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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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mejores novelas 2018

CUANDO DESCUBRES TU VOcatCIÓN

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Sé que escribir es mi vocación porque cuando me preguntan por qué lo hago no sé qué contestar, y sin embargo soy incapaz de despegarme del teclado y sé que con cada letra que utilizo hago que las agujas del reloj se paren; pierdo la noción del tiempo creando historias.

Sé que escribir es mi vocación porque yo una vez tuve el sueño de ser leído y de que mi ilusión se materializara en forma de libro. Hasta, de vez en cuando, incluso vendo alguno que otro, y siento en las tripas esas mariposas traicioneras que te hacen creer en la ilusión de que algún día podrás vivir de esto.

Sé que escribir es mi vocación porque mis lágrimas son la prueba física de algo tan etéreo como es la conexión con un lector con el cual estableces una indecorosa relación mediante el simple uso de las palabras.

O eso creía. Antes pensaba que mi vocación era escribir. Ahora resulta que enlazar palabras no era un objetivo, sino un medio para algo superior.

Con la edición de GÀTA, novela que publicaré el próximo enero, me estoy reencontrando a mí mismo. No solo junta dos de mis grandes pasiones, literatura y felinos, sino que lo hace con un cometido que trasciende más allá de sus páginas: sirve a esos seres que a mí, personalmente, me han afilado la sensibilidad hasta el punto de amar la vida de otra manera.

Y es que GÀTA va de eso, es una novela histórica-romántica cuyo eje gira sobre lo que estos animalitos nos pueden ofrecer a nosotros como personas. Que no es poco, y si no que se lo digan a Néstor, el protagonista. Pero más allá de lo moralizante, es una historia que me está haciendo moverme con un objetivo por el cual me derrito. De momento, estoy llevando a cabo una lectura conjunta solidaria para colaborar con la protectora de Alicante Felinos lo Morant. Que, por cierto, aún puedes unirte, solo llevamos 4 capítulos y no te costará nada ponerte al día. Si te animas, escribe a jonicaroescritor@gmail.com para más información.

Y en un futuro, las implicaciones de GÀTA serán mucho mayores. Esta novela ha sido una gran revelación para mí como escritor, hace que la felicidad no solo me llegue por el hecho de escribir, sino también por sus consecuencias, y eso hace que mi sueño como escritor se actualice a un 2.0. Amo esta novela, de verdad, y cuando algo te llena tanto, te haces un friki de ello, y a día de hoy no me veo escribiendo otra cosa que no sea de esta serie.

En fin, que quería informaros de esta nueva sensación que va a repercutir mucho en mi obra y en este blog. Me vais a ver más felino que nunca de aquí en adelante (aunque los que me seguís por Instagram ya conocéis mi pasión por estos animalitos).

Y nada más por hoy. Bueno, sí, que en cuanto pueda me pongo al día contestando comentarios, ya veis que ando un poco liado últimamente.
Un saludo, ¡nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

FELIZMENTE ENTREVISTADO EN BALADÍ

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Cuando digo que la verdadera recompensa de un escritor se encuentra en los pequeños detalles, me refiero a cosas como esta. No hay nada que me haga más feliz que el hecho de que alguien se moleste en interesarse por lo que hago. Si, además, se me permite participar en una entrevista para compartir una de mis pasiones, entonces mi libro se convierte en best seller automáticamente, para mí ya cotiza a ras de cielo por la felicidad que me genera.

Así que, os muestro con extrema alegría la entrevista en la que he participado para la revista Baladí. Podéis hacer clic aquí para acceder a ella y conocer cómo uní biología y letras. ¡Espero que os guste!

Y nada más por hoy.
¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

MI NUESTRA HISTORIA #6 – Tú decides

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¿En qué estáis convirtiendo a Prisco? No, en serio, me está encantando la evolución del personaje, y es gracias a vosotros. De nuevo ha ganado la opción más perversa, habéis votado que Prisco se convierta en un saqueador (por el bien de su hija, todo sea dicho). Esto plantea algo muy interesante. Cuando encuentre a su esposa (si la encuentra), ¿seguirá siendo el mismo Prisco del que se enamoró? Ahí lo dejo. Abajo tenéis un nuevo capítulo.

