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Jon Ícaro

Blog del escritor Jon Ícaro

ATLANTIS – Mi fe de erratas particular

 

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Rectificar es de sabios. Y yo no sé si estas palabras me harán tener más sabiduría, pero sí sé que me harán más honesto, que creo que es a lo que todos deberíamos aspirar, independientemente de nuestra sapiencia. Hace un tiempo relaté mi inconformidad respecto a Atlantis, editorial con la que tuve contacto y cuyas condiciones, en su momento, consideré irrespetuosas con los autores.

Hace poco tuve el placer de contactar telefónicamente con su editor en lo que para mí fue una esclarecedora conversación cuyas reflexiones me gustaría comentar.

En primer lugar, recibí explicaciones sobre los puntos que criticaba en mi entrada del blog, conociendo la parte que yo ignoraba (nunca hay que obviar la versión de los hechos de todas las partes implicadas, craso error que no volveré a cometer) y que me hizo comprender varias cosas. Además, en los aspectos en los que mi discurso tenía coherencia (en mi opinión) encontré justificaciones para no ser tan puntilloso con mis pensamientos.

Nadie es perfecto y todos somos parte de un proceso de aprendizaje. Yo mismo no me considero el mismo escritor que cuando empecé y también sería injusto juzgar a los demás por un pasado del que, además, se han sabido servir para mejorar. También sé, ahora, que es injusto atacar un sector que, a día de hoy, se está convirtiendo en un verdadero superviviente como es el de las editoriales. El de vender libros es un negocio difícil, y las condiciones que las editoriales imponen a sus autores no son más que el resultado de una presión empresarial bestial a la que se ven sometidas.

Todo esto es una cadena en la que editorial y autor deberían actuar como dos fuertes eslabones si no quieren ceder ante las duras presiones comerciales. Los autores nos quejamos, a veces sin conocimiento de causa, y la guerra entre editorial y escritores no favorece a nadie. La vida es equipo, y mal vamos si no somos capaces de entenderlo.

Yo he defendido (y defiendo) la autopublicación porque siempre he visto una barrera entre la parte más técnica y comercial (la editorial) y la parte más idealista y romántica (el autor). Versiones que, lejos de ser incompatibles, ganarían en conjunto como cooperantes, una materializando el producto y la otra impregnándole la ilusión necesaria para que este despegue.

Pero nunca he visto esa cohesión, siempre he interiorizado que para la editorial somos números, que nuestros libros son tiros al aire con la esperanza de que alguno se rentabilice alcanzando objetivos numéricos. Nunca he visto a un editor decirle a un autor “tío, vamos a ver qué está pasando, qué tal si probamos esta cosa o esta otra a ver si funciona, en lugar de relegar un libro que no vende al olvido (tras su estallido inicial con las ventas aseguradas a los seres cercanos). Es más fácil probar otro libro a ver si pega el pelotazo,  que al menos asegure unas ventas post-lanzamiento en lugar de arropar las causas perdidas.

Quizás es que deba de ser así, que son cosas del negocio y su funcionamiento. Y lo entiendo. Pero para nosotros, nuestros libros son algo más. Esperamos de la editorial que nos apoye con su experiencia comercial, que nos guíe y nos anime. Fíjate que en alguna ocasión he puesto como único requisito a una editorial para firmar un contrato un PDF mensual con las impresiones editoriales de por qué creen que unos libros están funcionando mejor que otros (el marketing se renueva a diario y su posición en la vanguardia comercial les proporciona unos datos analíticos que bien enfocados se pueden convertir en un tesoro para cualquier autor), y nunca se ha tenido en cuenta mi opinión. O, yo qué sé, también podrían crear grupos con los autores en los que se trabaje el networking de manera rutinaria y efectiva, establecer acciones de equipo en redes sociales, eventos cruzados…

La sensación final que le queda a uno es la falta de cariño hacia el autor. Me falta esa conexión. Si al final soy yo el que me tengo que labrar el éxito sin ayuda, pues aquí a lo “Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como“. Porque, encima, si no vendes, el fracaso es tuyo como autor. La falta de autocrítica respecto a que el equipo no ha funcionado me duele en el alma.

He de decir a modo conclusivo que en la voz del editor de Atlantis había algo que me transmitía que esa fría barrera entre autores y editores que comento podría quebrarse, y me sentí obligado a la reflexión que he intentado plasmar aquí. Queda en mi memoria tras aquella conversación el eco de la esperanza de que un día, autores y editores dejemos de lado las exigencias, no seamos tan críticos los unos con los otros y aunemos deseos y objetivos actuando como un verdadero equipo. No veo otra solución a un mundo comercial tan complicado.

¡Nada más por hoy!

 

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CAÓTICO NEUTRAL se hace sonar

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Una rotura de ordenador me ha dejado fuera de juego esta semana. Ahora que me lanzo a la ciencia ficción, es la tecnología la que se burla de mí. Pero ya estoy de vuelta con ganas de empezar a mostraros cositas de CAÓTICO NEUTRAl, historia que me está llenando de ilusión y que estoy deseando empezar a compartir con vosotros.

Así que, os dejo con esta primera toma de contacto y me callo, que no quiero extender esta entrada.
¡Nos vemos las caras por instagram-png-instagram-png-logo-1455 icaro_jon, donde hoy podéis ver mi CaTech particular!

 

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—El concursante que consiga distinguir entre el animal real y el sintético, ¡se lleva un CaTech a casa!

