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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

¿Es justa la decisión del Procés? Que nos lo digan Néstor y Ascanio

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¿Es justa la sentencia del “Procés”? No me considero independentista, pero creo que hay una forma muy sencilla de ver esto: para que dos estén juntos, ambos han de estar de acuerdo. Yo veo la independencia como un matrimonio mal avenido. Uno de los dos miembros está a disgusto, y ha intentado mostrarlo una y otra vez. El otro miembro, parece no escuchar. Prohibiendo un referendo y, ahora con esta sentencia represiva, hace oídos sordos, abofetea la posibilidad del otro de expresarse y dice claramente “estarás junto a mí, aunque tenga que usar mis puños, que para eso los tengo”.

Es curioso, porque yo creo que la solución es el diálogo. Sin embargo, políticamente la negociación se ve como una debilidad, en lugar de como un acto inteligente (y un deber política, por cierto). Pero como siempre me expreso mejor a través de mis personajes, utilizo de nuevo a los protagonistas de GÀTA en forma de relato corto para abordar esta temática. Se me viene a la cabeza un hecho que viene al dedillo: el asesinato de Alejandro Magno de su general Clito.

 

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—Los mataría a todos, uno tras otro —afirmó Néstor, intentando apagar su fuego interno con otro trago de vino—. Por traidores.

Aunque el ambiente era aparentemente festivo en el campamento militar, acorde al banquete que soberanos y sátrapas disfrutaban unos metros más allá, se podía palpar la tensión que había entre macedonios y asiáticos. Por mucho que Alejandro se empeñara en crear un ejército híbrido, muchos de los griegos no veían con buenos ojos la incorporación de persas en sus filas.

Néstor escupió el vino de manera despreciativa en cuanto su mirada se cruzó con la de uno de esos nuevos persas que poblaban el campamento. La bebida salió dispersada en forma de gotitas de su boca, avivó la llama de la hoguera que tenía delante.

—Deberías cuidar tus palabras —le advirtió su grandullón amigo Ascanio, la viva encarnación de Zeus. Sabía que el humor de su compañero se había amargado hasta el infinito tras su último encuentro con Nerea, pero aun así debía controlarse—. Que el odio no dirija tus palabras, Néstor o podrías acabar mal.

—¿Odio? —replicó Néstor, tras lo que dio una serie de tragos continuados que se deslizaron visiblemente por su garganta. Su rabia, dirigida a los persas, le hizo pensar que hasta su vino era deficiente y asqueroso, digno de esa leyenda que decía que una antigua reina babilónica había intentado envenenarse con esa bebida—. Yo diría que mis palabras son lógicas, más bien.

—Deslúmbrame con esa lógica de la que hablas —invitó Ascanio, que siempre había admirado las reflexiones del joven. Al menos, hasta que su mente se había retorcido tras la última visita de Nerea.

—Hemos arriesgado nuestra vida contra ellos. Muchos compañeros incluso la han perdido por su culpa. Y ahora, Alejandro, ¿los incorpora en nuestro ejército y pretende que combatamos hombro con hombro junto a ellos y que compartamos nuestro botín? —Néstor chistó, como si no hubiera argumento que pudiera rebatir aquella opinión. Aun así, su amigo Ascanio, que era más diestro con los músculos que con las palabras, lo intentó.

—¿Y de qué sirve mirar atrás? Ve y dile lo que piensas a Alejandro. Corre. Dile que no quieres luchar junto a esos persas que ha unido a nuestro ejército. Yo mismo enviaré de vuelta a Grecia lo que quede de tus huesos. Nuestro rey ha escogido la unión, pues todos unidos y se acabó. —Néstor hizo un gesto de desprecio ante aquellas palabras de su amigo. Negó y su ondulada y castaña melena, descuidada desde hacía tiempo, acompañó aquel movimiento. Pero era cierto. Alejandro se estaba desviviendo con la alianza asiática. Últimamente tendía a vestir con ropajes persas y gustaba de compartir sus tradiciones—. Y si esa es la decisión del gran Alejandro —prosiguió el grandullón—, esa misma ha de respetarse.

—Cualquiera diría que hablo con el gran Ascanio —dijo Néstor volviendo a llenar su copa, tendiendo su cuerpo precisamente sobre una de esas maravillosas alfombras persas que criticaba—. ¿Acaso se te ha borrado la memoria de un golpe en alguna batalla? ¿No eras tú el que despotricaba contra nuestro rey?

Ascanio, como buen griego, había criticado a Alejandro y la imposición macedonia. Sin embargo, había acabado reconociendo su valía batalla tras batalla.

—¿Y qué pretendes con la separación? —se defendió el hombretón—. ¿Griegos por un lado? ¿Persas por otro? ¿Qué nos va a traer de bueno? Lo único que va a pasar es que nos acabaremos echando de menos los unos a los otros cuando crucemos el Hindu Kush.

—Y yo qué sé. ¿Me ves cara de rey? —ironizó Néstor, aunque lo cierto era que últimamente hacía y deshacía a su antojo, como si el mundo no tuviera que ver con él y estuviera por encima de todo—. Ni yo, ni los guerreros, sabemos de decisiones reales, porque no tenemos un trono bajo el culo. Sabemos de cosas de soldados. Y hasta el mismísimo Alejandro tendrá que responder ante esas inquietudes. Solo hablo de ser escuchados, ¡Ascanio! Solo un necio no sería capaz de ver el descontento de los soldados griegos ante esta desesperada unión y no intentaría hablar con ellos para apaciguarlos…

—No, Néstor, solo un necio replicaría ante nuestro rey esperando ser escuchado. Quedarse callado es la mejor manera de conservar los dientes, amigo —opinó el gigantón.

