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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

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novelas romanticas 2018

MI NUESTRA HISTORIA #8 – ¿Familia o principios?

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Nueva cara para nuestra novela interactiva; incluso la web se ha puesto de gala para la ocasión. De ahí lo que he tardado en añadir este nuevo capítulo. Seguramente la imagen de portada no os recuerde a ningún personaje (todavía), pero tanto la estética como el título tiene mucho que ver con el futuro desarrollo, que girará en torno a una idea que me ha surgido con vuestra participación y comentarios.

Pero, a lo que vamos. Por fin seguimos con MI NUESTRA HISTORIA. ¡Esto no para! Recordad que en el último capítulo, Barbato quería disfrutar sexualmente de Caridda y vosotros decidisteis si Prisco debía interceder o no a favor de la mujer britana.

Para los nuevos: MI NUESTRA HISTORIA es una serie de novelas histórico-románticas en las que al final de cada capítulo se abre una votación para que podáis participar y ser parte del argumento. En la página web hay un resumen rápido actualizado por si queréis poneros al día en un par de minutos, aunque también he colgado los capítulos por si queréis formar parte de esta iniciativa en todo su esplendor. También podéis seguir la iniciativa a través de la APP Jon Ícaro, donde está todo bien organizado y donde seréis avisados cada nuevo capítulo.

Pero, para no retrasar más la continuación de la historia, aquí abajo os dejo el octavo capítulo con su correspondiente votación. ¡Espero que os guste!

 

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—¡No! —grita Prisco convirtiendo su caja pectoral en un aspersor de asertividad—. No vas a hacer uso de Caridda para tu entretenimiento, Barbato.

El joven defiende a la mujer britana, que sonríe por dentro al sentir el interés de Prisco por su bienestar.

—¿No voy a disfrutar de Caridda? —replica el veterano—. ¿Y eso por decisión de quién? ¿De tus huevos que se acaban de hinchar acaso? Porque no creo que estés en condiciones de decidir en ese aspecto.

—No, no estoy en condiciones. Eso es cierto —asume Prisco, que sabe que el mapa y las armas están en posesión de Barbato—. Tú eres el único que puede decidirlo, y por eso mismo serás tú el que decida renunciar a tales intenciones. —Barbato tuerce el gesto ante esas declaraciones, no ve la necesidad de prescindir del sexo con una mujer bárbara, de las cuales sabe por experiencia que son bastante salvajes en la intimidad—. La guerra nos ha sumergido ya en demasiadas situaciones desagradables en contra de nuestra voluntad y posibilidades. No añadamos más por decisión nuestra, por los dioses…

Caridda disfruta del enfrentamiento verbal, está encantada con la defensa que Prisco hace de ella. Le agrada, sobre todo, el uso que el romano hace de las palabras. Si fuera un hombre de su tribu, ya se habría lanzado a golpear a Barbato. Es el autocontrol la parte que Caridda admira del joven.

—En algo tienes razón —expone Barbato—. Mucha mierda nos hemos tenido que tragar estos últimos tiempos. En tu caso, casi en sentido real. Por eso mismo considero que hay que endulzar esos agrios sucesos con momentos más… placenteros.

Sin previo aviso, Prisco se lanza contra Barbato para sorpresa de todos. Se abalanza sobre él antes de que pueda sacar las armas de la bolsa. El veterano cae con el joven sobre él, que le da un rodillazo en la entrepierna. El dolor se le sube al estómago como una bola de fuego, pero lo enrabieta, le da fuerzas para lanzarle un puñetazo en la mejilla a Prisco. Dos. Después lo empuja para quitárselo de encima. Barbato se levanta con dificultad. Prisco también, y extiende la palma de su mano pidiendo el fin del enfrentamiento.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunta Barbato, enfurecido y sin comprender por qué Prisco ha iniciado la lucha y ahora pide el fin de esta—. ¡Hijo de una ramera!

—Evitar la pelea, o alargarla al menos hasta el punto en el que uno de los dos tenga que arrepentirse —afirma Prisco, guardando las distancias—. Me parece que ya no hay motivo de discusión.

Prisco señala a la entrepierna de Barbato y este comprende al fin. Con el dolor que le ha causado con el rodillazo, duda de que pueda hacer uso de su miembro viril. Caridda se ríe. Aunque la mujer se había decepcionado ligeramente por el uso de la violencia de Prisco, entiende que lo ha hecho utilizando la cabeza.