La sala principal del Centro internacional de conferencias de Kioto fue invadida por una algazara desmesurada generada por los dos mil asistentes que manifestaban, con gestos evidentes, que querían ser seleccionados para aquel desafío. A la empresa AnimaTech no le había costado conseguir hacerse con un hueco en aquel famoso recinto de exposiciones, ni siquiera en las dificultosas fechas navideñas. Las asombrosas ventas de su artículo más popular, un robot felino extremadamente parecido al animal real, había colocado a la marca en una posición comercial ventajosa respecto a sus competidores.

—Solo uno de los dos es nuestra magnífica mascota autómata —continuó el conferenciante señalando a los dos gatos que había sobre la mesa situada en el escenario—, el otro hace sus necesidades ensuciando la casa, rompe las cortinas y, muy a pesar de sus dueños, enferma y muere.

El hombre hacía hincapié una y otra vez en las desventajas de una mascota biológica, buscando los puntos de dolor de sus posibles clientes. Aquellos aspectos poco deseables habían sido eliminados en los productos animados, lo que había disparado las ventas.

—Y ahora, nuestro sistema de detección de deseos elegirá al primer participante —anunció el comercial señalando al público—. Ya sabéis, ¡tenéis que desear el CaTech con todas vuestras fuerzas si queréis ser elegidos!

Los niños se alzaban de sus asientos con los dos brazos apuntando al cielo pidiendo ser seleccionados, gritaban hasta dejarse la voz. Los que entendían cómo funcionaba el sistema de selección cerraban los ojos, se concentraban, se imaginaban a sí mismos junto a la preciada mascota animada, amándola sin condiciones.

El cañón láser comenzó a girar y los gritos se desplazaban a las zonas a las que la luz se iba dirigiendo. Aquel dispositivo medía a distancia la actividad de la amígdala, del núcleo accumbens y del área tegmental ventral de Tsai y hacía un cálculo aproximado de cuánto anhelaba cada individuo aquel artículo mediante la activación del sistema cerebral de recompensa. Finalmente, se detuvo iluminando con un puntito azul la frente de un muchacho de unos siete años que apartó su flequillo castaño para demostrar que el láser le apuntaba a él y solo a él.

El chico subió al escenario acompañado por dos hermosas azafatas que recibieron lascivas miradas por parte de aquellos padres que solo estaban allí por la insistencia de sus hijos, por el interés desmedido que los chicos tenían hacia los famosos artículos de AnimaTech.

—Hola, chico —saludó el ponente ayudando al niño a subir—. ¿Cómo te llamas?

—Marcus —contestó el chaval tímidamente, con su mirada fijada en los dos animales que había sobre la mesa.

—Así que deseas llevarte uno a casa, ¿eh? —expuso el orador haciendo que su voz se multiplicara a través de unos altavoces que se modulaban de manera automática, aumentando o disminuyendo su volumen en función del ruido ambiental que había en la zona en la que proyectaban el sonido—. Pues solo tienes que decirme cuál de estos dos es el real y cuál es un CaTech. Ánimo, chico. ¡Elije bien!

El pequeño Marcus se acercó un poco más a la mesa y estiró el brazo intentando acariciar a los gatos. Ambos respondieron de la misma manera, alejándose de la mano que se acercaba como medida preventiva. Animal y robot retrocedieron moviendo las mismas partes del cuerpo, se separaron del niño los mismos centímetros y echaron hacia atrás las orejas con la misma intensidad. Era imposible diferenciarlos a simple vista. El pelaje, los movimientos, la mirada… Eran exactamente iguales, lo que hizo que el chico mostrara una ligera mueca de frustración, consciente de la dificultad de diferenciarlos.

Pero Marcus deseaba un CaTech por encima de todas las cosas. Ya había visto a través de Internet más de una de aquellas conferencias y había preparado su estrategia. Sacó de su bolsillo un caramelo para gatos, hecho con pollo y buey, y lo puso sobre la mesa. Lo había comprado de camino a la conferencia como parte de su estratégico plan. La necesidad de alimentarse haría que el gato real se lanzara contra el alimento más rápidamente, motivado por su instinto.

Las dos figuras, biológica y robótica, respondieron de manera idéntica. Se movieron con los mismos pasos, a la misma velocidad, se gruñeron y retrocedieron asustados con los mismos gestos. Los circuitos tecnológicos reproducían la respuesta natural con exactitud. Era imposible decidir cuál era el real y cuál no…

—Parece que estás en una situación complicada, Marcus —afirmó el conferenciante, que se alegraba del éxito de aquella muestra enmascarada en forma de prueba. Estaba demostrando la eficacia del artículo—. ¿Cuál piensas que es el CaTech?

El muchacho negó con la cabeza, derrotado. No sabía qué criterio utilizar para descubrir al autómata. Finalmente, asumió que lo más sensato era dejar hacer al azar. Señaló a uno de los dos felinos esperando que el cincuenta por ciento de probabilidades de ganar fueran suficientes.

El ponente sacó un mando del bolsillo y apretó un botón. Uno de los dos gatos se desactivó, cayó inerte sobre la mesa. No era el que Marcus había seleccionado.

—¡Oh! —dijo el presentador. El lamento se hizo generalizado por toda la amplia sala—. Has fallado. Has señalado al gato real… —El hombre se agachó para estar a la altura del chico—. No has tenido suerte, Marcus…

—¡Es que son iguales! —se quejó el niño cuando el hombre puso el micrófono cerca de su boca—. ¡Era imposible diferenciarlos!

—De eso se trata. —El ponente se levantó, preparó su garganta para escupir las siguientes palabras con fuerza y asertividad—. ¡Son iguales porque AnimaTech es el líder mundial en recreación de mascotas! Pero no te preocupes, Marcus. Yo sé lo tanto que deseas ese CaTech, y por eso tus padres tendrán un treinta por cien de descuento si desean adquirirlo, ¡y todo gracias a tu participación!