—Los que nos queden al menos —continuó Néstor, cada vez más molesto—, porque muchos los han perdido por los golpes de las batallas que le han hecho ganar a ese rey que no quiere escucharles…

De repente, en una parte del campamento se alzó un revuelo. Todos los soldados se levantaron del suelo y se acercaron allí, dejaron su confortable posición alrededor de la hoguera y se dirigieron a un hombre que vociferaba, explicaba lo que acababa de acontecer en el banquete real.

—…así lo ha atravesado, ¡así! —decía gesticulando, como si tuviese un palo en sus manos—. El rey ha cogido una lanza de un guardia y ha atravesado el vientre de Clito. Y ahí que se ha caído muerto, nuestro gran general. Lástima de sangre guerrera que se ha perdido en el suelo… Por lo que parece, se había quejado de que los macedonios tuvieran que obedecer la proskynesis

Se refería al saludo que se hacían los persas. Si estos eran del mismo rango, se besaban en los labios. Si uno de ellos tenía un rango inferior, besaba en la mano a su superior, y si la posición era más distante, directamente se arrodillaba. Clito había estallado ante las arbitrarias decisiones que Alejandro estaba tomando al incorporar tradiciones persas y le había rebatido su condición divina, se había atrevido a decirle que no era más que un mortal a la sombra de su padre y que no tenía derecho a tomar aquellas decisiones. Y el resultado había sido que el propio rey le había arrebatado la vida por dudar de sus acciones.

—Ve, como te digo, ve ahora y dile a Alejandro lo que piensas —le dijo Ascanio a Néstor de manera irónica, una vez habían visto cómo el rey se comportaba ante las disensiones. Su amigo suspiró.

—Entonces, ¿qué? —expuso Néstor, ahora con un menor volumen en su voz y con más cuidado—. ¿Qué nos queda? ¿La obediencia? ¿No ser escuchados? ¿Así es como un buen rey se comporta ante aquellos que discuten su comportamiento?

—Así es como se mantiene un reino —sentenció Ascanio, sin mostrar si estaba de acuerdo o no con aquello, pero dejando claro que debía ser así.

—Pues vaya reino es ese que se mantiene sin escuchar a aquellos que se asquean de permanecer en él. Uno estable y duradero, sí. Pero alzado sobre unos pilares vergonzosos.

Entre los dos hombres se hizo un silencio reflexivo. Se cruzaron los brazos al pecho, y se dedicaron a seguir escuchando al hombre que relataba lo acontecido durante el banquete.

—…y después el rey se retiró, se marchó de allí llorando. Parecía arrepentido por lo que había hecho —explicó aquel hombre. De hecho, Alejandro estaría hasta tres días sin salir de su tienda, avergonzado por su acción.

—Al menos se arrepiente de lo que ha hecho… —opinó el grandullón de Ascanio.

—Faltaría más —añadió Néstor—, que además se enorgulleciera de una decisión que reprime a uno de los suyos. ¿De qué tipo de tirano estaríamos hablando entonces?

 

Espero que os haya gustado, ya sabéis que si queréis conocer las aventuras y desventuras de Néstor y Ascanio, podéis descubrirlas en GÀTA. Un saludo, ¡nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

 

 

 

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MIS GATOS TE REGALAN ESTE LIBRO

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Pero Jon, ¿qué haces regalando ese libro que tantas horas de desvelo te ha llevado escribir, corregir, revisar y publicar? ¡Que así no vas a salir de pobre! Buf, cállate subconsciente, y dale al botón de permitir la descarga gratuita de Kindle. Sí, efectivamente, tras varias conversaciones conmigo mismo, hoy 11 de octubre os regalo el libro GÀTA poniéndolo en descarga gratuita en Kindle Amazon.

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Realmente el regalo no os lo hago yo, os lo hacen los gatitos que a diario corretean por mi casa dándome la vida. Estos peluditos me abrieron un nuevo universo creativo cuando empezaba a estar cansado de la mafia literaria que rodea a Amazon. En concreto, fue uno de ellos que ya no está y que solo corretea por mi corazón. Los gatos me inspiraron a crear la serie CATS & BOOKS, que se inicia con GÀTA. Una serie de novelas cortas en las que los felinos tienen un papel fundamental en la vida de sus protagonistas como los verdaderos maestros y generadores de sensibilidad que son.

Estos animalitos no solo han determinado la temática de mi nueva deriva literaria, también su sentido. Ya no escribo para vender, ni para mejorar rankings, ni por las infamias inherentes al ego del escritor. Ya no publico para afuera, lo hago desde dentro. El objetivo de esta nueva serie es utilizar los libros como medios para emprender acciones con las que pueda, de alguna manera, echar una mano a estos amigos peludos, amén de demostrar lo necesarios que son para los humanos.