Para los nuevos, como siempre: os presento MI NUESTRA HISTORIA. Una novela de corte histórico y romántico en la que, al final de cada capítulo, votáis para decidir cómo seguirá la historia, participando activamente en su desarrollo. Dejo a continuación los enlaces a capítulos anteriores y un breve resumen para que os animéis a formar parte de esta iniciativa en un par de minutos. Y, ya sabéis, también podéis seguir la historia de manera más organizada y con avisos sobre los capítulos nuevos en la aplicación Jon Ícaro (Play Store).

CAPÍTULO 1  // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3 //  CAPÍTULO 4 // CAPÍTULO 5
Resumen: Prisco es un joven comerciante de vino de la provincia romana de Moesia que un día ve su vida truncada cuando los dacios invaden su aldea y se llevan a su mujer. Para rescatarla, se une a un grupo de auxiliares bárbaros con la intención de adentrarse con ellos en territorio dacio y llegar al ejército romano con el que espera derrotar a Dacia y recuperar a su esposa Sentia. Las pruebas para ser aceptado en el grupo bárbaro ya han hecho que su hija reniegue de él, y ahora deberá saquear a inocentes para poder seguir en este viaje que está siendo más duro de lo que esperaba.

 

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El asalto por parte del grupo al que acompaña Prisco a la aldea dacia es inminente, y Prisco sabe que debe ser parte de él. Los bárbaros se lanzan enajenados contra esta en cuanto aparece ante sus ojos. Los primeros en llegar disfrutarán de las mejores mujeres, los mejores alimentos y los botines más destacados. Prisco es retenido por su conciencia. Es consciente de que tiene que robar por el bien de su hija, pero no quiere disfrutar del proceso. No se alegra como parece que lo hacen sus compañeros.

El joven comienza a correr colina abajo, sus sandalias pisan la estepa dacia y acortan la distancia respecto a unas casas selladas que albergan aldeanos atemorizados, como si fueran pajarillos en sus jaulas. Cuando Prisco llega a la pequeña villa, pocas son las barricadas de escombros que no han cedido a la embestida bárbara. Muchos hogares ya han sido profanados, tal como anuncian los gritos de agonía. Entre los alaridos de pavor y dolor se mezclan otros de placer, provenientes de los britanos que han forzado alguna hembra dacia para tranquilizar sus instintos salvajes.

Prisco busca alguna puerta intacta que muestre que el interior de la casa todavía no ha sido saqueado. Encuentra una alejada de las granjas y sabe que no es casualidad. Espera no tener que arrebatar los escasos víveres de una familia pobre y con poco acceso al sustento. Resopla y agarra con fuerza su escudo, un scutum ovalado que tiene la forma del cetratus de las tropas auxiliares. Toma carrerilla y embiste con él contra la madera que le separa de los alimentos que necesita para sobrevivir.

La puerta no se mueve ni un ápice.

Vuelve a intentarlo y lo único que consigue es un agudo dolor en su hombro izquierdo. Mira alrededor y observa cómo actúan sus compañeros. Entonces, decide intentar el método de la patada. Golpea fuertemente con la planta del pie en la puerta y su rodilla derecha le hace inclinarse de dolor. Mira al frente y se da cuenta de que no ha conseguido progresar.

—Prueba con esto —le dice un britano a sus espaldas. Es Urel. Cualquier otro estaría riéndose de él. En cambio, el hijo del líder le ofrece ayuda. Le tiende una tea encendida—. Lánzala sobre el techo de paja. El humo les hará salir. Después, entra y coge todo lo que esté a tu alcance. Pero sé rápido, no quiero tener que recoger tus cenizas.

Prisco inclina la cabeza y Urel sigue su camino. Se siente agradecido. ¿Agradecido? Ahora no solo va a robar a una pobre familia, sino que va a incendiar su hogar. Pero es lo que tiene que hacer por su hija. O, al menos, intenta convencerse de ello.

Lanza la antorcha y la puerta se abre antes de lo esperado. Antes siquiera de que el techo arda lo suficiente.