—Y ahora —continúa Prisco—, si lo consideras oportuno, podemos seguir avanzando en lugar de exponernos peligrosamente a guerreros y bandidos en el camino.

—Esto no va a quedar así, te lo aseguro —afirma Barbato, que accede a la opción de continuar el camino. A pesar de su actitud sobria, las palabras de Prisco sobre la nula necesidad de generar nuevas complicaciones han calado en él.

Una vez calmados los ánimos, Prisco aprovecha la cercanía al río Danubio para lavarse y refrescar su alma tras los ardientes acontecimientos. Se arrodilla frente a la serpiente acuática y ve su rostro reflejado en las claras aguas. No se reconoce. La barba comienza a invadir un rostro acostumbrado a no pasar más de dos días sin recibir la navaja de un tonsor. Sus facciones, antes más amables, parecen empezar a adaptarse a la dureza de los recientes días pasados y venideros. Incluso su mirada parece no ser la misma.

Tras el aseo, el grupo continúa su camino a través de cañaverales y carrizales que parecen no tener fin. Bosques de sauces y fresnos los acompañan en varios segmentos de su viaje. La pequeña Naevia ralentiza el avance y la bolsa del pan y el queso cada vez pesa menos. Pero, por fin, tras día y medio de camino utilizando el río como referencia, llegan a un lugar marcado en el mapa con el símbolo que identifica una ciudad.

—Cuidado con los putos dacios —advierte Barbato. Las jornadas de viaje parecen haber aliviado las tensiones del grupo—. Uno nunca se puede fiar de los bárbaros.

Caridda no se da por aludida, se siente orgullosa de su condición y las palabras de Barbato apenas laceran su corazón.

Se aproximan a una de las oberturas de la empalizada de madera que rodea la localidad, custodiada por dos guerreros que les piden sus armas si quieren entrar. Barbato se niega, pero Prisco intercede, le explica la necesidad de desarmarse y el veterano finalmente, tras escupir al suelo y maldecir al joven por dejarlo indefenso, entrega la bolsa con las espadas a los vigilantes. Si muero sin posibilidad de defenderme, te buscaré en el inframundo para rajarte los huevos, es la advertencia de Barbato a Prisco.

Acceden al interior de la villa donde se convierten en el foco de las miradas de bárbaros entregados a sus tareas cotidianas. Por suerte, sus túnicas de lana y los mantos de lino que adquirieron en el campamento bárbaro son similares a los ropajes locales y no les provocan mayores complicaciones para integrarse. Se dirigen allí donde la bebida afloja las lenguas y es más fácil obtener información. Entran en lo que parece una especie de taberna, muy distinta a las tabernae romanas. Prisco y Barbato piden algo de beber mientras Caridda ronda por el local haciendo preguntas a unos y otros haciendo uso de su conocimiento de la lengua dacia.

—Es vino tracio —asegura Barbato tras dar un gran trago a su jarra—. Es más espeso y aromático que el aguado vino romano. Pruébalo, Prisco. Los tracios creen que el vino hace que los dioses entren en su cuerpo y sustituyan el alma, por eso beben este vino tan fuerte, para sentir a sus falsos dioses cuanto antes.

—Ya… —dice Prisco a desgana. Está más atento a Caridda y a los posibles avances en su búsqueda de información.

La mujer, tras unos minutos, se acerca a ellos.

—Ese hombre de allí. —Señala a un viejo escuálido con anillos en sus dedos—. Dice que hay un esclavista que conoce todo el comercio de esclavos de Dacia. No hay mercancía que no haya pasado por sus manos, o que se haya vendido sin su conocimiento.

—¿Y sabe dónde está mi mujer? —Prisco se exalta, la jarra vibra en sus manos temblorosas.

—Es muy posible. Pero vive en la capital, Sarmizegetusa. —Antes de que Prisco muestre tristeza, Caridda continúa con una buena noticia—. Pero tiene hombres en todos los rincones del reino. Aquí mismo hay uno de ellos.

—¿Y a qué esperamos para hablar con él? —apremia Prisco, cogiendo a su hija en brazos, preparado para salir en su búsqueda.

Atraviesan la ciudad siguiendo las indicaciones de Caridda, que a su vez obedece las señas que el hombre de los anillos le ha ofrecido. Golpean la puerta de madera de un hogar que se abre rápidamente. El ayudante del mercader de esclavos les permite el paso y tras un duelo de palabras amistosas, saca una serie de papeles ilustrados.