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Aunque, si nos ponemos estrictos, quien os hace el regalo no soy yo ni mis gatos, sino la protectora que me concedió estas dos bellezas que llenan de felicidad mi casa: Felinos lo Morant. Gracias a ellos tengo una constante fuente de inspiración felina a mi alrededor. Y como es de bien nacido ser agradecido, me gustaría pediros a cambio del libro gratuito, que le echarais un ojo a esta protectora y, si lo estimarais oportuno y estuviera a vuestro alcance, que les echarais una mano. Conozco en primera persona el esfuerzo y las penurias a las que tienen que enfrentarse, y la nobleza de sus iniciativas. Son maravillosos, como todas aquellas personas que dedican su tiempo y esfuerzo a proteger a los desprotegidos, sean de la especie que sean. Si os animáis a participar en cualquier otra protectora, adoptando peluditos o con vuestro tiempo o de cualquier otra manera, también vale.

Como os decía, el libro al final es una excusa, un medio para transmitir este amor por los animales. Pero si aprovecháis la descarga gratuita, de corazón espero que la historia os guste y os dé algunos momentos de entretenimiento.

Un saludo, ¡nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

 

¿CÓMO RECORDÁIS A VUESTROS PELUDOS? – El Árbol de las Cintas

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¿Qué hacéis vosotros para recordar a aquellas mascotas que por desgracia se fueron para no volver? Para los que amamos a estos peluditos, su marcha también nos supone un dolor incalculable. El vacío que nos deja no poder disfrutar más de esas huellas que ahora solo existen en nuestro corazón es enorme. Y en Alicante se lleva a cabo una iniciativa que me parece preciosa y que quiero compartir con vosotros: el Árbol de las Cintas.

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Junto al parque La Marjal de San Juan de Alicante, hay un árbol en el cual los dueños cuelgan cintas en recuerdo a sus mascotas perdidas. Sobrecoge ver todo aquel despliegue de color que simboliza la felicidad que un día dieron aquellos pequeños. Me parece una preciosa forma de honrar a las mascotas y de crear un punto de encuentro en el que descargar nuestro dolor y no olvidar su agradecido paso por nuestras vidas. Con solo cuatro años de existencia de esta tradición, a la vista está el éxito de esta iniciativa.

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Nosotros conocimos esta tradición la semana pasada, justo unos días antes del segundo aniversario de la marcha de Leore, el gato que reflejo y al cual dedico la novela GÀTA. Como si fuera una señal, aprovechamos para ir y colgar su cinta y dedicar una tarde a su recuerdo vertiendo nuestra emoción mientras veíamos su álbum de fotos, uno de los mejores regalos que me han hecho en la vida.

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Ahora nosotros también tenemos nuestro rinconcito para ir a visitar su recuerdo, para traer de vuelta aquellos tiempos en los que nos brindó su magnífica presencia, para que la nostalgia se convierta en agua al recordar cómo saltaba a los brazos y sobre todo, para agradecer que nuestras existencias se hayan cruzado en esta vida, que con estos peluditos a los que tanto adoramos, siempre es mejor.

Si tenéis la suerte de visitar este pequeño templo natural de amor animal, no os lo perdáis. ¡Nada más por hoy!

 

¿ROMANTICISMO O ESTUPIDEZ? La delgada línea roja del amor

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¿Sobredosis de romanticismo o exceso de estupidez? Ya no quedan hombres como los de antes… ¡Pues por algo será! Me encanta esta declaración de Néstor a Nerea en GÀTA.  A la muchacha se le antoja que le traigan un gato de Egipto y él, cual pagafantas empedernido, dice que sí, que por supuesto. Y a patearse medio mundo para encontrar al bicho.

Por un lado, pienso que eso es lo mínimo que se debería sentir para estar con alguien. Tío, si no vas a hacer lo imposible por ella, déjala. Pero por otro lado, ¿sale a cuenta tanto sacrificio? ¿Acaso no es más que el resultado de un concepto romántico del amor inculcado por la sociedad?

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A Néstor, esta decisión, le cambia la vida. No os diré si para bien o para mal. Al fin y al cabo, ellos solo son los aparentes protagonistas de esta historia en la que, el que manda, maúlla y ronronea. ¡Ais! Por esos peludos sí que derribaba yo todas las barreras del romanticismo. Y tú, ¿eres de la antigua escuela o piensas que el amor pegadizo es cosa de otro siglo?

Un saludo, ¡nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

VENTAJAS DE LA AUTOEDICIÓN #2 – La fecha de publicación

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¿Quieres publicar un libro? O quizás debería preguntarlo de otra manera: ¿cuándo quieres publicar tu libro? Porque si la respuesta a esta pregunta te importa, entonces me veo obligado a hacer otra entrada sobre las ventajas de la autopublicación. Si en la anterior hablábamos de la ventaja de disponer de un registro de ventas, hoy lo vamos a hacer sobre la importancia de controlar la fecha de la publicación.

Imagina que has enviado tu manuscrito a una editorial y que te lo valoran positivamente. Bien, pues para cuando te lo publiquen no quedará ni el humo de esos fuegos artificiales que se crean en la mente de uno cuando celebra mentalmente que una editorial haya aceptado su libro. Con suerte, estará en el mercado un año después. Con mucha suerte.

Una vez aceptado tu libro, este pasa a la larga lista de espera de la editorial. Después, para editarlo pueden tirarse fácilmente medio año, y cuando tú, en ese sueño que es ver tu historia hecha papel, estés ya al borde de la desesperación, te dirán por fin que tu libro está ya perfectamente preparado para ser lanzado… dentro de tres meses más. En mi caso, para la publicación de El corazón del aedo, pasó más de un año desde que me llegó la valoración positiva hasta que se publicó.