—¡Fuera de mi casa! —grita el hombre que aparece ante él, un veterano que solo conserva pelo en los laterales de la cabeza. Lleva un podón con una hoja grande y curva en su mano derecha—. ¡O te rajo la barriga!

Prisco agarra su espada celta con más fuerza, asustado. Sabe que la herramienta agraria del hombre atravesaría sin dificultad su túnica de lino.

—¡No quiero hacerte daño! —dice Prisco. Su tono de voz no es el de un guerrero, no impone lo más mínimo. Casi se le puede escuchar temblar, y eso envalentona al hombre que tiene delante.

—¡Lo que tengo se debe a mi trabajo! ¡Me cuesta sudor y sangre conseguirlo! ¡Y no me lo vas a quitar!

El hombre sabe que, si le roban su comida, no vivirá un invierno más, y con esa fuerte convicción ataca a Prisco. Lanza dos puñaladas que Prisco esquiva, más por miedo que por disciplina militar. El podón está diseñado para cortar, no para herir de manera punzante, por lo que su rival, consciente de ello, alza el brazo y esta vez ataca verticalmente. Prisco intercepta el golpe con el escudo. Se escucha el quejido del metal de su protección al recibir el impacto. Como enloquecido, su enemigo enlaza un ataque tras otro, abollando el scutum de Prisco y esperando un error en la cobertura para atravesar su cuerpo.

Prisco, actuando meramente de manera defensiva, se acostumbra al ritmo de ataque del hombre. Sabe, exactamente, cada cuanto tiempo le golpea con su herramienta. Y, entonces, aprovecha uno de los intermedios para apartar el escudo y lanzar su espada, que consigue atravesar el estómago de su rival. Esta vez ha aprendido. Ha atacado con todas sus fuerzas para no efectuar solamente una herida superficial. El filo ha atravesado completamente el cuerpo de su contrincante, que, entre estertores y vomitando sangre, aún intenta lanzar un ataque más.

Pero Prisco retuerce su espada, aumentando el daño y acabando con toda intención de seguir luchando de su rival. Se descubre a sí mismo disfrutando de la victoria, se siente poderoso al derrotar a su enemigo. Extrae el arma y el hombre cae al suelo, inerte.

Prisco entra en la casa, que ya ha comenzado a arder. Se encuentra tres niños confusos, llorando en una esquina. Intenta no mirarlos y se dirige a la despensa. Llena el zurrón con pan y queso y se marcha antes de que el humo invada sus pulmones. Abandona la aldea sin mirar atrás.

 

De vuelta a la retaguardia del grupo de britanos, Prisco se acerca a la carreta que carga lo más preciado para él. No son los víveres, ni las armas, ni las tiendas de campaña… Es su hija. La pequeña posee las piernas demasiado pequeñas para aguantar el ritmo de avance de los guerreros, por lo que permiten que viaje sobre uno de los carros. Además, ese permiso era una de las condiciones por las cuales Prisco cedía su caballo para tareas de carga.

—Toma, lo he conseguido para ti —dice Prisco mientras le extiende un trozo de queso a Naevia. La pequeña, como un gato asustado, se marcha hacia el otro extremo de la carreta.

Caridda, siempre cerca de ella, coge el trozo de queso y se lo da. En apenas tres bocados, la niña lo devora con fruición. Aún reniega de su padre, pero Prisco sonríe al ver cómo su hija disfruta de la comida. Solo por eso, ha merecido la pena el horror que ha causado.

—Dale tiempo —dice Caridda, acercándose al joven romano—. Acabará entendiéndolo. Por la noche le cuento historias de niños para que comprenda la situación.

—Y te lo agradezco. Gracias otra vez, Caridda. ¿Cómo duerme? ¿Tiene pesadillas?

—A veces tiembla y entonces la despierto, pero no creo que tenga más pesadillas que antes de que empezara todo esto. Supongo que tiene los horrores nocturnos de una niña de su edad.

Prisco quiere creerla, pero no sabe si simplemente intenta complacerlo con esas palabras.

—Pronto encontraremos a su madre y todo volverá a ser como antes. Los tres viviremos felices y sin preocupaciones.