El rostro de Marcus cambió ligeramente. Los labios invirtieron su tendencia mostrando una ligera sonrisa. No había conseguido lo que deseaba, pero al menos sus padres no iban a pagar tanto para conseguirla. Volvió a su puesto pensando que aquel descuento sería suficiente para convencer a sus progenitores de que se lo compraran, y eso hizo que su pequeño cuerpo se llenara de alegría mientras bajaba del escenario.

En el lado opuesto, en la última fila del sector más a la izquierda del escenario, Burt Farewest no escondía su aburrimiento mostrando un bostezo que hacía crujir su mandíbula. Si el láser hubiera medido la actividad de su sistema cerebral de recompensa, habría ofrecido números negativos.

—Muy bien, queridos asistentes —continuaba diciendo el ponente—, en unos minutos habrá una nueva oportunidad para otro participante. Pero antes, se abre un turno de preguntas para el que necesite resolver alguna duda sobre nuestro maravilloso artículo. Recuerden que, si desean preguntar cualquier cosa, solo tienen que apretar el botón azul del apoyabrazos de su asiento. Si desean realizar una compra, solo tienen que apretar el botón rojo, porque… ¿Qué me están diciendo a través de la comunicación interna? ¡Oh! ¡Tenemos otro minuto de oro! Recuerden, ¡pueden comprar dos unidades al precio de una si aprietan ese botón en los siguientes sesenta segundos!

Era el momento en el que los hermanos solían mirarse con gestos cómplices, pues sus padres aprovechaban la oferta para poder comprar un CaTech para cada uno de ellos. En la gran pantalla tras el escenario comenzó una cuenta atrás con números luminosos que estimulaban el sistema nervioso para facilitar la venta.

Burt apretó el botón azul. Estaba deseando intervenir en la conferencia. Cuando el temporizador acabó su función, comenzó el turno de preguntas. Al parecer, se le habían adelantado con el pulsador, pues el asiento que se había iluminado no era el suyo.

—Sí, buenas tardes —dijo una mujer de larga cabellera rubio platino unas filas por delante de él. El micrófono retráctil de su asiento emergió para concederle la palabra—. Dice usted que estos animales nunca mueren, pero imagino que se pueden romper por un golpe o por el paso del tiempo. ¿Qué tendríamos que hacer en ese caso?

—Sepa usted que los CaTech —comenzó a explicar el ponente— disponen de un sistema de reparación automática que hace que sean prácticamente irrompibles. Y, además, este sistema está diseñado para que el arreglo sea equiparable a una herida real. Es decir, si se le rompe una pata, y lo hará en la misma medida que un gato real ya que su resistencia está diseñada para que sea semejante a un conjunto biológico, se irá reparando a sí mismo a la misma velocidad que lo haría una rotura biológica. Así, no se pierde la valoración real de tener una mascota sana ni la alegría de ver cómo va dejando de cojear. Eso sí, no tendrá que llevarlo a ningún veterinario, ¡imagínese el dinero que se ahorrará con ello! No me puedo creer a los que dicen que un CaTech es caro… ¡A la larga es increíblemente económico!

Burt se revolvía en su asiento, esperando su oportunidad. Sin embargo, aún tendría que esperar una intervención más.

—¿Hay alguna posibilidad de que se vuelvan agresivos o algo así? —preguntó otro de los asistentes, un tipo de esos que tendían a vestir trajes de polímero reciclable y cuyo apego a todo en la vida les hacía pensar que toda preocupación por la integridad de sus hijos siempre era poca—. Quiero decir, ¿puede algún cortocircuito convertir estos juguetes en bestias peligrosas?

—¡No! ¡No! ¡En absoluto! ¡Todavía no hemos visto ninguna versión psicópata de nuestros CaTech! —bromeó el ponente—. Todos los circuitos tienen las resistencias necesarias para evitar ese estado de excitación eléctrica requerido para que la mascota robótica muestre ese nivel de agresividad.

—¿Y qué pasa con el amor que recibimos de los animales? ¿Cómo se evita esa sensación tan fría de estar junto a un robot? —preguntó otro asistente. Esa interrogación sí que llamó la atención de Burt, que se preguntaba cómo abordaría el ponente ese dilema.

—Buena pregunta, amigo. Buena pregunta… —dijo el orador intentando ganar algunos segundos para reflexionar—. Me complace informarle de que, al contrario de lo que se pueda pensar, el amor que se recibe de estas mascotas animadas es aún mayor que el que se puede obtener de un gato real. Sí, sí. No me miréis así. Las muestras de cariño de un gato biológico no son más que tretas, artimañas, conductas innatas que están codificadas en su ADN para ganarse el cariño de las personas, con el objetivo final de recibir a cambio el alimento que necesitan. Pues resulta que esas conductas están programadas también en los CaTech para que las copien. ¡Y no solo para que las repliquen! Están afinadas de tal manera que harán que muramos de amor por ellos. Además, ¿cuántas horas duerme un gato al cabo del día? En los CaTech podemos programar su horario de actividad, de tal manera que se ajuste a nuestros horarios laborales o escolares y podamos recibir esos gestos amorosos cuando estamos junto a ellos.

El asiento de Burt se iluminó. Por fin había llegado su turno. Un micrófono se desplegó en uno de sus laterales. El asistente hizo una pausa para asegurarse de que todos le escuchaban. Estaba seguro de que su duda iba a ser más polémica que la cuestión anterior.

—¿Y qué ocurrirá con los gatos reales? —preguntó, al parecer sin ser comprendido. El silencio generalizado mostraba que no se había entendido bien qué era lo que estaba preguntando.