Esto, para planificar una estrategia de promoción en el momento más importante de la historia de un libro, que es su lanzamiento, es algo inaguantable. ¿Que escribes una novela sobre un tema de moda y de importante impacto social en el momento de redactarse? No importa, cuando te lo publiquen ya no se hablará de ese asunto tan importante que has abordado. ¿Que tienes una historia que sigue las tendencias actuales de venta? Qué más da, si cuando por fin puedas venderla las tendencias serán otras… Y ni hablar de aprovechar fechas marcadas. ¿Tu libro tiene las navidades como punto de inflexión para el reencuentro familiar? Vale, pues te la publicamos en verano. Ah, ¿que tu historia tiene como marco geográfico una playa de Hawái? Venga, que salga en diciembre.

Pero quiero ir un paso más allá de lo eminentemente práctico y comercial. ¿Qué pasa con lo que sentimos por nuestros libros? No es lo mismo ver publicado un libro que acabas de escribir, que uno que finalizaste hace un año. No lo es para ti como autor, que ya tienes la cabeza en otros proyectos literarios, seguramente mejores porque habrás aprendido nuevas técnicas y tendrás más experiencia en esto de escribir. Entonces, ese libro que se te va a publicar, ya no lo verás de la misma forma. Ya no es tu sueño presente, es parte de tu pasado. Si has hecho las cosas bien, tu pasado como escritor debería de ser peor que en la actualidad, y será inevitable que veas tus obras pasadas con recelo y que pienses que son mejorables.

Y lo que es peor, tampoco será lo mismo para tu lector, porque tu ilusión se habrá ido desvaneciendo con el tiempo. Y hay una cosa que te puedo asegurar: si no contagias tu pasión por tu historia, nadie la va a querer leer. Más importante que lo buena que sea o deje de ser, lo que hará que se acerquen a ella será el entusiasmo con el que la trates. Eso lo tengo comprobadísimo, El sanador del tiempo es la novela que con más emoción he publicado por diversos motivos y es la que mejores resultados ha tenido, con diferencia. Si autopublicas, tú decides la fecha del lanzamiento. En cambio, las tortuosas esperas literarias hacen que se desgaste tu ilusión poco a poco cada día.

Nada más por hoy. Espero que mi experiencia os haya servido para que tengáis más información en esta odisea literaria que es publicar un libro.

Un saludo, ¡nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

 

¿NO VEIS ALGO RARO EN LA PORTADA DE GÀTA?

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¡No me lo puedo creer! ¿De verdad pasa tan desapercibido? Echadle un ojo a la portada de la novela GÀTA, aquí arriba, y ahora seguimos hablando.

Vale. Lo habéis visto, ¿no? Me refiero al gato que sale en el escudo. Porque la mayoría de la gente no se da cuenta hasta que se lo digo y responde con un curioso “anda, qué gracioso, ¡si hay un gato!”. Lo cual, sería una simple anécdota de no ser porque su presencia, y la manera en la que lo hace, es clave en el desarrollo de la novela.

A ver cómo me explico sin hacer spoiler. Nerea, la muchacha de la portada, no es la protagonista en sí de la historia, no se ha ganado a pulso aparecer en primera plana. Ella representa algo en concreto para Néstor, el protagonista, lo conduce hasta el punto donde la historia tiene que llevarlo.

Y el hecho de que el gato aparezca, y lo haga en el escudo, es porque actúa como protector de según qué circunstancias a las que se ve abocado el verdadero protagonista, que es Néstor. No puedo decir más sin hacer añicos la historia, los que la habéis leído lo entenderéis, pero al hecho de que el pobre gatito pase desapercibido en la portada tenía que ponerle remedio.

Por cierto, podéis haceros con el libro aquí, y aprovecho para decir que en jonicaro.com aún está disponible la descarga gratuita si a cambio firmas la iniciativa de Change.org de bajar el IVA veterinario. No es obligatorio, te puedes descargar la novela igual; pero oye, molaría.

Y nada más por hoy, mi visita al blog ha sido escueta y anecdótica.
¡Nos vemos las instacaras por @icaro_jon!

VENTAJAS DE LA AUTOEDICIÓN #1 – Registro de ventas

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¿Preparado para hacer ya el agosto con tus libros? Muchos estáis aprovechando el verano para escribir y publicar finalmente esa idea que estaba cogiendo polvo en vuestras cabezas. Y una de las dudas que más me consultáis a la hora de publicar es si es mejor hacerlo por editorial o a través de Amazon. Mi respuesta, ya la conocéis: Amazon siempre. ¿Por qué prefiero la autopublicación? Por muchas ventajas, que os iré contando en varias entradas, pero hoy me quedo con esta: libertad total en los precios y registro de ventas.

Pongámonos en situación. Si tu libro es publicado por una editorial, será ella la que marque el precio. Y la que lleve el registro de ventas, por supuesto. Tú no podrás saber cómo se está vendiendo hasta que recibas tu liquidación anual. Y a ti esto bien te puede dar igual, porque claro, de vender se encargan las editoriales, ¿no? Perdona que me ría.

El esfuerzo total de venta lo hace el autor. Eso es algo que tienes que tener claro. Me expongo a mí mismo como ejemplo. El corazón del aedo lo publiqué con Ediciones B, y cansado de que se llevaran el 96 % de los beneficios, dejé de darlo a conocer. Lo abandoné en piloto automático, a ver qué hacían ellos. El resultado: más allá del puesto 350.000 en el ranking de ventas en Amazon.