Caridda traga saliva. Le duele pensar en la felicidad de Prisco junto a otra mujer. Siente mucho cariño por Naevia. Y aunque no quiera reconocerlo, siente algo mayor por el padre de la niña.

—Eres el primer hombre que conozco que desea el fin de la guerra para encontrar la felicidad. Los guerreros de mi tribu, al contrario, siempre piden a los dioses nuevas batallas que les den una razón para disfrutar.

—Es una buena forma de llamarme cobarde —bromea Prisco y los dos ríen—. Yo espero que todo esto acabe pronto…

—Tú quieres que la lucha termine para estar con tu mujer. En cambio, Urel parece que esté deseando comenzar un nuevo enfrentamiento para no estar conmigo.

—Él te trajo aquí —advierte Prisco, que no entiende esa queja—. Podía haberte dejado en Britania, pero quiso que vinieras para tenerte cerca suya.

—Solo quiere poder vigilarme para que no me posea otro hombre —explica Caridda, y ahora Prisco sí entiende—. Pero aquí, apenas me presta atención, siempre ocupado en hacerse cada vez más fuerte.

—Seguro que trata de ser más fuerte simplemente para poder protegerte. Yo quisiera ser tan poderoso como el mismísimo Júpiter si eso me permitiera recuperar a mi esposa…

—Respecto a eso…

Caridda calla. Está esperando el permiso necesario para expresar una opinión que sabe que no será bien recibida.

—Habla, Caridda. Siempre eres sincera conmigo.

—Tengo entendido que esperas unirte al ejército romano para derrotar a los dacios y recuperar a tu esposa.

—Esa es mi intención.

—Pero no la encontrarás tras la guerra. —Prisco tuerce el gesto ante esas palabras inesperadas—. Puede que venzas en la batalla final, y así yo lo deseo. Pero los dacios la asesinarán antes de que puedas encontrarla tras la victoria. Una vez derrotados, descargarán su furia sobre todo romano que esté a su alcance. Siempre ocurre así.

Prisco se queda pensativo. No quiere aceptar esa revelación, más que nada porque no sabe otra alternativa que lo acerque a su esposa.

—Ella tiene razón —añade Barbato sumándose a la conversación a la que estaba poniendo el oído un buen rato—. Aunque tengo dudas al respecto, puede que tu esposa aún esté viva. Es posible, aunque no probable. Puede, si los dioses quieren que aún viva, haber encontrado su hueco en la civilización dacia como esclava o ramera, pero cuando esta caiga, ella lo hará junto al reino…

—¿Y qué proponéis entonces? —pregunta Prisco, furioso. No ha pasado por tantas cosas para ver sus esperanzas truncadas de repente.

—Yo la buscaría antes de que la guerra pase por encima de ella —sugiere Barbato—. Con monedas, hasta un romano puede acceder a esclavas y putas en territorio enemigo.

—No duraría ni dos días en suelo dacio. Y menos con mi hija… —se lamenta Prisco—. Por eso os sigo.

—No si te haces pasar por dacio —dice la mujer britana.

—Imposible —niega Prisco—. No sé hablar su lengua…

—Pero yo sí —dice Caridda, sorprendiendo a los dos interlocutores.

—¿Además de romano y britano hablas la lengua dacia? —pregunta Prisco, que todavía no lo cree.

—Efectivamente. Así que partiremos esta noche. Nos separaremos del grupo. Yo quiero alejarme de Uriel y tú tienes que adelantarte para recuperar a tu esposa. Nos conviene esa opción.

—Caridda tiene razón —añade Barbato, que mira a los dos jóvenes y cree que hay cierta complicidad entre ellos—. Así puede que tengas alguna opción de llegar a tu esposa antes de que las legiones destruyan todo lo que hay más allá del Danubio.