—Estoy aquí para vender la mercancía de mi señor —aclara el hombre mientras despliega los pergaminos sobre una mesa—. Utilizo estos dibujos para mostrarla. Tenemos un gran dibujante y es más fácil y rápido de transportar que los propios esclavos. —Continúa sacando documentos. Prisco los mira detenidamente, pero no encuentra el retrato de Sentia en ninguno de ellos—. Si estáis interesados en alguno de estos esclavos, he de decir que no son baratos.

Entonces, la mirada de Prisco se clava en uno de los papeles. Son sus ojos los que ven el dibujo, pero es su corazón el que lo identifica. La larga y lisa melena, la nariz puntiaguda, la piel más oscurecida que el color del pergamino, los pechos pequeños pero redondos…

—¡¡Es Sentia!! —grita señalando el pergamino que lleva el dibujo de su esposa. A pesar de que la recreación no es exacta, está seguro de que es ella—. ¡Es mi esposa!

Por fin, un golpe de suerte. Prisco sabe que los dioses son benévolos, al fin y al cabo, y se siente tremendamente afortunado y feliz por haber tenido una pista de Sentia tan rápido. La fortuna lo acompaña.

—¿Dónde está? ¿¿Dónde está mi mujer??

Prisco agarra del cuello al comerciante y esta vez es Barbato el que instaura la cordura separándolos.

—¡No vas a conseguir nada matándolo! —grita el veterano reteniendo a un Prisco esquivo, que lucha por zafarse de él.

—¡Es mi esposa! Es… —Finalmente, Prisco razona. Su rabia se desvanece y deja de forcejear. Barbato lo suelta—. Es mi esposa —dice, acercándose al vendedor de esclavos y mostrando una súplica en su rostro humedecido—. ¿Dónde puedo encontrarla? ¿Está viva?

—Al menos cuando yo salí de la capital, lo estaba —confirma el hombre y Prisco siente un estallido de colores en su corazón—. De otra manera, no tendría sentido que hubiera traído su dibujo. ¿Para qué iba a vender una esclava muerta? Así que, viva debe de seguir en la capital.

—¡Llévame junto a ella! —suplica Prisco, arrodillándose. A Caridda, esa sumisión a la que no está acostumbrada la enternece.

El vendedor se rasca la barbilla. Piensa. Finalmente, toma una decisión.

—Dentro de dos días partiré de nuevo hacia la capital. Os dejaré acompañarme. —Prisco sonríe, pero el hombre trata de sacar provecho de esa compañía—. Aunque lo haréis como guardianes. Se os ve hombres fuertes. A él al menos.  —Señala a Barbato—. Incluso la mujer muestra buena musculatura. Si hacéis que mi viaje a Sarmizegetusa sea seguro, entonces te llevaré junto a tu esposa.

Prisco accede sin dudarlo. Ya se imagina junto a su esposa. Por acariciar su piel haría cualquier cosa.

—¿Y de quién hemos de protegerte? —pregunta Barbato, que no está dispuesto a jugarse el pellejo a cualquier precio.

—De los romanos —afirma el vendedor—. Domiciano ya ha traído sus legiones y no es raro encontrarse con fuerzas romanas que buscan controlar los caminos para asegurar el envío de suministros.

—¿Lucharemos contra los romanos? —pregunta Prisco, sintiendo el corazón dividido. Sin haberlo pretendido, acceder a las peticiones del vendedor supondría cambiar de bando.

—¿Algún problema? —pregunta el comerciante de esclavos.

¿Algún problema? ¡Por supuesto que lo hay! Le está pidiendo que se enfrente a los soldados que pretenden dar su merecido castigo a los dacios, a hombres cuyo objetivo es acabar con aquellos que un día, como a él, asaltaron y robaron sus esposas. Quiere que clave la espada en defensores del honor, en paisanos suyos que solo defienden los intereses de los pobres ciudadanos romanos. ¿En qué lo convierte eso? ¿En un frío y simple mercenario? ¿En un guerrero desalmado y sin capacidad de decisión?

Sabe que ha tenido mucha suerte encontrando a ese mercenario, que seguir junto a él hará que en pocos días esté junto a su esposa. Pero, ¿a qué precio? ¿Debe de permanecer a su lado, aunque eso suponga tener que matar romanos a los que considera, no solo inocentes, sino defensores del honor y salvadores de los que como él han sufrido tanto?