Ahora vamos con El sanador del tiempo, o GÀTA, novelas que trato de promover todo lo que el tiempo me permite (que es más bien poco): ambas rondan sobre el puesto 70.000. No es mucho, pero se entiende la diferencia.

En cuanto a las ventas, en estas dos novelas que autopublico algunas van cayendo, pero si vierais la liquidación anual que me envió Ediciones B… Quería morirme de la vergüenza, pero después alcé la cabeza y dije “qué cojones, el trabajo de venderla debería ser vuestro“.

A lo que voy. Ya que el esfuerzo de venderla va a ser tuyo y solo tuyo, ¿no sería  mejor tener la mayor cantidad posible de herramientas para facilitar la venta? Si la editorial te marca el precio, no vas a poder jugar con él para hacer ofertas o atraer lectores. Y si nos centramos en la versión en papel, suelen establecer un precio estratosférico, imposible de darle salida para un novato.

Y por último y no menos importante, ¿cómo vas a saber si lo que haces para promocionar una novela sirve si no puedes ver las ventas? ¿Cómo voy a saber si la acción que hago hoy es útil si no tengo datos hasta dentro de un año? Con Amazon tienes un registro diario de ventas, puedes saber exactamente si lo que hiciste un día tiene repercusión o no. Y eso te hace descartar unas cosas y potenciar otras, ahorrándote una bestialidad de tiempo y convirtiéndote en un vendedor efectivo.

Vender a través de editorial es como disparar con los ojos cerrados. Nunca puedes saber qué está funcionando y qué no. Y eso es vital para tu estrategia de ventas. Vital.

Nada más por hoy, espero que os sea útil y más adelante seguiré dando motivos por los cuales prefiero mi amada autoedición.
Un saludo, ¡nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

POR QUÉ NUESTROS POLITICOS NO TIENEN NI IDEA

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¿Cómo se siente uno cuando su derecho a voto se traduce en una incompetencia absoluta? La fallida investidura de Pedro Sánchez solo significa una cosa: el escaso conocimiento de nuestros políticos sobre el concepto de democracia. Me parece un horror que alguien (el que sea, no miro a un color ni a otro) diga que quiere gobernar solo sin tener la mayoría absoluta. Pero ojo, que más terrorífico me parece eso de gobernar con mayoría; muchos asumen que es necesario para la estabilidad, y temo por este pensamiento autoesclavista.

Pero como siempre, para hablar de temas controvertidos, le dejo el micrófono a dos personajes carismáticos de GÀTA que ya conocéis. En forma de pequeño relato, dejo mi pensamiento de por qué nuestros políticos están faltando a la democracia y el por qué de su incompetencia:

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Néstor regresaba de la batalla de Issos cansado, sin un centímetro de su piel que no estuviera barnizado por polvo o arena, y con el linotórax lleno de sangre, propia y ajena, que le mostraba a qué se reducían las personas cuando la fuerza se imponía a la lógica.

Cuando llegó al campamento griego, su amigo, el titán Ascanio, ya se encontraba allí, relajado y sin síntomas de agotamiento. No sabía cómo lo hacía, pero juraba que tras cada lucha, aquel hombretón rejuvenecía varios años. No le extrañaba que algún día tras un combate su profusa barba blanca retornara a sus colores juveniles.

—Desde luego, Ascanio, juraría que disfrutas de la guerra —dijo Néstor, agradeciendo poder quitarse la armadura y dejar el pesado hoplon en el suelo.

—Y lo hago. No, no me mires así. No me juzgues por amar algo que siembra de muerte los campos. Si adoro la lucha, es precisamente para poder sobrevivir a ella.

—Yo he sobrevivido a ella —dijo el jardinero Néstor señalándose a sí mismo, a una túnica empapada por el sudor—. Y te puedo asegurar que la amo más bien poco.

—No me refiero a la supervivencia del cuerpo —afirmó Ascanio tras una carcajada—. Me refiero a la de aquí. —El gigantesco hombre señalaba con el dedo índice a su sien—. Dime cómo se sobrevive a la barbarie si uno no decide que sea agradable para él… ¿Cómo se soporta?

—Pues teniendo un ideal, Ascanio, un objetivo por el cual merezca la pena tanta destrucción… —dijo Néstor, tras lo cual se tiró al suelo, rendido.

—¡Ja! ¡Un ideal! ¿Como cuál? —preguntó Ascanio, que había atravesado con su lanza los suficientes vientres idealistas como para saber en qué quedaban esas ilusiones.

—Como el de acabar con la tiranía persa —afirmó Néstor, replicando el discurso que había llevado a tantos griegos a la guerra.

—¡Pero qué estúpido! —dijo el grandullón, sentándose a su lado—. ¿Qué más da si es un sátrapa o un rey como Alejandro el que da las órdenes? El caso es que siempre alguien quiere mandar sobre los demás, siempre. Y eso, amigo, es tan verdad como que a mí los huevos se me ponen duros de la emoción cuando voy a la batalla. Y no sé cuál de las dos cosas es más repulsiva. La diferencia es que yo no oculto mis intenciones.

—¿Y la democracia ateniense? Ahí no hay imposición, sino consenso —opinó Néstor—. Que ese macedonio nos lleve a la victoria contra los persas, ya luego le enseñaremos lo que es un buen gobierno.