La mujer bárbara sonríe, se siente feliz ante la idea de viajar junto a Prisco, de vivir más allá de por y para la guerra. En cambio, el joven intuye que hay algún interés oculto en la profunda mirada azul de la mujer. No sabe si fiarse de ella, aunque puede que su plan de integrarse en la sociedad dacia sea bastante efectivo para conseguir información y acercarse a Sentia antes de que el fuego de la guerra lo devore todo. ¿Debería fiarse de Caridda?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

 

MI NUESTRA HISTORIA #5 – Tú decides

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Habéis devuelto la sensatez a la historia; creo. Para ver el resultado y las consecuencias de la escatológica votación, aquí abajo os dejo un nuevo capítulo con su respectivo dilema moral en el que podéis opinar.

Para los nuevos: MI NUESTRA HISTORIA es una novela histórica y romántica interactiva, en la que vosotros decidís la continuación de la aventura. Cada final de capítulo se propone una votación para que opinéis, determinando así cómo continuará la historia. Os dejo los enlaces de capítulos anteriores por si queréis seguirla, y un breve resumen de todo lo acontecido hasta ahora para que os pongáis al día rápidamente. Y, recordad, también podéis seguirla a través de la aplicación Jon Ícaro (Play Store), donde está todo más organizado y donde recibiréis avisos cada capítulo nuevo.

CAPÍTULO 1  // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3 //  CAPÍTULO 4
Resumen: Prisco es un comerciante de vino de la provincia romana de Moesia que ve su vida truncada cuando los dacios invaden su aldea, secuestrando a su esposa. Para recuperarla, viaja a Dacia junto a su hija, donde se encuentra con un grupo de auxiliares britanos. Necesita caminar junto a ellos para llegar al ejército romano, pero no es fácil ganarse la confianza de esos bárbaros. En primer lugar, tuvo que asesinar a un hombre delante de su hija, lo que hizo que la pequeña Naevia renegara de él. Y, ahora, uno de los bárbaros intenta humillarle con su peculiar forma de darle la bienvenida al grupo.

Y ahora, ¡seguimos!

 

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El bárbaro mancha la cuchara de madera en los excrementos y la acerca a la cara de Prisco. El joven está a punto de ceder a la humillación; si de algo está convencido es de que haría cualquier cosa por recuperar a su esposa. Incluso algo así.

Sin embargo, el nauseabundo olor despierta sus instintos naturales y cambia de opinión. Ya está bien de tanta sumisión.

Duda de que, con esa actitud permisiva, consiga rescatar a Sentia. Basta de pasividad, de sumisión. Sabe que, en algún momento, tendrá que envalentonarse, convertirse en algo más que un comerciante de vino, si quiere sacar a su esposa de las garras de la barbarie.

Y este es un buen momento para demostrárselo a sí mismo.

Da un manotazo a la mano del guerrero y la cuchara cae al suelo. Sabe que acaba de desencadenar su propia guerra dentro de la guerra que ya está viviendo. Se levanta y encara al bárbaro, que le duplica en musculatura. Se tensa todo su cuerpo, esperando el primer impacto. ¿Será en el estómago? ¿En la mandíbula?

Su rival comienza a reírse. Prisco deduce que está eufórico por la inminente lucha, conocedor de lo fácil que va a ser destrozarle los huesos.

El primer golpe es en la nariz. Prisco siente como si una maza se le hubiese estrellado en la cara. Nota el calor húmedo de la sangre en el morro. Sin nada que perder y en el frenesí del combate, el joven se lanza contra el guerrero, lo tumba en el suelo, pero su enemigo, hábil, se revuelve y cambian las posiciones. Sobre él, el bárbaro comienza a golpearle una y otra vez. A Prisco se le nubla la mente y pierde la cuenta de los golpes, se le anestesia el alma, hasta que, por fin, alguien le quita de encima esa bestia.

—¡Ya está bien! —grita el intermediario. A pesar de la visión borrosa, Prisco lo reconoce por el gran collar de símbolos celtas que lleva en el cuello. Es Urel, el hijo del líder de los guerreros—. ¡Siempre reniegas de los romanos! —dice al hombre que instantes antes estaba agrediendo a Prisco—. Te comportas como los animales que dicen que somos y les das la razón, ¡imbécil! Si llega a ser mi padre y no yo el que se ha acercado a este revuelo, ¡te habría rajado las tripas!