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MI NUESTRA HISTORIA #7 – Tú decides

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Seguimos con la historia de Prisco tras un breve parón, y lo hacemos con un extra de salsa rosa. Nos adentramos en el terreno romántico de la novela y de vosotros depende que se siembre el germen de posibles líos amorosos, o no. En la última votación, por unanimidad además, decidisteis que Prisco se fiara de Caridda y que se fuera con la mujer alejándose del grupo bárbaro. He aquí la continuación.

Para los nuevos, como siempre: entre todos estamos creando esta novela histórica-romántica. En cada capítulo, se abre una votación para que decidáis el curso de la historia. Si os queréis unir a esta iniciativa, os dejo aquí los enlaces a los capítulos anteriores, o un breve resumen por si queréis poneros al día rápidamente.

CAPÍTULO 1  // CAPÍTULO 2 // CAPÍTULO 3 //  CAPÍTULO 4 // CAPÍTULO 5 // CAPÍTULO 6
Resumen: Prisco es un comerciante de vino romano que ve su vida truncada cuando los dacios invaden su villa y secuestran a su mujer. Para recuperarla, Prisco se adentra en territorio enemigo junto a un grupo de bárbaros britanos auxiliares. Unirse al grupo le cuesta no pocas humillaciones y el alejamiento con su propia hija. En él, conoce a una mujer bárbara le propone alejarse del grupo y buscar a su esposa por sus propios medios, a lo que él accede. Junto a Caridda, que conoce el lenguaje dacio, se dispone a separarse de los britanos para probar mejor suerte por su cuenta.

 

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Cuando la noche hace ya varias horas que ha desplegado su oscuro telón y el campamento britano duerme, Prisco se dirige al lugar acordado: el punto de vigilancia noroeste. Allí, tal como esperaba, hace guardia Barbato. Él le permitirá salir junto a Caridda para probar suerte lejos del grupo.

—¿No ha venido aún? —pregunta Prisco refiriéndose a la mujer y el vigilante romano da un respingo, sorprendido por su sigilo.

—Todavía no —responde Barbato. Observa una mueca de preocupación en Prisco ante esa respuesta—. Pero no te preocupes. Los bárbaros no hacen buen uso del latín, pero cuando lo utilizan no es precisamente para mentir. Ellos consiguen lo que quieren a golpes, no mediante el uso confuso de la lengua. De hecho, creo que esa mujer desea usar la lengua contigo en otros menesteres, si me entiendes.

Prisco niega con la cabeza ante la obscenidad de su compañero. Tiene otras preocupaciones de las que hacerse cargo.

—¿Y si se ha arrepentido? ¿Y si su esposo la ha descubierto abandonado el lecho?

—Tranquilo, Prisco. Estará buscando el momento oportuno. Tiene que traer a tu chiquilla, lo cual le dificulta las cosas.

Por eso está tan preocupado Prisco. Si descubren el plan de fuga de Caridda, la vida de la mujer podría correr peligro, y ella es el único apoyo que tiene su niña dentro de la barbarie que están viviendo.

—Mira, por ahí viene —afirma Barbato finalmente señalando a la oscuridad del campamento.

—¿Seguro que es ella? —pregunta Prisco, que entrecierra los ojos para intentar ver mejor.

—Por supuesto, ¿acaso no ves la sombra de sus enormes…? —Barbato se lleva las manos al pecho y hace un gesto soez.

Efectivamente, se trata de Caridda, que por fin llega hasta ellos.

—No he podido venir antes —dice la mujer y mira a la niña que tiene en sus brazos como justificación—. Estaba esperando que Naevia durmiera profundamente.

—No pasa nada. Dámela, yo la llevo —ofrece Prisco.

—No —niega Caridda—. Si se despierta en tus brazos podría gritar asustada y alertar a los demás vigilantes. Y no pongas esa cara, Prisco, pronto recuperarás la confianza de tu niña y querrá estar contigo. Pero aún no. Yo la llevaré. No te preocupes, tengo fuertes brazos para cargar con ella.

Caridda luce la musculatura propia de una mujer guerrera.

—Está bien. Pues nos vamos. Amigo, gracias por dejarnos salir.

—Eso es. Nos vamos —repite Barbato—. Los tres.

Caridda y Prisco se miran, sorprendidos por la decisión en último momento del romano.

—No, eso no era lo que habíamos hablado —dice Prisco.

—Ya. Es que vigilar es tan aburrido que a uno le da por pensar, y he decidido que lo más conveniente para mí es marcharme con vosotros. Una traductora en territorio dacio abre muchas opciones para mí, todas ellas suculentas.