—¿Se refiere a cómo se relacionan los CaTech con los felinos biológicos? —preguntó el conferenciante, que al parecer tampoco había comprendido muy bien la cuestión—. Se compenetran estupendamente. Se adaptan a ellos como si fueran uno más de la manada. Le voy a decir más… Nuestro artículo es capaz incluso de domesticar a los gatos reales, de adiestrarles en según qué tareas o costumbres mediante la imitación.

—No me refiero a eso —interrumpió Burt Farewest—. Lo que pregunto es cómo pueden afectar esos gatos robóticos a los felinos reales en general. ¿Lo ha pensado? ¿Qué ocurrirá si el ritmo de ventas se mantiene? Se lo diré yo, que sí que he estado divagando sobre ese asunto. Se extinguirán. Así de sencillo. Si esos artículos, a los que usted venera, siguen instalándose en los hogares, desplazarán a los seres vivos que, en primera instancia, sufrirán un abandono en masa hasta que, dolorosamente, reduzcan su población y desaparezcan.

—Bueno… No lo sé… —titubeó el orador, que era la primera vez que se encontraba ante tal dilema—. Es evidente que las personas prefieren un CaTech por sus prestaciones y comodidades… —Ante la duda, el manual del comercial obligaba a exaltar las bondades del artículo—. Pero siempre habrá nostálgicos que prefieran una mascota vintage.

El hombre rio ante su ocurrente comentario. Buscaba utilizar la carta del carisma para salir vencedor de aquella batalla dialéctica.

—Lo que dice no tiene ni la más mínima gracia —atacó Burt, tensando el ambiente—. Se está riendo de una posible extinción. Eso muestra la nula moralidad de la que se hace servir AnimaTech.

—Caballero, hace tiempo que no se utilizan burros para tirar de los carruajes —replicó el vendedor—. Imagino que ha venido usted en automóvil particular. Y no veo que los asnos se hayan extinguido… porque al parecer estoy dialogando con uno de ellos.

El público se rio de nuevo y aplaudió el comentario del conferenciante. Burt chistó, pero no se pudo escuchar su quejido ya que su micrófono volvió a su posición inactiva, privándole de poder replicar. Se levantó, enfurecido, y se marchó de lo que consideraba una reunión de descerebrados afectados por la necesidad imperiosa de poseer las últimas novedades en todo a su alcance.

—En serio, no sé cómo la gente puede hablar mal de estas maravillas. —El comercial cogió el gato autómata y lo alzó sobre su cabeza para ponerlo en una posición superior a todos—. CaTech ha sido creado para proporcionar una magnánima experiencia para aquellos que quieran hacerse con él e incorporarlo en sus vidas. Así que, insistimos, no pierdan esta oportunidad de…

Un terrorífico estruendo inundó la sala impidiendo que el orador acabara de hablar. Un destello que dañaba la vista había surgido del CaTech que el conferenciante mantenía en sus manos antes de que aquella sobrecogedora explosión incendiara el recinto. Los asistentes de las primeras filas no habían tenido tiempo de ser conscientes de lo que había ocurrido, pues habían muerto en el acto por la detonación. Los posicionados más atrás mostraban quemaduras de tercer grado en gran parte de su cuerpo y algunos de ellos podrían salvar la vida si eran atendidos con rapidez. Los situados más atrás no tenían daños más allá de los tímpanos reventados y un dolor de cabeza espantoso. El pánico y la desorientación alimentó el terror que se había instalado en la sala, que se había convertido en un escenario dantesco de muerte y dolor.

Los equipos sanitarios y de seguridad intervinieron, pero eso no evitó que finalmente hubiera casi un centenar de fallecidos y más de doscientos heridos.

No era la primera vez que una bomba estallaba en una exposición de AnimaTech. Un mes antes, un suceso similar había ocurrido en Metz. El ataque entonces, como se aseguraba que sería en esta ocasión, estuvo firmado por un grupo rebelde de extrema ideología ecologista: Caótico Neutral.

REENBERG SE DESPIDE A LO GRATIS – Descarga “El sanador del tiempo”

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Conforme me acerco al final de la edición de Caótico neutral tengo más claro que se abre una nueva etapa para Jon Ícaro. De repente, todo empieza a cuadrar, a fluir, el trabajo se corresponde con los resultados y la ilusión se viste de satisfacción. Caótico neutral es un nivel más, es otra cosa. Es, por fin, una obra que pienso defender a muerte.

Uno sabe que está un escalón más arriba cuando mira atrás y tiene que agachar la cabeza para poder hablar con su pasado y poder decirle: amigo, qué bueno fue cruzarnos en esta vida, pero te estás haciendo viejo. Romero, romero, que salga lo viejo y entre lo nuevo, que diría una variante del sabio refrán.

Jamás renegaré de El sanador del tiempo, mi primera aventura literaria. Uno nunca se olvida con quién perdió la virginidad. Los latidos de felicidad que me ha regalado quedan para siempre en el recuerdo. Pero es hora de decirle: adiós, gracias por todo el aprendizaje que me has dado, por darme la oportunidad de conocer el mundo editorial, por los ángeles con forma de persona a los que he llegado a través de ti y por todos esos pequeños momentos que han hecho que mi vida sea un poquito más grande. La de sentimientos que caben en unas páginas.