—¿Un buen gobierno la democracia? ¿Y qué es eso si puede saberse? Porque yo, que la sufro, no veo sus bondades por ningún lado.

—Joder, Ascanio, ahí al menos los magistrados que representan a los ciudadanos deciden entre ellos. Se hace lo que decide la mayoría de ellos y no hay una única voz autoritaria.

—Ah, sí, la bendita mayoría —masculló Ascanio. Su rostro comenzaba a mostrar los mismos gestos que cuando estaba a punto de entrar en batalla—. La tiranía de la mayoría.

—¿Qué dices? —replicó Néstor, un poco hastiado de tanta ofuscación.

—Mira, Néstor, esto es así de fácil. ¿Cuántos somos en nuestra tienda de campaña? Cuatro, ¿verdad? —dijo antes de que el jardinero le contestara—. Imagina que tres de ellos quieren comer faisán y uno de ellos pescado. ¿Qué habría que preparar para la pitanza?

—Pues faisán, que es la preferencia de la mayoría.

—Y el pobre del pescado, que se fastidie. ¿Es eso? —Néstor asintió con la cabeza para contestar—. Dices que la democracia es el gobierno de todos, pero en este caso tres le acaban de dar bien por detrás a uno. Se come faisán y punto, el que quiere pescado que se fastidie. Te digo que no deja de ser una tiranía, solo que de la mayoría.

—¡Pero no se va a comer pescado! —se quejó Néstor—. ¿Acaso quieres que sea uno el que fastidie a tres? ¡Ilógico! ¿No sería eso una tiranía de la minoría?

—¡Quiero que todos salgan ganando, joder! ¡Eso sería democracia! —exclamó el titán Ascanio gesticulando con sus enormes brazos—. Se come tres días faisán por cada uno de pescado. En proporción. Y así todos son tenidos en cuenta, cada uno en su representación. Que solo se puede una de las dos cosas, pues faisán, pero un buen político no es el que impone el ave, es el que intenta que haya tres faisanes por cada pescado, no sé si me entiendes. Y hasta que de sus tripas no se les quite esa mala idea de que su voz tiene que ser la de todos, no verán esta puta verdad ni se esforzarán por conseguirla.

Néstor se incorporó, puso su mano sobre el gran hombro de su amigo.

—Ascanio, compañero. Te prometo que la primera vez que te vi pensé que por tu enorme cuerpo no podrías valer para otra cosa que no fuera la lucha. Que te pongan una túnica de magistrado, por los dioses, si es que la hay de tu talla. Qué gran político se está perdiendo Grecia…

 

Si quieres saber más de las aventuras oficiales de estos dos amigos, puedes hacerlo en la novela GÀTA.
Nada más por hoy. ¡Nos vemos las instacaras en @icaro_jon!

 

 

ESTÁIS A TIEMPO – Lectura conjunta

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Hoy por fin hemos empezado la lectura online conjunta de El último gato vikingo, en la que os envío un capítulo (7-10 páginas) cada día o par de días y podéis comentar a vuestro libre albedrío para disfrutar de poder estar siguiendo el mismo libro y al mismo tiempo que los demás. Si queréis uniros, estáis a tiempo, solo tenéis que escribirme a jonicaroescritor@gmail.com para que os añada como contacto y podáis recibir los avisos y envíos.

En lugar de contaros de qué va la historia, os dejo aquí el primer capítulo a ver qué os parece. ¡Espero que os guste y os animéis a esta actividad!

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—¡Yo no quiero ese gato tan feo! ¡Arruinará mi matrimonio!

El animal, entre los musculosos brazos de su dueño, estiró las orejas, como si hubiera entendido las  palabras de aquella procaz muchacha y se sintiera ofendido. Niels acarició su peluda cabeza y se calmó. A pesar del rudo aspecto de aquel normando, había algo en sus manos que derrochaba ternura cuando tenía cerca alguno de sus felinos.

—No eres tú la que tiene que elegir al gato, sino el gato el que te tiene que elegir a ti —explicó Niels, intentando que el hastío no se evidenciara en su cara, aunque lo cierto era que este había ido perdiendo expresividad con el tiempo desde que había abandonado su carácter vikingo. Sus ojos claros como el cielo parecían vacíos, su rostro rectangular expresaba ahora más melancolía que fiereza.

La joven no pareció estar muy convencida con aquellas palabras, a juzgar por sus brazos cruzados sobre su escaso pecho de niña, su ceño fruncido y el movimiento nervioso de su pierna.

—¡Pero es que es horrible! —se quejó, añadiendo un bufido a su opinión.

Niels se vació en un suspiro. Tomó después una bocanada de aire que le supo a hierba y tierra, la que rodeaba aquella casa en medio del bosque. Permitió que el canto de las aves en el exterior le tranquilizaran. Dejó que la gatita bajara de sus brazos, algo que hizo rápidamente y sin poner oposición. Se asustaba fácilmente ante la presencia de extraños, así que se apresuró a saltar desde los brazos de su dueño para esconderse en las pajas secas que, bajo unas pieles, hacían de colchón.

—Está bien… —concedió el normando—. Seguidme, a ver si hay algo que la muchacha no encuentre “horrible” —dijo Niels, arrastrando la ironía con su última palabra.