—No, Barbato —vuelve a negar Prisco.

—Pues podemos estar toda la noche aquí discutiendo sobre este tema hasta que alguien os descubra, o marcharnos ya y hablar de esto más adelante.

Prisco da un bufido. Caridda alza los hombros. Finalmente, aceptan la compañía de Barbato como un mal menor y comienzan a caminar, alejándose rápidamente del campamento de los auxiliares. El ritmo disminuye conforme el fuego de las antorchas se hace cada vez menos visible, pero el grupo no llega a detenerse. En cuanto Urel descubra que su esposa lo ha abandonado, saben que tendrán perseguidores.

Tras unos minutos, los movimientos propios de la huida terminan por despertar a Naevia. La pequeña de ocho años abre los ojos, desorientada, y en su rostro se refleja el miedo y la confusión.

—Tranquila, Naevia —se apresura a decir Caridda antes de que la niña comience a gritar. La mujer jadea, cansada de cargar con ella. La deja en el suelo unos instantes—. Tienes que estar callada. Estamos jugando a escondernos y nos van a encontrar si gritas. ¿De acuerdo? Tenemos que seguir corriendo en silencio si queremos ganar.

Naevia no es estúpida, sabe perfectamente que está en peligro. Lo que no entiende es de quién tiene que huir ni qué puede pasarle, pero sí es consciente de que hacer caso a Caridda la mantendrá a salvo. Asiente y la mujer vuelve a cogerla con visible esfuerzo.

—Yo la llevaré a partir de ahora —dice Prisco. Sabe que Caridda tiene los brazos agotados.

La niña mira a su padre y vuelve a mostrar preocupación en su rostro. Eso le duele en el alma a Prisco.

—Naevia, hija mía, Caridda está cansada. Tienes que venir conmigo.

La pequeña tarda se echa hacia atrás, aunque unos segundos más tarde se acerca a su padre.

—Me das miedo —dice Naevia al llegar junto a Prisco—¸pero creo que eres como el lobo.

—¿El lobo? —pregunta su padre confundido.

—El de la historia de Caridda. Me contó un cuento que empezaba con un lobo mordiendo a un conejo, y al principio me asusté. Pero después resulta que lo hacía para darle de comer a sus bebés… Me asustó lo que le hiciste a aquel hombre, pero Caridda dice que, como en la historia, solo querías cuidarme.

Naevia se deja coger entonces y Prisco la abraza fuertemente. No puede evitar llorar de emoción. Volver a tener a su niña entre sus brazos es para él uno de los pocos motivos por los cuales vale la pena estar vivo. Ahora solo falta encontrar a su mujer para añadirla al abrazo y completar la felicidad.

—Siempre lloras —dice Caridda acercándose a Prisco y retirando las lágrimas de sus mejillas con los dedos—. Como los niños de mi pueblo. Los guerreros nunca derraman lágrimas. Así que tú eres… como un niño grande.

—Gracias Caridda —dice Prisco a pesar de la extraña comparación—. Muchas gracias por todo lo que haces por Naevia, que en extensión me llega a mí reflejado.

Los dos adultos se sonríen. La gratitud estira los labios de Prisco. Los de Caridda, algún sentimiento más.

—Perdonadme si interrumpo este tierno momento —dice Barbato—, pero todavía estamos demasiado cerca del campamento.

El grupo continúa caminando toda la noche sin sobresalto alguno. O les han estado buscando en direcciones erróneas, o los bárbaros han estimado que no pueden permitirse la pérdida de tiempo que supondría ir a su encuentro. Han descansado lo justo para rellenar de aire sus pulmones y dar algún bocado que les evita desmayarse durante la huida. Los primeros rayos de sol muestran sus evidentes caras de cansancio.

—Nuevo día, nueva vida —dice Barbato tras bostezar.

—¿Y qué planes hay en ese renacimiento tuyo? —pregunta Prisco, que todavía no se fía del romano.

—Los que me quiera ofrecer la diosa Fortuna —afirma el hombre palmeando un estómago que la edad y el tiempo sin combatir comienzan a redondear—. No he pensado qué voy a hacer a partir de ahora, pero sé que, si vais a tratar con esclavistas para buscar a tu esposa, igual puedo descubrir un nuevo oficio que me dé más monedas y mujeres que la guerra. Estoy cansado de combatir para un emperador que premia a los hijos de los patricios a causa de castigar a sus veteranos de guerra.

