede que sirva para que asuma la situación y que se quede en su casa. Eso salvaría su vida. Y la de su hija.

—Mira, chico… Si se la han llevado, poco puedes hacer tú solo. Los dacios están bien organizados. El emperador Domiciano está preparando un ejército para combatirlos. Espera que los derrote y entonces…

—¿Y entonces qué? —se rebela Prisco—. ¿Tengo que esperar sabiendo que cada día cientos de bárbaros la estarán…? —Se calla. No quiere que su hija escuche aquellas palabras. Él tampoco quiere pensar en su esposa siendo violada repetidamente. No puede soportar esa imagen. Por ello, toma una decisión—. Voy a ir a Dacia.

—Te he dicho que no puedes hacer nada tú…

—¡No voy a ir solo! —replica Prisco—. Tú eres del ejército, ¿no? ¡Ayúdame a formar parte de él! Iré con el ejército a Dacia. Y allí, la recuperaré. Por favor… Habéis llegado tarde para salvarnos de este ataque, ayúdame al menos a corregir las consecuencias de vuestro retraso.

—No hemos podido acudir antes, los ataques dacios en Moesia se han vuelto impredecibles —se excusa el militar—. Pero…, creo que podrías encontrar un hueco en el ejército —informa, dispuesto a ayudarle—. No tienes la disciplina necesaria para formar parte de los legionarios, pero te podrían aceptar como auxiliar.

—Te lo agradezco —concede finalmente Prisco. Ni siquiera le ha agradecido que le salvara la vida—. Además, no me queda otro remedio. Si los dacios se han llevado nuestras mercancías, no me queda nada con lo que comerciar. Necesito el pago que recibiré como soldado para mantener a mi familia, una vez consiga recuperar a mi esposa.

—Lo que propones es muy imprudente, chico. Y arriesgado. Ni siquiera sabes si encontrarás a tu esposa. Ni si estará viva para cuando llegues a Dacia. ¿Tanto la amas como para arriesgar tu vida?

Prisco siente que le retumba el corazón. Sí, tanto la ama.

—No estoy arriesgando mi vida, créeme —dice Prisco, convencido—. Porque, sin ella, para mí es como si ya estuviera muerto…

El soldado ríe. Piensa que los arrebatos de juventud de Prisco no le van a traer nada bueno. Él es veterano y cree que entiende más de mujeres y pasiones. Pero, en fin, también anhela ese fervor juvenil que dejó atrás hace mucho.

—Yo te ayudaré a incorporarte al ejército —afirma el hombre—. Pero, aun así, queda un problema que resolver.

El soldado mira a la pequeña, entre los brazos de Prisco.

—Ella vendrá conmigo —afirma Prisco, poniendo fin a aquel problema.

—¿Te la llevarás a la guerra? —pregunta el militar sorprendido—. Eres más imprudente de lo que pensaba, chico…

—No tengo ningún sitio en el que dejarla…

Entonces, Prisco piensa en la madre de Sentia. La abuela de Naevia no ha hecho aparición, ni siquiera tras el fin de la batalla. Sabe lo que se va a encontrar cuando recorra el resto de habitaciones de la casa: una anciana sin vida.

—Yo puedo encargarme de ella —ofrece el soldado, aunque se corrige inmediatamente—. Mi esposa, quiero decir. Vive en Roma. Puede encargarse de tu niña. No estará más a salvo en ningún otro lugar.

—¡Naevia se viene conmigo! —decide Prisco, cargado de instinto protector.

—No la dejarán entrar en los campamentos militares. Podrá acompañar, con suerte, a los que siguen el campamento. Pero si quieres que tu niña acabe como una prostituta para saciar los instintos de los soldados en guerra, tú mismo.

—¡Encontraré la manera de que esté a salvo!

—Te repito que no estará en mejor lugar que en Roma, chico. Y a cambio, solo te pediré una parte de los denarios que ganes como soldado. Y tú podrás ir tranquilamente a por tu esposa. Los dos ganamos.

Prisco lo mira desafiante. ¿Debería fiarse de él? Separarse de su hija es algo tan… doloroso. ¿Y si le pasa algo a su niña mientras él está fuera? No podría perdonárselo jamás. Pero también sabe que llevarla a la guerra no lo convierte precisamente en un buen padre. ¿Qué debe hacer Prisco?

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