—Eh, no es culpa mía que ese bicho no tenga más que huesos —se defendió la niña, haciendo que su madre mirara hacia otro lado, avergonzada—. ¿No ves que así mismo me quedaré yo si el animal no augura un buen casamiento? Eso hay que entenderlo.

Niels asintió con la cabeza, aunque en el fondo lamentaba que la muchacha no fuera capaz de ver la belleza interior de la pequeña carey desnutrida que seguro tenía en ese pequeño cuerpo enclenque una infinita felicidad que darle. Pero hacía tiempo que él había dejado atrás la inconformidad, la lucha constante, y no iba a ser una niña de catorce años la que desmoronara la paz que había encontrado en aquel hogar apartado en el bosque.

Salieron de la casa, una vivienda de madera, piedra y tepe, cuyo césped parecía camuflarla entre los robles de Normandía. Niels silbó varias veces, y de repente una manada de gatos salió corriendo hacia él. Aparecían desde todas partes, allí donde segundos antes habría sido imposible visualizarlos: bajo los arbustos, entre las rocas, en los agujeros de la senda… Una docena de felinos se posicionaron a los pies del normando, arañando algunos de ellos sus pantorrillas al levantarse para pedir su ración de pescado fresco.

—¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —exclamó la muchacha señalando a un ejemplar de típico gato nórdico cuyo voluminoso pelaje, a pesar de su corta vida, le hacía parecer el más grande del grupo.

—Pues es todo tuyo —afirmó Niels agachándose y cogiendo al peludo para entregárselo—. Que la diosa Freyja te transmita sus bondades a través de él y tengas un fructífero matrimonio.

Aunque Niels no mostró entusiasmo alguno con aquellas palabras, tanto la niña como su madre agradecieron la entrega del felino y le aseguraron que obtendría las pieles y alimentos acordados a cambio. Una vez se marcharon, el hombre cogió una de las vasijas apoyadas en la pared de su casa y derramó en una jarra algo de skyr, una especie de leche fermentada y salada que podía aguantar en condiciones saludables todo el invierno. Los gatos fueron corriendo al ver el recipiente e hicieron buena cuenta de su contenido.

Entonces, y solo entonces, Niels se dio cuenta de la presencia de un hombre apoyado en uno de los robles cercanos. Sin duda, había perdido sus capacidades como guerrero si no había sido capaz de detectarlo antes. Su sonrisa se estiró al reconocer a aquel visitante.

—¡Viggo! —dijo alzando la voz, y se aproximó hacia aquel hombre—. ¡Te creía en el Valhalla!

Una vez a su lado, este dejó de apoyarse en el tronco para extender el brazo y golpear amistosamente con su puño en el hombro a Niels.

—Me sorprende tanto que me creyeras en el salón de Asgard como que sigas pensando en él —opinó Viggo, como siempre mofándose de las antiguas creencias de su amigo.

—Ríete de mis pensamientos —dijo el normando mientras caminaban de vuelta hacia su casa—, pero para ti no habrá ni una gota de cerveza junto a los dioses por faltarles de esa manera.

—La misma cerveza que para ti, imagino —se defendió Viggo—. Si no me equivoco, solo se deja entrar al gran salón a los que mueren como guerreros en batalla. Y no te veo yo pereciendo en la gloria del combate.

Niels no accedió a sus provocaciones, ya le había costado a sí mismo convencerse de abandonar su faceta de guerrero como para que vinieran de fuera a martirizarle con ese asunto. Entraron a su humilde hogar en la montaña y le sirvió una buena cantidad de hidromiel en una jarra de gran tamaño, esperando que con la boca llena, su amigo bromeara menos. Bebieron sentados sobre dos tocones sin decir ni una palabra durante unos segundos.

—No —dijo finalmente Niels, rompiendo el silencio y sorprendiendo a su compañero.

—No, ¿qué? —preguntó Viggo mientras se limpiaba los restos de la bebida de su barba.

—A lo que hayas venido a proponerme, no.

Viggo rio, su raída melena negra se albarotó con el exacerbado movimiento corporal que le había provocado la carcajada y su rostro, un reflejo constante de la sospecha, se relajó durante un instante mostrando algo de simpatía.

—¿De verdad eres feliz entre tanto silencio? ¿No echas de menos los gritos de la batalla? —preguntó el hombre, dando por hecho que Niels era consciente de que si había ido a visitarle, era por algo relacionado con la guerra—. Mírate, Niels… ¿Un criador de gatos? ¿En serio?

—Los matrimonios necesitan incorporar a un gato a su hogar para asegurar un buen futuro. Sigue siendo costumbre aquí. Y yo les proporciono esos gatos, a cambio de alimentos y otros recursos —se justificó Niels—. Así me gano la vida.

—Así te ganas la vida, como bien dices, pero no la muerte…

—Dejemos a los dioses de lado, Viggo. Hace tiempo que ya no adoramos a los mismos. Centrémonos en las cosas que nos unen, y no en las que nos separan.

Viggo apuró su jarra, para Niels no pasó desapercibida la sombra que se apoderó de la mirada de su amigo.

—Más bien sí centrémonos en las que nos separan, Niels. En las que pretenden hacerlo para siempre, al menos.

—Te vuelvo a decir que no —repitió Niels, sabiendo que la conversación se dirigía a unos términos que no le iban a gustar—. A lo que sea, otra vez, no.

—Guillermo ya está aquí.

Niels resopló. Ni siquiera en las afueras de Caen, donde pretendía alejarse de toda lucha de poder, podía permanecer ajeno a aquella revelación. Una que, por otro lado, era tan temida como previsible.