No obstante, en un último reconocimiento y para alargar su función en mi vida literaria, recurro a esta obra una vez más antes de dejarla a la deriva del espacio-tiempo. Voy a ofrecer gratuitamente la versión digital del libro (en PDF y ePUB), que se puede descargar ya libremente desde la página Web, con un doble objetivo. Por un lado, celebrar su despedida aumentando la accesibilidad a la obra y que nadie que tenga interés en leerla se quede sin ella. Y por otro, servir de enlace para facilitar la salida del nuevo proyecto. Si alguien quiere, le apetece, lo considera justo y le gusta la historia y quiere que Jon Ícaro siga escribiendo, puede donar 1 euro a través de Paypal a cambio de la descarga que será invertido en la edición y publicación del nuevo proyecto Caótico Neutral. Así, una obra se abandona, pero su fin cobra sentido ayudando a florecer a una nueva. Ni que decir tiene la felicidad que le da a uno ese apoyo en ese trabajo tan vocacional (y a veces desesperante) que es editar y publicar un libro.

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Y  nada más por hoy, seguiremos hablando de esta renovación literaria.
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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? – Reseña

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La sed de clásicos del cine de ciencia ficción ha invadido mi biblioteca particular, así que sigo redimiéndome también a golpe de literatura. Y, de esa montaña de libros de los que uno se avergonzaría de decir que no ha leído, en esta ocasión me decidí a abordar el de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Curioso el título de Philip K. Dick (normal que lo cambiaran por Blade runner tras su adaptación a la gran pantalla) para esta novela breve que, escrita en 1968, sigue siendo un referente en la ciencia ficción (y en la filosofía) actual. A estas alturas creo que no es necesario explicar el argumento de tan conocida obra, que gira en torno a Rick Deckard, un cazador de bonificaciones que ha de retirar (eufemismo de aniquilar) a una serie de peligrosos androides defectuosos.

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La prosa no se anda con rodeos bajo ningún concepto, y para mí esa es una seña de identidad del texto. Sin ninguna intención de extenderse ni de explicaciones pesadas, Dick consigue una atmósfera y una inmersión exquisita. Como si cada palabra valiera oro y mediante el uso de limitados aspectos futuristas como coches voladores, cajas de empatía o tubos láser, se obtiene una ambientación exquisita a la par que se consigue una lectura amena y agradecida. Optimización literaria, que se diría, y que yo valoro mucho.

Este estilo tan escueto causa, por otro lado, una sensación de frialdad en la lectura ya que el dramatismo brilla por su ausencia. Ni los giros de guion ni las escenas más sentimentales muestran sentimentalismo alguno. En cuanto al aspecto sensacionalista, la narración es muy superficial. Tampoco se enmaraña en los aspectos más profundos como la duda del propio Deckard sobre si él mismo es un androide o el tormento de acabar con la existencia de seres con cualidades humanas. Las cosas suceden, y punto. Contrasta por ello con las profundas reflexiones a las que invita la aventura. Allá el lector con lo que quiera extraer de esta aventura.

¿Se podrá crear en un futuro androides de tan alta calidad que sea casi imposible diferenciarlos de un humano? ¿Cuál es el límite entre la vida biológica y la artificial? ¿Si se consigue replicar las conductas, los anhelos y las sensaciones humanas en un robot podría alcanzar el autómata la condición humana? ¿Destruir a una máquina que sueña y sufre y que desea seguir viva debería conllevar implicaciones éticas y legales? El planteamiento de esas cuestiones son las que han llevado a la obra a convertirse en leyenda, pero realmente el texto no las aborda en sí. La deja en el aire con tal suavidad que a veces pienso que toda la montaña filosófica a la que ha dado lugar ha surgido más por los obsesivos análisis posteriores de los lectores que como la verdadera intención del autor.

Sea como fuere, es agradable disfrutar de una novela ligera, plana en su argumento, pero que va dejando un regusto conforme se avanza en ella que hace que uno, en la medida que esté dispuesto a sumergirse y a ponerse en la piel de cada uno de sus personajes, pueda ponerse en situaciones que rayan el más puro existencialismo.

Siempre tiendo a pensar que las grandes obras de la literatura están sobrevaloradas. También creo que cuando fue escrita, en ningún momento se pensó la repercusión posterior que podría tener. En principio, casi podría cometer la herejía de incluir esta historia en ese tipo de lecturas que nombraba no hace mucho y que decía que eran de digestión rápida. Sin embargo, aquí sigo todavía con partes de ella en el paladar, rumiándola, y esa metáfora creo que es lo mejor que puedo utilizar para expresar mi experiencia con este clásico de entre los clásicos.

Nada más por hoy.
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STAR WARS La amenaza fantasma – Crítica

Sigo en modo cualquier tiempo pasado fue mejor y, a golpe de palomitas hechas con aceite y olla para acrecentar la nostalgia, me lanzo a por otra saga de ciencia ficción clásica: Star Wars. “La” saga, que dirían muchos. Vaya por delante que pienso que Star Wars es un universo sobrevalorado. No por su calidad, que es extraordinaria, sino por todo el fanatismo que le rodea y que hace que sus fieles defensores hinchen su valía.

Para enfrentarme a esta saga he decidido optar por el orden cronológico según los hechos. Es decir, que empiezo por el Episodio I: La amenaza fantasma, aunque se estrenara veintidós años después de la cinta con la que comenzó todo. En 1999, George Lucas decidió regalarnos una nueva trilogía de su conflicto galáctico, y para ello retrocedió en el tiempo a los hechos anteriores a La guerra de las galaxias de 1977.

He de decir que La amenaza fantasma fue la película con la que yo, siendo casi un adolescente, descubrí Star Wars. Y como bien es sabido que suelo impregnar mis críticas con mis vivencias, puede que esta querencia se deje notar en las próximas líneas. Desde ya aviso también que, sin meterme de lleno en su argumento, algún que otro spoiler caerá durante la crítica.