El aludido se va de mala gana. Urel se acerca entonces a Prisco y le tiende la mano para ayudarle a incorporarse.

—A pesar de su odio a los romanos, es un buen hombre —afirma el hijo del líder. El dolor que siente Prisco en el cuerpo hace que dude de esa sentencia—. Acabaréis siendo buenos amigos.

Urel se aleja de allí y Prisco vuelve a sentarse cerca de la hoguera. Barbato intenta decirle algo, pero con una mirada fiera, Prisco hace que selle los labios. No quiere escuchar nada.

Así, en silencio y frente al fuego, Prisco ve pasar la noche. Las heridas arden tanto como la llama que tiene delante. Sin embargo, observa acercarse a Caridda y el dolor se anestesia, siente una inexplicable calma.

—¡Prisco! —exclama la mujer bárbara al ver su aspecto—. ¿Qué ha pasado?

—Una discusión sin importancia —dice Prisco intentando esbozar una dolorosa sonrisa en sus labios partidos—. Debo de haber dicho alguna palabra malsonante en vuestro lenguaje sin querer…

—Vengo a avisarte de que tu hija ya se ha dormido. Puedes venir a verla, si quieres.

Por supuesto que quiere. En esos momentos en los que la vida le parece excesivamente cruel, solo la presencia de su familia le da fuerzas para sentirse vivo. Caminan hacia la tienda de Caridda y entran. A pesar de la oscuridad, ver a Naevia dormida ilumina el alma de Prisco.

—Siento que tengas que verla solo cuando ella no puede negarse a tu presencia —lamenta la mujer, que sonríe al ver la ternura reflejada en el rostro de Prisco.

—Mejor así. Imagínate si me viera con este aspecto. —Prisco tiene cortes en la mejilla, la nariz hinchada y un ojo enrojecido—. Ya no querría volver a verme nunca más.

A pesar de lo doloroso de aquellas palabras, ambos se ríen suavemente, para no despertar a la chiquilla.

—Primero me ves llorar delante de mi hija, y ahora con la cara y el cuerpo destrozado… —dice Prisco—. Acostumbrada a vivir rodeada de grandes guerreros, mi presencia debe de ser deprimente para ti.

—No, no lo es —niega rápidamente la mujer—. Las personas tienden a encontrar la belleza en aquello que les es ajeno. Lo que acostumbran a tener cerca con frecuencia suele adormecer los sentidos.

—Bueno, no creo yo que como mujer no sientas aprecio por la hombría que desprenden todos estos guerreros… —se aventura a decir Prisco.

—Ser unos bravucones es lo fácil para ellos, es a lo que están acostumbrados. Jamás podrían no serlo. Carecen de la capacidad de temer, de sentir otras cosas, y a mí eso me atrae, me resulta curiosa la sensibilidad que tenéis algunos romanos.

Prisco mira a los ojos a la mujer y siente que se le aprieta el estómago. Esa mirada que cabalga entre la dulzura y la bravura se refleja en sus entrañas.

—Gracias por cuidar de mi hija —dice, esperando que ese cambio en la deriva de la conversación actúe como un gladio cortando la tensión generada—. Jamás te estaré lo suficientemente agradecido.

—Es un placer cuidar de ella. Es una niña muy bonita y muy buena.

Caridda agarra las manos de Prisco, pero las suelta en cuanto la lona de la tienda se mueve y aparece su esposo Urel.

—¡Prisco! —dice el guerrero—. Lamento el comportamiento de Pangur. Por desgracia, hay otras heridas del alma que tardarán más en cicatrizar que las que él mismo te ha causado.

—No te preocupes. Tendré más cuidado la próxima vez.

—Deberías descansar —afirma el guerrero mientras se acerca a su mujer y la besa—. En breve reanudaremos la marcha.

Prisco obedece. Sale de la tienda y duerme al raso. Es nuevo y no tiene el rango necesario para pasar la noche en una tienda. A pesar de sus preocupaciones y del dolor de sus heridas, el cansancio hace que cierre los ojos.