—¿Y qué? Tarde o temprano acabaría volviendo, eso todos lo sabíamos, y el que diga lo contrario solo se ha estado engañando a sí mismo.

—Pues parecen haberse engañado muy bien, porque no veo yo que se hayan organizado debidamente para resistir su ataque. Ya no es un niño, Niels. Y más nos hubiera valido que nuestro duque no hubiera muerto en su viaje a… ¿cómo lo llaman? Ah, sí, Tierra Santa.

—¿Acaso es necesaria la muerte de un duque para que nos lancemos los unos a los otros tras un muro de escudos? ¿Desde cuándo necesitamos una excusa para batallar? —Viggo sonrió ante ese comentario con el que Niels solo pretendía mostrar la estupidez de su pueblo—. Me pregunto si los intentos de asesinar al joven Guillermo, y no los justifico, no habrían sido un acto de justicia para evitar una guerra mayor en la que otros tantos niños como él morirán —afirmó Niels, que para permanecer ajeno a la política, estaba bastante bien informado. Bostezó para mostrar la galbana que le causaba hablar de esos temas.

—Sea como fuere, ya se nos viene. Y bajo buen cobijo. Cuentan que el rey francés le ha conseguido un buen ejército.

—Pues que os aproveche la lucha —afirmó Niels esquivando la mirada de su amigo; todavía no había conseguido desprenderse completamente de la vergüenza que suponía renegar de la lucha para un guerrero. Inclinó la cabeza para que su larga melena dorada, al menos la que no había afeitado en los laterales de su cabeza, le cubriera el rostro.

—¡Pero Niels! —replicó Viggo alzando la voz—. Al final va a ser verdad eso de que te has vuelto demasiado tierno, que la vida plácida aquí en el monte te ha ablandado los huesos…

—Poco me importan a mí los intereses de reyes y duques. Si Guillermo vuelve, bienvenido sea. Si cae para regocijo de las alimañas que le quieren devorar sus nobles tripas, pues también. El sol seguirá saliendo por el mismo lado todas las mañanas.

—Veo que no eres consciente, que el sonido de los pájaros se te ha metido en la cabeza y poco o nada te queda ahí dentro —dijo Viggo golpeando ligeramente con su taza en la frente de Niels—. ¿Pero dónde está tu orgullo del norte? Puede que esta sea la última lucha por el honor de los que vinimos del frío.

—Y me entusiasma tanto como la primera —afirmó Niels con un deje de hastío en su voz.

—Ya, quieres una motivación. Veo que la necesitas, al menos. —Viggo se quedó pensativo unos segundos. Dio un trago e hizo gárgaras con el líquido. Después se lo tragó—. Te diré entonces dónde está Kaysa.

—¡No sabes dónde está ella! —se quejó Niels, como un resorte. Su mirada, vacía casi todo el tiempo, reflejaba entonces la amargura que le producía ese nombre—. No sabes de ella más que yo, que embarcó para no volver…

—¿Y si tuviera nuevas noticias?

—¡No las tienes! —Niels bufó—. Y si las tuvieras, me las habrías dado sin condiciones, porque eres mi amigo.

Viggo asintió. Eso era cierto. Sabía que era de muy mal gusto chantajearle con algo relativo a esa mujer.

—Desde luego que te ha dejado quebrado, roto del todo… —susurró Viggo.

—Deja de hablar de ella.

—Está bien, está bien… —Viggo se dio a sí mismo unos segundos más para pensar. Otras gárgaras. Otro trago. Vio revolverse a la pequeña carey en las pajas del catre y tuvo una idea—. Esos franceses son cristianos, y Guillermo ha estado mamando demasiado de sus cruces. ¿Sabes lo que eso significa?

—Que el rey Enrique lo utilizará para asentar el cristianismo en Normandía, me imagino. Y a mí, te repito, poco me importa eso.

—¿Sabes lo que hacen los cristianos con esos gatos que tanto adoras? Dicen que son enviados del demonio y los queman en las hogueras. —Viggo pudo percibir el interés que habían provocado en Niels esas palabras, sabía que había encontrado algo con lo que negociar—. Y con tanto pelo, arden bien, te lo aseguro.

—¿Y por qué harían eso?

—A mí que me dices. Tienen esa falta de cordura necesaria para creer en su Dios. La misma que tú para creer en los tuyos. Por eso, yo, ni lo uno ni lo otro. Pero ellos, que no tienen culpa de nada… —dijo señalando a la gata. Niels suspiró—. No lo hagas por ti. Ni por Normandía. Pero hazlo por ellos. No te dejarán criarlos si ganan la batalla. Y además te quedarás sin trabajo.

—Podré buscarme otro trabajo.

—Pero no ellos —aseguró Viggo, sabiendo que con los gatos había tocado hueso—. Hazlo por esos pequeños tuyos, Niels. Yo no entiendo tu aprecio por ellos. Nadie lo entiende. Y por eso, si no eres tú, nadie los protegerá, ¿sabes? ¿Vas a abandonarlos?

Niels volvió a bufar. Por muy poca lógica que tuviese, podía ser que por esos pequeños peludos en los que se había refugiado para recuperarse mentalmente, valiese la pena volver al campo de batalla. Ellos le habían salvado una vez de la locura absoluta. ¿Acaso no era ahora el momento de devolverles ese favor?

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