—Pues yo creo que no es buena idea esa de confiar el futuro de uno a la diosa Fortuna —dice Prisco con una sonrisa de resignación, recordando su mala suerte. Mira de reojo a Caridda, que vuelve junto a ellos tras haber acompañado a Naevia a orinar cerca de unos arbustos de enebro.

—Pues yo creo que sí lo es. Disfrutaré de lo que cada día tenga a bien ofrecerme. Y te lo voy a demostrar ahora mismo —expone Barbato configurando una sonrisa maliciosa que preocupa a Prisco. El romano saca de su bolsa de piel un pergamino enrollado. Estira la piel adelgazada—. ¿Sabéis lo que es esto?

—Un mapa de Dacia —responde Prisco al ver el dibujo desplegado.

—De mi esposo —añade Caridda al reconocerlo—. De mi antiguo esposo, quiero decir.

—Os equivocáis —dice Barbato—. Los dos. No es un mapa. Es nuestra única opción de sobrevivir. Sin él, tardaríamos más tiempo en encontrar una aldea que el que aguantaríamos vivos con los alimentos que disponemos.

Está en lo cierto. La desorientación, tras haber caminado toda la noche a oscuras, es total.

—Pues más vale que lo guardes bien entonces —ordena Prisco.

—Eso haré, ya lo creo. Lo guardaré bajo mi subligar o en la mismísima raja de mi culo si es necesario. Tan valioso es este documento. Por supuesto, lo compartiré con tan destacada compañía como sois vosotros. Y a cambio, solo espero algo de agradecimiento. De cariño, si me entendéis.

Barbato mira lascivamente a Caridda, detiene su vista en los pechos de la mujer. Prisco comprende la situación. Están siendo chantajeados. Quiere intimar con ella a cambio de compartir el mapa.

—¿Hace falta más explicaciones? —insiste Barbato—. Lo digo por vuestro silencio.

El chantajista hace un movimiento de cadera que evidencia sus deseos. Prisco aprieta los puños, hay algo que lo enfurece más allá de ser manipulado. Le molesta pensar en Barbato sobre el cuerpo desnudo de Caridda.

—¿Y qué me impide sacar la espada y cortarte la mano para quedarme así con el mapa? —pregunta Prisco y él mismo se extraña por su violenta iniciativa. Se da cuenta por primera vez de que ya no es el mismo que salió de Moesia, aquel que hubiera dado prioridad a la vía diplomática. Se está transformando en otra persona.

Barbato mira entonces a la pequeña Naevia y Prisco suspira. Está recuperando la confianza de su hija y derramar sangre ajena delante de ella de nuevo sería dar un paso atrás enorme. Además, Barbato mueve su bolsa y un ruido metálico recuerda a Prisco quién tiene las armas. Las estaba cargando él todas para que Prisco pudiera cargar con su hija.

—Somos compañeros —dice Prisco, ahora sí obligado a luchar con la palabra—. No puedes aprovecharte así de nosotros. De ella, en concreto.

—¿Aprovecharme? Pero ¿qué daño nos va a hacer entregarnos a los brazos del placer? Ambos disfrutaremos, de la misma manera que todos saldremos beneficiados con el uso del mapa. Si seguro que ella también lo está deseando…

No. No lo está deseando. De hecho, Caridda habría utilizado su puño de guerrera para partirle la nariz a Barbato al haber propuesto acostarse con ella. Pero quiere saber cómo reacciona Prisco. Necesita saber si él tampoco desea que algo así ocurra. Le parece una buena forma de averiguar si el joven siente lo mismo que ella. Por eso, decide seguir con la situación, dejarla en manos de ese joven tierno por el que suspira.

—Lo haré —afirma Caridda—. No por gusto ni por voluntad propia. Pero si es por el bien del grupo, acepto tal sumisión. Accederé a los placeres de este bellaco.

La mujer mira a Prisco esperando su reacción. Se le encoge el corazón. Quiere que el joven evite el encuentro, que demuestre que tiene algún interés por ella, del tipo que sea. Pero Prisco se queda pensativo. Sabe que lo mejor para todos es que ese encuentro sexual ocurra para seguir manteniendo el favor de Barbato. Sin el mapa están realmente perdidos y encontrar una aldea dependería exclusivamente de la suerte que parece no acompañarle. Piensa que no le conviene dejar la supervivencia en las manos de la diosa Fortuna. ¿Qué debe hacer?

Y ahora, vuestro turno. ¿Qué queréis que haga Prisco respecto a Caridda?

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