Dioxis

La amenaza fantasma comienza con dos caballeros jedi enviados a negociar con la Federación de Comercio por su bloqueo económico al planeta Naboo. Allí se encuentran con que el único interés de la Federación en dialogar es a golpe de droide. Echo de menos algo más de política en esta parte. Cuando era un aspirante a adolescente, eso me importaba más bien poco, pero en esta ocasión siento que falta algo más de teoría sobre la Federación y la República, algo de riqueza al contexto de un mundo que pretende emular una jerarquía premedieval.

Es cierto que a estas alturas venimos de ver las secuelas y que ya somos expertos en el universo Star Wars, pero algo de politiqueo y de muestra de intereses de unos y otros le habría dado un punto de madurez a la historia. Tal como se exponen los hechos, pareciera que solo interesa decir que estos son los buenos y estos otros los malos.

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Y así las cosas, en la huida de los jedi ante la respuesta violenta a la negociación, con la reina de Naboo a cuestas para buscar auxilio en la República, una avería en la nave les obliga a detenerse en Tatooine, un planeta al margen de la leyDestaco aquí la estética del Nubian que les llevá al planeta, así como de los cazas estelares N-1. Me encantan las naves de esta película con ese aspecto puntiagudo. De hecho, la parte gráfica es sin duda uno de los aspectos clave de esta saga, con unos diseños de naves, ciudades y personajes en los límites de la creatividad humana (no quiero quedarme aquí sin nombrar el aspecto gráfico de la ciudad Gungan submarina). Ojo, que muchas películas han intentado copiar este desbordante diseño de color y formas pero ninguna ha alcanzado la popularidad de Star Wars.

Pero si volvemos al argumento, esta primera parte a mí me parece lenta y con poco aporte considerable. Ya sabéis lo que opino sobre los niños elegidos en general y en ese toque mágico que les convierte en héroes (o antihéroes) per se. Por eso, la estancia en Tatooine se me hace insulsa a pesar de su importancia en el resto de películas. Eso sí, para la memoria de toda la saga quedan esas espectaculares carreras de vainas, otra demostración creativa de por qué amo la ciencia ficción, por su capacidad de inventar esas escenas que nos hacen tocar con los ojos lo imposible.

Ya en Coruscant y frente al Senado, la reina Amidala de Naboo se encuentra con el muro de la corrupción. También hecho de menos aquí un recurso que podría haberse explotado con una gran riqueza argumental y que podría aportar giros creíbles e inesperados, pero se pasa demasiado por encima, se queda como una simple excusa, otro parche forzado, esta vez con el mensaje de señorita Amidala, tú te lo guisas y tú te lo comes.

gungan

La reina vuelve a Naboo para enfrentar a la Federación y llegamos así a la parte final de la película donde todo cobra sentido. Star Wars es, ante todo, cine de acción, y aquí se justifica la falta de un desarrollo mayor de la trama y con creces. En la última parte de la cinta, aparece lo que será una tríada recurrente en toda la saga: batalla terrestre, batalla espacial y combate jedi.

En cuanto al enfrentamiento campal, los Gungan plantan cara a los droides de la Federación en una batalla con estrategia simple (los Gungan basan su defensa en el escudo de energía que una vez destruido, si te he visto no me  acuerdo), pero con un tremendo acabado visual y con un orden que permite seguir los acontecimentos con claridad, algo que ya quisieran muchas de las batallas a gran escala representadas en el cine.

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El combate espacial, en mi opinión, algo más flojo. Más allá de que los N-1 me tienen ganado por su simpleza estética, la batalla se decide por un golpe de suerte demasiado rebuscado. Un poco forzadas las actuaciones de Anakin, en mi opinión. Del personaje digo, no del actor. En conjunto, el reparto se comporta de manera magnífica, siempre digo que cuando un actor hace creíble una trama de ciencia ficción, no se le puede pedir más. Aunque en mi corazón siempre quedará el Qui-Gon de Liam Nisson.

Qui-Gon y Obi-Wan vs. Darth Maul - Star Wars

Y hablando del jedi, nos vamos a la lucha personal con su alter ego oscuro, el sith Darth Maul. A pesar del carisma generalizado de este personaje, Maul estaría en la parte baja de la tabla de mis personajes favoritos.

Aunque la primera vez que vi esta película me enamoré de los sables láser y sus movimientos, siendo una víctima más del encanto de las características armas jedi, en este visionado he encontrado las luchas algo forzadas. Muy ensayadas y preparadas, poco naturales. Tampoco ayuda el paso del tiempo, por supuesto. Es solo en el último embate entre Obi-Wan Kenobi y Darth Maul cuando me creo la confrontación, cuando la noto sincera.

Y así llegamos a los últimos minutos de una metraje que va ganando con el paso de los segundos, una película que comienza floja pero que remonta y acaba con buena nota. Deja con ganas de más, tanto por la apetencia de seguir disfrutando del universo Star Wars, como por la necesidad de degustar un argumento más elaborado.  Buena película, por lo tanto. Floja como historia individual pero buen inicio para una saga que, aún sin terminar, veremos si está a la altura de la conmoción social que ha causado históricamente.

¡Nos vemos las caras por @icaro_jon!

¡MI REGALO DE REYES!

Hoy vengo con una entrada muy familiar y que requiere de pocas palabras, pues el título lo dice todo. Os dejo con el momento de la apertura de mi regalo de reyes (también llamado unboxing, según la jerga moderna).

Si sois asiduos a mis reseñas, ya os podéis imaginar que el regalo ha sido un… ¡aciertazo! ¡Por fin tengo en mis manos “Resurge la plata“, la secuela de “La sombra dorada” de Luis M. Núñez, autor por el que siento gran devoción. Imaginad la tremenda ilusión que me causa encontrar su dedicatoria en una obra a la que tengo muchísimas ganas de hincarle el diente.