 

En cuanto asoma el sol, el pequeño campamento bárbaro reanuda su actividad. Como si fuera un hormiguero, se desmontan las tiendas, se cargan las mercancías en los carros y la fila de hombres comienza a marchar.

—Hoy va a ser un gran día —dice Barbato, que se reajusta la túnica tras haber orinado en una Nigritella del borde del camino, una orquídea típica del delta del Danubio.

Prisco camina junto a él. Cada paso escuece en su dolorido cuerpo y lamenta que le hayan pedido amablemente que cediera su caballo para usarlo como animal de carga.

—Sí —afirma Prisco sin entusiasmo—. Estoy deseando ver qué me depara esta nueva jornada. Todo lo que me ha ocurrido desde que he entrado en Dacia ha sido tan divertido que estoy impaciente ante una nueva aventura…

Barbato ríe ante su tono irónico.

—Pronto te acostumbrarás a los vaivenes de la guerra, chico. Las personas tienen la terrible capacidad de acostumbrarse a todo. No sé si es una bendición o el motivo que nos llevará a la destrucción…

—Si fuéramos capaces de mantener la sensibilidad de las primeras veces, mejoraríamos como civilización. Seguro. Y, dime, ¿por qué hoy va a ser un buen día según tú?

—Los exploradores han divisado una aldea no muy lejos de aquí. Sin protección. Allí nos dirigimos. ¡Es día de pago!

—¿A qué te refieres? —pregunta Prisco, confundido.

—A que hoy habrá saqueo. Una aldea sin el respaldo del ejército dacio, tal como nos espera en unas horas, es una bendición. Un regalo de los putos dioses. Podremos coger todo lo que esté a nuestro alcance a punta de espada. O de hacha, en mi caso, que me he aficionado a ella. Comida, monedas, mujeres… Lo que quieras, Prisco.

—¡Qué horror! —Prisco se estremece recordando el asalto sufrido por su villa. Según Barbato, ahora les toca a ellos estar en el lugar del invasor. No está de acuerdo con ello—. No pienso participar. Esos aldeanos no son culpables de las acciones de su rey Decébalo.

—Son dacios. Y estamos en guerra con ellos. No hay que pensar nada más.

—Y, aun así, no me parece una justificación. No. No seré parte de esa mísera actuación.

—Lo serás, Prisco, o no serás nada. —La autoridad que se advierte en el tono de Barbato preocupa a Prisco—. Nos alimentamos del saqueo. Hasta que lleguemos al ejército romano y disfrutemos de sus vías de suministro, comeremos lo que arranquemos de manos dacias. Aquí no hay sentimiento de comunidad. Carga tus alforjas, porque solo con eso podrás calmar tu estómago. Nadie compartirá sus víveres contigo. Eso se consideraría un acto de cobardía, para ti y para el que te ceda su alimento.

—¡Pero no pienso dejar a un inocente sin comer para poder hacerlo yo! ¡No pienso condenar a una familia a la hambruna!

Prisco está alterado. Sabe el daño que le hizo la invasión dacia, y por nada del mundo quisiera provocar él mismo ese agravio a un inocente. Siente que eso le haría transformarse en algo que no es.

—¿Y tu hija? ¿Qué le darás de comer? Es tu responsabilidad y tu deber alimentarla. Te lo recordarán esos britanos cuando el estómago de tu niña ruja y la haga retorcerse de hambre.

Prisco siente una punzada en el corazón. Puede que sí haya un motivo por el cual destrozar la vida de otro inocente. Pero… eso lo convertiría en un monstruo. ¿Justificaría el amor hacia su hija un acto tan atroz? ¿Debería hacer uso del terror para su propia supervivencia y la de su niña? Prisco quiere pensar que no, que todavía es un hombre sensato y que no debe ceder a la locura de la guerra, o acabará convirtiéndose él mismo en una bestia. Pero, por otro lado, es incapaz de condenar a Naevia a la hambruna… ¿Debe sacrificar su parte cívica por el bien de la niña?

¡Votación finalizada! Puedes seguir leyendo el capítulo siguiente para ver si tu opinión coincide con la de la mayoría de los votantes. ¡Y no olvides votar en el último capítulo actual cuando llegues a él!

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