Muchísimas gracias al autor por su dedicatoria e implicación y al enlace que ha tenido esta gran idea de regalo, que no es otra que mi acaramelada pareja con la que tengo la suerte de compartir las páginas del mejor libro que escribiré nunca, que es el de mi vida.

Nada más por hoy.
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ALIENS 2, EL REGRESO – Crítica

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Hace unos días confesé el sacrilegio de un escritor que dice amar la ciencia ficción y que no había visto ninguna película de la saga Alien. Así que me puse con la primera de la serie (a la que dediqué esta crítica) y, tras una satisfactoria experiencia, me lancé a por la segunda entrega. Así pues, os muestro mi veredicto.

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En 1986, siete años después de la primera entrega de Alien, salió a la luz su secuela “Aliens, el regreso”. Esta vez bajo la batuta de James Cameron, ya me habían advertido del sustancial paso del terror a la acción. He de decir que me costó creerme  este aviso, pues la primera hora en la que los xenomorfos brillan por su ausencia se me hizo soporífera, insustancial y lenta.

En esta parte se le pide a Ripley que vuelva al planetoide LV-426 donde se ha perdido el contacto con una colonia humana, ya que al ser la única que ha tenido contacto directo con las amenazantes bestias que habitan en él, su experiencia puede ser muy valiosa para lo que allí puedan encontrarse. Tras haber sufrido una terrible pesadilla en la que casi pierde la vida en la primera película, Ripley acepta volver sin resistirse mucho. Claro que sí, adrenalina gratis. Y poco más puedo decir de esta primera mitad.

En la segunda parte el ritmo se invierte de manera drástica y la película se vuelve loca, sucediéndose las escenas de acción una detrás de otra sin dosificación medida. Existe un desequilibrio descomunal entre las dos partes del filme. Y aquí empiezan a perderse aspectos que brillaban en la primera entrega. Mientras que la primera película de Alien combinaba las escenas álgidas con el sosiego de manera efectiva, haciéndose esperar las escenas destacadas y consiguiendo que uno las recordara varios días después del visionado, aquí pasa todo tan rápido que es difícil guardar esos momentos míticos que se siguen degustando tras la aparición de los créditos.

Este ritmo impide a su vez disfrutar de los personajes, que se convierten en una amalgama de secundarios que no consiguen desarrollar personalidades propias, a excepción de Lance Henriksen como Bishop. Curioso que haya sido un androide el único que me haya parecido carismático. Mencionar también, si acaso, a Jenette Goldstein como la soldado Vásquez, aunque no sabría decir por qué. De Sigourney ya sabéis que no es santo de mi devoción y esta película no me hace cambiar de opinión.

En la parte final, he de reconocer que la cinta mejora. La idea de la madre Alien le da un punto de interés y frescura (aunque este recurso será utilizado infinitas veces en posteriores películas con alienígenas). Es en esta parte en la única que no tengo que hacer un esfuerzo por coger el mando y que disfruto sinceramente. Pero el final no justifica la totalidad del metraje en este caso.

Sé que muchos opinan de esta película que, junto a la primera (y así me lo habéis hecho saber en los comentarios), son las mejores de toda la saga. Sé que muchos estaréis deseando que sea devorado por un xenomorfo por hacer una crítica no tan positiva como seguramente se merezca esta película. También sé que se debe a que disfruto más de la ficción argumentada que de la acción pura y dura, y eso ha hecho mucha mella en mi opinión.

Llegados a este punto, no sé si continuar con la saga. El hecho de que Alien 3 se desarrolle en un lugar cerrado como es una prisión me anima, pues pienso que puede recuperar aspectos de la primera Alien. En su contra, la crítica general de esta tercera entrega no la pone en muy buen lugar. Dejaré hacer al azar. Intentaré conseguirla, pero si veo que no soy capaz de hacerme con ella debido a su antigüedad, pasaré a otra de las sagas clásicas de ciencia ficción que tengo pendientes. Solo diré respecto a esto que me quedé en el capítulo VII de Star Wars y el estreno de la última entrega me anima a retomarla.

Nada más por hoy.
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AGUA PARA NaNoWriMo

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Hoy vengo con un tema (o en su contra, mejor dicho) de esos que hacen que los escritores tengamos que alzar la copa y brindar por él si no queremos pasar a formar parte de la escoria del gremio: parece que para que una novela sea buena hay que dedicarle varios años a su redacción, mientras que si se escribe en unas semanas no es más que papel de hoguera. Pues hay novelas a las que su autor ha dedicado toda una vida y que para mí son Orfidal en vena y hay historias fugaces que me han llenado de sensaciones eternas.

Esta reflexión quería compartirla tras el reciente NanoWriMo (National Novel Writing Month). Este reto que se repite todos los noviembres invita a los escritores a escribir una novela en tan solo mes. No hay premio más allá del autoreconocimiento por el duro y frenético trabajo que conlleva cumplir con las cincuenta mil palabras en un mes. Pero es un canto a la creación liberada del yugo de la búsqueda de la perfección. Como bien reconocen los organizadores, acaba creándose mucha basura. Pero una pequeña parte de esa basura es deliciosa. Sirva como ejemplo el bestseller Agua para elefantes de Sara Gruen, del cual hay recreación cinemática.

Esto no hace que esté tirando por el suelo el elaborado trabajo de una novela bien documentada y meticulosamente cuidada, que aquí un servidor tuvo a Santiago Posteguillo un tiempo en su Top3. Valoro la búsqueda de la excelencia y sé que, llegar a las últimas líneas de una novela de esas que hacen que se doble tu espalda si las llevas en la mochila, crea una sensación de orgullo inigualable y un regusto incapaz de ser conseguido si no es con artes lentas y profundas.

También sé que es más probable crear una obra maestra cuanto mayor es la dedicación en su escritura, pero no por ello pienso que se deba eliminar de un plumazo las novelas que se crean del tirón. Tienen su función y su lugar. Muchos las utilizan como descanso entre historias más densas. A mí, de hecho, me anima más empezar con una novela ágil y dinámica que con otras de pronósticos más duros, y me cuesta menos acabarlas. Me rindo a la pecaminosa ligereza de la diversión pura y rápida.

En definitiva, lo que vengo a reivindicar es la adecuación de las cosas. La eliminación de los términos absolutos. Si lo extrapoláramos a todos los aspectos de la vida, nos iría mejor como sociedad. Ni creo que el asiduo lector de novelas de menos del centenar de páginas sea mal lector ni que un analista del Quijote sea una mejor referencia literaria. Lejos de buscar aspectos técnicos, siempre pregunto a las personas qué han sentido al abordar un libro. Ese es mi criterio referencial. Bajo ese prisma, el mundo literario se homogeiniza. Pienso, además, que no deberíamos aferrarnos a un criterio purista si no queremos ver como la tendencia a la lectura continúa decayendo por los siglos de los siglos, sobre todo en los lectores más noveles.

Nada más por hoy.
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FELICES FUTURAS NAVIDADES

25 de diciembre de 2068. Las familias se sientan alrededor de unas mesas que proyectan nostálgicos recuerdos. La aplicación The best memories para iTable aprovecha estas fechas emotivas para aumentar sus descargas y muchas personas disfrutan de este programa que, tras una biometría ocular, transforma la memoria humana en imágenes holográficas. La última actualización permite añadir sonidos a las imágenes y las lágrimas caen recordando la voz de esos abuelos que ya no están en la cena navideña.

En los platos, la comida se muestra en cantidades pequeñas. No por su escasez, pues las últimas celdas hidropónicas en las que se cultivan los vegetales han aumentado la producción. Estos elementos tecnológicos son capaces de reconfigurar los átomos de los fertilizantes proporcionando la cantidad exacta requerida de cada uno de ellos tras realizar un análisis exhaustivo por segundo de la planta a la que albergan. No. La disminución de las raciones se debe a un concienciamiento global. Desde hace cinco años, la gente antepone su salud a los placeres gastronómicos.

Tampoco se observa proteína animal en las escasas recetas. A pesar de los avances en la carne sintética, no han sido los avances científicos los que provocaron la crisis y posterior caída de la industria cárnica. Fue algo tan humano como la empatía animal lo que instaló en la sociedad el pensamiento de que el sufrimiento ajeno no es un buen ingrediente en la cocina.

Lo que también brilla por su ausencia en la estampa familiar es la hipocresía. El neocristianismo ha dejado de celebrar la humildad con capitalismo (algunos dicen que este cambio les ha salvado de su propia autodestrucción) y, en lugar de aumentar los gastos en estas fechas como en el pasado, los fieles muestran su religiosidad disminuyendo las compras durante dos semanas y enviando los ahorros derivados de esta costumbre a fines benéficos. La empresa más beneficiada de estas donaciones, dicen, es Cereals at home, una organización que envía kits de cultivo a las familias más desfavorecidas. Sus productos contienen todo lo necesario para realizar una plantación a pequeña escala capaz de alimentar a toda una familia durante un año. Aseguran que su formulación puede hacer crecer cultivo de regadío incluso en el mismo desierto. Quien pasa hambre, es porque quiere, dice su eslogan.

Lo que sí hay alrededor de la mesa es envidia y celos. Las nuevas redes sociales, haciendo apología acrecentada del postureo, han encontrado la forma de magnificar los logros propios mediante modificaciones personalizadas de las publicaciones en función de la cuenta que visualiza la entrada. InstaGrammy, por ejemplo, hace que una grabación musical simple y casera parezca merecedora de premios internacionales. En cuanto a los sistemas de mensajería, han encontrado la manera de proteger la información de tal manera que ya no son una de las principales causas de ruptura en las parejas como habían llegado a serlo casi a mitad de siglo. Ese exceso de confianza ha promovido más infidelidades. Y los padres, que no terminan de hacerse con las nuevas tecnologías, cada vez se ven más distanciados de sus hijos.

Ah, a veces pienso que los avances tecnológicos solo sirven para amplificar nuestras virtudes y nuestros defectos. Es tan triste seguir viendo que la gente continúa sin depurar todo aquello que pone tras los megáfonos de la tecnología…

 

Y esta es mi forma de desearos unas Felices Fiestas. No esperéis a que las cosas mejoren en un futuro. El avance del tiempo nos traerá nuevas posibilidades, pero lo que de verdad nos traerá la felicidad es el uso que hagamos de ello. Y el proceso de ser mejores siempre empieza hoy, ahora. No hace falta esperar al futuro, ni siquiera a que un 25 de diciembre nos digan que tenemos que ensalzar nuestro espíritu navideño… Nuestro futuro se construye hoy, lo que seremos dentro de diez segundos o cien años depende de lo que hacemos en este preciso instante. Hagamos un futuro más humano. ¡Feliz Navidad!

P.D.: y de paso, utilizo este pequeño relato para mostraros lo que Jon Ícaro os traerá después de navidades. Se avecina una etapa muy cargada de ciencia ficción. ¡Teng una ilusión tremenda por enseñar cosas nuevas!

 

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